Matrimonio Con El Lobo de Hierro - Capítulo 21
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21: Capítulo 21 21: Capítulo 21 Evelina El regreso a la capital de Veridia no fue la marcha triunfal de dos héroes; fue el avance de una tormenta.
El tren blindado cortaba la niebla matutina con un estruendo metálico, llevando en su interior a un regimiento de hombres que ya no juraban lealtad al trono, sino al hombre que dormía a mi lado.
Miré a Cassian.
Estaba recostado en el asiento de cuero, con la cabeza hacia atrás y una mano todavía entrelazada con la mía, incluso en sueños.
Su rostro, marcado por cicatrices nuevas y la palidez del agotamiento, se veía extrañamente joven sin la máscara de mando.
Había quemado un reino entero para sacarme de ese palacio de cristal, y el precio de esa hazaña estaba empezando a cobrarse en la capital.
—Señora —la voz de Miller sonó suave tras la puerta del compartimento—.
Estamos a diez minutos de la estación central.
El General debe despertar.
El Comité de Recepción Imperial está esperando…
y no parecen felices.
Apreté suavemente la mano de Cassian.
Sus ojos de acero se abrieron al instante, alertas, sin rastro de sueño.
En un segundo, el esposo tierno que me había abrazado toda la noche desapareció, y el Comandante Supremo regresó.
—¿Miller?
—preguntó él, su voz ronca.
—El Emperador ha desplegado a la Guardia Pretoriana en los andenes, señor.
Dicen que es por “seguridad”, pero han apuntado los cañones de la estación hacia nuestras vías.
Cassian soltó una risa seca, un sonido carente de humor que me hizo estremecer.
Se levantó, se ajustó la guerrera del uniforme —una nueva, negra con hilos de plata que yo misma había elegido— y se colocó el sable en el cinto.
—Parece que el viejo León tiene miedo de que el Lobo regrese con hambre —murmuró Cassian.
Se giró hacia mí y me tomó del mentón, obligándome a mirarlo—.
Evelina, escúchame bien.
Lo que pase hoy en el Palacio no será como las cenas de Vargo.
El Emperador sabe que he movilizado al ejército sin su permiso.
Sabe que he destruido un reino vecino sin una declaración formal.
Hoy, nos jugamos más que el honor.
Nos jugamos el derecho a existir.
—No voy a dejar que te quiten nada, Cassian —respondí, poniéndome de pie y ajustando mi capa de terciopelo.
En mi pecho brillaba el diamante rojo de los Drako—.
Si quieren juzgarte a ti, tendrán que juzgarme a mí.
Yo fui quien saboteó Oskura.
Yo soy la razón de esta guerra.
Él me sonrió, una sonrisa llena de un orgullo feroz.
—Esa es mi Loba.
Bajamos del tren y el ambiente en la estación era eléctrico.
Cientos de ciudadanos se habían agolpado tras las barricadas de la Guardia Pretoriana, gritando nuestros nombres.
Para el pueblo, éramos leyendas; para la corona, éramos una amenaza existencial.
Cassian caminó con paso firme, ignorando los fusiles que lo seguían, y me guio directamente hacia el carruaje oficial que nos llevaría al Palacio de Invierno.
El Gran Salón del Trono nunca se había sentido tan pequeño.
El Emperador, un hombre que parecía haberse marchitado diez años en los pocos meses de nuestra ausencia, nos observaba desde su sitial de oro.
A su lado, los ministros supervivientes y la aristocracia cuchicheaban como cuervos.
—General Drako —la voz del Emperador resonó en el silencio sepulcral—.
Se le acusa de insubordinación, de malversación de fondos militares para una misión de rescate privada y de provocar un conflicto internacional que podría condenar a Veridia a una guerra de cien años.
¿Qué tiene que decir en su defensa?
Cassian dio un paso adelante, pero no se arrodilló.
El sonido de sus espuelas contra el mármol fue un desafío audible.
—No tengo defensa, Majestad —dijo Cassian, y su voz llenó cada rincón del salón con una autoridad que hacía que la del Emperador pareciera un eco débil—.
Tengo resultados.
He recuperado el fuerte de Alzada.
He eliminado la amenaza de Oskura y he traído de vuelta a la mujer que representa el linaje más antiguo de este Imperio.
Si salvar a mi esposa y proteger nuestras fronteras es un crimen, entonces todo soldado en este salón es un criminal por seguir mis órdenes.
Un murmullo de asombro recorrió la sala.
El Emperador golpeó su cetro contra el suelo.
—¡Ha actuado por pasión, no por deber!
¡Ha puesto su corazón por encima de la Corona!
—Mi corazón es la Corona —intervine yo, dando un paso al lado de Cassian.
Sentí las miradas de desprecio, pero las devolví con una frialdad que había aprendido en el palacio de Valerius—.
Durante años, este Imperio permitió que Vargo y sus aliados se pudrieran en la corrupción.
Durante años, mi familia fue pisoteada mientras ustedes miraban hacia otro lado.
Fue el General Drako quien limpió su casa, Majestad.
Fue él quien hizo el trabajo que usted no se atrevió a hacer.
—¡Silencio, mujer!
—gritó un ministro gordo en la primera fila.
Cassian se giró hacia él con una velocidad aterradora.
Su mano descansó sobre la empuñadura de su sable y el ministro retrocedió tanto que tropezó con su propia túnica.
—Vuelve a hablarle así a mi esposa y te aseguro que este será el último salón que veas —amenazó Cassian.
Luego, volvió a mirar al Emperador—.
Majestad, no he venido aquí para que se me juzgue.
He venido para informar de que el ejército me ha jurado lealtad personal.
Los hombres en el frente no quieren la paga de un trono que los envía a morir en emboscadas preparadas por traidores.
Quieren el liderazgo de alguien que sangra con ellos.
El Emperador palideció.
La amenaza estaba clara: era un golpe de estado velado, o una exigencia de poder absoluto.
—¿Qué es lo que quiere, Drako?
—preguntó el monarca con voz quebrada.
—Quiero el título de Regente y Protector del Imperio —sentenció Cassian—.
Quiero que mi esposa sea reconocida como la Gran Dama del Consejo, con poder de veto sobre cualquier decisión que afecte a la seguridad nacional.
A cambio, Veridia mantendrá su bandera, y usted mantendrá su corona…
siempre y cuando entienda que el mando real ahora reside en la Mansión Drako.
El silencio que siguió fue histórico.
En ese momento, el contrato que una vez nos unió por necesidad se transformó en un pacto de acero que gobernaría una nación.
El Emperador miró a sus guardias, pero vio que incluso ellos bajaban la vista ante Cassian.
No tenían opción.
El Lobo no solo había regresado; había traído consigo la fuerza necesaria para reclamar todo el bosque.
—Acepto —susurró el Emperador, dejando caer el cetro—.
Que así sea.
Salimos del palacio bajo una lluvia de vítores y miradas de odio puro.
Al subir al carruaje, Cassian soltó un largo suspiro y se quitó la gorra militar, apoyando su frente contra la mía.
Estábamos temblando, no de miedo, sino por la magnitud de lo que acabábamos de hacer.
—Ahora sí que nos hemos metido en problemas, nena —murmuró, rodeándome con sus brazos—.
Ya no somos solo una pareja.
Somos los gobernantes de un imperio que nos odia y nos ama a partes iguales.
—Mientras estemos juntos, que nos odien todo lo que quieran —respondí, besándolo con una pasión que sabía a victoria y a un nuevo comienzo—.
Hemos pasado por el infierno, Cassian.
Un trono no es nada comparado con lo que ya hemos superado.
Regresamos a nuestra mansión, pero esta vez, Miller no nos recibió solo.
Mi padre estaba allí, y con él, un grupo de oficiales jóvenes que representaban la nueva era de Veridia.
Entramos en nuestra biblioteca, nuestro refugio, y Cassian cerró la puerta con llave.
Me tomó en sus brazos y me besó como si fuera la primera vez, con una desesperación que decía que, a pesar de todo el poder del mundo, yo seguía siendo su único tesoro.
—Te prometí que te daría un imperio —dijo contra mis labios—.
Cumplí.
Ahora, Señora Regente, ¿qué órdenes tiene para su General?
—Solo una —respondí, desabrochando su uniforme—.
Hazme olvidar que el mundo existe por el resto de la noche.
La guerra política apenas comenzaba, y sabíamos que habría más traiciones y desafíos en el futuro.
Pero esa noche, bajo el techo de nuestra propia fortaleza, el Comandante y su Dama finalmente encontraron la paz.
Eran los dueños de su destino, los arquitectos de una nueva era, y el mundo pronto aprendería que no hay fuerza más imparable que dos corazones que han decidido reinar juntos sobre las cenizas de sus enemigos.
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