Matrimonio Con El Lobo de Hierro - Capítulo 22
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22: Capítulo 22 22: Capítulo 22 Cassian El oro es más pesado que el acero.
Lo supe en el momento en que Miller colocó sobre mis hombros la capa de Regente, una prenda de terciopelo carmesí tan densa que parecía llevar el peso de todas las almas de Veridia.
Hoy no era un día para el campo de batalla, pero me sentía más tenso que en el Paso de Alzada.
Estaba frente al gran espejo de la antesala del Palacio Imperial, ajustándome el uniforme negro de gala.
Mis medallas brillaban, pero mis ojos solo buscaban una cosa a través del reflejo: la puerta por la que entraría ella.
Habían pasado seis meses desde que tomamos el control del Imperio.
Seis meses de purgas políticas, de reconstrucción de fronteras y de noches en vela asegurando que nadie volviera a amenazar nuestro hogar.
El pueblo me llamaba “El Emperador en la Sombra”, pero para mí, el único título que importaba era el de protector de Evelina.
La puerta se abrió y mi respiración se detuvo.
Evelina entró luciendo un vestido de seda blanca y oro que parecía tejido con la luz del amanecer.
La diadema de los Drako descansaba sobre su frente, pero lo que más me impactó no fue su belleza —que siempre era letal—, sino la forma en que caminaba.
Había una nueva cautela en sus pasos, una gracia protectora que me hizo fruncir el ceño con curiosidad.
Se acercó a mí y puso sus manos sobre mi pecho, justo encima de mi corazón, que latía con una fuerza que solo ella provocaba.
—Estás impecable, Cassian —susurró, aunque noté un rastro de palidez en sus mejillas que no me gustó—.
El pueblo está gritando tu nombre afuera.
Veridia finalmente tiene al líder que merece.
—Veridia nos tiene a ambos, nena —respondí, tomando su rostro entre mis manos.
La besé con una ternura que reservaba solo para este espacio privado—.
Pero te ves cansada.
¿Es el estrés de la ceremonia?
Si quieres, podemos cancelar el desfile y quedarnos aquí.
Sabes que no me importa lo que diga el Consejo.
Ella sonrió, pero fue una sonrisa pequeña y cargada de un secreto que me hizo tensar los hombros.
—No es el estrés, Cassian.
Es algo más.
Algo que…
bueno, algo que el General de Hierro tendrá que aprender a manejar con mucha más delicadeza que un sable.
Me quedé helado.
Mi mente militar, siempre preparada para la estrategia, se bloqueó por un segundo.
La miré a los ojos, buscando la respuesta, y luego bajé la mirada hacia su vientre, todavía plano bajo la seda del vestido.
—Evelina…
¿estás diciendo que…?
—Estoy diciendo que el linaje de los Drako no va a terminar con nosotros —dijo ella, tomando mi mano y poniéndola sobre su vientre—.
Vas a ser padre, Cassian.
El mundo, ese imperio que acababa de conquistar, desapareció.
El General, el Regente, el Guerrero…
todos murieron en ese instante para dar paso a un hombre abrumado por una alegría tan pura que me dolió.
La levanté en mis brazos y la giré, riendo como no lo había hecho en años, mientras las lágrimas de un orgullo nuevo quemaban mis ojos.
Evelina Sentir los brazos de Cassian rodeándome era mi único refugio verdadero.
En medio de la pompa y el boato de la coronación, su abrazo era lo único real.
Sabía que darle esta noticia hoy era arriesgado; Cassian ya era posesivo y protector por naturaleza, pero ahora…
ahora sabía que no me dejaría salir de la mansión sin un batallón de escoltas.
—Nadie puede saberlo todavía —le susurré contra el cuello, aspirando su olor a sándalo y metal—.
Tenemos enemigos, Cassian.
Valerius desapareció tras el incendio del palacio, y sus aliados en la capital todavía respiran.
Un heredero es un regalo, pero también es un blanco.
Él me bajó lentamente, su mirada volviéndose de nuevo ese acero impenetrable que hacía temblar a los ministros.
Pero esta vez, el fuego detrás del acero era diez veces más ardiente.
—Que lo intenten —gruñó, y su voz tenía una vibración tan peligrosa que el aire de la habitación pareció enfriarse—.
Si alguien se atreve a mirar siquiera con malas intenciones hacia ti o hacia nuestro hijo, les enseñaré por qué el infierno me tiene miedo.
Construiré un muro de cadáveres alrededor de este palacio si es necesario.
Salimos al balcón principal del palacio.
La plaza estaba abarrotada.
Miles de banderas con el emblema del Lobo y la Flor ondeaban bajo el sol.
Cuando Cassian dio un paso al frente y levantó mi mano, el rugido de la multitud fue como un trueno físico.
Éramos los nuevos soberanos de Veridia.
El contrato de matrimonio que comenzó como una farsa por un apellido manchado se había convertido en la base de una nueva era.
Sin embargo, mientras saludaba a la multitud, mi mirada se perdió en la periferia de la plaza, cerca de las sombras de los arcos antiguos.
Vi a un hombre envuelto en una capa gris, alguien que no gritaba ni aplaudía.
Por un segundo, el sol se reflejó en algo metálico en su cuello: un colgante de obsidiana en forma de rosa negra.
Se me heló la sangre.
Valerius.
O al menos, un mensaje suyo.
Apreté la mano de Cassian con fuerza.
Él lo notó de inmediato y me atrajo más hacia él, saludando al pueblo con la otra mano pero con su cuerpo bloqueando cualquier posible trayectoria de un disparo.
—¿Qué pasa?
—preguntó sin mover los labios, manteniendo la sonrisa oficial.
—Él está aquí, Cassian.
La rosa negra.
No hemos terminado con Oskura.
Sentí cómo el músculo de su mandíbula se tensaba.
Su mano en mi cintura se volvió un anclaje de hierro.
—Que venga —susurró Cassian, y su voz tenía la calma gélida de un verdugo—.
Esta vez no habrá rescates ni huidas.
Si Valerius quiere tocar a mi familia de nuevo, descubrirá que el Lobo de Hierro no solo muerde…
sino que devora imperios enteros para proteger lo que ama.
La ceremonia continuó.
Fuimos coronados como Regentes Protectores de Veridia bajo la mirada de un pueblo esperanzado y una sombra que nos prometía la ruina.
Pero mientras caminábamos de regreso al interior del palacio, rodeados de guardias y lujos, me di cuenta de que ya no tenía miedo.
Tenía a Cassian.
Tenía un hijo creciendo en mi interior.
Y tenía una mente que ya estaba trazando el mapa de la caída definitiva de nuestros enemigos.
La guerra por el trono había terminado, pero la guerra por nuestra dinastía acababa de empezar.
Y con el hombre más letal del mundo a mi lado, sabía que cualquier sombra que intentara apagar nuestra luz terminaría consumida por nuestro fuego.
—Te amo, mi Comandante —le dije mientras las puertas del salón privado se cerraban tras nosotros.
—Te amo, mi Reina —respondió él, tomándome en sus brazos para la que sería nuestra primera noche como los dueños absolutos del destino de Veridia.
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