Matrimonio Con El Lobo de Hierro - Capítulo 24
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24: Capítulo 24 24: Capítulo 24 Evelina Burlar la seguridad de Cassian Drako era como intentar salir de una jaula de leones sin despertar a las bestias.
Pero Cassian tenía una debilidad que yo conocía a la perfección: su fe ciega en que, bajo su protección, yo era una criatura que solo buscaba descanso.
—Me duele un poco la cabeza, Cassian —le dije esa noche, recostada en la cama mientras él me leía informes de guerra en voz baja—.
Creo que el té de lavanda que Miller preparó me ayudará a dormir profundamente hasta la mañana.
No es necesario que te quedes despierta conmigo.
Cassian me miró con una preocupación tan genuina que sentí una punzada de culpa.
Dejó los papeles y me besó la frente.
—Descansa, nena.
Iré al despacho a terminar la logística de los suministros.
Si te mueves siquiera un centímetro de la almohada, lo sabré.
Tengo a cuatro guardias en el pasillo.
—Lo sé, mi celador favorito —respondí con una sonrisa lánguida.
En cuanto cerró la puerta, esperé treinta minutos.
Treinta minutos de silencio absoluto donde solo se oía el crujir de la madera de la mansión.
Entonces, me levanté.
No usé el pasillo principal.
Mi padre, previsor ante las revoluciones, me había mostrado años atrás los pasajes de servicio que conectaban la biblioteca con los túneles de ventilación.
Me puse un abrigo de lana oscura, me calcé unas botas silenciosas y oculté mi daga bajo la manga.
Gracias a Miller, que había distraído a los guardias con un “cambio de turno inesperado”, logré salir por la puerta trasera de las caballerizas.
El aire de la noche en la capital era gélido.
Monté en un caballo discreto y me dirigí hacia el Distrito de las Brumas, donde el río Veridia se volvía oscuro por los vertidos de las fábricas de carbón: el “Río Negro”.
Mientras cabalgaba, la nota de Valerius quemaba en mi mente.
“El niño es la llave”.
No podía permitir que esa sombra planeara sobre mi hijo.
Necesitaba respuestas que Cassian, en su furia protectora, nunca me dejaría buscar.
Llegué a los muelles.
El olor a brea y agua estancada era asfixiante.
En un rincón oscuro, bajo un puente de hierro oxidado, vi una figura encapuchada esperándome.
—Has venido —la voz era siseante, como la de una serpiente—.
La sangre de los Laurent siempre ha sido valiente…
o estúpida.
—Déjate de acertijos —dije, bajando del caballo y manteniendo la mano cerca de mi daga—.
¿Qué es eso de que mi hijo es una llave?
Valerius está muerto bajo las cenizas de su palacio.
El encapuchado rió, y al acercarse a la luz de un candil, vi que no era un hombre, sino una mujer con el rostro tatuado con los símbolos de Oskura.
—Valerius no es un hombre, es un ciclo.
Y tu hijo lleva la esencia de dos mundos: el acero de los Drako y la magia antigua de tu linaje.
Si nace en Veridia, será un arma.
Si nace en Oskura, será un dios.
Valerius no murió; él es la sombra que ahora te sigue.
De repente, un sonido metálico resonó en el muelle.
No era el río.
Era el sonido de botas de combate sobre el metal.
Cassian Había algo que no cuadraba.
En el despacho, el silencio de la casa me resultaba antinatural.
Miré el reloj de bolsillo: las once de la noche.
Me levanté y caminé hacia nuestra habitación, solo para ver si Evelina necesitaba algo más.
Al entrar, la cama estaba vacía.
Las sábanas estaban frías.
Por un segundo, mi corazón se detuvo.
Luego, la rabia estalló en mi pecho como una granada de fragmentación.
—¡MILLER!
—mi grito sacudió los cimientos de la mansión.
El mayordomo apareció en segundos, pálido y tembloroso.
No necesité interrogarlo; su mirada hacia la ventana lo dijo todo.
—Si ella ha salido de esta casa por tu negligencia, Miller, te juro que no verás el sol de mañana —rugí, tomando mi abrigo y mi sable.
No llamé a un batallón.
No tenía tiempo.
Salté sobre mi caballo y seguí el rastro que mis sentidos de cazador detectaron en el barro fresco del jardín.
La dirección era clara: el Distrito de las Brumas.
Mi mente era un torbellino de imágenes sangrientas.
La imaginé herida, la imaginé en manos de esos bastardos de Oskura, y con cada pensamiento, mi cordura se deshilachaba.
Llegué al Río Negro en tiempo récord.
El sonido de un relincho me guio hacia los muelles.
Al doblar la esquina del almacén, vi la escena que me hizo perder el juicio.
Evelina estaba de pie frente a una sombra encapuchada.
La mujer de Oskura tenía una mano extendida hacia el vientre de mi esposa.
—¡ALÉJATE DE ELLA!
—rují.
No esperé.
Salté del caballo en marcha y desenvainé mi sable en un movimiento fluido.
La mujer de Oskura intentó lanzar algo —un polvo oscuro o un hechizo—, pero mi rabia era más rápida que cualquier magia.
De un solo tajo, su brazo cayó al suelo y mi bota impactó en su pecho, lanzándola contra las maderas podridas del muelle.
Me giré hacia Evelina, pero no con amor, sino con una furia que me hacía temblar.
La tomé por los hombros con una fuerza que probablemente le dejaría marcas.
—¿EN QUÉ ESTABAS PENSANDO?
—grité, mi voz resonando bajo el puente como un trueno—.
¡TE DIJE QUE TE QUEDARAS EN CASA!
¡ESTÁS EMBARAZADA!
¡LLEVAS A MI HIJO Y TE VIENES A UN MUELLE A LAS ONCE DE LA NOCHE A HABLAR CON BRUJAS!
—¡Cassian, escúchame!
—ella intentó zafarse, pero yo estaba fuera de mí—.
¡Hay una profecía, amenazan al bebé desde adentro!
¡Teníamos que saber la verdad!
—¡LA ÚNICA VERDAD ES QUE CASI TE PIERDO!
—la atraje hacia mi pecho, abrazándola con una desesperación violenta—.
¡No me importa la magia, no me importan las llaves!
¡Si tengo que encadenarte a la cama para que estés a salvo, lo haré!
¡He quemado un reino por ti y tú te escapas como una niña rebelde!
La mujer herida en el suelo soltó una carcajada sangrienta.
—El Lobo cree que puede proteger la carne…
pero no puede proteger el destino.
El niño ya ha sido marcado.
Caminé hacia ella con el sable en alto, listo para terminar el trabajo, pero Evelina se interpuso, poniéndose frente a mí.
—¡No la mates, Cassian!
¡Es la única que sabe cómo detener a Valerius si realmente ha sobrevivido!
Me detuve, con la punta del acero rozando el cuello de la bruja.
Mi respiración era pesada, mis ojos ardían de rabia y miedo.
Miré a Evelina, despeinada, con el abrigo manchado y esa mirada desafiante que tanto amaba y que ahora tanto quería castigar.
—Regresamos a la mansión —dije, mi voz ahora fría como un cadáver—.
Y tú y yo vamos a tener una conversación que no vas a olvidar.
Miller va a ser encerrado.
Y tú…
tú no volverás a ver la luz del sol sin mi permiso hasta que ese niño nazca.
—¡No puedes hacerme eso!
—protestó ella.
—Mírame, Evelina —me incliné hacia ella, mi rostro a milímetros del suyo, dejando que viera al monstruo que había despertado—.
Puedo hacer cualquier cosa para manteneros con vida.
Cualquier cosa.
Tomé a la mujer de Oskura por el cabello y la arrastré hacia donde estaban mis caballos, que ya empezaban a llegar con la escolta que Miller había enviado tarde.
Subí a Evelina a mi caballo, monté detrás de ella y la rodeé con mis brazos como si fuera una prisionera de guerra.
El camino de regreso fue un silencio de hielo.
Yo no era el esposo tierno.
Era el General que acababa de descubrir que su mayor enemigo no estaba en una frontera, sino en la imprudencia de la mujer que amaba más que a su propia vida.
Llegamos a la mansión.
Bajé a Evelina y la llevé directamente a nuestra habitación, cerrando la puerta con un estruendo que se oyó en toda la propiedad.
—No saldrás de aquí —sentencié, tirando mi sable sobre la mesa—.
Y si intentas volver a escaparte, juro por Dios que pondré guardias dentro de esta misma alcoba.
Me has fallado, Evelina.
Has puesto en riesgo nuestra familia por un pedazo de papel y una rosa de piedra.
Ella me miró, y por primera vez, vi lágrimas en sus ojos, pero no de miedo, sino de rabia.
—¡Lo hice por ti!
¡Para que no tuvieras que pelear solo contra una sombra que no comprendes!
—¡Yo peleo por ti, no contigo!
—respondí, dándole la espalda para no sucumbir a sus lágrimas—.
Ahora duerme.
Mañana, Veridia despertará bajo la ley marcial.
Nadie entra ni sale de esta ciudad hasta que yo encuentre a Valerius.
Me salí de la habitación, dejando a dos Húsares Negros en la puerta con órdenes de no dejarla salir ni para ir al jardín.
Mi corazón era un volcán de angustia.
La amaba tanto que la odiaba por hacerme sentir este terror.
Mientras caminaba hacia las mazmorras para interrogar a la bruja, supe que nuestra relación había cruzado una línea.
El Lobo había encerrado a su Loba en una jaula de oro, y la guerra por el futuro de nuestro hijo acababa de volverse mucho más oscura.
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