Matrimonio Con El Lobo de Hierro - Capítulo 25
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25: Capítulo 25 25: Capítulo 25 Evelina El sonido de la llave girando en la cerradura de mi propia habitación fue como un disparo.
Cassian me había encerrado.
A mí, su esposa, su compañera, la mujer que había salvado su vida en las montañas heladas.
La furia me recorría las venas, un calor líquido que competía con las náuseas del embarazo.
Caminaba de un lado a otro sobre la alfombra, sintiéndome como un animal enjaulado, mientras el eco de sus palabras —”No volverás a ver la luz del sol sin mi permiso”— martilleaba en mi cabeza.
Me acerqué al gran espejo del tocador.
Mi reflejo era el de una mujer desordenada por el viento y la rabia, pero mis ojos brillaban con un fuego que ni siquiera el General de Hierro podría apagar.
De repente, la puerta se abrió de nuevo.
Cassian entró.
Ya no llevaba el abrigo manchado de barro, sino una camisa de seda negra entreabierta y pantalones de uniforme que se ajustaban peligrosamente a sus muslos.
Su presencia llenó la estancia de un aura de peligro y deseo.
No dijo nada; simplemente caminó hacia mí con esa elegancia depredadora que me hacía temblar y odiarme por ello.
—¿Has venido a pedir disculpas por tratarme como a una prisionera?
—pregunté, irguiendo la espalda.
—He venido a recordarte quién es el dueño de esta casa y de tu seguridad —respondió él, su voz era un susurro ronco que me erizó el vello de la nuca.
Se detuvo a centímetros de mí.
Podía oler el sándalo, el cuero y ese aroma metálico que siempre desprendía después de una batalla.
Sus manos, grandes y callosas, se cerraron sobre mis hombros, apretando con una firmeza que bordeaba el dolor, obligándome a mirar mi propio reflejo mientras él se posicionaba detrás de mí.
—Mírate, Evelina —gruñó, sus ojos de acero fijos en los míos a través del espejo—.
Mírate y dime si crees que voy a dejar que esa belleza se pierda en un muelle asqueroso por tus delirios de heroína.
Estás cargando con mi futuro, con mi sangre.
Su mano bajó por mi cuello, rozando la piel con una lentitud tortuosa, hasta que sus dedos se cerraron sobre mi garganta, no para asfixiarme, sino para reclamarme.
Sentí su erección, dura e implacable, presionando contra mi espalda baja a través de las capas de seda.
El contraste entre su furia y su deseo era una droga que nublaba mi juicio.
—Me has fallado —continuó, bajando su rostro para besar la curva de mi hombro, sus dientes rozando mi piel en una advertencia—.
Me has mentido.
Y un soldado que miente en el campo de batalla merece un castigo.
—No soy uno de tus soldados, Cassian —jadeé, echando la cabeza hacia atrás, encontrando el calor de su cuello.
—No —susurró él, y sentí su mano bajar con una urgencia febril hacia mi vientre y luego más abajo, buscando la humedad que ya empezaba a traicionarme—.
Eres mucho más que eso.
Eres mi única debilidad, y voy a asegurarme de que esta noche aprendas que tu lugar es bajo mi protección…
y bajo mi cuerpo.
En un movimiento brusco, me giró y me estampó contra la mesa del tocador, esparciendo mis frascos de perfume y joyas con un estruendo de cristal.
Sus labios capturaron los míos en un beso que sabía a posesión pura, una lucha de lenguas y aliento que me dejó sin aire.
Sus manos desgarraron la seda de mi bata, dejando mis pechos al descubierto ante la luz de las velas.
—Cassian…
—gemí, mis manos enredándose en su cabello, tirando de él con la misma fuerza con la que él me sometía.
—Dilo —exigió él, sus labios bajando hacia mis pezones, succionando con una voracidad que me hizo arquear la espalda—.
Dime que eres mía.
Dime que no volverás a arriesgar lo que me pertenece.
—Soy tuya…
—susurré, perdida en el torbellino de sensaciones—.
Pero no soy tu juguete.
Él se deshizo de sus pantalones con una urgencia que nunca le había visto.
Al quedar desnudo frente a mí, la visión de su virilidad, palpitante y majestuosa, me hizo tragar saliva.
Me tomó por los muslos y me subió a la mesa, abriéndome de par en par.
La frialdad del mármol contra mis nalgas contrastaba con el fuego abrasador de su cuerpo.
—Esta noche no habrá ternura, Evelina —advirtió, sus ojos brillando con una luz asesina y deseosa—.
Solo habrá la verdad de lo que somos.
Se adentró en mí con un empuje violento, llenándome por completo de un solo golpe.
Solté un grito de puro placer y dolor mezclados, mis uñas clavándose en sus hombros anchos.
El ritmo que impuso fue brutal, rítmico, una carga de caballería que no buscaba sobrevivientes, solo la rendición total.
Cada estocada era un recordatorio de su poder.
Me poseía con una desesperación que decía que tenía miedo de perderme, que cada movimiento era un intento de sellar mi alma a la suya para que nunca más pudiera escapar.
El sonido de nuestras pieles chocando y mis gemidos roncos llenaban la habitación, creando una atmósfera de erotismo tan denso que se podía cortar con un sable.
—Mírame —ordenó él, su voz quebrada por el clímax inminente—.
¡Mírame a los ojos mientras te hago esto!
Lo hice.
Vi al General, al Lobo, al hombre que estaba a punto de desmoronarse de amor y rabia.
En el momento en que el orgasmo nos golpeó a ambos, un espasmo violento que nos dejó temblando y unidos en el mármol, Cassian enterró su rostro en mi cuello y soltó un rugido ahogado.
Narrado por Cassian Drako Me quedé allí, jadeando, con mi frente apoyada contra la suya.
Mi cuerpo todavía temblaba por la intensidad de la descarga, pero mi mente empezaba a recuperar esa claridad gélida que tanto odiaba.
La amaba hasta la locura, y ese mismo amor era lo que me estaba convirtiendo en un tirano.
La bajé de la mesa con una delicadeza que contrastaba con la violencia de hace unos minutos.
La envolví en una manta, pero antes de que pudiera decirle que lo sentía, que la protegería de todo, incluso de mí mismo, el sonido de un grito desgarrador llegó desde las mazmorras de la mansión.
Evelina se tensó en mis brazos.
—Es ella —susurró, con los ojos llenos de terror—.
La mujer del muelle.
Cassian, si le haces daño, estarás matando la única esperanza de nuestro hijo.
—Es una espía de Oskura, Evelina.
Me atacó con magia —dije, tratando de recuperar mi máscara de General mientras me vestía a toda prisa.
—¡No es una espía!
—ella se puso de pie, tambaleándose—.
Es la hermana de mi madre.
La vi en los retratos.
Lleva el sello de los Laurent.
Me quedé helado.
El nombre “Laurent” todavía tenía un peso inmenso en mi vida.
Si esa mujer era realmente su tía, yo estaba a punto de ejecutar a la única familia de sangre que le quedaba a mi esposa.
Bajamos a las mazmorras.
El olor a humedad y hierro me recibió.
Miller estaba allí, con el látigo en la mano, esperando mis órdenes.
La mujer encadenada levantó la vista; tenía el rostro manchado de sangre, pero sus ojos…
eran los mismos ojos de Evelina.
—¡DETENTE, MILLER!
—rují.
Me acerqué a la mujer y, con un movimiento brusco, arranqué el colgante que llevaba bajo la túnica.
Al verlo, mi corazón se detuvo.
No era la rosa negra de Valerius.
Era el blasón original de la Casa Laurent, el que se creía perdido durante la Gran Purga.
—¿Quién eres?
—pregunté, mi voz temblando por primera vez en mi carrera militar.
—Soy la que sabe que el Lobo ha sido engañado —dijo la mujer, escupiendo sangre a mis pies—.
Crees que proteges a Evelina encerrándola, pero solo estás preparando el terreno para Valerius.
Él no murió en el incendio, Drako.
Él es una entidad que se alimenta de la discordia y la posesión.
Cada vez que la tratas como a una prisionera, cada vez que dejas que tu rabia gobierne este hogar, estás alimentando la marca que él puso en el vientre de tu esposa.
Evelina se acercó y tomó la mano de la mujer.
—Dime la verdad —pidió mi esposa—.
¿Qué quiere él de mi hijo?
—Quiere un cuerpo que soporte el peso de la Corona de Sombras.
El niño es la llave para que Valerius camine de nuevo en este mundo.
Y si no rompen la maldición en las ruinas de Oskura antes del solsticio, el General no verá nacer a un hijo…
verá nacer a su propio verdugo.
Miré a Evelina.
El erotismo y la pasión de hace unos minutos se transformaron en un frío glacial.
La profecía era clara.
Mi amor posesivo, mi deseo de controlarlo todo, era exactamente lo que el enemigo necesitaba.
Caí de rodillas frente a Evelina, frente a la mujer que acababa de poseer con tanta furia.
Tomé sus manos, las mismas que había inmovilizado en la mesa, y las besé con una humildad que nunca pensé poseer.
—Perdóname —susurré—.
Perdóname por ser el monstruo que ellos necesitan que sea.
—Levántate, Cassian —dijo ella, con una fuerza que me recordó por qué era la única mujer digna de mi rango—.
No tenemos tiempo para culpas.
Tenemos una guerra que pelear, y esta vez, el campo de batalla es la sangre de nuestro propio hijo.
Me puse de pie, sintiendo cómo el General regresaba, pero esta vez, con un propósito sagrado.
Miré a Miller.
—Prepara los suministros.
No llevaremos al ejército.
Esta es una misión de dos.
Partimos hacia las ruinas de Oskura al amanecer.
Evelina asintió, y en ese momento comprendí que nuestra historia no era sobre un hombre domando a una mujer, sino sobre dos lobos aprendiendo a correr juntos para no ser devorados por la oscuridad.
La verdadera batalla por Veridia no se ganaría en el trono, sino en el corazón de las sombras donde el Rey Valerius nos esperaba para su acto final.
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