Matrimonio Con El Lobo de Hierro - Capítulo 26
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26: Capítulo 26 26: Capítulo 26 Cassian El amanecer en la frontera con Oskura no trajo luz, sino una penumbra grisácea que parecía absorber el calor de nuestras capas.
No llevábamos escolta.
Cabalgar con un regimiento hacia las Ruinas de Obsidiana habría sido una invitación para que Valerius nos detectara antes de cruzar el primer desfiladero.
Éramos solo nosotros dos, Miller —que se quedó a cargo de la logística en la retaguardia— y el silencio sepulcral de un reino que se negaba a morir.
Miré a Evelina.
Estaba envuelta en pieles, con la capucha echada hacia adelante, pero podía ver la palidez de su rostro.
Mi instinto gritaba que debía dar media vuelta, llevarla de regreso a la mansión y levantar un muro de diez metros alrededor de su cama.
Pero la confesión de su tía en las mazmorras seguía resonando en mi cabeza: mi posesividad era el alimento de la sombra.
—¿Estás bien?
—pregunté, obligándome a mantener una distancia que me quemaba las entrañas.
—El bebé está tranquilo, Cassian —respondió ella, y aunque intentó sonreír, vi el temblor en sus manos—.
Es como si supiera que estamos entrando en su territorio.
Siento una presión en el vientre, pero no es dolor.
Es…
una llamada.
Apreté las riendas de mi caballo hasta que el cuero crujió.
La idea de que algo, una entidad, una maldición, estuviera “llamando” a mi hijo desde las ruinas me hacía querer desenvainar el sable y tajar el aire hasta encontrar un cuello que apretar.
Entramos en el Valle de los Lamentos al mediodía.
El terreno cambió de nieve a una arena negra y fina que se filtraba por las rendijas de nuestras botas.
Aquí, el aire era espeso, saturado de un magnetismo que hacía que las brújulas giraran locas.
—A partir de aquí, no podemos confiar en lo que vemos —advirtió Evelina, sacando el mapa antiguo de los Laurent—.
Mi tía dijo que Valerius usa los espejismos para separar a los que viajan juntos.
Si nos separamos, Cassian, no busques con los ojos.
Busca con el corazón.
—No voy a soltarte, Evelina.
Ni por un segundo.
Pero Oskura tenía otros planes.
De repente, una ráfaga de viento negro se levantó del suelo, una tormenta de arena tan densa que no podía ver mis propias manos.
El caballo relinchó de terror y se encabritó.
Intenté alcanzar la mano de Evelina, pero el viento era una fuerza física que nos empujaba en direcciones opuestas.
—¡EVELINA!
—rugí, saltando del caballo, tanteando el vacío.
El mundo desapareció.
El viento se detuvo tan rápido como había empezado, pero cuando abrí los ojos, ya no estaba en el valle.
Estaba en un salón de baile.
El Palacio de Invierno.
La música sonaba suavemente.
Vi a Evelina a lo lejos, vestida de blanco, bailando en los brazos de un hombre.
Pero no era yo.
Era un hombre joven, sin cicatrices, sin el peso del mando, un hombre que la miraba con una dulzura que yo nunca había podido ofrecer sin mancharla de protección.
—¿Es esto lo que quieres, General?
—La voz de Valerius siseó en mi nuca—.
¿Verla libre de ti?
Ella es una flor de luz; tú eres el invierno que la marchita.
Si la amas, déjala en este sueño.
Aquí no hay guerras.
Aquí tu hijo nacerá sin la marca del acero.
Sentí una punzada de duda.
¿Y si fuera verdad?
¿Y si mi sola presencia fuera el veneno de su vida?
Miré a la Evelina de la visión.
Se veía tan feliz, tan ligera…
nada que ver con la mujer agotada y asustada que yo había traído a este desierto.
Tomé mi sable.
La empuñadura estaba fría, real.
—Ella no es una flor delicada —gruñí, cerrando los ojos para no ver la mentira—.
Ella es una loba.
Y prefiere sangrar conmigo en la realidad que reinar sin mí en un cementerio de sueños.
Golpeé el suelo con la punta del acero y la visión se astilló como cristal barato.
Evelina La tormenta de arena me había dejado en un lugar que conocía demasiado bien: la biblioteca de mi padre, antes de la caída.
El olor a papel viejo y cera de abeja era tan real que casi podía sentir el calor de la chimenea.
—Hija, ¿por qué has vuelto?
—Mi padre estaba allí, joven y sano, sentado en su sillón favorito.
—Esto no es real —dije, aunque las lágrimas empezaban a nublar mi vista.
—¿Qué es lo real, Evelina?
—preguntó él, levantándose—.
¿Un hombre que te encierra por “amor”?
¿Un general que ve a su hijo como una herramienta de guerra o una debilidad?
Cassian Drako te destruirá.
Su oscuridad es demasiado grande para tu luz.
Míralo…
míralo como es en realidad.
La habitación cambió.
Vi a Cassian en el campo de batalla, con el rostro cubierto de sangre, riendo mientras ejecutaba a prisioneros.
Vi la forma en que me miraba en la mansión: una mirada de posesión, no de amor.
Vi las cadenas invisibles que él había puesto en mis muñecas.
—Él es el verdadero Rey de las Sombras —susurró la voz de Valerius en mi oído—.
Él es el que devorará al niño con su exigencia de poder.
Ven conmigo, Evelina.
Yo te daré la libertad que el Lobo te niega.
Miré la imagen de Cassian.
Era aterradora, violenta, dominante.
Pero entonces recordé el momento en que se arrodilló ante mí en la mazmorra.
Recordé su miedo al perderme.
Recordé que su protección, aunque asfixiante, nacía de un hombre que nunca había aprendido a amar y que estaba intentando aprender por mí.
—Su oscuridad no me asusta —dije, alzando la barbilla—.
Porque es mi oscuridad también.
Él no me encadena; él es mi ancla.
Y mi hijo no será una llave para ti, será el fin de tu linaje.
Saqué la daga que Cassian me había regalado y corté la palma de mi mano.
El dolor agudo y la sangre caliente rompieron la ilusión.
El despacho de mi padre se desvaneció, reemplazado por la arena negra y el frío cortante del valle.
A unos metros de mí, Cassian estaba de rodillas, golpeando el suelo con su sable, luchando contra sus propios demonios.
Corrí hacia él y lo rodeé con mis brazos.
—¡Cassian!
¡Estoy aquí!
—grité.
Él se giró con una rapidez felina, su rostro era una máscara de agonía que se suavizó al verme.
Me tomó por los hombros y me atrajo hacia él con tal fuerza que apenas podía respirar.
—Te vi…
te vi feliz sin mí —susurró, su voz rota—.
Me dijo que yo era tu veneno.
—Él miente, Cassian.
Siempre miente —puse sus manos sobre mi vientre—.
El bebé y yo no necesitamos un mundo perfecto.
Te necesitamos a ti.
Al General, al Lobo…
a mi esposo.
Nos quedamos así, abrazados en medio del desierto de los susurros, mientras las Ruinas de Obsidiana se alzaban al final del horizonte.
El cielo se volvió de un púrpura eléctrico.
Ya no había dudas.
Habíamos pasado la prueba de la mente; ahora quedaba la prueba del alma.
Valerius no quería separarnos solo por crueldad.
Quería que llegáramos a las ruinas divididos, porque solo una unión rota permitiría que el ritual de nacimiento funcionara a su favor.
Al fracasar en sus espejismos, el Rey de Oskura había perdido su mejor arma.
—El altar está en la torre central —dijo Cassian, poniéndose en pie y ayudándome a levantarme.
Sus ojos volvían a ser de acero, pero esta vez, había una claridad que nunca antes había visto—.
Esta noche terminamos con esto.
—Juntos —añadí.
Caminamos hacia las ruinas de piedra negra.
El aire empezó a vibrar con un canto gutural que parecía salir de la tierra misma.
Las sombras de los antiguos reyes de Oskura empezaron a materializarse en las almenas, observando nuestra llegada.
No eran soldados físicos, eran ecos de maldad pura.
Pero mientras Cassian tomaba mi mano y desenvainaba su sable, sentí que el miedo desaparecía.
Ya no éramos dos personas asustadas por una profecía.
Éramos los Regentes de Veridia, y estábamos a punto de enseñarle a la oscuridad que el fuego de un amor forjado en la guerra es capaz de iluminar hasta el rincón más profundo del infierno.
La torre de obsidiana nos esperaba.
El acto final de nuestra historia estaba a punto de comenzar, y el destino de nuestro hijo, de nuestro imperio y de nuestras propias almas se decidiría sobre un altar de piedra y sangre.
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