Matrimonio Con El Lobo de Hierro - Capítulo 27
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27: Capítulo 27 27: Capítulo 27 Cassian Las Ruinas de Obsidiana no eran solo piedra; eran un organismo vivo que se alimentaba de la desesperación.
Cada paso que dábamos hacia la torre central del templo de Oskura se sentía como caminar a través de miel espesa y fría.
El aire vibraba con un zumbido que me hacía doler los dientes, pero mis ojos no se apartaban de la cima.
Evelina caminaba a mi lado, su mano pequeña aferrada a la mía con una fuerza que me recordaba que ella era el ancla de mi alma.
Su respiración era agitada, el esfuerzo del ascenso pesaba sobre su cuerpo gestante, pero su mirada tenía la fijeza de una reina guerrera.
—Está allí —susurró ella al cruzar el umbral del salón superior—.
Siento cómo el aire se retuerce a su alrededor.
En el centro del salón, bañado por la luz de una luna roja que se filtraba por el techo derruido, se alzaba el Altar del Eclipse.
Y sobre él, flotando como una aparición de humo y odio, estaba Valerius.
Ya no era el hombre pálido y hermoso del palacio de cristal; era una entidad de pura sombra, sus ojos eran dos grietas de fuego azul y su voz era el eco de mil tumbas.
—Habéis llegado justo a tiempo para el banquete final, General —siseó Valerius, y el sonido pareció salir de las paredes mismas—.
El solsticio ha comenzado.
El velo entre los mundos es fino, y el niño que ella lleva es el puente que necesito para mi regreso eterno.
—Sobre mi cadáver —rují, desenvainando mi sable.
El acero de Veridia brilló con un fulgor azulado, reaccionando a la magia del lugar.
—Ese es el plan, Drako —respondió la sombra.
De las esquinas de la sala surgieron las Sombras de Élite, guerreros espectrales que no tenían rostro, solo armaduras vacías y espadas de humo.
Se lanzaron hacia nosotros con una velocidad sobrenatural.
—¡Quédate atrás de mí!
—le grité a Evelina, pero ella no me obedeció.
—¡No, Cassian!
—ella sacó el antiguo amuleto de los Laurent que su tía le había dado—.
¡El acero no puede matar lo que no es físico!
¡Usa tu voluntad, no solo tu fuerza!
Me lancé al combate.
El primer espectro intentó atravesarme, pero esquivé el golpe y corté su coraza.
Para mi sorpresa, el metal no solo chocó, sino que el fuego de mi rabia —esa posesividad que antes era mi pecado— ahora se canalizaba a través de mi espada, quemando la esencia del enemigo.
No era solo un general peleando; era un padre defendiendo su nido.
Cada tajo que daba era un rugido de protección.
Mis movimientos eran una coreografía de muerte y luz.
Mientras yo mantenía a raya a la guardia espectral, Evelina avanzaba hacia el altar, recitando las palabras antiguas de su linaje que deshacían los nudos de oscuridad que Valerius intentaba tejer alrededor de su vientre.
Evelina El dolor en mi vientre era una presión constante, como si el bebé estuviera intentando luchar desde adentro contra la garra fría de Valerius.
Cada vez que el Rey de las Sombras extendía sus dedos de humo hacia mí, yo alzaba el amuleto Laurent.
—¡No tienes poder aquí, Valerius!
—grité, mi voz resonando con una autoridad que me venía de generaciones de sangre antigua—.
¡Este niño no es una llave para tu oscuridad!
¡Es el fruto de una unión que tú nunca podrás comprender!
Valerius soltó un grito que hizo temblar la torre.
La sombra se condensó, volviéndose sólida por un instante para lanzarse directamente sobre mí.
—¡Si no es mi recipiente, será mi sacrificio!
—rugió.
Pero antes de que pudiera tocarme, una figura se interpuso entre nosotros.
Cassian, cubierto de heridas sangrientas de los espectros, bloqueó la mano de Valerius con su antebrazo.
El contacto quemó su carne, el olor a piel chamuscada llenó el aire, pero el General no retrocedió ni un milímetro.
—¡AHORA, EVELINA!
—gritó Cassian, sus dientes apretados por el dolor—.
¡ROMPE EL VÍNCULO!
Clavé mi daga en el centro del Altar de Obsidiana, justo donde la luz de la luna roja se concentraba.
Al mismo tiempo, canalicé todo el amor que sentía por el hombre que estaba sangrando por mí, todo el deseo de ver nacer a nuestro hijo en un mundo libre de sombras.
Una explosión de luz blanca brotó de la daga, barriendo la oscuridad de la sala.
Valerius fue consumido por el resplandor, soltando un último alarido de frustración antes de desvanecerse en la nada.
Las ruinas empezaron a colapsar, las piedras negras se convertían en polvo ante la pureza de la energía que habíamos liberado.
Cassian cayó de rodillas, agotado.
Corrí hacia él y lo sostuve, su cabeza descansando en mi hombro mientras el techo de la torre se abría para dejar entrar la primera luz de un amanecer real, una luz que ya no era gris, sino de un oro purísimo.
—Se acabó…
—susurró él, su mano buscando mi vientre—.
¿Está bien?
¿Estáis bien?
—Estamos a salvo, Cassian —respondí, besando su frente empapada de sudor—.
Lo hemos logrado.
Cassian Nueve meses después El silencio en la Mansión Drako era absoluto, interrumpido solo por el canto de los pájaros en el jardín botánico que finalmente había terminado de construir para ella.
Pero dentro de la habitación principal, la tensión era más alta que en cualquier campo de batalla que hubiera pisado.
Caminaba de un lado a otro en el pasillo, mis botas haciendo un eco que me ponía de los nervios.
Miller estaba a mi lado, ofreciéndome una copa de coñac que ignoré por quinta vez.
—General, por favor, siéntese —dijo Miller con una sonrisa paciente—.
La Señora es fuerte.
Usted mismo lo ha visto.
—He visto guerras, Miller.
He visto imperios caer.
Pero nada me ha preparado para este silencio.
De repente, un sonido rompió la calma.
No fue un grito, ni una orden militar.
Fue un llanto agudo, vigoroso y lleno de vida.
Me quedé petrificado.
El General de Hierro sintió que sus rodillas cedían.
Entré en la habitación sin esperar permiso.
Evelina estaba recostada contra los cojines, pálida y sudorosa, pero con una sonrisa que eclipsaba cualquier sol.
En sus brazos, envuelto en lino blanco, había un pequeño bulto que se movía con energía.
Me acerqué lentamente, temiendo que mi sola presencia fuera demasiado ruda para ese momento.
Me senté en el borde de la cama y ella me entregó al niño.
Al tomarlo, sentí una descarga eléctrica de amor puro.
Tenía mi cabello oscuro, pero cuando abrió los ojos por un segundo, vi el gris tormentoso que compartíamos, matizado con la inteligencia de los Laurent.
—Es un guerrero —susurró Evelina, tomando mi mano—.
Pero no tendrá que pelear tus guerras, Cassian.
—Tendrá su propio destino —asentí, besando la frente de mi hijo y luego los labios de mi esposa—.
Pero juro que el mundo será un lugar seguro para él.
Porque ahora no solo soy el General del Imperio.
Soy el padre del futuro.
Miré por la ventana hacia el horizonte de Veridia.
La paz era real.
Los enemigos habían caído, las sombras se habían disipado y el contrato que una vez nos unió por conveniencia se había transformado en el imperio más grande de todos: una familia.
Evelina se recostó en mi hombro, y mientras contemplábamos a nuestro hijo, supe que nuestra historia no terminaba aquí.
El Lobo de Hierro había encontrado su hogar, y la dama que lo había silenciado con su amor ahora reinaba a su lado, no como un trofeo, sino como su igual, su fuerza y su luz eterna.
—¿Cómo se llamará?
—preguntó ella.
—Se llamará Valerian —dije, dándole un nuevo significado al nombre—.
Porque será el recordatorio de que incluso de las sombras más profundas, puede nacer la luz más brillante.
Y así, en el corazón de la paz que tanto nos costó ganar, el Comandante y su Dama finalmente dejaron de pelear contra el mundo, para empezar a construir uno nuevo.
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