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Matrimonio Con El Lobo de Hierro - Capítulo 28

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28: Capítulo 28 28: Capítulo 28 Cassian Dos años habían pasado desde que las ruinas de Oskura se convirtieron en polvo, y el mundo pensaba que el Lobo de Hierro se había domesticado.

Qué equivocados estaban.

Si antes era peligroso cuando protegía a mi esposa, ahora, con un hijo de dos años que parecía haber heredado mi temperamento y la inteligencia letal de su madre, me había convertido en algo que rozaba la paranoia divina.

—¡Valerian!

¡Bájate de esa gárgola ahora mismo!

—rugí desde el jardín.

Mi hijo, un torbellino de cabello oscuro y ojos grises desafiantes, me miró desde lo alto de una de las estatuas de la fuente, riendo con una audacia que me recordaba demasiado a Evelina.

—¡Papá, soy un águila!

—gritó, extendiendo sus pequeños brazos antes de saltar.

Casi se me detiene el corazón.

Me lancé hacia adelante, atrapándolo en el aire antes de que sus pies tocaran el suelo.

Lo apreté contra mi pecho, sintiendo su risa vibrar contra mi uniforme.

—Si vuelves a hacer eso, te pondré bajo arresto domiciliario hasta que cumplas los dieciocho —gruñí, aunque no pude evitar besar su frente con una desesperación que no mostraría ante mis tropas.

—General Drako, creo que el niño tiene más puntería que sus mejores tiradores —la voz de Miller sonó desde el porche, con una bandeja de té que ahora era parte de nuestra rutina matutina.

Dejé a Valerian en el suelo y lo vi correr hacia los perros de caza.

Mi mirada se desvió hacia la terraza superior, donde Evelina nos observaba con una sonrisa que seguía siendo mi única brújula.

Lucía un vestido de seda esmeralda que resaltaba su elegancia soberana.

Se veía más hermosa que el día que la conocí; la maternidad le había dado una luz que me hacía querer arrodillarme ante ella cada mañana.

Pero mi paz duró poco.

Miller se acercó a mí y su expresión cambió.

El hombre que servía el té desapareció, y el jefe de inteligencia regresó.

—Ha llegado un mensaje cifrado del sur, señor.

El Archiduque de Solaria solicita una audiencia.

Dice que tiene “asuntos comerciales” que tratar con la Regente Evelina.

Personalmente.

Sentí que el músculo de mi mandíbula se tensaba hasta doler.

El Archiduque de Solaria era conocido como el “Seductor de los Mares”, un hombre rico, joven y con una reputación de obtener siempre lo que quería.

El hecho de que pidiera hablar con mi esposa, y no conmigo, fue como si me clavaran una bayoneta en el orgullo.

—Dile que la Regente está ocupada —respondí, mi voz volviéndose de piedra—.

Que trate sus asuntos conmigo.

—Él insiste, General.

Dice que es un tratado de comercio que solo la familia Laurent puede autorizar debido a las antiguas rutas marítimas.

Miré hacia arriba.

Evelina ya me estaba observando.

Ella lo sabía.

Sabía que los problemas volvían a llamar a nuestra puerta y sabía que mi primer instinto sería encerrarla en la torre más alta de la mansión.

Evelina Observaba a Cassian desde la terraza y podía ver el vapor salir de sus orejas.

Mi esposo no había cambiado nada; seguía siendo el hombre más posesivo y territorial del continente.

Verlo con Valerian era mi alegría diaria, pero sabía que el General de Hierro necesitaba una nueva batalla para no asfixiarnos a todos con su sobreprotección.

Bajé las escaleras y caminé hacia él.

Cassian me rodeó la cintura al instante, atrayéndome hacia su cuerpo con una fuerza que decía claramente: “Eres mía”.

—No vas a recibirlo —dijo, antes de que yo pudiera abrir la boca.

—Cassian, Solaria controla el 40% del grano que entra en Veridia —respondí, acariciando su rostro, tratando de calmar a la bestia—.

Si no lo recibimos, el pueblo pasará hambre en invierno.

Es solo una reunión de negocios.

—Ese hombre no sabe lo que es un negocio que no involucre una cama, Evelina.

He leído los informes.

No dejaré que respire el mismo aire que tú.

—Irémos juntos —propuse, sabiendo que era la única forma de que aceptara—.

Tú estarás a mi lado, con tu uniforme más intimidante y tu mirada de “te mataré si parpadeas”.

Yo haré los números, y tú harás el papel de muro de acero.

Cassian gruñó, pero terminó besando mi mano.

—Si se atreve a decirte un solo cumplido, le declararé la guerra a Solaria antes de que termine el primer plato.

Reí, besando sus labios con una pasión que seguía quemando igual que el primer día.

Pero en el fondo, sentía una inquietud.

No era por el Archiduque.

Era por el hecho de que, en la última semana, Valerian había empezado a dibujar rosas negras en sus cuadernos de dibujo.

“El niño es la llave”, había dicho mi tía.

Valerius estaba muerto, de eso no había duda.

Pero su sombra…

su sombra parecía estar buscando una nueva forma de manifestarse.

Y qué mejor forma que a través de un niño que poseía la fuerza de un Drako y la sensibilidad mística de una Laurent.

Esa noche, mientras Cassian dormía abrazado a mí, me levanté y fui a la habitación de Valerian.

El pequeño dormía plácidamente, pero sobre su mesa de noche, una pequeña figura de madera que él mismo había tallado me llamó la atención.

No era un caballo, ni un soldado.

Era un trono de espinas.

Se me heló la sangre.

La paz que Cassian había construido con sangre y acero estaba empezando a agrietarse desde adentro.

El Archiduque venía a Veridia, pero me preguntaba si era realmente por el grano, o si era el primer peón en un nuevo tablero de ajedrez que amenazaba con destruir la familia que tanto nos costó formar.

Regresé a la cama y me acurruqué contra el calor de Cassian.

Él, incluso dormido, me rodeó con sus brazos, protegiéndome de fantasmas que él todavía no podía ver.

—No dejaré que te toquen —susurró entre sueños.

—Lo sé, mi amor —respondí en silencio—.

Pero esta vez, el enemigo no viene con cañones.

Viene por el alma de nuestro hijo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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