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Matrimonio Con El Lobo de Hierro - Capítulo 3

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3: Capítulo 3 3: Capítulo 3 Evelina El Palacio de Verano era un espectáculo de luces doradas y música de cámara que se filtraba hasta los jardines perfectamente podados.

Pero para mí, era un nido de víboras cubierto de terciopelo.

Me miré una última vez en el espejo de cuerpo entero antes de salir de la suite.

El sastre que Cassian envió no había escatimado en gastos.

Llevaba un vestido de seda en color verde esmeralda, un tono que hacía que mis ojos resaltaran y que mi piel pareciera de porcelana.

El escote era elegante pero atrevido, dejando al descubierto mis hombros y la línea de mi cuello, donde descansaba un collar de diamantes tan pesados que me recordaban, a cada segundo, el precio de mi libertad.

Cuando bajé las escaleras de la mansión, Cassian me esperaba en el vestíbulo.

Estaba de espaldas, hablando con Miller, luciendo su uniforme de gala con todas las condecoraciones.

Al escuchar mis pasos, se giró.

El silencio que siguió fue más ruidoso que cualquier explosión.

Sus ojos de acero recorrieron cada curva del vestido, deteniéndose un segundo más de lo debido en mi escote antes de subir a mis labios.

Por un instante, vi una grieta en su máscara de hierro.

Sus pupilas se dilataron y su mandíbula se tensó con una fuerza que hizo que las venas de su cuello resaltaran.

—Te ves…

aceptable —dijo finalmente.

Su voz sonó más ronca de lo habitual, como si tuviera arena en la garganta.

—¿Solo aceptable, General?

—Caminé hacia él, disfrutando del ligero rastro de perfume que dejaba a mi paso—.

Pensé que mi trabajo era dejar a todos con la boca abierta para que nadie sospechara de nuestro pequeño arreglo.

Cassian dio un paso hacia mí, invadiendo mi espacio personal.

El aroma a madera y poder que desprendía me envolvió, haciéndome sentir pequeña pero extrañamente alerta.

Me puso una mano en la cintura para guiarme hacia la salida.

Sus dedos, incluso a través de la tela del vestido, se sentían como hierro ardiente.

—No te pases de lista, Evelina —susurró cerca de mi oído, su aliento rozando mi piel—.

Sonríe, mantente cerca de mí y no olvides quién tiene la correa.

—La correa solo funciona si el animal tiene miedo, Cassian —le devolví el susurro mientras subíamos al carruaje—.

Y yo hace mucho tiempo que dejé de asustarme por los lobos.

El trayecto al palacio fue tenso.

Él no dejó de mirar por la ventana, pero yo sentía su atención puesta en mí, en la forma en que mis piernas rozaban las suyas debido al estrecho espacio del carruaje.

Cada vez que el vehículo tropezaba con un bache, mi hombro chocaba con el suyo, y podía sentir la rigidez de sus músculos.

Estaba tan consciente de mí como yo de él.

Al llegar al palacio, el ruido de los flashes de los fotógrafos y los murmullos de la aristocracia nos recibieron.

Cassian bajó primero y me tendió la mano.

Al tomarla, apretó mis dedos con fuerza, una advertencia silenciosa.

—Recuerda —me dijo antes de entrar al salón principal—.

Eres mi esposa.

Actúa como tal.

Entramos y el salón se quedó en silencio por un segundo antes de estallar en susurros.

El “Muro de Ébano” había traído a su misteriosa esposa, la hija del traidor Laurent.

Sentía las miradas de desprecio de las matronas de la corte y la curiosidad lasciva de los oficiales jóvenes.

—General Drako, qué sorpresa verlo en eventos tan…

banales —dijo una voz melosa detrás de nosotros.

Era el Ministro Vargo.

Un hombre gordo, de ojos pequeños y astutos, que llevaba el pecho cubierto de medallas que nunca se había ganado en combate.

Fue él quien firmó la orden de arresto de mi padre.

Sentí que la sangre me hervía, pero mantuve mi sonrisa de porcelana.

—Ministro —respondió Cassian con una frialdad cortante—.

Le presento a mi esposa, Evelina.

Vargo tomó mi mano y la besó, dejando una sensación húmeda y desagradable en mi piel.

Sus ojos me recorrieron con una falta de respeto que me hizo querer abofetearlo.

—La pequeña Evelina —dijo Vargo—.

Quién diría que terminaría bajo el ala del hombre que ayudó a limpiar el desastre de su padre.

Debes estar muy…

agradecida.

Sentí que la mano de Cassian en mi cintura se cerraba con una fuerza posesiva, casi dolorosa.

Sus nudillos estaban blancos.

—Está bajo mi protección, Vargo —dijo Cassian, y su voz tenía un tono peligroso que hizo que el ministro retrocediera un paso—.

Y lo que ella deba agradecer o no, es un asunto que solo se discute en mi dormitorio.

No en tu presencia.

El comentario de Cassian sobre el “dormitorio” me tomó por sorpresa.

Sabía que lo decía para marcar territorio, pero una descarga eléctrica recorrió mi columna.

Vargo se aclaró la garganta, incómodo, y se marchó rápidamente.

—Eso fue un poco directo, ¿no cree, General?

—le pregunté, tratando de recuperar el aliento.

—Los hombres como él solo entienden la fuerza —respondió él, sin soltarme—.

Y no me gusta cómo te miraba.

—¿Celos, General?

Pensé que nuestro contrato decía que no había sentimientos de por medio.

Cassian se detuvo en seco y me obligó a mirarlo.

Estábamos en un rincón algo apartado del salón, bajo la sombra de una columna de mármol.

—No son celos, Evelina.

Es propiedad.

Lo que es mío, nadie más lo toca, ni siquiera con la mirada.

Es una cuestión de jerarquía militar.

—Yo no soy una de sus medallas, Cassian.

Soy una mujer.

Él se acercó tanto que nuestras narices casi se rozaban.

Podía ver las pequeñas motas grises en sus ojos de acero y sentir el calor que emanaba de su cuerpo.

Su mirada bajó a mis labios y por un segundo interminable, pensé que me besaría allí mismo, frente a toda la corte.

Mi corazón latía tan fuerte que temía que él pudiera escucharlo.

—Precisamente porque eres una mujer, y no un objeto, eres peligrosa —murmuró.

Su mano subió desde mi cintura hasta mi nuca, sus dedos enredándose ligeramente en mi cabello—.

Pero no olvides que yo soy el que maneja el peligro.

Justo en ese momento, la música de un vals comenzó a sonar.

—Baile conmigo —ordenó, no como una petición, sino como un comando militar.

Me llevó a la pista de baile.

Cassian bailaba como todo lo que hacía: con una precisión letal y una fuerza dominante.

Me guiaba por el salón con una facilidad asombrosa, haciéndome girar mientras su mano derecha me mantenía pegada a su pecho.

Podía sentir el latido rítmico de su corazón y la dureza de su uniforme contra mi piel suave.

Mientras bailábamos, aproveché para cumplir mi parte.

Observé a los oficiales que hablaban en las esquinas, leí los labios del Coronel Marx mientras discutía algo sobre “envíos en la frontera norte” y memoricé quiénes se acercaban a Vargo con actitud sospechosa.

—¿En qué piensas?

—preguntó Cassian, notando mi mirada errante.

—En que su frontera norte tiene una filtración de suministros y en que el Ministro Vargo acaba de recibir un sobre pequeño de manos de su secretario —le dije en voz baja, sin dejar de bailar—.

De nada, General.

Cassian se tensó.

Su mirada se volvió aguda, escaneando el salón mientras seguíamos el ritmo del vals.

—¿Cómo lo sabes?

—Tengo buen ojo para los detalles.

Usted mira las batallas, yo miro a los soldados.

Él me apretó más contra él, hasta que no quedó ni un milímetro de aire entre nosotros.

Sus ojos ardían con algo que ya no era solo sospecha; era una fascinación oscura y peligrosa.

—Eres mucho más de lo que pareces, Evelina Laurent —dijo, y esta vez, no hubo sarcasmo en su voz—.

Y eso te hace la mujer más peligrosa de esta habitación.

—Espero que eso signifique que me dará esa llave de la biblioteca mañana —respondí con una sonrisa desafiante.

La música terminó, pero él no me soltó de inmediato.

Nos quedamos allí, en medio de la pista, mientras los demás parejas se retiraban.

El mundo a nuestro alrededor parecía desvanecerse, dejando solo la electricidad que vibraba entre nosotros.

—Mañana —prometió—.

Pero esta noche…

esta noche todavía eres mi esposa ante el mundo.

Y el mundo está mirando.

Me ofreció su brazo para retirarnos, pero antes de salir, vi a Vargo observándonos con odio.

Sabía que este era solo el inicio de una guerra mucho más grande.

Pero mientras sentía el brazo firme de Cassian bajo el mío, me di cuenta de algo aterrador: mi mayor peligro no era Vargo, ni la corte, ni la caída de mi familia.

Mi mayor peligro era el hombre que me llevaba del brazo, el hombre que empezaba a mirarme no como un contrato, sino como un desafío que estaba desesperado por conquistar.

Y lo peor de todo, es que yo estaba empezando a querer que lo hiciera.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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