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Matrimonio Con El Lobo de Hierro - Capítulo 30

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30: Capítulo 30 30: Capítulo 30 Evelina El eco de los pasos de los sirvientes recogiendo el desastre del banquete se desvanecía mientras Cassian me arrastraba prácticamente hacia nuestra habitación.

No caminaba, marchaba; su mano cerrada en mi muñeca no me lastimaba, pero era una declaración de que el mundo exterior había dejado de existir.

En cuanto cruzamos el umbral, pateó la puerta y el sonido del cerrojo encajando fue la señal de que la tregua diplomática se había transformado en una guerra de alcoba.

Él no esperó.

Me estampó contra la madera de la puerta, rodeándome con sus brazos como si quisiera fusionar mi cuerpo con el suyo.

—¿Te gustó?

—gruñó contra mis labios, su aliento caliente sabía a vino y a una furia que me hacía arder—.

¿Te gustó ver cómo ese bastardo de Solaria te desnudaba con la mirada frente a mis propios hombres?

—Cassian, estás siendo un animal —jadeé, intentando recuperar el aire mientras mis manos buscaban desesperadamente los botones de su uniforme.

—Soy tu animal, Evelina.

Y tú eres mi reina.

No dejaré que nadie, absolutamente nadie, respire el mismo aire que tú sin mi permiso.

Me tomó de los muslos y me levantó, obligándome a rodear su cintura con las piernas.

Sus manos bajaron a mi vestido de encaje y, con un tirón seco y violento, desgarró la seda del escote.

No hubo delicadeza, no hubo protocolos.

Sus labios capturaron los míos en un beso que sabía a hierro y a una posesión tan cruda que me hizo soltar un gemido de puro deseo.

Me llevó hacia la cama, pero no me depositó con suavidad.

Me lanzó sobre las pieles de lobo y se deshizo de su guerrera en un segundo.

Al verlo así, con el torso desnudo, las cicatrices de guerra brillando bajo la luz de las velas y sus ojos de acero inyectados en una lujuria asesina, supe que esta noche no habría paz.

—Mírame —ordenó, posicionándose entre mis piernas—.

Quiero que recuerdes este momento la próxima vez que un diplomático intente tocarte la mano.

Quiero que sientas quién es el hombre que te posee.

Se adentró en mí con una estocada brutal y profunda que me hizo arquear la espalda y clavar las uñas en sus hombros anchos.

El placer fue tan intenso que vi estrellas.

Cassian no se detuvo; su ritmo era frenético, castigador, una danza de poder donde cada movimiento reclamaba territorio.

Sus manos se cerraron en mis muñecas, manteniéndolas por encima de mi cabeza, mientras sus labios marcaban mi cuello con mordiscos que se convertirían en hematomas púrpuras mañana.

—Eres mía —gruñía él con cada embestida, su voz vibrando en mi pecho—.

De la cabeza a los pies.

Del alma a la sangre.

—¡Soy tuya, Cassian!

¡Siempre he sido tuya!

—grité, perdida en el torbellino de su furia.

El erotismo en la habitación era asfixiante.

El olor a sexo, a sudor y a la cera de las velas que se consumían creaba un ambiente donde solo existíamos nosotros.

Cassian me giró, obligándome a apoyarme sobre mis rodillas mientras él me tomaba por las caderas con una fuerza que me dejaría marcas.

El contacto era eléctrico, rítmico, una tormenta que amenazaba con destruir la mansión entera.

Sentía su virilidad golpeando mi centro, llevándome al borde de un abismo del que no quería regresar.

Estaba tan lleno de mí, tan desbordante de esa energía protectora y salvaje, que sentí que el mundo se desmoronaba.

Justo cuando el orgasmo empezó a sacudir mi cuerpo en oleadas violentas, Cassian soltó un rugido animal, enterrándose profundamente en mí una última vez, vaciándose con una desesperación que decía que, a pesar de todo su poder, él era el verdadero esclavo de este amor.

Nos desplomamos sobre las mantas, jadeando, con los corazones latiendo al unísono como tambores de guerra en retirada.

El sudor nos unía, y el silencio que siguió fue el primero de paz real en toda la noche.

Cassian me rodeó con sus brazos, besando mi hombro sudoroso con una ternura que me hizo olvidar su violencia de hace unos minutos.

Pero la paz de los Drako es siempre un suspiro.

Toc, toc, toc.

Un golpe suave pero insistente en la puerta rompió la burbuja.

Cassian se tensó al instante, su mano buscando por puro instinto la daga que siempre dejaba en la mesa de noche.

—¡Quienquiera que sea, más vale que se esté quemando la ciudad o le cortaré la cabeza!

—rugió Cassian, su voz todavía ronca por la pasión.

—Señor…

es el joven Valerian —la voz de Miller sonaba a través de la madera, teñida de esa paciencia infinita que solo él poseía—.

Dice que ha tenido una pesadilla con las sombras del mar.

No quiere dormir con las niñeras.

Busca a su mamá.

Cassian cerró los ojos y dejó caer la cabeza contra la almohada con un suspiro que fue mitad quejido y mitad risa resignada.

—Por el amor de Dios, Cassian, es tu hijo —murmuré, intentando cubrirme con la sábana mientras me reía de la expresión de frustración de mi esposo.

—Es un conspirador —gruñó Cassian, sentándose y pasándose una mano por el cabello desordenado—.

Tiene dos años y ya sabe exactamente cómo interrumpir el único momento de privacidad de su padre.

Es un estratega nato, Evelina.

Me ha flanqueado.

Me puse la bata de seda rápidamente, arreglándome el cabello como pude.

Cassian, todavía desnudo de la cintura para arriba, se levantó con un gruñido y abrió la puerta.

Allí estaba Valerian.

El pequeño heredero del hierro vestía un camisón blanco y sostenía un pequeño lobo de madera.

Sus ojos grises, idénticos a los de su padre, miraron a Cassian con una seriedad que daba miedo.

—Papá, el hombre rubio ha dejado una serpiente en el salón —dijo el niño con una calma gélida—.

No puedo dormir porque la serpiente me mira desde la sombra.

Cassian se arrodilló frente a él, su faceta de demonio posesivo desapareciendo para dar paso al padre protector.

Le puso una mano en el hombro pequeño.

—¿Una serpiente, campeón?

He echado al hombre rubio de esta casa.

No hay nada que pueda lastimarte mientras yo esté aquí.

—No es una serpiente de carne, papá —insistió Valerian, caminando hacia mí y abrazando mis piernas—.

Es una serpiente de humo.

Mamá, ¿puedo dormir con vosotros?

Miré a Cassian.

Él miró al niño.

El General que hace diez minutos quería quemar un imperio por celos, ahora suspiraba y cargaba a su hijo en brazos, sentándolo en medio de nuestra cama inmensa.

—Solo por esta noche, pequeño recluta —dijo Cassian, metiéndose en la cama al otro lado del niño y rodeándonos a ambos con sus brazos protectores—.

Pero mañana empezaremos tu entrenamiento de guardia.

Si vas a interrumpir mis noches, al menos aprenderás a manejar un sable.

Valerian se acurrucó contra mi pecho, quedándose dormido casi al instante.

Pero Cassian y yo nos quedamos despiertos, mirándonos por encima de la cabeza de nuestro hijo.

—La “serpiente de humo” —susurró Cassian, su mirada volviéndose seria—.

Valerius usaba ese símbolo para sus espías de alto rango.

Julian de Solaria no solo vino a coquetear, Evelina.

Dejó algo en esta casa.

Un marcador.

—Lo encontraremos mañana —respondí, acariciando el cabello de Valerian—.

Ahora, descansa, General.

Tienes a tus dos tesoros bajo tu mando.

Cassian me besó una última vez, un beso suave que prometía que la guerra de mañana sería tan implacable como nuestra pasión de esta noche.

El Lobo de Hierro finalmente cerró los ojos, custodiando el sueño de su familia, mientras afuera, las sombras de Solaria empezaban a deslizarse por los muelles del Río Negro, preparando el siguiente movimiento en un tablero donde nosotros éramos los reyes y nuestro hijo, el premio final.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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