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Matrimonio Con El Lobo de Hierro - Capítulo 32

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32: Capítulo 32 32: Capítulo 32 Cassian El aire en el salón de baile del Palacio de Solaria apestaba a perfume floral, incienso caro y, sobre todo, a la hipocresía de una aristocracia que se creía intocable.

Odiaba las máscaras.

Odiaba los disfraces.

Y odiaba, por encima de todas las cosas, el plan que Evelina había diseñado con la precisión de un cirujano.

—Cálmate, General —la voz de Miller sonó a través del pequeño dispositivo de escucha en mi oído—.

Si sigues apretando esa copa de cristal, va a estallar en tu mano y arruinarás tu disfraz.

—Mi disfraz es ridículo, Miller —gruñí por lo bajo, ajustándome la máscara de seda negra que cubría la mitad superior de mi rostro.

Me habían vestido con una capa de terciopelo azul noche y un traje que, aunque elegante, me hacía sentir como un actor de teatro.

Pero no era el traje lo que me irritaba; era el hecho de que mi esposa, mi vida, mi único tesoro, estaba en el centro de la pista de baile luciendo un vestido de seda dorada que se ajustaba a sus curvas como una segunda piel, dejando su espalda totalmente descubierta.

Y no estaba sola.

—El objetivo está a las doce, señor —informó Miller—.

El Conde de Valois.

Él es quien maneja la red de barcos espía de Julian.

Vi cómo el Conde, un hombre con una máscara de zorro plateado, le ofrecía una copa a Evelina.

Vi cómo ella le sonreía, esa sonrisa deslumbrante que yo consideraba de mi exclusiva propiedad, y cómo inclinaba la cabeza para escuchar lo que él le susurraba al oído.

Sentí que el cristal de la copa crujía.

El deseo de cruzar el salón, arrancar al Conde de su sitio y lanzarlo por el balcón era casi insoportable.

Mi instinto protector se estaba transformando en una rabia posesiva que me nublaba la vista.

—Cassian, respira —la voz de Evelina llegó suavemente a través de mi receptor.

Ella sabía que la estaba mirando.

Podía sentir mi mirada quemando su piel—.

Está mordiendo el anzuelo.

Solo necesito diez minutos más para que me entregue la ubicación del muelle secreto.

—Ese hombre tiene su mano a milímetros de tu cintura, Evelina —dije, mi voz era un gruñido que apenas logré contener—.

Si baja un centímetro más, Solaria se quedará sin un Conde antes de que termine la orquesta.

—Confía en mí —respondió ella, y vi cómo le tocaba el brazo al Conde con una coquetería que me hizo querer derribar las columnas del palacio—.

Soy una Drako, ¿recuerdas?

Sé cómo manejar a las alimañas.

La vi alejarse con el Conde hacia uno de los balcones apartados, lejos de la luz principal.

Mi paciencia se evaporó.

Ignoré las órdenes de Miller y empecé a moverme entre la multitud con la gracia letal de un depredador que ya no puede ocultar sus garras.

Cada paso que daba era una promesa de violencia.

Los nobles de Solaria se apartaban sin saber por qué, intimidados por el aura de peligro que emanaba de “el caballero de negro”.

Llegué a las cortinas de terciopelo que daban al balcón.

Me quedé en las sombras, escuchando.

—…y supongo que un hombre como usted sabe valorar la discreción, Conde —decía la voz de seda de Evelina—.

Mi esposo es un hombre…

difícil.

A veces una mujer necesita aliados que comprendan la finura del comercio, no solo el peso del acero.

—El General Drako es un bárbaro con suerte, mi señora —respondió el Conde, y pude oír el roce de su mano sobre la seda de su vestido—.

Aquí en Solaria, sabemos cómo tratar a una joya como usted.

Si me entrega los códigos de acceso a las rutas del norte, yo le entregaré algo mucho más valioso: la libertad de su marido.

—¿Ah, sí?

—Evelina soltó una risita que me hizo apretar los dientes—.

Muéstremelo.

Escuché el sonido de un papel siendo desplegado.

El mapa de los muelles.

En ese momento, el Conde cometió el error de su vida.

Se inclinó hacia ella, su aliento rozando su cuello, y su mano se deslizó hacia la parte baja de su espalda descubierta.

—Podríamos sellar este pacto de una manera más…

íntima —susurró el bastardo.

No necesité escuchar más.

Salí de las sombras como una exhalación.

Antes de que el Conde pudiera parpadear, mi mano se cerró alrededor de su garganta y lo levanté varios centímetros del suelo, estampándolo contra la barandilla de piedra del balcón.

El mapa cayó al suelo.

—El pacto está sellado —dije, mi voz saliendo desde las profundidades del infierno—.

Pero el pago será tu vida.

—¡Cassian!

—Evelina exclamó, pero no de miedo, sino con una advertencia—.

¡El mapa!

—Ya tengo el mapa —respondí, sin soltar al Conde, cuyos pies pataleaban en el aire mientras su rostro se volvía púrpura bajo la máscara de zorro—.

Y ahora tengo al traidor.

Le quité la máscara al Conde con un movimiento brusco.

Sus ojos estaban desorbitados de terror al reconocer la mirada de acero que lo acechaba.

—Julian no te salvará de esto —gruñí—.

Porque para cuando termine contigo, desearás que te hubiera matado en este mismo instante.

—¡Señor, guardias acercándose!

—la voz de Miller era urgente.

Solté al Conde, que cayó como un fardo de ropa sucia, inconsciente por la falta de oxígeno.

Tomé a Evelina por la cintura y la atraje contra mí con una posesión que no admitía réplicas.

Recogí el mapa del suelo y lo guardé en mi chaqueta.

—Vámonos —ordené.

—Cassian, todavía no he terminado de…

—Has terminado —la interrumpí, cargándola al estilo nupcial antes de que pudiera protestar—.

Me estoy pudriendo de celos, Evelina.

He pasado la última hora viendo cómo esos buitres te devoraban con la mirada y cómo este imbécil te tocaba.

Si no te saco de aquí ahora mismo, voy a incendiar este palacio con todos adentro.

Salimos por la balaustrada, bajando hacia los jardines privados donde Miller nos esperaba con un carruaje discreto.

El trayecto hacia el puerto fue un silencio cargado de electricidad.

Evelina me miraba, y vi en sus ojos que, aunque estaba molesta por haber interrumpido su “misión”, también estaba encendida por la ferocidad de mi reacción.

En cuanto entramos en la suite privada del Invictus, la farsa terminó.

Tiré la máscara al suelo y la acorralé contra la pared de madera de caoba del camarote.

—No vuelvas a hacer eso —dije, mi respiración agitada chocando contra su rostro—.

No vuelvas a dejar que nadie te toque, ni siquiera por una misión.

Me vuelve loco, Evelina.

Me arranca la razón.

—Me estabas vigilando, Cassian.

Sabías que lo tenía bajo control —respondió ella, sus manos subiendo por mi pecho, desabrochando los botones de mi camisa con una urgencia que me hizo soltar un gemido ronco.

—Verlo no es lo mismo que soportarlo —la tomé de las nalgas y la subí a mi cintura, sus piernas rodeándome al instante—.

Julian quería usarte para llegar a mí, y ese Conde quería usarte para su placer.

No entienden que tú eres mi imperio.

Mi único reino.

La besé con una furia hambrienta, reclamando cada centímetro de su boca, de su cuello, de su piel.

Mis celos se transformaron en una pasión salvaje que necesitaba borrar el rastro de cualquier otro hombre sobre ella.

La ropa voló por el camarote en medio de suspiros y promesas susurradas de posesión absoluta.

Esa noche, en medio del mar que separaba a Solaria de Veridia, no hubo generales ni regentes.

Solo hubo un hombre reclamando a su mujer con una intensidad que hacía temblar las cuadernas del barco.

Cada movimiento, cada gemido de Evelina bajo mi cuerpo, era la única victoria que me importaba.

—Eres mía —le dije al oído, mientras la poseía con una fuerza que buscaba sellar su alma a la mía para siempre—.

De nadie más.

—Siempre…

—susurró ella, sus uñas marcando mi espalda—.

Tuya siempre, mi lobo.

Nos quedamos dormidos cuando el alba empezaba a teñir el océano de naranja, con el mapa de la red de espionaje de Julian a buen recuerto.

La misión en Solaria apenas comenzaba, pero el mensaje estaba claro: el Lobo de Hierro no compartía su tesoro con nadie, y el precio por intentarlo era la destrucción total.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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