Matrimonio Con El Lobo de Hierro - Capítulo 33
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33: Capítulo 33 33: Capítulo 33 Evelina El despertar en el Invictus fue el último momento de paz que recordaría en mucho tiempo.
El suave balanceo del barco y el peso reconfortante del brazo de Cassian sobre mi cintura me hacían creer que el peligro de Solaria había quedado atrás con el mapa que robamos anoche.
Pero el silencio de la suite era demasiado profundo.
No se oía el correteo de los pies descalzos de Valerian, ni sus risas intentando despertar a Miller.
—Cassian… —susurré, sintiendo un frío súbito que no tenía nada que ver con la brisa marina.
Él se despertó al instante, sus ojos de acero escaneando la habitación.
En un segundo estaba de pie, poniéndose los pantalones.
Su instinto de soldado siempre reaccionaba antes que su mente de esposo.
—¿Miller?
—rugió Cassian hacia la puerta.
La puerta se abrió de golpe.
Miller entró, y por primera vez en todos los años que lo conocía, vi el terror puro en su rostro.
Tenía una brecha sangrante en la frente y sus manos temblaban.
—Señor… General… se lo llevaron —balbuceó Miller—.
Eran hombres rana, surgieron del agua en mitad de la noche, usaron gas narcótico por los conductos de ventilación del camarote del niño.
No pude… no pude detenerlos a todos.
Sentí que el mundo se inclinaba.
Me levanté de la cama, envolviéndome en una bata, mis piernas flaqueando.
Valerian.
Mi pequeño Valerian en manos de Julian de Solaria.
—¡Dime que tienes una dirección!
—Cassian agarró a Miller por las solapas, su voz no era humana, era un sonido gutural que vibraba con una violencia que hacía temblar las lámparas de cristal.
—Un bergantín rápido, de bandera negra… se dirige hacia los arrecifes del Diablo —logró decir Miller.
Cassian soltó a Miller y se giró hacia el ventanal que daba a la cubierta.
A lo lejos, una mancha oscura cortaba el horizonte plateado del amanecer.
Mi esposo no dijo una palabra, pero su aura se volvió tan densa y oscura que el aire del camarote se volvió difícil de respirar.
Caminó hacia su armario de armas, sacó su sable pesado y dos pistolas de repetición.
—Evelina, sube al puente de mando —dijo, y su voz era un témpano de hielo—.
Quiero que calcules la trayectoria de interceptación.
Miller, despierta a los fogoneros.
Quiero que las calderas del Invictus trabajen hasta que el metal se ponga blanco.
No vamos a seguir a ese barco.
Vamos a pasarlo por encima.
Cassian El dolor de haber fallado como protector era una herida abierta en mi pecho que solo se cerraría con la sangre de Julian.
Subí a la cubierta del Invictus mientras el barco cobraba vida.
El humo negro de las chimeneas ensuciaba el cielo del sur, y el sonido de las turbinas de vapor rugía como un animal herido.
—¡Aumenten la presión!
—grité hacia el tubo de comunicación—.
¡Si el motor estalla, que estalle cuando estemos sobre ellos!
Evelina llegó a mi lado.
Ya no era la mujer seductora del baile; llevaba su uniforme de viaje, el cabello recogido y una mirada de una frialdad matemática que me devolvía la cordura necesaria para no saltar al agua y nadar tras ellos.
—Si mantienen el rumbo hacia los arrecifes, intentarán usarlos como escudo porque nuestro calado es mayor —dijo ella, señalando el mapa náutico sobre la mesa del puente—.
Pero hay un canal estrecho, el Paso de las Viudas.
Si cortamos por ahí, apareceremos frente a ellos antes de que lleguen a la fortaleza costera.
—El Paso de las Viudas está lleno de minas, señora —advirtió el timonel, pálido.
—Entonces el Invictus tendrá que ser más fuerte que las minas —sentencié, mirando hacia el barco enemigo—.
Timón a estribor.
Máxima potencia.
El acorazado viró violentamente, escorándose mientras las olas golpeaban el casco de acero.
Yo estaba en la proa, con el catalejo fijo en el bergantín de Solaria.
Podía ver a los hombres de Julian en cubierta.
Y entonces lo vi.
Una pequeña mancha blanca cerca del mástil.
Valerian.
Estaba atado, pero no lloraba.
Miraba hacia atrás, hacia nosotros, con esos ojos grises que no conocían el miedo porque sabían quién venía por él.
—Julian de Solaria —susurré, y el nombre fue una maldición—.
Has cometido el error de creer que este niño es una moneda de cambio.
Para mí, él es mi alma.
Y por mi alma, destruiré tu mundo.
El bergantín enemigo empezó a disparar sus cañones de popa.
Las balas de madera y hierro rebotaban en el blindaje del Invictus sin hacernos daño.
Éramos un monstruo de acero persiguiendo a una presa de madera.
—¡Preparen la batería principal!
—ordené—.
¡Fuego a los mástiles!
¡No toquen el casco, mi hijo está a bordo!
El estruendo de los cañones del Invictus sacudió el mar.
El mástil principal del bergantín se astilló y cayó, reduciendo su velocidad a la mitad.
Estábamos a menos de doscientos metros.
—¡Evelina, quédate en el puente!
—le grité, pero ella ya estaba bajando hacia la cubierta inferior con un rifle de precisión en las manos.
—¡Es mi hijo también, Cassian!
¡Yo despejaré la cubierta de francotiradores, tú ve por él!
Llegamos al costado del bergantín con un choque de metal contra madera que destrozó la borda del barco enemigo.
Antes de que las pasarelas de abordaje terminaran de caer, yo ya había saltado.
Fue una carnicería.
No usé tácticas.
Usé la furia.
Mi sable cortaba extremidades y cuellos con una precisión mecánica.
Cada hombre que se interponía era una vida que yo reclamaba con un placer oscuro.
Sentía las balas rozarme, pero no me importaba.
Solo veía el camino hacia el mástil.
—¡General!
—Julian surgió de la cabina del capitán, sosteniendo a Valerian con un brazo y una pistola apuntando a la cabeza del niño con la otra—.
¡Un paso más y el heredero de Veridia muere!
Me detuve.
El mundo se quedó en silencio.
A lo lejos, escuché el disparo seco del rifle de Evelina eliminando a los últimos guardias de las jarcias.
Estábamos solos: Julian, mi hijo y yo.
—Suéltalo, Julian —dije, mi voz saliendo tan baja que apenas se oía sobre el crujido de la madera—.
No hay salida.
Mi barco está despedazando el tuyo.
Si lo sueltas ahora, te prometo una muerte rápida.
—¡Crees que me importa la muerte!
—gritó Julian, su rostro desencajado por la locura—.
¡Si no puedo tener el poder de este niño, nadie lo tendrá!
¡Oskura volverá a través de sus cenizas!
Julian apretó el gatillo.
En ese milisegundo, Valerian se movió.
No fue un movimiento de niño asustado.
Sus ojos brillaron con una luz púrpura antinatural y el cañón de la pistola de Julian se desvió hacia arriba por una fuerza invisible.
El disparo se perdió en el aire.
Aproveché el segundo de confusión.
Me lancé hacia adelante y hundí mi sable en el pecho de Julian con tal fuerza que la punta salió por su espalda, clavándose en la madera del mástil.
Julian escupió sangre, mirándome con una mezcla de horror y asombro antes de que la luz de sus ojos se apagara.
Arranqué a Valerian de sus brazos y lo apreté contra mi pecho con una fuerza que me hizo sollozar.
Estaba vivo.
Estaba a salvo.
—Papá —susurró el pequeño, su rostro pálido pero tranquilo—.
Sabía que vendrías.
El hombre rubio era débil.
Su sombra no podía aguantar mi luz.
Me giré y vi a Evelina bajando por la pasarela de abordaje.
Corrió hacia nosotros y nos rodeó a ambos en un abrazo desesperado.
Estábamos cubiertos de humo, pólvora y sangre ajena, pero por fin estábamos completos.
—Se acabó —dijo ella, besando la mejilla de nuestro hijo—.
Julian ha caído.
—No se ha acabado —respondí, mirando hacia la costa de Solaria donde sus fuertes empezaban a movilizarse—.
Julian era solo la marioneta.
Valerian acaba de mostrar un poder que no comprendemos.
Hemos ganado esta batalla, pero hemos despertado una guerra que Veridia no está preparada para luchar.
Regresamos al Invictus mientras el bergantín de Solaria se hundía en el mar ardiente.
Mientras el barco tomaba rumbo de regreso al norte, miré a mi hijo dormir en los brazos de su madre.
La profecía de la rosa negra ya no era una advertencia lejana; estaba manifestándose en el heredero de mi sangre.
Julian estaba muerto, pero el rastro de la serpiente nos llevaba ahora hacia un destino mucho más oscuro.
El Lobo de Hierro tendría que aprender a luchar no solo contra hombres, sino contra la herencia mística que amenazaba con devorar a su familia.
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