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Matrimonio Con El Lobo de Hierro - Capítulo 34

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34: Capítulo 34 34: Capítulo 34 Evelina El regreso a Veridia no tuvo el sabor dulce de la victoria que esperaba.

Aunque el Invictus surcaba las aguas del norte con una velocidad implacable, el aire dentro del camarote principal se sentía pesado, cargado con el eco de la luz púrpura que había emanado de Valerian en el barco de Julian.

Mi hijo dormía en una cuna de nogal, ajeno al hecho de que su propia naturaleza acababa de declarar la guerra al orden natural del mundo.

Cassian estaba de pie junto al ventanal, observando la costa.

No se había quitado el uniforme de almirante, manchado con la sangre de Julian de Solaria, como si el cuero y el acero fueran su única piel verdadera.

—No fue suerte, Evelina —dijo él, sin volverse.

Su voz era un susurro ronco, despojado de toda la arrogancia militar—.

Julian disparó.

Yo vi el percutor bajar.

Ese niño…

nuestro hijo…

desvió la bala con la mente.

—Él es un Laurent, Cassian.

La sangre antigua fluye por sus venas —respondí, acercándome a él y poniendo una mano en su espalda.

Sentí cómo sus músculos estaban tensos como cuerdas de violonchelo a punto de romperse—.

Te lo advertí.

El linaje de mi madre no solo traía títulos, traía una herencia que el mundo intentó quemar.

Cassian se giró bruscamente y me rodeó la cintura, pegándome a él con una urgencia que me cortó el aliento.

Sus ojos de acero buscaban los míos, buscando una respuesta que yo no podía darle.

—No permitiré que lo conviertan en un experimento —gruñó—.

No dejaré que esas “sombras” lo toquen.

Si tengo que esconderlo en el búnker más profundo de la montaña, lo haré.

—No puedes esconder el sol, Cassian.

Solo puedes aprender a no quemarte con él.

Llegamos a la mansión al anochecer.

Pero la bienvenida no fue la habitual.

Miller nos esperaba en la escalinata, y su rostro, normalmente una máscara de imperturbabilidad, estaba pálido bajo la luz de las antorchas.

—General…

Señora…

ella se ha ido —dijo Miller, su voz temblando por primera vez en décadas.

—¿Quién se ha ido?

—preguntó Cassian, su mano buscando instintivamente la empuñadura de su sable.

—Vuestra tía, la señora de Oskura.

Los guardias de la celda de máxima seguridad están vivos, pero en un estado de trance.

Ella no escapó por la fuerza…

simplemente se desvaneció.

Solo dejó esto en la biblioteca de la Señora.

Miller nos guio al interior.

Sobre mi escritorio de caoba, donde solía estudiar los mapas de comercio, no había una nota, sino un mapa astronómico dibujado con ceniza.

En el centro del mapa, una marca roja señalaba la capital, y alrededor, siete puntos negros formaban un círculo perfecto.

Bajo el mapa, una sola frase escrita con una caligrafía elegante y antigua: “El Concilio de las Sombras se ha reunido.

El Heredero es la pieza que les falta.

Lo que Julian empezó, ellos lo terminarán.

No busquen a la tía; ella ha ido a retrasar lo inevitable.” Cassian golpeó la mesa con el puño, haciendo que los tinteros saltaran.

—¡Maldita sea!

—rugió—.

¡Mi casa es un colador!

¡Miller, quiero a cada soldado de la Guardia Negra rodeando este perímetro!

¡Nadie entra, nadie sale!

¡Si un pájaro vuela sobre este techo, quiero que lo derriben!

—¡Cassian, basta!

—exclamé, tomándolo de los hombros—.

La paranoia es lo que ellos quieren.

Si te conviertes en un dictador dentro de tu propia casa, estarás haciendo el trabajo de Valerius por él.

Él se giró hacia mí, y por un segundo vi el destello de la bestia que era en el campo de batalla.

Pero luego, al ver mi mirada, se derrumbó.

Me tomó del rostro y me besó con una desesperación que sabía a miedo y a una posesión febril.

—No puedo perderlo, Evelina —susurró contra mis labios—.

No puedo perderos a ninguno de los dos.

Mi mundo se reduce a esta habitación.

Fuera de aquí, todo es ceniza.

Me arrastró hacia nuestros aposentos, cerrando la puerta con una violencia que indicaba que el General había dejado paso al hombre que necesitaba reafirmar que su tesoro seguía allí.

Me lanzó sobre la cama y me despojó de la ropa de viaje con una urgencia que no permitía protestas.

Necesitaba sentirme, necesitaba marcarme de nuevo para convencerse de que el Concilio de las Sombras no nos había arrebatado todavía lo que era suyo.

Esa noche, el erotismo fue una batalla contra el miedo.

Cassian me poseyó con una furia hambrienta, sus manos recorriendo cada centímetro de mi cuerpo como si estuviera memorizando un mapa antes de que fuera borrado.

Sus besos eran sellos de propiedad, y su ritmo era una carga de caballería que me dejó exhausta y vibrando bajo él.

En el momento del clímax, cuando su nombre se escapó de mis labios en un grito, él enterró su rostro en mi cuello y juró, por todos los dioses antiguos y nuevos, que destruiría el cielo antes de dejar que una sola sombra tocara nuestra puerta.

Cassian Me quedé despierto mucho después de que Evelina se durmiera.

El calor de su cuerpo contra el mío era lo único que me mantenía cuerdo.

Escuchaba el sonido rítmico de la respiración de Valerian desde la habitación contigua, protegida por tres puertas de acero y doce hombres armados.

Pero el mapa de ceniza seguía quemando en mi mente.

“El Concilio de las Sombras”.

Había oído hablar de ellos en los informes más oscuros de la inteligencia imperial.

Siete linajes antiguos, siete familias que habían gobernado el mundo desde las sombras mucho antes de que los Drako forjaran su primer sable.

No eran políticos; eran arquitectos de la realidad.

Si Julian de Solaria era solo un peón, entonces la escala de la amenaza era algo que Veridia no podía enfrentar solo con cañones.

Me levanté sin despertar a Evelina y me puse la bata.

Caminé hacia la biblioteca.

Miller me esperaba allí, con una jarra de café amargo y una expresión sombría.

—He analizado los puntos en el mapa, señor —dijo Miller—.

No son ubicaciones geográficas fijas.

Son alineaciones estelares.

El Concilio no viene por mar o tierra.

Vienen a través de la política.

—Explícate —ordené, sentándome frente al mapa de ceniza.

—Mañana es la Cumbre de los Tres Reinos en la capital.

El Emperador ha invitado a los representantes de los países del sur y del este para celebrar la victoria sobre Julian.

Según este mapa, los siete miembros del Concilio están entre los delegados.

Se esconden a plena vista, bajo los mantos de embajadores, duques y mercaderes.

Sentí que el frío me recorría la columna.

—Van a usar la cumbre para reclamar a Valerian legalmente —concluí—.

Dirán que su poder es una amenaza para la estabilidad mundial.

Usarán los tratados internacionales para exigir su custodia.

—Exactamente, General.

Y si usted se niega, se enfrentará a una guerra contra todos los reinos a la vez.

Miré hacia la planta superior, donde mi familia dormía.

El Concilio pensaba que podía usar leyes y protocolos para arrebatarme a mi hijo.

Pensaban que el Lobo de Hierro se vería atado por las cadenas de la diplomacia.

No me conocían.

—Miller —dije, mi voz volviéndose tan gélida que el café en la jarra pareció congelarse—.

Si el Concilio quiere una cumbre, les daré una que recordarán por el resto de sus miserables vidas.

Convoca a los Húsares Negros.

No para proteger la mansión, sino para infiltrar el Palacio Imperial.

—Señor, eso es un golpe de estado directo contra el Emperador —advirtió Miller.

—El Emperador es un anciano que entregaría a su propia madre por un año más de paz —respondí, levantándome—.

Mañana, cuando los siete miembros del Concilio se sienten a la mesa, no encontrarán a un diplomático esperando sus exigencias.

Encontrarán a un padre que no tiene nada que perder.

Caminé de regreso a mi habitación.

Me deslicé en la cama junto a Evelina, abrazándola con una fuerza que la hizo suspirar entre sueños.

Ella no sabía que mañana el mundo que conocíamos iba a terminar.

Mañana, los Drako dejarían de ser los protectores del Imperio para convertirse en sus dueños absolutos.

O en sus destructores.

—Nadie os tocará —susurré al oído de mi esposa dormida—.

Ni reyes, ni sombras, ni dioses.

La guerra contra el Concilio de las Sombras había comenzado, y yo estaba dispuesto a quemar cada tratado, cada trono y cada ciudad hasta que no quedara más que el rastro de mi acero y el silencio de mis enemigos.

El Lobo de Hierro estaba suelto, y esta vez, no habría jaula capaz de contener su furia.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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