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Matrimonio Con El Lobo de Hierro - Capítulo 35

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35: Capítulo 35 35: Capítulo 35 Evelina El Palacio Imperial de Veridia nunca se había visto tan majestuoso y, a la vez, tan fúnebre.

Las arañas de cristal derramaban una luz dorada sobre la aristocracia de tres reinos, pero para mí, cada destello parecía el filo de una guillotina.

Llevaba un vestido de seda carmesí, tan oscuro que en las sombras parecía sangre, con un escote que dejaba ver el collar de la familia Laurent, un talismán que hoy sentía más pesado que nunca.

A mi lado, Cassian era una presencia imponente.

Su uniforme de gala negro no tenía ni una arruga; sus condecoraciones brillaban con una frialdad metálica que alejaba a cualquiera que intentara acercarse.

Pero yo conocía el fuego que ardía bajo esa fachada.

Sus manos, que anoche me habían reclamado con una pasión salvaje en nuestra cama, ahora descansaban con una calma letal sobre el pomo de su sable de mando.

—Míralos, Evelina —susurró Cassian, su voz apenas un roce en mi oído mientras caminábamos hacia la mesa principal—.

Sonríen, beben nuestro vino, pero sus ojos están buscando el momento de arrebatarnos a nuestro hijo.

—No los busques con los ojos de un soldado, Cassian —respondí, manteniendo mi sonrisa diplomática perfecta—.

Búscalos con los ojos de un cazador.

El Concilio no se sienta en los rincones; se sientan en el centro del poder.

La Cumbre de los Tres Reinos había comenzado.

Siete sillas estaban ocupadas por los delegados más influyentes.

Mi tarea era identificarlos.

Mi padre me había enseñado que el poder antiguo deja una huella: una forma de sostener la copa, una indiferencia ante el protocolo, una mirada que no ve a las personas, sino a las piezas de un tablero.

—El primero es el Embajador de las Islas de Bruma —dije en voz baja, inclinándome hacia Cassian como si compartiéramos una confidencia romántica—.

Mira cómo ignora al Emperador.

Su linaje es el de los Tejedores.

El segundo, la Duquesa de Oro de Solaria…

no es una aliada de Julian, es su dueña.

Fui recorriendo la mesa.

Uno a uno, los identifiqué por sus gestos sutiles.

Eran siete.

Siete sombras disfrazadas de seda y títulos que, según el mapa de ceniza, habían venido a reclamar a Valerian bajo el pretexto de un “Tratado de Seguridad Mística”.

—Ya tengo los nombres —concluí, sintiendo un escalofrío—.

El Emperador está a punto de firmar el documento que les otorga el derecho de inspección sobre los niños con “herencia antigua”.

Eso incluye a nuestro hijo.

Cassian se detuvo frente al trono del Emperador.

El anciano monarca sostenía la pluma de oro, con la mano temblorosa.

Los siete miembros del Concilio lo observaban con una intensidad depredadora.

—Majestad —la voz de Cassian tronó en el salón, silenciando a la orquesta de cuerdas—.

Antes de que manche ese pergamino con su firma, creo que hay un asunto de honor que debemos resolver.

El Emperador levantó la vista, asustado.

El Embajador de las Islas de Bruma se puso en pie, su rostro una máscara de calma aristocrática.

—General Drako, esto es una cumbre diplomática.

Sus interrupciones militares no tienen lugar aquí —dijo el Embajador con un tono sibilante.

—Mis interrupciones tienen lugar donde yo decida —respondió Cassian, dando un paso adelante—.

He descubierto que siete de los presentes han entrado en mi casa a través de artes prohibidas.

Siete de los presentes han amenazado la vida de mi heredero.

El salón estalló en murmullos.

La Duquesa de Solaria se rió con una frialdad que me heló la sangre.

—¿Y qué hará al respecto, General?

¿Asesinarnos a todos frente a los embajadores del mundo?

Veridia se convertiría en un paria.

Su esposa y su hijo no tendrían donde esconderse.

Cassian me miró por un segundo.

Vi en su mirada una disculpa silenciosa por lo que estaba a punto de hacer.

Luego, se volvió hacia el salón y levantó su mano enguantada.

—No voy a asesinarlos a todos —dijo Cassian—.

Solo voy a limpiar mi casa.

En ese instante, las puertas del salón se cerraron con un estruendo metálico.

Los Húsares Negros de Cassian, que habían estado infiltrados entre los sirvientes y la guardia real, sacaron sus armas.

La elegancia del banquete se transformó en una emboscada perfecta.

—¡Es un golpe de estado!

—gritó el Emperador, dejando caer la pluma.

—Es una protección, Majestad —dijo Cassian, desenvainando su sable—.

Miller, asegura al Emperador.

Evelina, ven aquí.

Caminé hacia él, mi corazón martilleando.

Los siete miembros del Concilio no se movieron.

No tenían miedo.

Sus sombras empezaron a alargarse de forma antinatural sobre el mármol, a pesar de las luces de las velas.

El aire se volvió frío y denso.

—Creen que sus títulos los protegen —gruñó Cassian, rodeándome con un brazo mientras apuntaba con su espada al Embajador de Bruma—.

Pero este búnker de acero que llaman Veridia tiene un solo dueño.

Y ese dueño no acepta órdenes de sombras.

—El niño vendrá con nosotros, General —dijo la Duquesa, y su voz ya no era humana—.

Es la ley de los tiempos.

Usted es solo un parpadeo en la historia.

Entréguenos al niño y le perdonaremos la vida a su preciosa esposa.

Sentí la furia de Cassian desbordarse.

No fue un grito, fue una vibración que recorrió todo su cuerpo.

Me apretó contra su costado con una posesión que decía que el universo entero podía arder antes de que él cediera un milímetro.

—Habéis cometido el error de creer que soy un hombre de leyes —susurró Cassian, y vi el destello del General que masacró a los traidores en la frontera—.

Soy el Lobo de Hierro.

Y mi ley es muy simple: lo que es mío, se queda conmigo.

O muere conmigo.

La primera sombra se lanzó hacia nosotros, una masa de oscuridad líquida que ignoraba las balas de los Húsares.

Cassian no retrocedió.

Cortó el aire con su sable, y para asombro de todos, el acero brilló con una luz carmesí, la luz de su propia voluntad inquebrantable, cortando la sombra como si fuera carne.

—¡Fuera de mi vista!

—rugió Cassian.

El combate se volvió un caos de luces y sombras.

Los Húsares Negros mantenían a raya a la guardia diplomática mientras Cassian y yo nos enfrentábamos a los siete.

Yo usaba el amuleto Laurent para disipar las ilusiones que intentaban nublar la vista de Cassian, mientras él, con una ferocidad que rozaba lo divino, se abría paso entre los miembros del Concilio.

La Duquesa intentó alcanzarme con un puñal de obsidiana, pero Cassian la interceptó, tomándola por el cuello y estrellándola contra la mesa de banquete, destrozando la vajilla de plata y el cristal fino.

—Dile a tus hermanos que el contrato ha terminado —le dijo Cassian al oído, antes de lanzarla lejos—.

Veridia ya no está en venta.

Y mi hijo no tiene precio.

Al final de la noche, el salón estaba en ruinas.

El Emperador había sido “escoltado” a sus aposentos privados, y los siete miembros del Concilio habían desaparecido en ráfagas de humo oscuro, dejando atrás un mensaje de guerra total.

Pero el pergamino del tratado estaba quemado en el suelo.

Cassian se volvió hacia mí, su uniforme desgarrado, su rostro manchado de hollín y sangre, pero sus ojos de acero brillaban con una claridad absoluta.

Me tomó por la cintura y me besó frente a los Húsares supervivientes y los restos de la nobleza aterrada.

Fue un beso de victoria, de posesión y de desafío.

—Ahora el mundo sabe la verdad —susurré contra sus labios—.

Has tomado el trono por la fuerza.

—No he tomado un trono, Evelina —respondió él, acariciando mi vientre donde nuestro hijo, en la mansión, estaba a salvo—.

He tomado el mando de nuestra supervivencia.

A partir de mañana, no hay reinos, no hay tratados.

Solo hay los que están con nosotros…

y los que cenarán con la muerte.

Caminamos hacia la salida del palacio bajo el saludo de los sables de los Húsares Negros.

El Lobo de Hierro había reclamado el Imperio, y yo, a su lado, sabía que la verdadera guerra contra las sombras apenas comenzaba.

Pero mientras sentía la mano firme de Cassian en la mía, supe que no había dios ni concilio que pudiera detener la fuerza de un hombre que ha decidido que su familia es el único imperio por el que vale la pena quemar el mundo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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