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Matrimonio Con El Lobo de Hierro - Capítulo 36

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36: Capítulo 36 36: Capítulo 36 Cassian El silencio en el Palacio Imperial era diferente ahora.

Ya no era el silencio de la etiqueta y el protocolo rancio; era el silencio del miedo reverencial.

Mis botas resonaban en los pasillos de mármol con un eco que dictaba sentencias.

Había pasado una semana desde el banquete de las sombras.

El viejo Emperador estaba “descansando” en su villa de verano bajo la vigilancia de dos regimientos de mi Guardia Negra, y yo me encontraba sentado en el Gran Despacho, rodeado de mapas que ahora no mostraban fronteras, sino objetivos.

Me quité la guerrera, dejándola caer sobre la silla de terciopelo, y me desabroché los primeros botones de la camisa.

El peso de la autoproclamación como Protector Supremo era una carga física.

Había bloqueado los puertos, confiscado los bienes de los traidores y declarado la ley marcial en toda Veridia.

—General…

perdón, Protector —la voz de Miller sonó tras la puerta antes de que entrara—.

Los embajadores del Este han enviado un ultimátum.

Dicen que si no restauramos al Emperador y levantamos el bloqueo comercial, Veridia será borrada del mapa económico en treinta días.

—Que lo intenten —respondí sin levantar la vista del mapa—.

Veridia tiene suficiente carbón y acero para resistir un siglo.

Lo que no tienen ellos es el coraje para enfrentarse a un ejército que no tiene nada que perder.

¿Dónde está Evelina?

—En la Real Casa de Moneda, señor.

Ha tomado el control de las reservas de oro y está auditando los libros de los Laurent para financiar el ejército.

Sentí una punzada de orgullo mezclada con una posesión asfixiante.

Evelina no se había acobardado ante el golpe de estado.

Se había erguido como la verdadera soberana, moviendo los hilos de la economía con una frialdad que asustaba incluso a mis contadores más veteranos.

Pero la extrañaba.

La necesitaba cerca para acallar los demonios que me gritaban que el Concilio de las Sombras volvería a por Valerian.

Escuché el sonido de carruajes llegando al patio.

Minutos después, la puerta se abrió y ella entró.

Evelina se veía imponente.

Llevaba un traje de montar de seda gris oscuro, el cabello recogido en un moño severo y esa mirada de inteligencia letal que me volvía loco.

En cuanto la puerta se cerró tras ella, me levanté y crucé la habitación en tres zancadas.

La tomé por la cintura y la atraje hacia mí con una urgencia que me hizo gruñir.

—Te he echado de menos —susurré, enterrando mi rostro en la curva de su cuello, aspirando su aroma a jazmín y tinta fresca.

—Solo han sido seis horas, Cassian —respondió ella, aunque sus manos se enredaron en mi cabello, tirando de mí para que la mirara—.

Pero tienes razón.

El mundo exterior se siente como un desierto comparado con esto.

—¿Cómo están las cuentas?

—pregunté, llevándola hacia la mesa, pero sin soltarla.

Mis manos empezaron a desatar el lazo de su cuello.

—Mal.

El bloqueo internacional es real.

Han congelado nuestros activos en el extranjero.

Pero he encontrado una debilidad en el sistema de Solaria.

Si emitimos nuestra propia moneda respaldada por el acero y el grano de los depósitos Laurent, podemos mantener a Veridia a flote sin depender del Concilio.

Pero necesitamos tiempo, Cassian.

Tiempo que tus cañones deben comprarme.

—Te daré todo el tiempo del mundo, nena —dije, mis labios bajando hacia su escote—.

Pero ahora mismo, necesito que el Protector Supremo recuerde por qué está haciendo todo esto.

La subí a la mesa de despacho, apartando los mapas y los informes de guerra con un movimiento brusco.

No hubo espacio para la delicadeza.

El erotismo entre nosotros era ahora una válvula de escape para la presión de gobernar un imperio bajo asedio.

La poseí allí mismo, entre los sellos imperiales y los planes de invasión, en una unión que era tanto una declaración de amor como un pacto de sangre.

Cada gemido suyo era mi combustible; cada vez que mis manos marcaban su piel, reafirmaba que, aunque el mundo entero nos diera la espalda, mi imperio estaba contenido entre sus muslos.

Evelina Sentir a Cassian dentro de mí, con esa fuerza bruta y esa devoción ciega, era lo único que me mantenía cuerda en medio del caos que habíamos provocado.

Él era el escudo y yo era la espada.

Juntos, habíamos decapitado a la vieja aristocracia para salvar a nuestro hijo, y ahora estábamos sentados sobre las cenizas del viejo mundo.

Después de la pasión, mientras me ajustaba el traje y él se servía una copa de coñac, el silencio regresó.

Pero era un silencio cargado de estrategia.

—Valerian ha preguntado por ti hoy —dije, alisando mi falda—.

Ha estado dibujando de nuevo.

Esta vez no eran serpientes.

Eran puertas.

Siete puertas de hierro con sellos que reconozco de los libros de mi padre.

Cassian se tensó, la copa detenida a mitad de camino.

—El Concilio de las Sombras —murmuró—.

No van a venir con ejércitos, Evelina.

Ya lo intentaron en la cumbre y fallaron.

Van a intentar entrar por las puertas que Valerian está viendo.

—Exactamente.

Cassian, mi tía dijo que el niño es la llave.

Si nosotros tomamos el control político de Veridia, ellos intentarán tomar el control espiritual o místico.

El bloqueo económico es solo una distracción para que bajemos la guardia y nos centremos en el dinero y la comida.

Me acerqué a él y le arrebaté la copa, bebiendo un sorbo del líquido amargo.

—He tomado una decisión —continué, mirando a Cassian a los ojos—.

Voy a reabrir la Orden de los Laurent.

No como una logia secreta, sino como una institución estatal de investigación mística.

Si el Concilio quiere a mi hijo, tendrá que enfrentarse a una madre que sabe exactamente qué tipo de magia están usando.

Cassian me miró con una mezcla de miedo y adoración.

—Eso te convertirá en el blanco principal, Evelina.

El mundo te verá como una bruja o una usurpadora.

—Ya me ven como la mujer que domó al Lobo de Hierro y robó un imperio —sonreí con amargura—.

Un título más no hará la diferencia.

Cassian me tomó de las manos y las besó.

Sus ojos de acero brillaban con una resolución nueva.

Ya no era solo el General protector; era un hombre que aceptaba que su esposa era su igual en la luz y en la sombra.

—Entonces, que así sea —sentenció él—.

Yo seré el Protector de las fronteras y tú serás la Protectora de las almas.

Veridia ya no es un imperio de hombres.

Es nuestro imperio.

Esa noche, desde el balcón del palacio, observamos las luces de la capital.

La ciudad estaba en calma bajo la ley marcial, pero sabíamos que en los rincones más oscuros del continente, las siete sombras estaban conspirando.

Habíamos ganado el trono, pero la verdadera batalla por la supervivencia de nuestro hijo y nuestra estirpe acababa de entrar en una fase mucho más peligrosa.

Ya no éramos una pareja unida por un contrato.

Éramos los arquitectos de una nueva era, y el mundo pronto aprendería que no hay nada más letal que un Lobo de Hierro y una Dama de Sombras defendiendo su corona.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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