Matrimonio Con El Lobo de Hierro - Capítulo 37
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37: Capítulo 37 37: Capítulo 37 Evelina La luz del sol de la tarde se filtraba a través de los inmensos ventanales de la suite privada, bañando la habitación con un tono miel que hacía que el caos del Imperio pareciera un rumor lejano.
Sobre la mesa de marquetería, un despliegue de opulencia y ternura se mezclaba sin orden: por un lado, mis pesados collares de rubíes y las diademas que Cassian insistía en regalarme cada vez que ganaba una disputa política; por el otro, los pequeños soldados de madera y los barcos de latón de Valerian.
Mis doncellas, Clara y Sophie, trabajaban con manos expertas limpiando el polvo de las joyas, pero sus ojos no dejaban de desviarse hacia el rincón donde yo terminaba de coser una pequeña capa de terciopelo para el muñeco favorito de mi hijo.
—Es un hombre de detalles, mi señora —murmuró Clara, mientras pulía con un paño de gamuza el “Corazón del Norte”, el diamante azul que Cassian me entregó la semana pasada—.
Dicen los guardias que el Protector Supremo supervisó personalmente la talla de estos juguetes en el taller real.
No confió ni en los maestros artesanos más veteranos.
—Él cree que si no lo vigila él mismo, la madera no será lo suficientemente suave para las manos de Valerian —sonreí, recordando a Cassian discutiendo con un carpintero sobre el lijado de un pequeño escudo—.
Es un hombre difícil, pero su corazón es…
intenso.
—Intenso es poco, señora —intervino Sophie con una risita contenida—.
El modo en que la mira cuando usted entra en el salón del Consejo…
es como si el resto de nosotros fuéramos invisibles.
El mundo podría estar cayéndose a pedazos, pero si usted le sonríe, él parece encontrar la paz.
Se nota a leguas que la ama más que a su propia vida.
Dejé la aguja un momento y miré por la ventana hacia los jardines.
El peso de su amor era algo que sentía cada segundo; era una armadura y, a veces, una jaula de oro, pero era lo que me mantenía en pie.
—Lo sé —respondí con una voz suave, cargada de una certeza absoluta—.
Sé que me ama de una forma que a veces le asusta a él mismo.
Las doncellas terminaron su labor y, tras una reverencia sincronizada, se retiraron, dejándome a solas con el silencio y mi pequeño hijo.
Valerian, que había estado inusualmente callado, se levantó de su alfombra de juegos y caminó hacia mí con esa seguridad que me recordaba tanto a su padre.
Se subió al sofá y hundió su cabecita en mi regazo, suspirando.
—Mamá, ¿por qué papá siempre te abraza tan fuerte?
—preguntó, mirándome con sus ojos grises, profundos y curiosos.
—Porque tiene miedo de que el viento te lleve, o de que yo me escape entre las sombras —le acaricié el cabello oscuro, sintiendo la calidez de su piel—.
Papá es un guardián, Valerian.
Su trabajo es cuidar su tesoro.
—Yo también soy un guardián —declaró el niño, irguiéndose—.
Yo te cuidaré cuando él no esté.
No dejaré que las sombras entren por la puerta.
Lo atraje hacia mi pecho, abrazándolo con una ternura que me dolía.
En ese momento, no éramos los soberanos de un imperio en crisis, ni los objetivos de un Concilio ancestral.
Éramos solo una madre y un hijo compartiendo el calor de un hogar que habíamos construido sobre cenizas.
Me quedé allí, meciéndolo ligeramente, disfrutando de su peso y de su olor a lavanda y leche, dejando que el tiempo se detuviera.
Cassian Me detuve en el umbral de la puerta, que estaba entreabierta.
Venía del despacho de guerra, con la mente llena de informes sobre bloqueos navales y espías capturados, pero la escena que vi me desarmó por completo.
Allí estaban.
Evelina, con el cabello ligeramente desordenado y una expresión de paz que rara vez se permitía en público, y Valerian, acurrucado contra ella como si fuera el centro de su universo.
El sol poniente creaba un aura a su alrededor, una burbuja de perfección que me hizo sentir, por un instante, como un intruso en mi propio paraíso.
Me quité los guantes y el sable, dejándolos sobre una silla lateral para no romper el hechizo con el ruido del metal.
Caminé hacia ellos con pasos silenciosos, pero Valerian, que tenía los sentidos de un depredador en entrenamiento, levantó la cabeza y me miró con una sonrisa traviesa.
—Ah, bueno…
—dije, cruzándome de brazos y apoyándome en el respaldo del sofá, fingiendo una indignación que no sentía—.
Veo que mientras yo estoy fuera asegurando las fronteras y discutiendo con ministros aburridos, hay alguien aquí que está intentando robarme a mi mujer.
Evelina levantó la vista y sus ojos se iluminaron de esa forma que solo ocurría cuando yo entraba en la habitación.
Esa chispa de alegría era mi mayor victoria, más que cualquier ciudad conquistada.
—Llegas tarde, General —dijo ella, con ese tono juguetón que siempre me desafiaba—.
Valerian ya ha declarado que él es el nuevo guardián oficial.
Me ha prometido una protección mucho más dulce que la tuya.
—¿Es eso cierto, pequeño recluta?
—me incliné hacia adelante, tomando a Valerian por las axilas y levantándolo por encima de mi cabeza mientras él reía a carcajadas—.
¿Crees que puedes usurpar el puesto del Lobo de Hierro tan fácilmente?
—¡Yo soy más rápido!
—gritó el niño, agitando sus brazos—.
¡Y mamá dice que tú tienes miedo de que el viento se la lleve!
Miré a Evelina y arqueé una ceja.
Ella se encogió de hombros, riendo, con las mejillas encendidas.
—El viento, ¿eh?
—bajé a Valerian y lo senté en el espacio que quedaba entre nosotros, pero yo me deslicé lo suficientemente cerca de Evelina para que nuestros hombros se rozaran—.
No es el viento lo que me preocupa, pequeño.
Son todos los que creen que pueden poner un dedo sobre lo que es mío.
Rodeé a ambos con mis brazos, atrayéndolos hacia mi pecho.
Valerian se acomodó entre nosotros, y Evelina apoyó su cabeza en mi hombro.
En ese instante, la armadura del Protector Supremo se desmoronó por completo.
El hombre que podía ordenar la muerte de mil hombres con un movimiento de mano, ahora solo quería quedarse quieto, respirando el aroma de su esposa y sintiendo el latido del corazón de su hijo.
—¿Has tenido un buen día, nena?
—le susurré al oído, dejando un beso casto en su sien.
—Tranquilo —respondió ella—.
He estado arreglando los juguetes de Valerian y escuchando a las doncellas cotillear sobre lo mucho que mi esposo me adora.
Parece que tu reputación de hombre despiadado está sufriendo, Cassian.
—Mi reputación puede irse al infierno mientras tú sepas la verdad —respondí, apretando el agarre—.
Me haces falta, Evelina.
Todo este poder, todo este imperio…
no significa nada si no tengo este rincón del palacio para regresar a ti.
Nos quedamos en silencio mientras el sol terminaba de ocultarse.
Valerian empezó a quedarse dormido, su respiración volviéndose lenta y acompasada.
Era la imagen de la inocencia, una inocencia que yo estaba dispuesto a proteger quemando el mundo si era necesario.
Evelina me tomó de la mano, entrelazando sus dedos con los míos.
El diamante de su anillo brilló en la penumbra.
Sabíamos que mañana la guerra regresaría, que el Concilio de las Sombras enviaría sus amenazas y que el bloqueo nos pondría a prueba.
Pero esta noche, en este pequeño reino de seda y juguetes, el Lobo de Hierro había encontrado su paz.
—No dejaré que nadie nos quite esto —juré en voz baja, casi un susurro para mí mismo.
—Lo sé —respondió ella, cerrando los ojos—.
Pero por ahora, solo sé mi esposo.
Olvida al General.
Cerré los ojos también, disfrutando de la calidez de mi familia.
El Protector Supremo podía esperar.
El hombre, el padre y el esposo, finalmente estaba en casa.
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