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Matrimonio Con El Lobo de Hierro - Capítulo 38

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38: Capítulo 38 38: Capítulo 38 Evelina El sueño de una madre nunca es profundo, especialmente cuando el aire mismo parece cargado de una electricidad estática que eriza el vello de la nuca.

Desperté en medio de la oscuridad total de nuestra alcoba.

El peso del brazo de Cassian sobre mi cintura era reconfortante, su respiración rítmica indicaba que el General finalmente se había rendido al cansancio.

Pero algo estaba mal.

El silencio de la mansión no era el habitual.

No se oía el cambio de guardia en el pasillo, ni el crujido sistémico de la madera.

Era un silencio denso, artificial, como si alguien hubiera envuelto la habitación en una capa de lana mojada.

Me incorporé lentamente, tratando de no despertar a Cassian, pero en cuanto mis pies tocaron la alfombra, un escalofrío me recorrió la columna.

Miré hacia la puerta que comunicaba con la habitación de Valerian.

A través de la rendija inferior, no salía la luz tenue de la lámpara de aceite que siempre dejábamos encendida.

Salía una neblina púrpura, gélida y silenciosa.

—¡Cassian!

—grité, golpeando su hombro.

Él no despertó como un hombre normal; saltó de la cama con el sable en la mano antes de que su nombre terminara de salir de mis labios.

Sus ojos de acero escanearon la penumbra, detectando al instante la bruma que empezaba a filtrarse por las paredes.

—¡Valerian!

—rugió él, lanzándose hacia la puerta del niño.

Cassian intentó girar el pomo, pero el metal estaba tan frío que su mano se pegó a él, arrancándole un trozo de piel al soltarse.

El General soltó un gruñido de dolor, pero no retrocedió.

Pateó la puerta con toda su fuerza, pero la madera no cedió; vibró con un sonido metálico, como si estuviéramos golpeando una campana de bronce.

—¡Déjame a mí!

—exclamé, sacando el amuleto Laurent que siempre llevaba colgado al cuello.

Presioné la joya contra la madera y susurré las palabras de apertura que mi tía me había enseñado.

El amuleto brilló con una luz blanca cegadora, chocando contra la neblina púrpura.

Con un estruendo que pareció un cristal rompiéndose, la puerta se abrió de par en par.

Lo que vimos nos heló la sangre.

Valerian estaba de pie sobre su cama, con los ojos abiertos pero completamente blancos, sin pupilas.

Frente a él, suspendida en el aire, había una figura encapuchada hecha de jirones de sombra y ceniza.

No tenía pies, ni rostro, solo dos manos esqueléticas que se cernían sobre la cabeza de mi hijo, extrayendo pequeñas hebras de luz de su frente.

—¡SUÉLTALO, BASTARDO!

—Cassian se lanzó al ataque.

Su sable describió un arco mortal, pero el acero simplemente pasó a través de la sombra como si fuera humo.

La figura ni siquiera se inmutó.

Con un movimiento perezoso de su “mano”, lanzó una onda expansiva de energía oscura que estampó a Cassian contra la pared opuesta con tal violencia que el mármol se agrietó.

—¡Cassian!

—grité, viendo cómo caía al suelo, aturdido.

—El heredero…

—la voz de la sombra no salía de una garganta, sino que resonaba directamente en nuestras mentes—.

El Concilio ha reclamado su diezmo.

Lo que el General guarda con acero, nosotros lo tomaremos con el espíritu.

La sombra se intensificó, empezando a envolver a Valerian en un capullo de oscuridad.

Mi hijo empezó a elevarse del colchón, su pequeño rostro contraído en una mueca de dolor místico.

No pensé.

No analicé.

El instinto maternal, potenciado por la sangre antigua de los Laurent, explotó dentro de mí.

Corrí hacia el altar de juegos de mi hijo y tomé uno de sus soldados de madera.

No era un arma, pero era un objeto cargado de su esencia y de nuestro amor.

—¡En nombre de la sangre de los Laurent y el acero de los Drako, te ordeno que te retires!

—exclamé, alzando el amuleto y proyectando toda mi voluntad hacia la sombra.

La luz blanca de mi amuleto se transformó en un fuego dorado.

No era magia aprendida; era una manifestación pura de protección.

La sombra soltó un alarido sibilante cuando mi luz empezó a quemar sus jirones.

Cassian, recuperándose con una rapidez sobrehumana, vio la oportunidad.

Se puso de pie, con la sangre corriendo por su frente, y en lugar de usar su sable, tomó una de las pesadas candelas de plata bendecida que Miller había colocado en la habitación por consejo de mi tía.

—¡TÚ NO TOCAS A MI HIJO!

—rugió el General.

Cassian atravesó la neblina, ignorando el frío que escarchaba su piel, y clavó la candela de plata directamente en el corazón de la sombra.

La combinación de mi luz antigua y la fuerza física cargada de odio de Cassian fue demasiado para la entidad.

La sombra estalló en mil pedazos de ceniza negra que se disolvieron antes de tocar el suelo.

Valerian cayó pesadamente sobre la cama, recuperando el color en sus ojos.

Me lancé sobre él, abrazándolo contra mi pecho, comprobando su respiración.

Estaba vivo, pero su piel ardía de fiebre.

Cassian Mi pecho subía y bajaba con violencia.

Mis manos temblaban, no de miedo, sino de una rabia tan absoluta que sentía que podría derribar la mansión entera con mis puños.

Miré a Evelina acunando a nuestro hijo, y luego miré mis manos, que todavía humeaban por el contacto con la sombra.

Había fallado.

Mi acero, mis guardias, mis búnkeres…

nada de eso había servido.

Un espectro había entrado en el santuario de mi hijo y casi se lo lleva frente a mis ojos.

—Miller…

—dije, mi voz era un hilo de acero frío.

Miller entró en la habitación segundos después, con su propia arma desenvainada.

Al ver el desastre y el rastro de ceniza, comprendió al instante.

—Señor, los guardias del pasillo…

están todos muertos —informó Miller con gravedad—.

No tienen heridas.

Simplemente sus corazones se detuvieron.

Caminé hacia la ventana y miré hacia la ciudad.

El bloqueo comercial, la política, los tratados…

todo era una distracción.

El Concilio de las Sombras acababa de enviarme un mensaje claro: no hay muros lo suficientemente altos para detenerme.

Me giré hacia Evelina.

Ella me miraba con ojos llenos de una determinación que me asustó.

Ya no era la mujer que necesitaba ser protegida; era la mujer que acababa de salvar a nuestro hijo con un poder que yo no podía comprender.

—Tenemos que irnos, Cassian —dijo ella, su voz firme a pesar del temblor de sus manos—.

No podemos quedarnos aquí esperando el próximo ataque.

Van a seguir enviando estas cosas hasta que Valerian se debilite por completo.

—¿A dónde?

—pregunté, acercándome a ellos y rodeándolos con mis brazos, necesitando sentir su calor para no volverme loco—.

No hay lugar en el Imperio que sea más seguro que este.

—No vamos a un lugar seguro —respondió ella, mirando el mapa de ceniza que aún estaba en mi mente—.

Vamos al origen.

Vamos a la Ciudad de las Siete Puertas.

Si el Concilio se ha reunido para reclamar a mi hijo, iremos a su mesa y les enseñaremos por qué nunca debieron despertar al Lobo y a la Dama.

La tomé por el rostro, obligándola a mirarme.

Vi la chispa de los Laurent brillando en sus pupilas.

—Es una misión suicida, Evelina.

Entrar en el territorio místico del Concilio es ir directo a la boca del lobo.

—Nosotros somos los lobos, Cassian —respondió ella con una sonrisa gélida—.

Y es hora de que el mundo recuerde que los lobos no solo defienden su territorio…

también cazan a sus enemigos en sus propias madrigueras.

Apreté los dientes y asentí.

Mi faceta de General tomó el mando.

Si la guerra era mística, aprendería a luchar contra fantasmas.

Si el campo de batalla era el alma de mi hijo, no quedaría ni una sombra en pie en este continente.

—Miller, prepara el Invictus para una travesía larga —ordené—.

Y carga el armamento pesado.

No vamos a Solaria esta vez.

Vamos al confín del mundo.

Esa noche, mientras preparábamos nuestra partida en secreto, cargué a Valerian dormido hacia el barco.

Miré a Evelina, que caminaba a mi lado con la elegancia de una emperatriz de la guerra.

Ya no había vuelta atrás.

El Protector Supremo y su Regente estaban abandonando su trono para convertirse en cazadores de sombras.

El Concilio creía que nuestro hijo era su pieza faltante.

Estaban a punto de descubrir que era la pieza que iba a destruir su tablero para siempre.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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