Matrimonio Con El Lobo de Hierro - Capítulo 39
- Inicio
- Todas las novelas
- Matrimonio Con El Lobo de Hierro
- Capítulo 39 - 39 Capítulo 39
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
39: Capítulo 39 39: Capítulo 39 Cassian El Invictus cortaba las olas del Mar de las Sombras con una furia mecánica, pero el estruendo de los motores a vapor no era suficiente para acallar el caos en mi cabeza.
Estábamos a cientos de millas de cualquier costa conocida, navegando hacia las coordenadas que solo la sangre Laurent podía descifrar.
El barco estaba en silencio, sumido en una penumbra necesaria para evitar los ojos de los vigías del Concilio.
Me encontraba en el puente de mando, observando el horizonte negro, cuando la puerta se abrió.
Era Miller.
—El joven Valerian está descansando, señor.
La fiebre ha bajado, pero…
—Miller dudó, mirando el mar—.
La Señora está con él.
Ella está emitiendo una luz, General.
No es una lámpara.
Es ella.
—Lo sé, Miller.
Retírate.
Yo me encargo de la guardia personal esta noche.
Caminé hacia los camarotes reales con el corazón martilleando contra mis costillas.
Al entrar, me detuve en seco.
La habitación estaba inundada de un resplandor dorado y suave, casi etéreo.
Evelina estaba sentada en el borde de la cama de nuestro hijo, con sus manos sobre el pecho del pequeño.
Una neblina púrpura intentaba brotar de la piel de Valerian, pero la luz dorada de Evelina la contenía, la empujaba hacia atrás, purificándola.
Evelina se veía exhausta.
Sus mejillas estaban hundidas y grandes ojeras marcaban sus ojos, pero su determinación era absoluta.
Estaba transfiriendo su propia energía vital para estabilizar al niño.
—Basta, Evelina —susurré, acercándome y rodeando sus hombros con mis brazos—.
Te estás consumiendo.
—Él necesita mi luz, Cassian —respondió ella, sin apartar la vista de Valerian—.
El Concilio dejó una marca en su alma.
Si dejo de luchar, esa marca lo devorará por dentro.
La obligué a levantarse, tomándola con una firmeza que ocultaba el temblor de mis propias manos.
La llevé hacia nuestro camarote contiguo y la senté en la cama.
Ella se dejó caer, como una muñeca de seda a la que le hubieran cortado los hilos.
—No puedo perderlo —murmuró ella, cerrando los ojos.
—No lo perderás.
Pero si tú te desvaneces, yo me convertiré en la bestia que el mundo tanto teme —me arrodillé ante ella, tomando sus manos frías entre las mías—.
No lo entiendes, ¿verdad?
—¿Entender qué, Cassian?
—Todo esto —hice un gesto que abarcaba el barco, el imperio que dejamos atrás, mi propia vida—.
Nada de esto tiene sentido sin ti.
Valerian es mi sangre, mi legado, mi orgullo.
Pero tú…
tú eres mi razón de respirar.
Si él es el futuro, tú eres mi presente, mi único norte.
Me pegué a ella, apoyando mi frente contra la suya.
El miedo, ese monstruo que nunca había permitido que mis enemigos vieran, se filtró en mi voz.
—Mi temor más grande no es morir en batalla, Evelina.
No es que el Concilio me arrebate el trono.
Mi pesadilla recurrente, la que me despierta gritando en medio de la noche cuando no te siento a mi lado, es despertar en un mundo donde tú no estés.
Sin tu luz, yo solo soy acero frío y cicatrices.
Si te pierdo a ti, no habrá Protector Supremo; solo habrá un rastro de cenizas en el lugar donde antes estaba mi corazón.
Evelina abrió los ojos, y vi en ellos una comprensión dolorosa.
Me tomó el rostro con sus manos, acariciando la cicatriz de mi mejilla.
—Eres el Lobo de Hierro, Cassian.
Eres el hombre más fuerte que he conocido.
—Soy un hombre aterrado, nena —confesé, y por primera vez en mi vida, dejé que una lágrima de pura agonía rodara por mi rostro—.
Estoy aterrado de que esta guerra mística te exija un precio que yo no pueda pagar por ti.
Preferiría mil veces que me arrancaran el corazón a ver cómo esa luz tuya se apaga por salvarnos.
La atraje hacia mí con una posesión desesperada, besándola con una hambre que no era solo deseo, sino una súplica de permanencia.
Necesitaba sentir el latido de su corazón contra el mío para convencerme de que las sombras no se la habían llevado todavía.
La poseí esa noche con una ternura y una urgencia que rayaban en lo sagrado; cada caricia era un ruego, cada suspiro suyo era una promesa de que seguiría aquí, conmigo.
En la oscuridad del camarote, mientras el Invictus crujía bajo la presión de las olas, la hice mía una y otra vez, buscando refugio en su cuerpo, intentando sellar nuestras almas de tal forma que ni el Concilio ni la muerte misma pudieran separarnos.
Evelina Después de que Cassian se quedara dormido, agotado por la intensidad de su propia devoción, me levanté y regresé al camarote de Valerian.
El niño estaba despierto, sentado en la cama, mirando sus manos.
Pequeñas chispas púrpuras bailaban entre sus dedos.
—Mamá, papá tiene miedo —dijo el niño, con esa sabiduría inquietante que lo hacía parecer mucho mayor—.
Su sombra está temblando.
—Papá nos ama mucho, Valerian.
Y el amor a veces se siente como miedo cuando hay monstruos cerca.
—Él no tiene miedo de los monstruos —corrigió el niño, mirándome fijamente—.
Tiene miedo de que tú te conviertas en uno de ellos para salvarme.
Me quedé helada.
Valerian estaba viendo la verdad que yo misma intentaba ocultar.
Para derrotar al Concilio de las Sombras, para proteger a mi familia, estaba empezando a recurrir a una magia que mi linaje había prohibido.
Una magia que exigía partes del alma a cambio de poder.
—Ven aquí, pequeño —lo senté en mi regazo—.
Vamos a practicar.
No dejes que la luz púrpura te controle.
Tú eres el dueño de la luz.
Imagina que es un lobo, como papá.
Tienes que ordenarle que se siente.
Pasamos el resto de la noche entrenando.
Le enseñé a canalizar esa energía hacia el amuleto Laurent, a crear escudos invisibles y a detectar las vibraciones de las sombras que nos acechaban desde las profundidades del mar.
Valerian aprendía con una rapidez aterradora.
Era un arma en formación, y yo era la mano que la afilaba.
De repente, el barco se detuvo en seco con un estruendo metálico.
Las alarmas empezaron a sonar en toda la cubierta.
—¡Han llegado!
—gritó Miller desde el pasillo.
Salí al puente de mando con Valerian de la mano.
Cassian ya estaba allí, con el sable desenvainado y su uniforme puesto a medias, su rostro transformado de nuevo en la máscara de piedra del Protector Supremo.
Pero en cuanto me vio, sus ojos buscaron los míos con esa angustia silenciosa que acababa de confesarme en la alcoba.
Frente al Invictus, el mar ya no era agua.
Era una superficie de espejo negro, y de ella empezaban a emerger siete pilares de obsidiana.
Sobre cada pilar, una figura encapuchada nos observaba.
No estábamos en la Ciudad de las Siete Puertas.
Las puertas habían venido a nosotros.
—Habéis entrado en el horizonte de eventos —dijo la voz coral del Concilio, haciendo vibrar el casco de acero del barco—.
Entregad al niño y la mujer vivirá.
Quedaos con el niño y veréis cómo ella se marchita hasta ser nada más que un eco en vuestra memoria.
Cassian se interpuso entre ellos y yo, su espalda ancha bloqueando mi vista de los pilares.
Su mano apretó la mía con tal fuerza que dolió.
—No hay trato —rugió Cassian hacia la inmensidad—.
Si queréis tocarla, tendréis que pasar por encima de los cadáveres de cada hombre en este barco.
Y cuando lleguéis a mí, descubriréis que el infierno es un lugar acogedor comparado con lo que os tengo preparado.
La batalla final no iba a ser en una ciudad lejana.
Iba a ser aquí, en la soledad del océano, donde el amor de un hombre y el poder de una madre se enfrentarían a la eternidad de las sombras.
Miré a Cassian, y en su perfil endurecido vi al hombre que moriría por mí sin dudarlo.
Y supe que, para evitar que eso sucediera, yo estaba dispuesta a convertirme en el monstruo que él tanto temía.
—Prepárate, Cassian —susurré, mientras mi luz dorada empezaba a mezclarse con el púrpura de Valerian—.
Hoy el Concilio aprenderá lo que sucede cuando intentas destruir el corazón de un Lobo.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com