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Matrimonio Con El Lobo de Hierro - Capítulo 4

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4: Capítulo 4 4: Capítulo 4 Evelina El eco de mis tacones sobre el suelo de mármol era el único sonido que se atrevía a desafiar el silencio de la mansión a la mañana siguiente.

El sol de la mañana entraba por los grandes ventanales del pasillo, pero no lograba calentar el ambiente.

Para el mundo exterior, después de lo ocurrido en el Palacio de Verano, yo era la mujer más envidiada de Veridia.

Para mí, seguía siendo una prisionera con un collar de diamantes invisible.

Miller me esperaba frente a la gran puerta doble de roble tallado, en el extremo más alejado del ala este.

En su mano, sostenía una llave de plata con un diseño intrincado.

—El General ha dado instrucciones —dijo Miller con su habitual tono neutro—.

Tiene acceso total, a excepción de la bóveda de acero tras el escritorio y el archivo numerado 7.

Si rompe esta regla, mi lealtad al General me obligará a informar de inmediato.

—Entiendo, Miller.

No busco problemas, solo conocimiento.

Él giró la llave y la puerta se abrió con un gemido pesado.

Me quedé sin aliento.

La biblioteca de Cassian no era solo una habitación; era una catedral de papel y madera.

Las estanterías subían hasta el techo, conectadas por escaleras de caracol de hierro forjado.

Había miles de volúmenes, desde tratados de balística hasta filosofía prohibida de los reinos del sur.

En el centro, una mesa de lectura de cristal descansaba sobre una alfombra persa que amortiguaba cualquier ruido.

Pero no fue la estética lo que me cautivó, sino el aroma.

Olía a Cassian.

A ese tabaco caro, a papel viejo y a un toque de sándalo.

Era su santuario, el único lugar donde el “Muro de Ébano” seguramente se permitía ser solo un hombre.

Me puse a trabajar de inmediato.

No había venido a leer poesía.

Pasé horas recorriendo los lomos de los libros, buscando patrones.

Mi memoria fotográfica grababa los títulos, los años de edición y la disposición de las carpetas.

Fue en la sección de “Logística y Suministros” donde encontré lo que buscaba.

Saqué un registro de hace cinco años.

Mi padre había sido acusado de desviar fondos destinados a la reconstrucción de las defensas fronterizas.

Pero, según estos registros internos de la mansión —documentos que nunca llegaron al juicio—, los fondos nunca salieron de la tesorería militar.

Se quedaron estancados en las cuentas del Ministerio de Guerra.

—Vargo —susurré para mí misma.

El Ministro Vargo no solo había acusado a mi padre; había usado su nombre como un escudo para ocultar su propio robo.

Mi padre no era un criminal, era un chivo expiatorio.

—Te advertí que no buscaras donde no debías.

La voz de Cassian me hizo saltar.

Cerré el libro de golpe y me giré, con el corazón martilleando contra mis costillas.

Estaba apoyado contra el marco de la puerta, con la camisa blanca desabrochada en el cuello y el cabello ligeramente despeinado.

Parecía haber dormido poco, pero sus ojos estaban más afilados que nunca.

—Solo estoy leyendo sobre la historia del Imperio, General —mentí, tratando de mantener la calma.

Él caminó hacia mí con esa elegancia depredadora que lo caracterizaba.

Cada paso que daba hacía que la biblioteca se sintiera más pequeña, más sofocante.

Se detuvo a escasos centímetros de mí, obligándome a inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada.

—Mientes muy mal para ser tan inteligente, Evelina —dijo, quitándome el libro de las manos con una facilidad insultante.

Vio la página que estaba abierta y su expresión se ensombreció—.

Registros de suministros de la época de tu padre.

¿Qué esperas encontrar?

¿Un perdón que no existe?

—Espero encontrar la verdad.

Usted sabe que él no lo hizo, ¿verdad?

—Lo confronté, dando un paso hacia él en lugar de retroceder—.

Usted es un hombre de hechos, Cassian.

Ha visto estos números.

Sabe que Vargo manipuló las pruebas.

Cassian dejó el libro sobre la mesa de cristal con un golpe seco.

Me rodeó, acorralándome entre su cuerpo y la estantería de madera.

Puso una mano a cada lado de mis hombros, atrapándome.

Podía sentir el calor que emanaba de su pecho y su respiración errática rozando mi frente.

—La verdad no importa en la política, solo los resultados —murmuró, su voz bajando a un tono peligroso y seductor—.

Tu padre fue el resultado de una necesidad.

Y tú…

tú eres el resultado de mi necesidad de orden.

—¿Y qué necesidad es esa?

—le pregunté, mi voz apenas un susurro.

La tensión entre nosotros era tan espesa que casi podía tocarse.

Cassian bajó la mirada a mis labios.

Su mano derecha se movió, subiendo lentamente por mi brazo hasta llegar a mi cuello.

Sus dedos estaban fríos, pero allí donde tocaban, mi piel ardía.

Su pulgar acarició mi mandíbula con una suavidad que me desarmó por completo.

No era el General frío de ayer; era un hombre luchando contra su propio control.

—Necesitaba a alguien que no me hiciera sentir nada —confesó, acercando su rostro al mío hasta que nuestras respiraciones se mezclaron—.

Alguien que fuera solo un adorno.

Pero cada vez que hablas, cada vez que me desafías con esa mirada de fuego, haces que quiera romper todas mis propias reglas.

Mi corazón latía con tanta fuerza que estaba segura de que él podía sentirlo bajo su mano.

No pude evitarlo; mis dedos subieron por su pecho, sintiendo la dureza de sus músculos bajo la fina seda de su camisa.

—¿Y qué le detiene, General?

—le pregunté con una audacia que no sabía que tenía—.

Usted es el hombre que toma lo que quiere.

Vi cómo sus ojos se oscurecían por el deseo.

Sus dedos se cerraron un poco más firme en mi nuca, tirando de mí hacia arriba.

Por un momento, el tiempo se detuvo.

Estábamos a milímetros de un beso que lo cambiaría todo, un beso que destruiría el contrato y nos lanzaría a un abismo del que no habría retorno.

Él cerró los ojos, luchando una batalla interna que se reflejaba en la tensión de su mandíbula.

Estaba a punto de ceder, de dejar caer su máscara de hierro por completo.

De repente, un golpe seco en la puerta rompió el hechizo.

—¡General!

—La voz de un oficial resonó desde el pasillo—.

Mensaje urgente de la frontera norte.

Los insurgentes han cruzado la línea.

Cassian se congeló.

El deseo en sus ojos fue reemplazado instantáneamente por la frialdad del mando militar.

Se separó de mí tan rápido que sentí frío ante su ausencia.

Se ajustó la camisa y recuperó su postura rígida en un abrir y cerrar de ojos.

—Debo irme —dijo, su voz volviendo a ser de acero.

—Cassian…

—Traté de decir algo, pero él ya se había dado la vuelta.

—Quédate en la biblioteca si quieres —dijo sin mirarme—.

Pero recuerda lo que te dije.

Hay secretos que son mejores dejar enterrados, Evelina.

Por tu propio bien.

Salió de la habitación con paso firme, dejándome allí, temblando y con los labios ardiendo por un beso que no ocurrió.

Me dejé caer en la silla de cristal, tratando de procesar lo que acababa de pasar.

Había estado a punto de entregarme a él, no por el contrato, sino porque quería sentir ese fuego.

Pero también había descubierto algo.

Cassian sabía que mi padre era inocente.

Lo sabía y, aun así, lo usaba como moneda de cambio.

Me puse de pie, limpiándome una lágrima de frustración.

Él pensaba que la guerra estaba en la frontera norte, pero la verdadera guerra estaba aquí.

Él acababa de recordarme que era mi captor, pero yo acababa de descubrir que yo era su mayor debilidad.

Miré hacia la bóveda de acero tras su escritorio, la que Miller me había prohibido tocar.

—Si quieres jugar al soldado, Cassian, adelante —susurré—.

Pero mientras tú defiendes el Imperio, yo voy a desmantelar tus secretos.

Esa noche, el General no regresó a cenar.

La mansión se sentía más grande y vacía que nunca.

Pero yo ya no tenía miedo.

Tenía una misión.

Y si el precio para salvar a mi padre era seducir al hombre que lo mantenía en la sombra, estaba dispuesta a pagar cada centavo.

La dama había empezado a hablar, y esta vez, el Comandante no tendría más remedio que escuchar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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