Matrimonio Con El Lobo de Hierro - Capítulo 42
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42: Capítulo 42 42: Capítulo 42 Cassian El palacio estaba en un estado de frenesí controlado.
Miller había dado las órdenes; los cadáveres de ceniza de los Silenciadores habían sido barridos y los Húsares Negros patrullaban los jardines con una intensidad renovada.
Pero dentro de nuestra suite imperial, el tiempo se había detenido.
Había ordenado que nadie entrara.
Ni siquiera Valerian, quien tras abrazar a su madre con una fuerza que casi la derriba, había sido escoltado por Miller para descansar.
Necesitaba este momento.
Necesitaba que las paredes de mármol fueran las únicas testigos del desmoronamiento de Cassian Drako.
Evelina estaba de pie frente al gran ventanal, observando la capital.
Su nueva aura, esa vibración oscura y dorada que emanaba de su piel, empezaba a suavizarse, volviéndose más humana bajo la luz de la luna.
Se giró hacia mí, y aunque sus ojos conservaban esas motas doradas sobrenaturales, la mirada era puramente suya.
—Cassian —dijo mi nombre, y fue como si un bálsamo tocara mis heridas abiertas.
No pude contenerme más.
Caminé hacia ella, pero mis pasos no eran los de un conquistador; eran los de un hombre que había estado caminando por un desierto de cenizas durante un mes eterno.
La tomé por la cintura y la atraje hacia mi pecho, hundiendo mi rostro en el hueco de su cuello.
Y entonces, ocurrió.
El Protector Supremo, el hombre que no había pestañeado ante la ejecución de traidores ni ante el colapso de imperios, sintió que el primer sollozo le desgarraba la garganta.
Fue un sonido sordo, cargado de una agonía acumulada que ya no cabía en mi pecho.
Mis hombros empezaron a temblar violentamente mientras me aferraba a ella como si fuera un náufrago agarrado a la única balsa en medio de un océano devorador.
Lloré.
No fueron las lágrimas silenciosas de un poema; fueron las lágrimas amargas, pesadas y desesperadas de un hombre que había estado a punto de perder su alma.
—Pensé que no volverías —sollocé contra su piel, mi voz rompiéndose en mil pedazos—.
Cada noche…
cada maldita noche hablaba con el vacío esperando que me respondieras.
Miraba a Valerian y veía tu rostro en el suyo, y sentía que el aire me faltaba porque no estabas aquí para compartirlo conmigo.
Evelina me rodeó con sus brazos, acunando mi cabeza, dejando que mi llanto mojara la seda de su camisón.
Sus manos, ahora cálidas de nuevo gracias al ritual de mi sangre, acariciaban mi espalda con una ternura infinita.
—Estoy aquí, Cassian —susurró ella, y sentí sus propias lágrimas caer sobre mi cabello—.
El vínculo de tu sangre me guio a través de la oscuridad.
Escuché tus gritos en el vacío, sentí tu dolor como si fuera mío.
No me habría ido, nunca te habría dejado solo con este peso.
—Te amo tanto que me da asco mi propia debilidad —confesé, apartándome apenas unos centímetros para mirarla a los ojos, con el rostro empapado y los ojos inyectados en sangre—.
He gobernado este imperio con una crueldad que no conocía, Evelina.
He sido un monstruo este mes porque si no era un monstruo, me convertía en nada.
Sin ti, no hay Cassian.
Solo hay un uniforme vacío.
La tomé por las mejillas, mis pulgares recorriendo su piel de porcelana con una devoción casi religiosa.
—No vuelvas a hacerme esto —rogué, mi voz era un susurro quebrado—.
No me importa el Concilio, no me importa el trono.
Si alguna vez tienes que elegir entre el mundo y tú, elige vivir.
Prefiero que el universo arda a tener que vivir un solo día más en el silencio de esta habitación sin tu voz.
Evelina me besó.
Fue un beso que sabía a sal y a resurrección.
Me guio hacia la cama, donde hace apenas una hora yacía como un cadáver, y nos sentamos juntos.
Ella no dejó de tocarme, como si supiera que el contacto físico era lo único que podía calmar la tormenta de mi sistema nervioso.
—El Concilio cree que mi despertar es su derrota —dijo ella, limpiando mis lágrimas con sus dedos—.
Pero no saben que mi verdadero poder no es esta sombra que ahora manejo.
Mi poder es el hombre que está frente a mí.
Me trajiste de vuelta del borde del abismo, Cassian.
Nadie tiene ese derecho sobre la muerte excepto alguien que ama más allá de la razón.
Me recosté con ella, dejando que el silencio de la noche nos envolviera, pero esta vez era un silencio de plenitud.
La atraje hacia mi costado, sintiendo el calor de su cuerpo fusionarse con el mío.
La herida de mi brazo, la que ella había sanado con su toque, ya no dolía, pero la cicatriz en mi mente tardaría en cerrarse.
—Valerian ha crecido mucho este mes —dijo ella, tratando de cambiar el tono para sacarme de mi penumbra—.
Se mueve como tú.
Habla como tú.
—Tiene siete años, pero tiene el alma de un hombre de cuarenta —respondí, esbozando la primera sonrisa real en semanas—.
Ha sido mi único aliado.
Se sentaba conmigo a tu lado y me decía que podía oírte.
Tenía razón, siempre la tiene.
Es tu hijo, después de todo.
—Es nuestro —corrigió ella, besando mi pecho—.
Y mañana, el mundo sabrá que los Drako no solo protegen lo que aman…
sino que castigan a quien intenta arrebatarlo.
Me quedé mirándola en la penumbra.
El Protector Supremo estaba de regreso, pero el hombre que lloró a solas con su esposa era el que realmente mandaba ahora.
La debilidad que tanto temía se había convertido en mi mayor fortaleza: ya no tenía miedo de las sombras, porque mi luz estaba de nuevo entre mis brazos.
—Descansa, nena —le dije, rodeándola con mis brazos, sellando nuestra unión en la oscuridad de la alcoba—.
Mañana la guerra nos espera, pero esta noche…
esta noche solo somos tú y yo.
Y el resto del mundo puede irse al infierno.
Evelina se acurrucó contra mí, y por primera vez en treinta días, cerré los ojos y el sueño no fue una pesadilla de cenizas, sino un campo de batalla donde ella y yo cabalgábamos juntos hacia un horizonte que ya no me daba miedo conquistar.
El Lobo de Hierro había recuperado su alma, y el Concilio de las Sombras no tenía idea del error catastrófico que habían cometido al devolverle a su Reina.
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