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Matrimonio Con El Lobo de Hierro - Capítulo 43

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43: Capítulo 43 43: Capítulo 43 Evelina El sol de la mañana entró por los ventanales con una claridad insultante, como si el mundo ignorara que anoche la muerte misma fue expulsada de esta habitación.

Me puse en pie frente al espejo de cuerpo entero, observando mi reflejo.

Mi piel parecía más translúcida, casi luminosa, y las motas doradas en mis ojos negros brillaban con una fijeza depredadora.

Ya no era la joven que Cassian compró para limpiar su nombre; era la Reina de las Sombras, y mi corona estaba forjada con el sacrificio de mi esposo.

La puerta se abrió y entró Cassian.

No había rastro de las lágrimas de anoche.

Llevaba su uniforme de combate de cuero negro y placas de acero, el que usaba solo cuando planeaba no dejar sobrevivientes.

En su mano traía una caja de madera de ébano con el sello de los Laurent.

—Es hora, nena —dijo, su voz recuperando ese tono de mando que hacía vibrar el aire—.

El ejército está formado en el patio.

Miller ha cargado el Invictus con las nuevas municiones de plata y sal.

—¿Qué es esto?

—pregunté, señalando la caja.

—Tu herencia —la abrió, revelando una armadura de escamas de dragón plateadas, ligera como la seda pero resistente como el diamante, y una espada corta cuyo filo parecía estar hecho de luz estelar—.

Tu tía la dejó escondida en el sótano secreto antes de irse.

Dijo que solo la podrías usar cuando “despertaras”.

Me acerqué y toqué el metal.

Estaba tibio.

Era como si la armadura me reconociera.

Con la ayuda de Cassian, empecé a vestirme.

Sus manos, antes bruscas y posesivas, ahora se movían con una precisión reverente, ajustando las correas de cuero sobre mis hombros y cintura.

—Te ves aterradora —susurró él, besando mi nuca mientras terminaba de abrochar el peto—.

Una diosa de la guerra en mi propia alcoba.

—Y tú te ves como el hombre que va a ayudarme a quemar un concilio —respondí, girándome para besarlo.

Un golpe seco en la puerta interrumpió el momento.

Valerian entró, y mi corazón dio un vuelco de orgullo y temor.

Mi hijo de siete años ya no vestía su camisón de dormir.

Llevaba un jubón de cuero reforzado, botas de montar y su pequeña daga de plata al cinto.

En su brazo izquierdo, llevaba un escudo pequeño con el emblema del lobo y la rosa.

—Los generales están esperando en el patio, papá —dijo el niño, cuadrándose como un soldado experimentado—.

Dicen que el viento sopla hacia el sur.

Es un buen día para cazar.

Cassian se arrodilló frente a su hijo, poniéndole una mano en el hombro.

—Valerian, esta no es una escaramuza de entrenamiento.

Vamos al corazón del territorio enemigo.

¿Estás listo para lo que verás?

—He visto a mamá morir y volver, papá —respondió el niño con una madurez que me heló la sangre—.

Nada de lo que hagan las sombras puede darme más miedo que eso.

Nos miramos, Cassian y yo, compartiendo un pensamiento silencioso: habíamos creado un monstruo pequeño, pero era el único tipo de hijo que podría sobrevivir a nuestra vida.

Cassian Salimos al balcón principal de la mansión.

Abajo, en el patio de armas, cinco mil Húsares Negros estaban formados en un silencio absoluto.

El brillo del acero y el negro de sus uniformes creaban un mar de oscuridad que esperaba mis órdenes.

Al vernos aparecer —Evelina con su armadura plateada y yo con mi manto de guerra—, el estruendo de los sables chocando contra los escudos sacudió la ciudad entera.

—¡POR EL PROTECTOR!

¡POR LA REINA!

—el grito de cinco mil gargantas fue un trueno.

Levanté mi mano, y el silencio regresó instantáneamente.

—¡Soldados de Veridia!

—mi voz, potenciada por la acústica del patio, llegó hasta el último hombre—.

Durante años, hemos luchado contra hombres de carne y hueso.

Hemos ganado tierras y hemos forjado un imperio.

Pero hoy, la guerra cambia.

Vamos a cazar a los que se esconden en los susurros.

Vamos a destruir a los que creen que pueden tocar a la familia Drako y seguir respirando.

¡Marchamos hacia la Ciudad de las Siete Puertas!

¡No habrá prisioneros!

¡No habrá tratados!

¡Solo cenizas!

Bajamos hacia el puerto.

El Invictus nos esperaba, sus chimeneas escupiendo un humo espeso y negro.

Subimos a bordo, y esta vez, la disposición del barco era diferente.

No había lujos.

El salón donde antes cenábamos con Julian ahora estaba lleno de mapas tácticos y cristales de energía que Evelina usaba para rastrear las coordenadas místicas del Concilio.

Mientras navegábamos hacia las aguas prohibidas, me encontré con Evelina en la proa del barco.

El viento marino agitaba su cabello, y por un momento, la vi practicar un movimiento con su nueva espada.

La luz que emanaba de ella era tan pura que cortaba la bruma del mar como si fuera mantequilla.

Me acerqué por detrás y la rodeé con mis brazos, sintiendo el frío de su armadura contra mi pecho.

—Aún me cuesta creer que estés aquí —confesé, apoyando mi mentón en su hombro—.

A veces temo que si parpadeo, volveré a estar en esa cama, sosteniendo tu mano fría.

—No voy a ninguna parte, Cassian —ella se giró en mis brazos, guardando su espada—.

El ritual que hiciste…

tu sangre ahora corre por mis venas.

Literalmente.

Estamos vinculados de una forma que ni siquiera el Concilio puede romper.

Si yo caigo, tú me sentirás.

Si tú sufres, yo sangraré contigo.

—Eso es lo que me aterra —admití, apretando el agarre—.

Que mi dolor sea el tuyo.

Pero también es lo que me hace invencible.

De repente, Valerian se unió a nosotros.

Traía un mapa que Miller le había dado.

—Papá, mamá…

mirad —el niño señaló una zona del mapa donde el mar parecía formar un remolino perfecto—.

Las sombras dicen que la primera puerta se abre aquí.

Pero no está en el agua.

Está en el cielo.

Evelina cerró los ojos y extendió su mano hacia el horizonte.

Una vibración dorada recorrió el aire.

—Tiene razón —susurró ella—.

Están intentando crear una tormenta mística para hundir el barco antes de que lleguemos.

Cassian, necesito que los artilleros apunten a las nubes, no al agua.

—¿A las nubes?

—arqueé una ceja—.

Mis cañones no disparan al aire, nena.

—Estos sí —ella tocó uno de los cañones de proa, y vi cómo una marca rúnica de los Laurent se iluminaba en el metal—.

He encantado la munición de plata.

Cuando estalle, dispersará la oscuridad.

Sonreí.

Mi esposa era la estratega más letal que el mundo había visto.

—¡ARTILLEROS!

—rugí—.

¡ELEVEN LOS CAÑONES A CUARENTA GRADOS!

¡FUEGO A DISCRECIÓN SOBRE EL VÓRTICE!

El Invictus se convirtió en una bestia de fuego.

Los cañones rugieron, lanzando proyectiles que explotaban en el cielo como fuegos artificiales de plata pura.

La tormenta negra que se cernía sobre nosotros empezó a desgarrarse, revelando un portal de obsidiana flotante que se alzaba entre las nubes.

—La Primera Puerta —dijo Valerian, sus ojos púrpuras brillando de emoción.

—La primera de siete —añadí, desenvainando mi sable—.

Miller, mantén el rumbo.

¡Vamos a entrar por la puerta principal!

El acorazado de acero se elevó milagrosamente sobre las olas, impulsado por la energía que Evelina proyectaba desde la proa.

El barco de guerra de los Drako estaba volando hacia el reino de los dioses y las sombras.

Miré a mi esposa, que lideraba la carga con su luz dorada, y a mi hijo, que aguardaba con su daga lista.

El Lobo de Hierro finalmente tenía su manada completa, y el Concilio de las Sombras estaba a punto de descubrir que no hay fuerza más destructiva que una familia que ha regresado del infierno para reclamar su venganza.

—Prepárense —grité a mis hombres—.

¡Hoy no somos soldados!

¡Hoy somos los segadores de sombras!

El Invictus atravesó el portal de obsidiana, y el mundo de los hombres desapareció detrás de nosotros.

La cacería final había comenzado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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