Matrimonio Con El Lobo de Hierro - Capítulo 44
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44: Capítulo 44 44: Capítulo 44 Cassian El metal del Invictus gemía bajo la presión de una atmósfera que no debería existir.
Mis botas crujían sobre la cubierta, que ahora estaba cubierta por una fina capa de escarcha negra.
A mi lado, Evelina era un faro de plata y sombras, su presencia era lo único que impedía que mis hombres perdieran la cordura ante los susurros que emanaban del vacío.
—La Segunda Puerta está ahí —señaló Valerian.
Mi hijo de siete años estaba de pie en la amurada, su pequeña mano señalando una estructura de cristal flotante que bloqueaba nuestro avance.
No parecía una puerta, sino un espejo gigantesco que reflejaba no nuestro barco, sino nuestros peores miedos.
—¡Artilleros, prepárense!
—ordené, pero mi voz sonó extraña, como si el aire se la estuviera tragando.
—No, Cassian —Evelina me puso una mano en el brazo—.
El acero no rompe el vidrio del alma.
Valerian, conmigo.
Vi a mi esposa y a mi hijo unir sus manos.
La luz dorada de ella y el púrpura de él se entrelazaron, creando un rayo de energía pura que impactó contra el espejo.
El reflejo se hizo añicos con un sonido que recordó al grito de un millar de almas.
El Invictus atravesó los restos de cristal, avanzando hacia el corazón de la fortaleza.
Pero el Concilio no se quedaría de brazos cruzados.
De repente, una niebla espesa y dulce envolvió la cubierta.
Mis hombres empezaron a bajar sus armas, sus ojos volviéndose vidriosos.
Yo mismo sentí un tirón en mi mente.
La niebla tomó forma frente a nosotros.
No era un monstruo, era una ilusión.
Un hombre joven, de una belleza casi insultante y vestido con túnicas de seda blanca, emergió de la bruma.
Se acercó a Evelina con una elegancia que me hizo hervir la sangre.
—Evelina Laurent…
—la voz del espectro era como miel caliente—.
¿Por qué te encadenas a este bárbaro de hierro?
¿Por qué manchas tu divinidad con la sangre de un hombre que solo conoce la destrucción?
Ven conmigo.
En el Concilio serás una diosa, no una esposa.
Podrías tener la eternidad, sin el dolor de la carne.
Vi cómo el espectro extendía una mano hacia el rostro de mi esposa.
Vi cómo la miraba con una adoración fingida, intentando seducirla con promesas de un poder que yo no podía darle.
La furia que sentí no fue estratégica; fue animal.
Fue el rugido del Lobo de Hierro viendo cómo un extraño intentaba tocar su mundo.
—¡ALÉJATE DE ELLA!
—rugí, lanzándome hacia adelante.
Mi sable, bendecido por el ritual de sangre, cortó el aire, pero el espectro se desvaneció y reapareció detrás de Evelina, rodeando su cintura con sus brazos de humo.
—Míralo, Evelina —susurró el espectro al oído de mi esposa—.
Solo sabe gruñir.
Es una bestia que te arrastrará a la tumba.
Déjalo morir con su barco y ven a reinar.
Evelina no se movió.
Se quedó rígida, pero sus ojos negros se clavaron en los míos.
Vi la duda por un milisegundo y eso casi me destroza el corazón.
Pero entonces, ella sonrió.
Una sonrisa depredadora que no tenía nada de divina y mucho de humana.
—Tienes razón en algo —dijo Evelina, y su voz resonó con el eco de las sombras—.
Él es una bestia.
Es mi bestia.
Y prefiero arder en el infierno con él que reinar en un cielo vacío con sombras como tú.
Antes de que el espectro pudiera reaccionar, Evelina clavó su espada de luz estelar hacia atrás, atravesando el pecho de la ilusión.
La niebla dulce se convirtió en un grito de agonía.
Yo llegué a su lado en ese instante y, con un movimiento violento, le corté la cabeza a la aparición con mi sable empapado en mi propia sangre rúnica.
El espectro se disolvió en una nube de ceniza fétida.
Tomé a Evelina por los hombros y la atraje hacia mí con una posesión salvaje, ignorando que estábamos en medio de un campo de batalla.
—Eres mía —gruñí contra sus labios, mi respiración agitada—.
Ni dioses, ni espectros, ni la eternidad.
Eres mía.
—Siempre, Cassian —respondió ella, jadeando, sus manos aferrándose a mi armadura—.
Solo intentaba distraerme para que no viera la Tercera Puerta.
—¡Papá, mira!
—gritó Valerian.
La Tercera Puerta era una muralla de fuego negro que surgía del mar de mercurio.
De ella empezaron a salir miles de gárgolas de piedra viva, lanzándose contra el Invictus.
—¡A SUS PUESTOS!
—grité a mis hombres, que finalmente despertaban del trance—.
¡MILLER, ACTIVA LAS DEFENSAS DE VAPOR BENDITO!
La batalla se volvió un caos de metal, fuego y magia.
Yo luchaba en la cubierta, decapitando gárgolas que intentaban llegar a mi familia.
Valerian se movía como una sombra entre los soldados, usando su daga para cortar las alas de las criaturas, demostrando una agilidad que solo podía venir de un entrenamiento implacable.
El niño no tenía miedo; tenía la mirada fija de un cazador que sabe que su presa está cerca.
Evelina se situó en el puente de mando, sus manos extendidas hacia la muralla de fuego negro.
—¡Cassian, necesito que el barco dispare al centro de la llama!
—gritó ella—.
¡Yo mantendré el escudo!
—¡BATERÍAS DE ESTRIBOR!
—rugí—.
¡FUEGO AL CORAZÓN DEL INCENDIO!
El estruendo de los cañones fue ensordecedor.
El Invictus temblaba con cada andanada.
Evelina creó una cúpula de luz dorada que nos protegía del calor asfixiante del fuego negro.
Vi cómo el sudor corría por su frente, cómo sus músculos temblaban por el esfuerzo.
—¡Un poco más!
—exclamó Valerian, lanzando una ráfaga púrpura que ayudó a estabilizar el escudo de su madre.
Con un estallido que iluminó todo el horizonte violeta, la muralla de fuego negro colapsó.
El camino hacia la Cuarta Puerta estaba despejado, pero el costo estaba siendo alto.
El Invictus tenía brechas en el casco y mis hombres estaban exhaustos.
Caminé hacia Evelina y la sostuve cuando sus piernas fallaron por un momento.
La tomé en vilo, sintiendo el calor de su armadura y el latido acelerado de su corazón.
—Tres puertas abajo —dije, besando su frente empapada de sudor—.
Quedan cuatro.
—Están cada vez más cerca, Cassian —susurró ella, apoyando su cabeza en mi hombro—.
Puedo sentir al Concilio.
Tienen miedo.
Por eso usan ilusiones, por eso intentan separarnos.
—Nunca —le prometí, mirando hacia la Ciudad de las Siete Puertas que ahora se alzaba imponente frente a nosotros—.
Vamos a derribar cada una de sus puertas y vamos a sentarnos en sus tronos.
Valerian, ven aquí.
Mi hijo se acercó, limpiando la sangre de gárgola de su daga.
Lo levanté con mi brazo libre, sosteniendo a mi esposa y a mi hijo al mismo tiempo.
Éramos la manada.
Éramos el final de una era y el principio de otra.
—Estamos juntos en esto —dije, mirando al horizonte donde la Cuarta Puerta, hecha de huesos y hierro, nos esperaba—.
Y nada en este mundo o en el otro va a detenernos.
El Invictus aceleró, impulsado por una mezcla de carbón, vapor y la voluntad indomable de una familia que ya no tenía nada que perder.
Las sombras se agrupaban, el cielo gemía, pero el Lobo de Hierro y su Reina de Sombras ya no estaban jugando a la defensa.
Habían venido a reclamar la eternidad, y el precio se pagaría con la extinción de sus enemigos.
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