Matrimonio Con El Lobo de Hierro - Capítulo 45
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45: Capítulo 45 45: Capítulo 45 Cassian El Invictus ya no era un barco; era una reliquia herida que se negaba a morir.
El casco de acero crujía, cubierto de las marcas de garras de las puertas anteriores.
Atravesar la Cuarta, Quinta y Sexta puerta había sido un descenso al frenesí.
La Cuarta, hecha de huesos, se desmoronó bajo el peso de nuestro avance físico.
La Quinta, un laberinto de vientos ensordecedores, fue domada por la voz de Evelina.
La Sexta, una barrera de tiempo distorsionado donde vi a mi hijo envejecer y morir en segundos, fue destruida por el grito de furia de Valerian, cuya luz púrpura se volvió tan vasta que iluminó el vacío.
Ahora, frente a nosotros, se alzaba la Séptima Puerta.
No era de cristal, ni de fuego, ni de huesos.
Era una estructura de hierro negro que imitaba a la perfección las puertas de la Mansión Drako en Veridia.
El silencio que la rodeaba era más aterrador que cualquier rugido anterior.
—Hemos llegado al final del camino —susurró Evelina a mi lado.
Su armadura plateada estaba abollada y su rostro manchado de hollín, pero sus ojos negros y dorados brillaban con una intensidad que quemaba.
—Miller, detén las máquinas —ordené.
El rugido de los motores cesó.
El Invictus quedó flotando en el mar de mercurio, frente a esa réplica macabra de nuestro hogar.
De las sombras de la puerta emergió una figura.
No era un espectro, ni un monstruo.
Era un hombre anciano, vestido con el uniforme de gala de los antiguos generales de Veridia.
Un uniforme que yo reconocería en cualquier lugar.
—¿Padre?
—mi voz salió como un hilo de aire frío.
—No es él, Cassian —advirtió Evelina, desenvainando su espada—.
Es una cáscara.
Una proyección del Concilio.
La figura sonrió, y el gesto fue tan idéntico al de mi progenitor que sentí un escalofrío que el acero de mi armadura no pudo detener.
—Hijo mío —dijo la aparición, su voz resonando con una autoridad sepulcral—.
Has llegado lejos para intentar romper un contrato que tú mismo heredaste.
¿Crees que tu ascenso a Protector Supremo fue mérito propio?
¿Crees que encontrar a una Laurent fue una coincidencia de mercado?
—Cierra la boca —rugí, dando un paso adelante, mi sable vibrando de rabia.
—Tu padre, el Gran General Drako, cometió un error hace cuarenta años —continuó la sombra, ignorándome—.
Veridia estaba al borde del colapso.
La peste y la guerra civil la estaban consumiendo.
Él vino a nosotros, al Concilio de las Sombras, y pidió un heredero que pudiera sostener el imperio con un puño de hierro.
Pidió un Lobo.
Valerian se acercó a mí, tomando mi mano.
Podía sentir el temblor en sus dedos.
—Nosotros le dimos la sangre del Lobo —prosiguió la figura—, pero el precio era que ese Lobo debía engendrar a la Llave.
Tu unión con Evelina no fue un negocio de la aristocracia; fue la culminación de un pacto de sangre.
Ella es el recipiente, tú eres el motor, y el niño es la corona que el Concilio usará para gobernar el mundo físico.
Tú no eres un héroe, Cassian.
Eres el criador de nuestra próxima deidad.
Evelina Sentí que el suelo bajo mis pies desaparecía.
Miré a Cassian.
Su rostro, siempre tan firme, estaba desencajado.
La revelación de que su propia existencia y nuestro amor eran parte de un plan diseñado décadas antes de que nos conociéramos era un veneno que estaba paralizando su voluntad.
—¡Mientes!
—grité, dando un paso frente a Cassian y Valerian—.
¡Mi padre me entregó a él para salvar mi linaje!
—Tu padre era un hombre de deudas, Evelina —rió la sombra del General—.
Él sabía que los Laurent necesitaban la protección del acero Drako para que la Llave sobreviviera al parto.
Fuisteis criados para este momento.
Vuestra pasión, vuestros celos, vuestra lucha…
todo fue el fuego necesario para forjar el poder de Valerian.
Miré a mi hijo.
Valerian nos miraba con ojos desorbitados.
El pequeño estratega estaba viendo cómo su mundo de héroes y villanos se transformaba en una maquinaria de destino predeterminado.
—Cassian, no lo escuches —le supliqué, tomando su brazo—.
Si esto fue un plan de ellos, nosotros le dimos la vuelta.
Nuestro amor es real.
Mi despertar fue real.
Cassian bajó el sable.
Su mirada estaba perdida en la figura de su padre.
El hombre de hierro estaba empezando a oxidarse bajo el peso de la traición ancestral.
—¿Así que solo soy una herramienta?
—preguntó Cassian, su voz cargada de una tristeza que me desgarró el alma—.
¿Todo lo que he luchado, todo el dolor que he pasado…
fue solo para que vosotros tuvierais un peón que os diera un hijo?
—Exactamente —dijo el espectro—.
Y ahora, cumple tu función.
Entrega a la Llave y podrás regresar a Veridia.
Te daremos una vida eterna de lujos junto a tu esposa.
Solo tienes que soltar la mano del niño.
Vi cómo la mano de Cassian empezaba a aflojarse.
Valerian soltó un pequeño sollozo.
—¡CASSIAN DRAKO!
—mi grito sacudió la cubierta del barco—.
¡MÍRAME!
Él giró la cabeza lentamente hacia mí.
—No me importa si nos crearon en un laboratorio de sombras —le dije, mis ojos brillando con la luz de los Laurent—.
No me importa si el destino puso mi nombre en un contrato antes de que yo naciera.
Lo que importa es lo que hicimos con eso.
Lo que importa es que tú lloraste por mí en esa habitación.
Lo que importa es que Valerian eligió salvarte a ti en el barco de Julian.
¡Nosotros no somos peones, somos el error en su sistema porque aprendimos a amarnos de verdad!
La oscuridad de mis ojos se expandió, envolviendo mi cuerpo.
Mi luz dorada se volvió blanca, una luz de pureza absoluta que empezó a disipar la bruma del espectro.
—¡Si el Concilio nos creó, entonces el Concilio cometió el error de darnos libre albedrío!
—rugí.
Cassian parpadeó.
Vi cómo la chispa de la furia regresaba a sus ojos de acero.
Su mano volvió a cerrarse sobre la de Valerian con una fuerza posesiva.
Se irguió, su armadura negra reflejando la luz que yo emanaba.
—Mi padre está muerto —dijo Cassian, su voz volviéndose de nuevo el trueno que yo amaba—.
Y los contratos de los muertos no se firman con la sangre de los vivos.
Cassian alzó su sable.
Ya no brillaba con luz rúnica, sino con un fuego carmesí que nacía de su propia alma, de su identidad como hombre, no como herramienta.
—¡MILLER!
¡FUEGO A QUEMARROPA!
—ordenó Cassian—.
¡VAMOS A DERRIBAR ESA PUERTA Y VAMOS A MATAR A CADA UNO DE ESOS SIETE ANCIANOS!
El Invictus rugió por última vez.
Los cañones dispararon proyectiles cargados con la energía combinada de los tres.
La réplica de la Mansión Drako estalló en mil pedazos, revelando lo que había detrás: el Trono del Vacío, donde las siete sombras aguardaban.
—¡Valerian!
—llamé a mi hijo.
—¡Estoy listo, mamá!
—el niño extendió sus manos, y su luz púrpura se convirtió en un arco de energía que nos rodeó a los tres.
Saltamos del barco hacia la plataforma del trono.
No éramos un experimento.
No éramos un pacto.
Éramos la familia Drako, y estábamos a punto de enseñarle al Concilio de las Sombras que cuando intentas controlar al Lobo, terminas siendo devorado por él.
La Séptima Puerta había caído, pero el verdadero combate apenas comenzaba.
Frente a nosotros, los siete miembros del Concilio se levantaron de sus tronos, mostrando sus verdaderos rostros: seres de pura energía oscura que habían gobernado la historia desde siempre.
—Bienvenidos al final de vuestra historia —dijeron al unísono.
—No —respondió Cassian, poniéndose frente a nosotros y alzando su sable—.
Bienvenidos al comienzo de vuestra extinción.
El choque de poderes fue tan grande que la Ciudad de las Siete Puertas empezó a desintegrarse.
La batalla final por el alma de nuestro hijo y nuestra libertad estaba en marcha, y esta vez, no habría sombras donde pudieran esconderse de nuestra luz.
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