Matrimonio Con El Lobo de Hierro - Capítulo 46
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46: Capítulo 46 46: Capítulo 46 Cassian El Trono del Vacío no era un asiento de gloria, sino un vórtice de desesperación.
Alrededor de nosotros, los siete miembros del Concilio se alzaban como torres de oscuridad absoluta.
Sus presencias distorsionaban la realidad, haciendo que el aire quemara mis pulmones y que el suelo bajo mis botas de combate vibrara con la frecuencia de un grito eterno.
Pero ya no tenía miedo.
El hombre que se había quebrado en la alcoba al recuperar a su esposa, el padre que había visto a su hijo ser marcado por la sombra, ya no existía.
Solo quedaba el Protector Supremo, el Lobo que había descubierto que su collar era un pacto de sangre y que estaba decidido a arrancárselo con los dientes.
—¡Formación de combate!
—rugí.
Valerian se colocó a mi izquierda, sus ojos púrpuras brillando con una intensidad que rivalizaba con las estrellas.
Evelina se situó a mi derecha, su espada estelar proyectando una luz blanca que cortaba la bruma del Concilio.
—El niño es la corona…
el hombre es el motor…
la mujer es el recipiente…
—las voces de los siete resonaron al unísono, intentando doblegar nuestra voluntad una última vez—.
No podéis luchar contra vuestro origen.
Sois nuestra creación.
—¡Somos vuestro error!
—respondió Evelina, y su voz contenía el eco de mil inviernos.
La batalla estalló.
No hubo disparos de cañón ni gritos de guerra; fue un choque de voluntades puras.
Los siete miembros del Concilio lanzaron ráfagas de materia oscura que habrían desintegrado a un ejército entero en segundos.
Pero Valerian, mi pequeño Valerian de siete años, dio un paso al frente y extendió sus manos.
Una cúpula de energía púrpura y dorada nos rodeó, absorbiendo el impacto con la firmeza de un escudo sagrado.
—¡Ahora, papá!
—gritó el niño, el esfuerzo marcando sus venas en las sienes.
Me lancé al ataque.
Mi sable, cargado con el fuego carmesí de mi propia alma liberada, impactó contra el primer miembro del Concilio.
El acero no atravesó humo; atravesó esencia.
La sombra soltó un alarido cuando mi rabia de padre y esposo la consumió.
No estaba usando la fuerza que ellos me habían “dado” por el pacto de mi padre; estaba usando la fuerza de un hombre que se negaba a ser un peón.
A mi lado, Evelina era un torbellino de plata.
Se movía con una gracia sobrenatural, su espada de luz estelar decapitando las sombras que intentaban flanquearnos.
Cada vez que una de sus estocadas conectaba, el vacío se iluminaba, revelando que el Concilio no era infinito, sino que estaba hecho de miedos antiguos que finalmente habían encontrado a alguien que no les temía.
—¡Están flaqueando!
—exclamó Evelina—.
¡El círculo se está rompiendo!
Pero el líder del Concilio, una sombra de tres metros de altura con una máscara de hierro similar a la mía, se concentró en Valerian.
Sabía que el niño era el nexo.
—Si no puedes ser la corona, serás el sacrificio —rugió el líder, lanzando una lanza de obsidiana directamente hacia el pecho de mi hijo.
El tiempo se detuvo.
Vi la lanza surcar el aire.
Vi a Evelina gritar, pero estaba demasiado lejos.
Vi a Miller y a mis Húsares Negros en el Invictus observar con horror.
En ese instante, no pensé en imperios ni en destinos.
Solo pensé en la pequeña mano de mi hijo sosteniendo la mía en las mañanas de Veridia.
Con un rugido que desgarró mis cuerdas vocales, me interpuse en la trayectoria.
La lanza de obsidiana se hundió en mi hombro derecho, atravesando el acero y la carne.
El dolor fue un incendio, pero no me moví.
Sujeté el eje de la lanza con mi mano libre, impidiendo que llegara a Valerian.
—Papá…
—susurró el niño, sus ojos llenos de terror.
—¡Termínalo, Valerian!
—le ordené, escupiendo sangre—.
¡Rompe el trono!
¡Libéranos a todos!
Evelina llegó a mi lado, apoyando su mano en mi espalda, inyectando su luz dorada directamente en mis venas para mantenerme consciente.
Valerian comprendió.
El niño cerró los ojos y, por primera vez, dejó de contenerse.
El poder púrpura de los Drako y la luz blanca de los Laurent se fusionaron en su cuerpo en una explosión de energía pura.
Valerian no disparó un rayo; él se convirtió en el rayo.
La onda expansiva de su poder barrió la Ciudad de las Siete Puertas.
Los tronos de obsidiana se convirtieron en polvo.
Los miembros del Concilio se desintegraron como polillas en una forja.
El pacto de sangre de hace cuarenta años se hizo añicos, y con él, la conexión mística que nos ataba a las sombras.
El vacío empezó a colapsar sobre sí mismo.
Evelina El mundo de las sombras se estaba desvaneciendo, reemplazado por la luz del amanecer real sobre el océano.
El Invictus flotaba de nuevo en aguas normales, pero su cubierta estaba en ruinas.
—¡Cassian!
—grité, sosteniéndolo mientras caía al suelo, con la lanza de obsidiana todavía clavada en su hombro.
Valerian se arrodilló al otro lado, llorando y riendo a la vez.
El niño estaba exhausto, su luz ahora reducida a un brillo cálido y natural.
—Estoy aquí…
estoy aquí…
—murmuró Cassian, su rostro pálido pero con una sonrisa de pura satisfacción—.
El contrato…
se ha quemado, nena.
Somos libres.
Con un esfuerzo conjunto, Miller y yo logramos llevarlo a la suite principal.
Las sombras se habían ido, y con ellas, la influencia mística que amenazaba a mi familia.
El precio había sido alto: el barco estaba destrozado, Cassian estaba gravemente herido y nuestro hijo había perdido su infancia para convertirse en el salvador de nuestra estirpe.
Pero al mirar por el ventanal y ver las costas de Veridia en el horizonte, supe que habíamos ganado algo que el dinero y el poder no podían comprar: el derecho a elegir nuestro propio final.
Epílogo: La Rosa de Hierro Seis meses después Veridia ya no era el imperio del miedo.
Bajo el mando del Protector Supremo y su Regente, la capital había florecido.
El bloqueo internacional se había roto cuando los otros reinos vieron que el Concilio había desaparecido; nadie quería enemistarse con la pareja que había derribado a los dioses antiguos.
Me encontraba en el jardín botánico, sentada bajo un rosal de flores plateadas.
Cassian estaba a mi lado, sin camisa, dejando que el sol de la tarde calentara las cicatrices de su hombro.
Su brazo derecho nunca recuperaría la movilidad total, pero él decía que era su medalla favorita, el recordatorio de que su cuerpo fue el escudo de su hijo.
Valerian corría por el jardín con un grupo de niños de la nobleza y de la ciudad.
Ya no era un soldado pequeño; estaba aprendiendo a ser un niño, aunque de vez en cuando, cuando se enfadaba, las flores a su alrededor cambiaban de color a un púrpura suave.
—¿En qué piensas?
—preguntó Cassian, rodeando mi cintura con su brazo izquierdo y atrayéndome hacia su pecho.
—En que Miller tenía razón —respondí, apoyando mi cabeza en su hombro—.
Eres un hombre de detalles.
Has reconstruido este imperio ladrillo por ladrillo para que sea digno de nosotros.
—Lo he reconstruido para que tú nunca vuelvas a tener que usar tu luz para salvarme —susurró él, besando mi sien—.
El Lobo de Hierro finalmente se ha retirado, Evelina.
Solo queda el esposo.
—Y el padre —añadí, mirando a Valerian reír mientras ganaba una carrera—.
El contrato de matrimonio que nos unió empezó como una condena, Cassian.
—Y terminó siendo mi salvación —completó él, mirándome con esos ojos de acero que ahora solo reflejaban paz—.
No cambiaría ni un solo segundo de este dolor si el resultado fuera este momento contigo.
Nos quedamos allí, viendo cómo el sol se ocultaba tras las torres de Veridia.
Ya no había sombras acechando en las esquinas, ni profecías dictando nuestros pasos.
El General y la Dama, el Guerrero y la Reina, finalmente habían escrito su propio capítulo final.
En el reino del hierro y la seda, la rosa había florecido entre las espinas, y el lobo, por fin, había encontrado su hogar en los brazos de la mujer que le enseñó que el amor es el único imperio que realmente vale la pena gobernar.
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