Matrimonio Con El Lobo de Hierro - Capítulo 5
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5: Capítulo 5 5: Capítulo 5 Evelina El viaje hacia la frontera norte no fue en un carruaje de seda.
Fue en un tren militar blindado que cortaba la niebla de las montañas como un cuchillo oxidado.
Cassian no quería traerme.
“Es una zona de guerra, no un paseo por el jardín”, había rugido en su despacho.
Pero yo le recordé nuestro trato: ante el Consejo, debíamos ser el matrimonio perfecto, y el General que lleva a su esposa a animar a las tropas era la imagen de estabilidad que él necesitaba para su ascenso.
Al final, el pragmatismo pudo más que su instinto protector, aunque sus ojos me dijeron que me arrepentiría.
Ahora, sentada frente a él en el pequeño compartimento del tren, observaba cómo limpiaba su arma reglamentaria.
Sus movimientos eran mecánicos, precisos, casi hipnóticos.
El traqueteo del tren hacía que nuestras rodillas se rozaran ocasionalmente, y cada contacto enviaba una descarga eléctrica que ignorábamos con una terquedad absurda.
—Si algo sucede, te quedas en el búnker del campamento —dijo sin levantar la vista—.
No me importa lo que veas o escuches.
Si sales de ahí, no podré garantizar que regreses a Veridia con vida.
—Sé cuidarme sola, Cassian —respondí, ajustándome el abrigo de piel sintética—.
He sobrevivido a la caída de mi familia y a tu temperamento.
Unos cuantos insurgentes no me asustan.
Él dejó el arma sobre la mesa pequeña y se inclinó hacia adelante.
El espacio en el compartimento era tan reducido que su aliento, con un ligero aroma a café amargo, golpeó mis labios.
—No tienes idea de lo que es la guerra de verdad, Evelina.
Aquí no hay bailes de gala ni frases con doble sentido.
Aquí solo hay barro, sangre y decisiones que te quitan el alma.
—¿Es por eso que te volviste de piedra?
—pregunté, atreviéndome a tocar el dorso de su mano.
Cassian se tensó, pero no apartó la mano.
Sus dedos eran ásperos, llenos de cicatrices que contaban historias de batallas que yo solo conocía por los libros.
Por un segundo, su mirada se suavizó, y vi al hombre que existía antes de las medallas.
Pero el momento se rompió cuando el tren frenó en seco con un chirrido metálico que nos lanzó hacia adelante.
—¡Emboscada!
—gritaron desde el pasillo.
El caos estalló.
Disparos rítmicos impactaron contra el blindaje del tren, sonando como granizo metálico.
Cassian reaccionó antes de que yo pudiera procesar el miedo.
Me tomó por la cintura y me empujó al suelo, cubriéndome con su propio cuerpo.
Su peso era abrumador, pero en ese momento, era lo único que me hacía sentir segura.
Podía sentir el calor de su pecho y el latido acelerado de su corazón contra mi espalda.
—Quédate abajo y no te muevas —ordenó.
Su voz ya no era la de mi esposo de contrato; era la del Comandante del Imperio.
Salió al pasillo con el arma en alto.
Me quedé allí, en el suelo frío, escuchando los gritos y las explosiones.
Pasaron minutos que parecieron horas.
El olor a pólvora empezó a filtrarse por las rendijas, irritándome los pulmones.
No podía quedarme quieta.
Mi mente empezó a trabajar: si el tren se había detenido, era porque habían bloqueado las vías o dañado la locomotora.
Me asomé por la ventana reforzada.
A través del humo, vi a un grupo de insurgentes tratando de colocar una carga explosiva en el vagón de suministros médicos.
Si eso explotaba, no habría medicina para las tropas…
ni para nosotros si salíamos heridos.
Vi una bengala de señales en el estante de emergencia del compartimento.
Recordé lo que había leído en los manuales de Cassian: la luz blanca ciega los visores térmicos de los modelos antiguos que usaban los rebeldes.
Sin pensarlo dos veces, la tomé, abrí la pesada puerta del vagón y salí a la plataforma exterior.
El frío me golpeó la cara, pero la adrenalina era más fuerte.
Activé la bengala y la lancé con todas mis fuerzas hacia el grupo que colocaba la bomba.
Un destello blanco cegador iluminó la noche.
Los gritos de dolor de los atacantes me confirmaron que mi teoría era correcta.
Pero también atraje la atención hacia mí.
Un proyectil silbó cerca de mi oreja, astillando la madera de la puerta.
Antes de que pudiera reaccionar, una mano enguantada me tomó del brazo y me arrastró violentamente hacia adentro.
Era Cassian.
Su rostro estaba manchado de hollín y sus ojos ardían con una furia que nunca antes le había visto.
Me estampó contra la pared del pasillo, sujetándome con una fuerza que me dejó sin aliento.
—¿Estás loca?
—rugió—.
¡Casi te matan!
¡Te di una orden directa!
—¡Iban a volar los suministros!
—grité, recuperando el aire—.
Los distraje.
Ahora tus hombres pueden flanquearlos.
Cassian respiraba con dificultad.
Su frente estaba apoyada contra la mía y sus manos temblaban ligeramente sobre mis hombros.
No era rabia pura lo que veía en él; era terror.
El “Muro de Ébano” tenía miedo de perderme.
—No vuelvas a hacer eso —susurró, y su voz se quebró por un instante—.
No te atrevas a hacerme esto, Evelina.
No puedo…
no puedo concentrarme en la batalla si pienso que vas a morir por una estupidez heroica.
Su mano subió a mi mejilla, limpiando una mancha de polvo con una ternura desesperada.
En medio del ruido de la batalla que aún rugía afuera, el mundo se detuvo para nosotros.
La tensión acumulada durante semanas, los bailes, las discusiones en la biblioteca, el odio y la desconfianza…
todo colapsó en ese pasillo estrecho y lleno de humo.
Esta vez, no hubo interrupciones.
Cassian me besó.
Fue un beso violento, hambriento, que sabía a hierro y a desesperación.
Sus labios buscaron los míos con una urgencia que me hizo gemir contra su boca.
Mis manos se enredaron en su cabello, tirando de él hacia mí, queriendo fundirme con su uniforme, con su piel, con su peligro.
Él me levantó, rodeando mi cintura con sus brazos, y me presionó contra la pared metálica.
El frío del acero en mi espalda contrastaba con el fuego abrasador de su cuerpo.
Sus besos bajaron a mi cuello, dejando marcas que no serían fáciles de ocultar.
—Eres mi perdición —gruñó él contra mi piel—.
Te odio por hacerme sentir esto.
—Entonces odiame más —respondí, buscando de nuevo sus labios.
La batalla afuera parecía lejana.
En ese momento, la única guerra que importaba era la que estábamos librando entre nosotros.
Él quería poseerme para controlarme, y yo quería entregarme para dominarlo.
Era un choque de voluntades que finalmente había explotado.
Un golpe en el metal del vagón nos devolvió a la realidad.
Los disparos habían cesado.
—¡General!
¡Zona despejada!
—gritó un soldado desde afuera.
Cassian se detuvo, con la frente apoyada en mi hombro, tratando de regular su respiración.
Me bajó lentamente, pero no me soltó.
Me miró fijamente, con los labios hinchados y los ojos llenos de una confesión que no se atrevía a decir en voz alta.
—Esto no cambia nada —dijo, aunque sus manos seguían acariciando mis caderas.
—Lo cambia todo, Cassian —le corregí, arreglándome el cabello desordenado—.
Ya no puedes fingir que soy solo un contrato.
Y yo ya no puedo fingir que no quiero que seas mío.
Él no respondió.
Se puso la gorra militar, recuperando su máscara de mando, pero antes de salir para reunirse con sus hombres, se detuvo y me miró una última vez.
—Límpiate los labios, Evelina.
Tienes el labio partido.
Y si alguien pregunta…
diles que fue el impacto del tren.
Salió del vagón, dejándome sola con el sabor de su beso y el eco de su advertencia.
Sabía que a partir de ahora, el juego de poder sería mortal.
Había cruzado la línea de fuego y ya no había vuelta atrás.
Había silenciado al Comandante con un beso, pero ahora, el silencio era lo más peligroso que compartíamos.
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