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Matrimonio Con El Lobo de Hierro - Capítulo 6

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6: Capítulo 6 6: Capítulo 6 Cassian El frío de la frontera norte siempre me había servido para pensar con claridad.

El aire gélido suele adormecer los sentidos, entumecer el cuerpo y permitir que la lógica militar tome el control.

Pero esta noche, el invierno de Veridia parecía haberse derretido.

Tenía un incendio rugiendo bajo mi uniforme, y todo era culpa de la mujer que caminaba unos pasos detrás de mí, escoltada por mis soldados hacia el campamento base.

Evelina.

Aún podía sentir el sabor de sus labios en mi boca.

El beso en el tren no había sido una liberación; había sido como echar gasolina a un foso de brasas.

Mis manos todavía temblaban ligeramente, y no era por la adrenalina del combate, sino por el recuerdo de su cuerpo presionando contra el mío, de su espalda contra el metal frío y de la forma en que su lengua había reclamado la mía con una audacia que ningún soldado enemigo había tenido jamás.

—General, la tienda principal está lista —informó Miller, quien milagrosamente había mantenido la compostura durante la emboscada—.

He dispuesto sus pertenencias y las de la señora en el mismo habitáculo por motivos de seguridad.

El campamento está en alerta máxima.

—Bien —gruñí.

Mi voz sonó como el crujido de piedras rotas.

Me giré para verla.

Evelina caminaba con la cabeza alta, a pesar de que su abrigo estaba manchado de hollín y su labio inferior, aquel que yo mismo había mordido en un arrebato de hambre, estaba levemente hinchado.

Al cruzar su mirada con la mía, no vi miedo.

Vi un desafío.

Vi fuego.

Entramos en la tienda.

Era un espacio amplio, reforzado con lonas gruesas y suelo de madera portátil.

En el centro, una estufa de hierro fundido intentaba combatir el frío, pero lo único que yo sentía era un calor sofocante.

Había una sola cama, un catre militar más ancho de lo habitual, cubierto con pieles de lobo y mantas pesadas.

En cuanto Miller cerró la solapa de la tienda y nos quedamos solos, el silencio se volvió insoportable.

Me quité la gorra y la arrojé sobre el escritorio lleno de mapas.

Empecé a desabotonar mi chaqueta de gala con dedos torpes.

Mis pensamientos eran un caos.

Cada vez que ella se movía, el roce de su ropa, el aroma de su perfume mezclado con el humo de la pólvora…

todo me golpeaba directamente en la entrepierna.

Hacía años que no sentía una reacción física tan violenta.

Mi hombría estaba tensa, pulsando dolorosamente contra la tela rígida de mi pantalón de uniforme.

Era una erección dura, exigente, que no entendía de tratados ni de conveniencias políticas.

Solo entendía que la mujer que me había desafiado en la biblioteca estaba ahora a tres pasos de distancia, en la penumbra de una tienda de campaña, bajo mi absoluta protección.

—¿Te duele?

—preguntó ella.

Su voz era suave, casi un susurro, pero en el silencio de la noche sonó como un estruendo.

—¿Qué?

—pregunté, sin mirarla, concentrado en no perder el control.

—Tu mano.

Está sangrando.

Me miré los nudillos.

Me había cortado durante la escaramuza y no me había dado cuenta.

Antes de que pudiera decir que era una nadería, Evelina se acercó.

Tomó un cuenco con agua y un paño limpio de la mesa de noche.

—Siéntate, Cassian —ordenó.

Me senté en el borde del catre, sintiendo cómo mi pantalón me apretaba aún más al doblar las piernas.

Ella se arrodilló entre mis muslos para alcanzar mi mano.

Su cercanía era una tortura china.

Podía ver el nacimiento de sus pechos bajo el escote de su vestido, que se había desabrochado un poco durante el caos del tren.

Sus dedos pequeños y cálidos tomaron mi mano con una delicadeza que me hizo apretar los dientes.

—Eres un hombre muy descuidado para ser un General —murmuró ella, limpiando la sangre con toques lentos.

—Y tú eres una mujer muy peligrosa para ser una dama —respondí, bajando la mirada hacia su rostro.

Ella levantó la vista.

Sus ojos brillaban bajo la luz de la lámpara de aceite.

Estaba tan cerca que podía contar sus pestañas.

Dejó el paño a un lado, pero no soltó mi mano.

En lugar de eso, sus dedos empezaron a trazar círculos en mi palma, subiendo por mi muñeca, rozando el pulso acelerado que me delataba.

—¿Tienes miedo, Cassian?

—preguntó con una sonrisa juguetona que me prendió fuego por dentro.

—No sé lo que es el miedo, Evelina.

—Mentira.

Tienes miedo de lo que sientes cuando me tocas.

Tienes miedo de que esta “figura decorativa” sea la única capaz de hacerte caer de rodillas.

Evelina deslizó su mano hacia arriba, recorriendo mi brazo hasta llegar a mi pecho.

Sus dedos jugaron con los botones de mi camisa, desabrochando uno, luego otro, dejando al descubierto mi piel.

Mi respiración se volvió pesada.

Sentía la sangre martilleando en mis sienes y mi erección era ahora un dolor punzante que me exigía liberarla.

—Detente —dije, aunque no hice nada para apartarla.

Mi voz era una súplica disfrazada de orden.

—Oblígame —desafió ella.

Evelina se puso de pie, quedando justo frente a mí mientras yo seguía sentado en el catre.

Con una lentitud exasperante, llevó mis manos a sus caderas, guiándolas para que sintiera la curva de su cuerpo bajo la seda.

Luego, se inclinó y rozó mi mejilla con sus labios, bajando hasta mi oído.

—Puedo sentirte, Cassian —susurró, y sentí su mano bajar con una audacia letal hasta que su palma descansó sobre el bulto prominente de mi pantalón.

Solté un gruñido bajo, un sonido animal que nunca pensé que saldría de mi garganta.

Mi mano se cerró con fuerza en su cintura, tirando de ella hacia mí hasta que su sexo chocó contra el mío a través de las capas de ropa.

La presión me hizo ver estrellas.

—Evelina…

—advertí, mi voz quebrándose por completo.

—Dime que me quieres, General.

Dime que este contrato no vale nada comparado con el hambre que tienes de mí.

Ella empezó a masajearme suavemente a través de la tela, y el placer fue tan intenso que tuve que echar la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos.

El “Muro de Ébano” se estaba desmoronando piedra por piedra.

Su mano era experta, firme, moviéndose con un ritmo que me estaba volviendo loco.

No pude aguantar más.

La tomé por los muslos y la subí al catre, quedando yo encima de ella en un movimiento rápido.

Mis manos, antes precisas con las armas, ahora eran torpes por el deseo mientras buscaban la piel de sus piernas, subiendo por su vestido.

—No tienes idea de lo que me has hecho —gruñí, enterrando mi rostro en su cuello, aspirando su aroma mientras mis dedos encontraban la humedad entre sus piernas—.

Te he deseado desde el primer segundo en que entraste en mi oficina con ese aire de reina caída.

Te he deseado en cada cena, en cada baile…

He pasado noches en vela imaginando cómo gritarías mi nombre si te tuviera así.

Le desabroché el vestido con una violencia contenida, dejando que la tela cayera y revelara sus hombros y el inicio de sus senos.

Estaba hermosa, salvaje, con las mejillas encendidas y los ojos nublados por el mismo deseo que me consumía.

—Entonces deja de imaginar, Cassian —dijo ella, tirando de mi camisa para terminar de quitármela—.

Toma lo que es tuyo.

Toma lo que el contrato no puede comprar.

Me deshice de mis pantalones con una urgencia febril.

Al quedar desnudo frente a ella, vi cómo sus ojos se abrían con sorpresa y deleite al ver el tamaño de mi deseo, completamente erecto y palpitante, ansioso por poseerla.

Ella estiró una mano y me rodeó con sus dedos, apretando con una fuerza que me hizo soltar un jadeo de puro placer.

—Eres mío —susurró ella.

—Siempre lo fui, desde que me silenciaste con esa mirada —respondí, bajando para besarla con una pasión que ya no tenía vuelta atrás.

En medio de la nieve y la guerra, en una tienda de campaña que olía a cuero y deseo, el General Cassian Drako finalmente se rindió.

No ante un enemigo, sino ante la mujer que se había convertido en su mayor victoria y su más dulce derrota.

Esa noche, el contrato murió.

Y lo que nació en su lugar fue un incendio que ninguna guerra podría apagar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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