Matrimonio Con El Lobo de Hierro - Capítulo 7
- Inicio
- Todas las novelas
- Matrimonio Con El Lobo de Hierro
- Capítulo 7 - 7 Capítulo 7
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
7: Capítulo 7 7: Capítulo 7 Evelina El calor en la tienda era sofocante, pero no venía de la estufa de hierro.
Venía de la piel de Cassian contra la mía, de la forma en que sus manos grandes y callosas recorrían mis muslos, subiendo por mi vestido desordenado hasta encontrar el camino hacia mi centro.
Cuando sus dedos rozaron la seda de mi ropa interior, sentí que el mundo desaparecía.
El sonido del viento golpeando la lona de la tienda y el murmullo lejano de los soldados en guardia se convirtieron en un eco insignificante frente al rugido de mi propia sangre en los oídos.
Cassian estaba sobre mí, una masa de músculos tensos y calor abrasador.
Sus ojos, antes de acero frío, ahora eran carbones encendidos que devoraban cada centímetro de mi piel.
Nunca me había sentido así.
Mi cuerpo era un instrumento que él estaba aprendiendo a tocar con una precisión aterradora.
Pero cuando sentí la dureza de su virilidad presionando contra mi muslo, una realidad gélida me golpeó de golpe.
Era virgen.
Toda mi vida me habían preparado para ser una dama de la corte, para un matrimonio de etiqueta donde el acto era un deber silencioso y mecánico.
Pero esto…
esto no era un deber.
Era un incendio.
Y la magnitud de ese fuego, sumada a mi absoluta inexperiencia, me hizo entrar en pánico.
Cuando Cassian bajó la mano para deshacerse de la última barrera de mi ropa, mi cuerpo se tensó de forma instintiva.
Mis piernas se cerraron y mis manos, que antes acariciaban su espalda con desesperación, se detuvieron en seco contra sus hombros, empujándolo levemente.
Solté un jadeo que no fue de placer, sino de puro nerviosismo.
Cassian se congeló al instante.
Se detuvo con una disciplina que me pareció inhumana.
Su respiración golpeaba mi cuello, rápida y pesada.
Durante unos segundos, ninguno de los dos se movió.
Podía sentir el temblor en sus brazos mientras se sostenía sobre mí, luchando por contener el impulso animal que lo dominaba.
Lentamente, levantó la cabeza.
Sus ojos buscaron los míos, analizando cada milímetro de mi rostro.
Vio el miedo, vio la duda y, sobre todo, vio la verdad que mis labios no se atrevían a decir.
—Evelina —su voz era un gruñido bajo, cargado de una tensión sexual que me hacía temblar—.
¿Qué pasa?
—Yo…
—Traté de hablar, pero mi garganta estaba seca—.
Cassian, yo nunca…
nunca he hecho esto antes.
El silencio que siguió fue denso.
Vi cómo su mandíbula se apretaba tanto que temí que se rompiera.
Sus pupilas estaban dilatadas, casi cubriendo el iris gris.
Sabía que detenerse en ese momento debía de ser una tortura física para él; yo misma podía sentir su erección palpitando contra mi costado, exigiendo una liberación que yo le estaba negando.
Esperaba que se enfadara.
Esperaba que me recordara que era mi esposo, que el contrato implicaba obediencia o que simplemente terminara lo que habíamos empezado.
Después de todo, era un hombre de guerra, un hombre acostumbrado a tomar lo que quería por la fuerza.
Pero Cassian Drako hizo algo que no esperaba.
Cerró los ojos con fuerza, soltó un suspiro prolongado y dejó caer su frente contra mi hombro.
Lo sentí tensarse por completo, sus músculos se volvieron de piedra mientras contaba mentalmente para recuperar el control.
Luego, con una lentitud que me conmovió, se apartó de mí.
Se sentó en el borde del catre, dándome la espalda.
Sus hombros anchos subían y bajaban rítmicamente.
El sudor brillaba en su espalda desnuda bajo la luz de la lámpara.
—Lo siento —susurré, cubriéndome con la manta, sintiéndome estúpida y vulnerable.
Él no respondió de inmediato.
Pasó una mano por su cabello, desordenándolo aún más.
Cuando finalmente habló, su voz era sorprendentemente suave, aunque todavía teñida por la frustración.
—No te disculpes por eso, Evelina —dijo, sin mirarme—.
No soy un monstruo.
No voy a tomar algo que no se me entrega de forma voluntaria y…
preparada.
Se giró lentamente.
La mirada que me lanzó no era de desprecio, sino de una protección posesiva que me hizo sentir más segura que nunca.
Se acercó de nuevo a mí, pero esta vez no con urgencia, sino con calma.
Me tomó la barbilla con sus dedos largos y me obligó a mirarlo.
—Eres mi esposa —dijo con firmeza—.
No me importa si es por un contrato o por el destino.
No voy a asustarte.
Esperaré.
Me sentí pequeña bajo su mirada, pero también inmensamente respetada.
Él, el hombre más temido del imperio, estaba doblando su voluntad ante mi miedo.
Sin embargo, antes de que pudiera agradecerle, la suavidad en sus ojos desapareció, reemplazada por esa intensidad depredadora que me hacía arder.
Se inclinó hacia mi oído, rozando mi lóbulo con sus labios, y su voz bajó a un registro tan oscuro y sexy que sentí que mis rodillas fallaban incluso estando acostada.
—Pero no te equivoques, pequeña dama —susurró, y sentí su mano recorrer mi cintura por encima de la manta, apretando con fuerza—.
No voy a esperar para siempre.
Disfruta de esta tregua, porque muy pronto seré yo quien te rompa por primera vez.
Seré yo quien te enseñe lo que es el placer hasta que grites mi nombre y olvides que alguna vez tuviste miedo.
El corazón me dio un vuelco.
No era una amenaza, era una promesa.
Una promesa de posesión total que me dejó sin aliento.
—¿Entendido?
—preguntó, mirándome a los ojos mientras su pulgar acariciaba mi labio inferior, el mismo que él había mordido.
—Entendido, General —respondí, mi voz apenas un susurro cargado de anticipación.
Cassian asintió.
Se levantó, se puso los pantalones con movimientos bruscos y se acercó a la mesa para servirse un vaso de agua fría, bebiéndolo de un solo trago.
La tensión seguía ahí, vibrando en el aire como una cuerda de violín a punto de romperse, pero el límite ya estaba marcado.
—Duerme —ordenó, señalando el catre—.
Mañana tenemos que inspeccionar la zona de la emboscada.
Yo me quedaré en el escritorio terminando unos informes.
—Pero, Cassian…
es tu cama.
—He dormido en el barro con una piedra de almohada, Evelina.
Una silla no me matará.
Además…
—hizo una pausa y me lanzó una mirada que me recorrió de pies a cabeza—, si me acuesto a tu lado ahora mismo, no garantizo que pueda mantener mi promesa de caballero por más de cinco minutos.
Me sonrojé furiosamente y me acurruqué bajo las pieles de lobo.
Lo observé mientras se sentaba frente a sus mapas, con la espalda recta y la pluma en la mano, volviendo a ser el General impecable.
Pero ahora yo sabía la verdad.
Bajo ese uniforme había un hombre capaz de incendiar el mundo por mí, pero también lo suficientemente fuerte como para esperar a que yo fuera quien encendiera la mecha.
Me quedé dormida escuchando el rascado de su pluma sobre el papel, sintiéndome extrañamente a salvo en medio de una zona de guerra.
No sabía cuándo llegaría ese “pronto” que él había prometido, pero una parte de mí, una parte que estaba despertando con una fuerza imparable, deseaba que fuera antes de lo que mi propio miedo permitía.
La guerra en la frontera norte estaba lejos de terminar, pero la guerra por mi corazón y mi cuerpo acababa de entrar en una fase mucho más peligrosa.
Cassian Drako me había dado una tregua, pero también me había marcado como suya.
Y yo, por primera vez, no quería huir de mi captor.
Quería descubrir qué se sentía al ser destruida por él.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com