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Matrimonio Con El Lobo de Hierro - Capítulo 8

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8: Capítulo 8 8: Capítulo 8 Cassian El regreso de la frontera fue un viaje en silencio, pero no el silencio vacío de antes.

Era un silencio cargado, denso como la niebla antes de una tormenta.

Miraba a Evelina por el rabillo del ojo mientras ella observaba el paisaje por la ventanilla del carruaje.

Estaba pálida, un poco más delgada tras el estrés de la emboscada, pero había algo en su mirada que me desarmaba cada vez que nuestros ojos se cruzaban.

Ya no era solo una pieza en mi tablero.

Ya no era la hija de Laurent que había comprado para limpiar mi imagen.

Era la mujer que se había lanzado a una batalla por mí y la que, en la penumbra de mi tienda, me había mostrado una vulnerabilidad que no supe cómo manejar.

Mi mano todavía recordaba la suavidad de su piel y mi cuerpo todavía protestaba por la tregua que yo mismo había impuesto.

Pero había algo más profundo que el deseo físico que empezaba a corroerme.

Una necesidad de verla sonreír, de verla segura, de verla…

mía, pero no por un papel, sino por elección.

En cuanto llegamos a la capital, no regresamos a la mansión de inmediato.

Ordené al cochero que se detuviera frente a la joyería más exclusiva de Veridia: L’Eclat de l’Empire.

—¿Qué hacemos aquí, General?

—preguntó ella, mirándome con confusión mientras yo le abría la puerta del carruaje.

—Has sobrevivido a un ataque enemigo por mi culpa, Evelina —respondí, tratando de que mi voz sonara firme, aunque mi corazón diera un vuelco al verla tan cerca—.

El protocolo exige que mi esposa sea recompensada por su valentía.

Mentira.

No era el protocolo.

Era yo, queriendo cubrirla de oro para ver si así podía ocultar el hecho de que me estaba volviendo loco por ella.

Entramos en la tienda y el dueño, un hombre menudo que casi se desmaya al ver mi uniforme, nos escoltó al salón privado.

Mandé sacar las piezas que nadie más podía permitirse.

Diamantes del sur, zafiros de las minas de hielo y esmeraldas que valían más que un regimiento entero.

—Elige lo que quieras —dije, cruzándome de brazos y apoyándome en la pared, observándola.

Evelina recorrió las vitrinas con una elegancia natural.

No miraba los precios —no necesitaba hacerlo, mi fortuna era prácticamente inagotable—, sino que buscaba algo que encajara con ella.

Finalmente, se detuvo ante un conjunto de gargantilla y pendientes de diamantes negros y oro blanco.

Era una pieza oscura, sofisticada y peligrosa.

Como ella.

—Esta —susurró.

Me acerqué.

Tomé la gargantilla de la almohadilla de terciopelo.

Mis dedos rozaron su cuello mientras se la ponía.

Ella se estremeció, y yo sentí ese familiar tirón en mi entrepierna que me recordaba la promesa que le hice en la frontera.

—Te queda perfecta —murmuré cerca de su oído—.

Pero falta algo.

Hice un gesto al joyero.

Él trajo una caja pequeña de madera lacada.

Dentro había un anillo con un diamante rojo sangre, rodeado de pequeñas dagas de plata.

Era una joya de la familia Drako, una que solo las mujeres de mi linaje habían llevado.

—Esto no es parte del protocolo —dijo ella, con los ojos muy abiertos.

—No.

Esto es para que todos los que te miren hoy en la cena del Consejo sepan que no solo eres mi esposa por ley.

Eres una Drako.

Y el que se atreva a ponerte una mano encima o a cuestionar tu lugar, tendrá que responder ante mis ejércitos.

Se lo puse en el dedo anular.

Sus manos eran tan pequeñas comparadas con las mías…

Sentí un impulso protector tan fuerte que me dolió el pecho.

Quería encerrarla en mi mansión, rodearla de lujos y no dejar que el mundo exterior volviera a tocarla.

¿Es esto lo que llamaban amor?

Para mí, se sentía como una obsesión táctica de la que no quería escapar.

Regresamos a la mansión y la encontré transformada.

Evelina había cumplido su palabra: la biblioteca estaba organizada, las flores frescas llenaban los jarrones de cristal y los criados ya no caminaban con miedo, sino con un respeto renovado hacia la “Señora”.

Esa noche, mientras ella se preparaba para la cena, entré en su habitación sin llamar.

Ella estaba frente al tocador, vistiéndose con la ayuda de una doncella.

Al verme, hizo un gesto para que la chica se retirara.

Evelina llevaba un vestido negro de terciopelo que contrastaba con la palidez de sus hombros y el brillo de los diamantes negros que le había comprado.

Parecía una reina guerrera.

—Te he traído algo más —dije, dejando una carpeta sobre su tocador.

Ella la abrió con curiosidad.

Sus ojos se llenaron de lágrimas al instante.

Eran las escrituras de la antigua casa de su padre y la orden de libertad condicional que yo mismo había firmado esa mañana, usando mi influencia y una cantidad obscena de dinero para sobornar a los jueces de Vargo.

—Cassian…

¿por qué?

—preguntó, con la voz quebrada.

Caminé hacia ella y la tomé por los hombros, obligándola a mirarse en el espejo conmigo detrás de ella.

—Porque un General no deja a sus aliados atrás —dije, aunque mi voz me delató al volverse más suave—.

Y porque no quiero que estés conmigo porque tienes miedo por tu familia.

Quiero que estés conmigo porque quieres estarlo.

Ella se giró en mis brazos y escondió el rostro en mi pecho.

Me abrazó con una fuerza que me dejó sin aliento.

Mis manos bajaron a su cintura, apretándola contra mí.

En ese momento, daría cada moneda de mi caja fuerte y cada medalla de mi uniforme solo por mantenerla así para siempre.

—Gracias —susurró contra mi camisa.

—No me des las gracias todavía, Evelina —dije, levantándole la barbilla para que me mirara.

El deseo volvió a surgir, más fuerte que antes, ahora mezclado con una ternura que me asustaba—.

Mi promesa sigue en pie.

Te estoy dando todo lo que el dinero puede comprar, pero lo que realmente quiero darte es algo que no tiene precio.

Bajé la mirada a sus labios.

Estaba locamente enamorado de ella, y la comprensión de ese hecho me golpeó como una bala.

No podía imaginar mi vida sin su inteligencia, sin sus desafíos, sin su olor.

—Pronto —repetí, recordando mis palabras en la tienda de campaña—.

Pronto dejarás de verme como el hombre que te compró, y empezarás a verme como el hombre que te pertenece.

Ella no retrocedió.

Al contrario, se puso de puntillas y me besó suavemente, un beso que no sabía a guerra, sino a esperanza.

—Ya lo hago, Cassian —dijo ella con una sonrisa que me detuvo el corazón—.

Ya lo hago.

Salimos de la habitación tomados de la mano.

Yo era el General Cassian Drako, el hombre más rico y poderoso del imperio, pero mientras caminaba al lado de Evelina, sentía que ella era el verdadero poder.

Y estaba dispuesto a gastar hasta mi último aliento para demostrarle que, aunque el mundo la viera como mi dama, para mí, ella era la dueña de todo lo que yo era.

Esa noche, en la cena del Consejo, todos vieron a un General diferente.

Vieron a un hombre que no miraba los mapas, sino a la mujer a su lado con una devoción que silenciaba cualquier chisme.

Vargo me miraba con odio, pero yo solo tenía ojos para Evelina.

El oro en su cuello brillaba, pero no tanto como el fuego en mis ojos.

La guerra política seguía ahí, pero yo ya había ganado la batalla más importante de mi vida.

Ahora solo faltaba que la tregua terminara y que ella, finalmente, me dejara entrar en su mundo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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