Matrimonio Con El Lobo de Hierro - Capítulo 9
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9: Capítulo 9 9: Capítulo 9 Evelina El silencio de mi habitación en la mansión Drako era diferente esta noche.
Ya no se sentía como el vacío de una celda de lujo, sino como la calma que precede a una tormenta inevitable.
Me encontraba frente al gran espejo de plata de mi tocador, iluminada solo por la luz temblorosa de las velas y el resplandor de la luna que se filtraba por el ventanal.
Llevaba puesto el camisón de seda blanca que Cassian me había regalado; era una prenda casi translúcida, tan ligera que se sentía como una caricia de aire sobre mi piel.
Los diamantes negros de la gargantilla que él me había comprado esta mañana todavía rodeaban mi cuello, un contraste oscuro y brillante sobre mi pecho.
Pasé las manos por mis hombros, bajando por mis brazos, y no pude evitar estremecerme.
Mi cuerpo se sentía extraño, sensible, como si cada poro de mi piel estuviera esperando un contacto que solo un hombre podía darme.
“¿En qué momento te convertiste en esto, Evelina?”, me pregunté a mi reflejo.
Recordé la primera vez que vi a Cassian en su oficina.
Lo odiaba.
Odiaba su arrogancia, su uniforme impecable y la forma en que me miraba como si fuera un objeto que podía adquirir con un fajo de billetes.
Pero ahora, mientras acariciaba el anillo con el diamante rojo en mi dedo, me di cuenta de que el odio se había transformado en algo mucho más peligroso: devoción.
Cassian no solo me había dado joyas y vestidos.
Me había devuelto el honor de mi padre.
Me había protegido en medio de una balacera.
Y, sobre todo, me había respetado cuando me vio temblar de miedo en aquella tienda de campaña.
Su caballerosidad me había desarmado más que cualquier amenaza.
Suspiré, dejando que el camisón se deslizara un poco, revelando la curva de mi hombro.
Pensé en sus palabras: “Pronto seré yo quien te rompa por primera vez”.
Un calor líquido recorrió mi vientre al recordar la profundidad de su voz cuando lo dijo.
No era miedo lo que sentía ahora.
Era una impaciencia febril.
Quería sentir sus manos grandes y callosas explorando cada rincón de mi cuerpo.
Quería que ese bulto que sentí contra mi muslo en la frontera ya no fuera un obstáculo, sino una parte de mí.
—Te ves preciosa, Evelina.
Me sobresalté, girándome hacia la puerta.
Cassian estaba allí, apoyado contra el marco, observándome con una intensidad que hizo que mis piernas flaquearan.
No llevaba su chaqueta militar, solo la camisa blanca, medio desabrochada, y los pantalones negros que le ajustaban perfectamente.
Parecía cansado, pero sus ojos de acero estaban más vivos que nunca.
—No te oí entrar —susurré, tratando de cubrirme un poco con las manos, aunque sabía que era inútil.
La seda del camisón no ocultaba nada ante su mirada experta.
—Llevo cinco minutos mirándote —confesó él, caminando lentamente hacia el centro de la habitación.
Sus pasos eran silenciosos, como los de un lobo acechando a su presa favorita—.
Te veías tan perdida en tus pensamientos que no quise interrumpirte.
Pero verte así…
bajo la luz de la luna…
es una tortura que ningún general debería soportar.
Se detuvo justo detrás de mí.
En el espejo, nuestras miradas se encontraron.
Él era tan alto, tan ancho y dominante comparado con mi figura delicada.
Puso sus manos sobre mis hombros y el contraste de su piel bronceada contra la seda blanca fue casi obsceno.
—¿En qué pensabas?
—preguntó.
Sus manos bajaron por mis brazos, provocándome escalofríos.
—En ti —respondí con una honestidad que me sorprendió—.
En lo que me dijiste en la frontera.
En la promesa que me hiciste.
Sentí cómo su cuerpo se tensaba instantáneamente tras el mío.
Su respiración se volvió pesada y pude ver en el espejo cómo su mirada bajaba hacia mi escote, donde el camisón caía revelando el inicio de mis pechos.
—Esa promesa ha estado quemándome las entrañas desde que salimos de esa tienda, Evelina —dijo él, inclinándose para enterrar su rostro en el hueco de mi cuello.
Su barba incipiente rozó mi piel, haciéndome jadear—.
He intentado ser un caballero.
He intentado darte espacio.
Pero cada vez que te veo caminar por esta casa, cada vez que huelo tu perfume…
siento que voy a perder la cabeza.
Sus manos bajaron a mi cintura y me giró lentamente para que quedara frente a él.
Al estar tan cerca, pude sentir la dureza de su cuerpo, la evidencia clara de que me deseaba con una fuerza incontenible.
Su erección presionaba contra mi vientre, firme y exigente, incluso a través de la ropa.
—Ya no tengo miedo, Cassian —dije, llevando mis manos a su nuca, enredando mis dedos en su cabello oscuro—.
No quiero más treguas.
Él soltó un gruñido bajo, un sonido cargado de posesión.
—¿Estás segura?
—preguntó, su voz apenas un susurro ronco—.
Porque si empiezo, no voy a detenerme.
Voy a hacerte mía de todas las formas posibles.
Voy a marcar cada centímetro de esta piel para que el mundo sepa a quién perteneces.
—Lo sé —respondí, poniéndome de puntillas para rozar sus labios con los míos—.
Eso es exactamente lo que quiero.
Cassian no esperó más.
Me tomó de la nuca y me besó con una ferocidad que me dejó sin aliento.
No era un beso dulce; era un beso de conquista, de entrega total.
Sus manos bajaron a mis nalgas, levantándome del suelo como si no pesara nada.
Crucé mis piernas alrededor de su cintura, sintiendo el calor abrasador de su virilidad justo donde más lo necesitaba.
Me llevó hacia la cama sin romper el beso.
Me depositó con delicadeza sobre las sábanas de seda oscura, pero él no tardó en cubrirme con su cuerpo.
Sus manos se movieron con una urgencia controlada, deslizando el camisón hacia arriba hasta que la tela se amontonó en mi cuello, dejándome completamente desnuda bajo su mirada.
—Eres perfecta —murmuró, su mirada recorriendo mis pechos, mi cintura y la humedad que empezaba a brillar entre mis muslos—.
Más hermosa que cualquier joya que haya comprado.
Él se deshizo de su ropa con una velocidad militar, revelando ese cuerpo de guerrero que yo había soñado con tocar.
Estaba erecto, imponente, una visión de poder masculino que me hizo tragar saliva, pero esta vez el deseo superaba con creces al nerviosismo.
—Mírame, Evelina —ordenó él, separándome las piernas con una suavidad firme, posicionándose entre ellas—.
Quiero que veas quién es el hombre que va a ser el primero en entrar en ti.
Quiero que veas cuánto te amo.
Mi corazón dio un vuelco al escuchar esa palabra.
Amor.
No era solo sexo, era su rendición total ante mí.
—Hazlo, Cassian —le pedí, extendiendo mis manos hacia él—.
Hazme tuya.
Él se inclinó, besándome con ternura mientras sus dedos empezaban a prepararme, moviéndose con una lentitud experta que me hizo arquear la espalda y gemir su nombre.
El “Muro de Ébano” se había derrumbado por completo, dejando solo al hombre que estaba a punto de cumplir su promesa.
En el silencio de la habitación, rodeada de lujo y bajo la mirada del hombre más poderoso de Veridia, supe que mi vida cambiaba para siempre.
Ya no era la dama del contrato; era la mujer que había conquistado al general, y estaba a punto de descubrir que la destrucción que él me había prometido era, en realidad, la libertad más dulce de todas.
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