Matrimonio Primero, Pareja Después - Capítulo 23
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23: Capítulo 23 : Frente al mar 23: Capítulo 23 : Frente al mar El punto de vista de Amber
El aroma del desayuno se cuela en la habitación, haciendo que mis ojos se abran por el hambre.
Me siento girar en la cama y refunfuño porque Levi no está.
Evidentemente, si huele tan bien es porque él está cocinando.
Solo él tiene la capacidad de hacer que la habitación huela como un restaurante de cinco estrellas.
Así que bostezo y me levanto lentamente, observando el sol, que se eleva a través de las cortinas corridas.
Las aparto y contemplo fascinada el mar, que parece infinito a través de las ventanas.
El sol está alto en un cielo azul radiante; la arena es tan blanca que casi parece nieve.
—¿Bajas a desayunar?
—dice la voz de Sophie detrás de mí, después de golpear dos veces y abrir la puerta lentamente.
Lleva una camiseta de una banda de rock y unos pantalones a cuadros que le quedan demasiado grandes.
Su corto pelo oscuro está despeinado y sostiene una taza de café en las manos, que me entrega en cuanto me acerco a ella.
—Sí, por favor —respondo.
Doy un sorbo al café, que está perfecto, y tomo la mano de mi amiga antes de que salgamos de la habitación.
Sus ojos azules permanecen fijos en los míos.
La miro interrogante y luego pregunto.
—¿Qué pasa contigo y Elliot?
Sophie se sonroja inmediatamente.
Su cara es un poema.
No está hecha para mentir, pienso.
Cuando se pone nerviosa casi se puede leer lo que esconde en las pecas de su rostro.
—No sé de qué me hablas —murmura con voz entrecortada.
Chasqueo la lengua.
—No me vengas con ese cuento.
He visto cómo has pasado la noche evitando sus atenciones.
Finge tener un ataque de tos.
—Es el clima de California —dice—.
Tanta sal y arena en el aire me da alergia.
Si me disculpas, iré a buscar mi medicina —espeta.
Antes de que pueda decir otra palabra, Sophie sale corriendo y se encierra en su habitación.
Sé que no saldrá hasta que tengamos compañía.
Suspirando, bajo las escaleras.
Decido dejar el tema por ahora.
En lugar de eso, me distraigo disfrutando de la vista.
Levi nos ha traído a su casa en Malibú para quedarnos, lo cual me tiene sinceramente impresionada.
La propiedad es fácilmente tan grande como la mansión en Alaska.
Tiene tres pisos y acceso a un camino privado que conduce a unas vallas, y luego a la playa.
Mientras bajo las escaleras veo el desayuno, que está servido en la terraza.
Parece que Levi es un gran fan de las paredes de cristal, ya que toda la parte trasera de la casa es una gran ventana cuyos vitrales tienen una vista impresionante del océano.
En cuanto llego, veo la mesa.
Ha preparado comida suficiente para un ejército.
Todo tipo de platos.
Todos mis favoritos.
—Buenos días —susurra mi marido a mi espalda.
Sus manos rozan mi cintura y me envuelven.
Lo siento contra mi cuello, besando mi piel y marcando el camino hacia mis labios.
Sonrío, encontrándome con él en el camino.
Levi me besa lentamente, disfrutando del sabor a café y chocolate que se ha pegado a mis labios por el capuchino.
—Buenos días a ti también —respondo con un ronroneo y desvío la mirada para contemplar el mar—.
Esto es impresionante.
Podría ver las olas para siempre —afirmo.
—Podemos hacer eso si es lo que quieres.
Vivir en Malibú y todo eso.
Asiento lentamente con la cara.
—Me gusta aquí, pero nuestro lugar es el hogar.
Pero podríamos venir más seguido.
No me importaría pasar algunos meses cada año aquí.
Él sonríe, besando la comisura de mis labios.
—Tendrás todo lo que quieras —promete.
Me siento a la mesa, con él a mi lado, y poco después Elliot baja para sentarse con nosotros.
Tanto él como Sophie se han quedado en la impresionante mansión de Levi, lo que me parece bien.
No le veo sentido a alquilar una habitación de hotel cuando tienes una vista y una mansión como esta.
—Buenos días —saluda Elliot tranquilamente, tomando su teléfono y revisando las noticias.
Poco después entra Sophie.
Se ha cambiado el pijama gastado por un conjunto de seda que le regalé la pasada Navidad y que hace juego con sus ojos.
Susurra un silencioso «buenos días» y viene a sentarse junto a mí, con las piernas recogidas.
Su mirada evita la de Elliot.
Los dos son tan obvios como cuando mi amiga se enamoró por primera vez, en primer grado, de Calum Lambert, el chico con el que tuvo una relación de una semana, y que la dejó después de notar que sus manos sudaban cuando se ponía nerviosa.
A partir de entonces, Sophie renunció al amor.
Levi parece notar, como yo, que algo sucede entre los dos, pero no dice nada.
Desayunamos en silencio, disfrutando de la vista y de la deliciosa comida.
—¿Qué quieres hacer hoy?
—pregunta Levi entonces, llevando su mano a mi rostro.
Limpia el rastro de mermelada de fresa con su pulgar y lo lame lentamente.
—¿No tenemos que ir a alguna reunión?
¿Seguir el itinerario y todo eso?
—digo.
—De hecho, no tienes ningún evento programado para hoy —responde Sophie inmediatamente, revisando su agenda digital.
—Podemos hacer lo que quieras.
Ir al centro comercial, salir a comer…
—Quiero ir a la playa —contesto de inmediato, con la mirada perdida en el mar—.
Quiero tumbarme al sol y simplemente dejar que la luz borre todas las huellas de frío.
Los labios de Levi se curvan en una sonrisa tensa.
—Me parece bien —responde Levi.
Inmediatamente pienso que necesito un traje de baño para impresionarlo.
¿Quizás podría ir con Sophie durante unas horas a la ciudad para visitar algunas de las tiendas para las que dijo que tenía citas programadas para nosotras?
—Tengo algo que mostrarte —dice entonces Levi, poniéndose de pie.
Me tiende la mano y la tomo.
Nos levantamos mientras una de mis cejas se arquea por la curiosidad.
Sophie me mira con cara de pánico, como pidiéndome que no la deje, pero decido dejar que se las arregle sola.
Lo que sea que pase entre ella y Elliot es algo que tiene que resolver ella.
Entonces Levi me lleva de vuelta a nuestra habitación.
Al entrar me agarra por la cintura desde atrás y me muerde el cuello.
—Si es la cama lo que planeabas mostrarme, te espera una sorpresa —digo con una risa—.
No voy a pasar el día entre sábanas cuando el mar está a solo unos pasos.
—¿Sería tan terrible pasar el día en la cama conmigo?
—responde con picardía, dejándome caer contra las sábanas.
Se sube encima de mí y siento su sexo contra mis nalgas.
Su pecho está pegado a mi espalda mientras sus labios comienzan a recorrer mis hombros.
Suspiro.
—No.
Realmente no sería tan malo…
—susurro.
Empieza a bajarme los pequeños shorts de seda y deja al descubierto mi trasero.
Lo muerde y luego comienza a descender con su lengua, buscando mi intimidad.
Sin poder evitarlo empiezo a gemir.
Pero antes de que su lengua pueda alcanzar su objetivo, se levanta.
Levi me da una traviesa nalgada que seguro dejará marca y luego me ayuda a ponerme de pie.
—Eso ha sido cruel por tu parte —digo, notando la sonrisa divertida que cruza su boca—.
Más te vale que lo que me muestres sea impresionante.
—Ya verás —responde.
Toma mi mano y la conduce hacia el armario.
Lo abre, revelando una habitación casi tan grande como el propio dormitorio que rebosa de ropa.
Y toda la parte izquierda del armario es para mí.
—¿Cómo lo has hecho?
—exclamo asombrada, pasando los dedos por las telas y admirando los diseños.
Levi se encoge de hombros, como si no fuera gran cosa.
—Sophie hizo la mayor parte del trabajo.
Ella me dijo qué comprar y dónde.
Yo solo me aseguré de que lo trajeran antes de que llegaran.
Lo miro impresionada.
La ropa es de mi talla.
Todos los colores que me quedan bien.
—Eres increíble —le digo.
Se acerca a mí, toma mis manos y las besa con ternura.
—¿Playa entonces?
—dice.
Sonrío.
—Primero tienes que ayudarme a elegir un traje de baño.
La mirada de Levi recorre lentamente mi cuerpo.
Tomo una de las prendas y me la pruebo por encima de la ropa, sin quitármela.
—¿Qué tal este?
—pregunto.
—No sé —Levi se sienta y me mira con interés—.
Tendría que verte con él puesto para responder.
Le sonrío.
Luego me quito la camiseta y los shorts.
Me cubro los pechos con una mano y lanzo mis bragas hacia su cara.
Él las atrapa al instante, con una velocidad admirable.
Su mirada está fija en mi sexo.
Me doy la vuelta y dejo que admire mi espalda mientras empiezo a subirme la parte inferior del bañador por el cuerpo.
Me inclino, para que pueda admirar mejor mis curvas…
Y las manos de Levi se cierran alrededor de mis caderas.
—¿Qué estás haciendo?
—gimo.
—A la mierda la playa.
El mar seguirá ahí un par de horas más.
Suelto una risita, pero pronto desaparece de mi boca.
Su lengua se mete entre mis muslos y entonces todo lo demás se borra.
Me apoyo con los brazos en una de las repisas para no perder el equilibrio.
Las manos de Levi me sostienen por las caderas mientras su lengua avanza, hundiéndose dentro de mí.
Justo cuando mis piernas comienzan a temblar y los gemidos se vuelven más recurrentes, hace que me incorpore, de espaldas a él y contra su dureza.
La sostiene con una mano y la guía dentro de mí, para que abra las piernas y me deslice lentamente sobre él, sintiendo cómo es capaz de llenar todos mis espacios vacíos…
Mi espalda se arquea, pronuncio su nombre y él sostiene mis pechos.
Sus caderas comienzan a moverse contra las mías mientras su mano libre baja, acariciando mi monte de venus y animando al placer a venir por mí.
Mis ojos se cierran, mis labios se abren de excitación, y él me muerde el hombro.
Levi tiene razón: El mar ha estado ahí toda mi vida.
Y seguirá estando a unos pasos dentro de unas horas, cuando su cuerpo y el mío hayamos tenido suficiente el uno del otro.
O quizás eso nunca suceda.
Pero al menos habremos saciado nuestro anhelo el uno por el otro lo suficiente como para poder admirar otras maravillas, aparte de las que creamos cuando estamos juntos.
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