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Me convertí en la hija del duque sin magia y aterré al protagonista - Capítulo 85

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85: Capítulo 85 85: Capítulo 85 Al final del día, estábamos todos muertos de cansancio de acarrear esas piedras, recoger el botín, debatir quién llevaría qué y, de vez en cuando, ver a Raya sacudir la cola, casi golpeando a Sir Jin en la cabeza.

Lo juro, a ese guiverno no le importaba en absoluto la seguridad de los cráneos mortales.

Pero era tan adorable que no le grité.

Bueno…, no demasiado.

Miré al grupo, desparramado por el claro del bosque como un montón de figuras de acción agotadas, pero muy vivas.

Henry se las había arreglado para desplomarse sobre un montón de brillantes piedras de maná azules y murmuraba algo sobre «nunca más», mientras que Joff intentaba hacer equilibrio con tres piedras de hogar sobre el hombro como si estuviera en una audición para un número de circo.

Sir Alex, por supuesto, permanecía de pie como un monumento inamovible de dignidad y agotamiento, quitándose de la armadura restos de la pringosa baba de araña, probablemente juzgando nuestra estupidez colectiva con todo su ser.

Sir Jin se acercó cojeando, maldiciendo en voz baja al suelo de la mazmorra como si este le hubiera insultado personalmente a las rodillas.

¿Y yo?

Estaba bebiendo café a sorbos.

Porque, por supuesto.

Uno no termina de conquistar un maratón de mazmorras sin una taza de emergencia.

Y no un café cualquiera: mi café.

El que alimenta los milagros, los círculos de maná y, al parecer, el temperamento de un guiverno bebé.

—Mañana nos vamos a casa —anuncié con dramatismo, sacudiéndome un polvo imaginario de la túnica—.

Exijo un baño en condiciones.

Y comida en condiciones.

Nada de estas tonterías de raciones frías de mazmorra.

Quiero baños calientes, vino —o té, a veces soy indecisa— y comida que no tenga la textura de las rocas.

Gracias.

Henry gimió: —¿Tenemos que volver allí, mi señora?

—Sí —dije, muy clara y en voz muy alta, apurando la última gota de mi taza—.

Porque necesito un trono en el que sentarme, una cama que no huela a moho y a fatalidad, y quizá la oportunidad de fulminar a alguien con la mirada por algo que ya ni recuerdo.

Los elfos estaban recogiendo sus cosas para volver a su aldea, ahora que sus vidas corrían un poco menos de peligro, y murmuraban su agradecimiento por lo bajo, como los civilizados hombrecillos —eh, elfos— que eran.

Sus caballos iban cargados hasta los topes con piedras de hogar y piedras de maná; algunas brillaban con tal intensidad que casi me planteé ponerles gafas de sol.

Se quejaron del peso, pero también les di otras más pequeñas para que no se desplomaran por el camino a casa.

Diez de ellos, emocionados más allá de lo imaginable, nos despidieron con la mano, hicieron reverencias y probablemente lloraron un poco porque, sí, su aldea iba a sobrevivir.

Les devolví el saludo con descaro: —¡Y no lo olviden!

Envíen café al Ducado de Agro, ¿de acuerdo?

Quiero la primera cosecha.

No me fallen.

¿Entendido?

—¡S-sí, Lady Serafina!

—corearon, a la vez aterrorizados y fascinados.

Obviamente.

Nunca habían visto un desparpajo como este.

No este nivel de control del caos envuelto en autoridad mágica.

Mientras tanto, durante el viaje de vuelta en el carruaje, no pude resistirme a contar historias.

Jet Li.

Kung fu clásico.

Érase una vez en China… todas las películas que me hicieron gritarle a la pantalla de niña, porque a mi abuela le encantaban.

¿Sir Jin y Sir Alex?

Escuchaban con atención, con los ojos entrecerrados como si lo entendieran todo, pero yo sé que no era así.

Henry y Joff intentaban hacer comentarios, casi siempre erróneos, pero yo agradecía su entusiasmo.

Coffi suspiraba de vez en cuando, pero sonreía en secreto, y Chubby murmuraba traducciones de magia oscura por lo bajo, probablemente maldiciendo la falta de rigor histórico.

Raya 1 y Raya 2…

bueno, ella se acurrucó contra mí durante todo el viaje, con sus dos cabezas sobre mi hombro, ambas ronroneando como un diminuto motor sobrealimentado de café.

Juro que miraba a todos los demás como diciendo: «Plebeyos, a un lado, esta es mi humana».

Cuando el sol se puso, pintando el bosque con una luz naranja sanguina, me di cuenta de algo crucial:
Sí.

Habíamos terminado las mazmorras.

Nos habíamos vengado.

Sí.

Teníamos un tesoro.

Sí.

Raya era mía, completamente mía.

Y sí.

Mi vida era oficialmente un caos.

Esbocé una sonrisa de suficiencia.

—Próxima parada, el Territorio Agro.

Más le vale a la mansión de Padre estar preparada para mí…

y para mi ira alimentada con café.

Todos gimieron.

No me importó, porque no solo había perdido más peso, sino que me sentía divina.

*****
Unos días después…
Cuando por fin llegamos al Territorio Agro —el lugar al que con orgullo llamo mi territorio—, esperaba, no sé, un recibimiento respetuoso, quizá una bienvenida tranquila, tal vez una educada fila de aldeanos ondeando banderitas.

¿Y qué fue lo que me encontré?

El caos.

El caos más absoluto.

El territorio entero estalló en el momento en que nuestro carruaje atravesó el arco de madera de la entrada.

La gente gritaba —chillaba— mi nombre como si fuera una estrella del rock que regresa de una gira mundial.

—¡LADY SERAFINA!

—¡MI SEÑORA, ESTÁ VIVA!

—¡HA VUELTO!

—¡¡SEÑOR BÍCEPS!!

—¿¿ES ESE SIR JIN??

—¡¡CHUBBY, FÍRMAME EL DELANTAL!!

Sí.

Hasta Chubby.

El gnomo-espectro-cosa de magia oscura tenía fans.

Los niños coreaban «¡Cho-bi!

¡Cho-bi!».

Él se pavoneó como una diva.

Los aldeanos se arremolinaron a nuestro alrededor tan rápido que los guardias prácticamente renunciaron a mantener el orden.

Algunos ancianos inclinaban la cabeza y rezaban a nuestro paso, susurrando alabanzas como si yo fuera una especie de guerrera santa que regresaba del inframundo.

—¡Bienvenida de nuevo, Lady Serafina!

—¿Cómo están las tierras del sur?

—¿También estaban malditas?

—¿Vio a mi primo?

¡Se fue el mes pasado y no ha vuelto!

No tenía ni idea de quién era su primo, pero asentí con dramatismo de todos modos.

—Probablemente esté vivo.

Quizá.

Y con eso, más gritos.

Mientras tanto, Sir Alex parecía haber envejecido diez años en diez pasos.

Henry y Joff se regodeaban en la adoración como los hombres caóticos que eran.

Sir Jin saludaba a la multitud como si fuera de la realeza.

¿Y yo?

Yo…

apestaba.

Estaba hambrienta.

Cubierta de baba seca de monstruo.

Mi pelo era un poema trágico.

Y necesitaba un baño con tanta desesperación que estaba a punto de llorar.

Finalmente —finalmente—, el carruaje se detuvo frente a la mansión de mi padre.

Antes de que pudiera siquiera incorporarme, mi padre salió disparado por las puertas y corrió hacia mí como un poseso: —¡SERAFINA!

Me dio un tirón y me envolvió en un abrazo rompehuesos que me estrujó hasta sacarme por las orejas lo último que quedaba de mi alma traumatizada por las mazmorras.

Balbuceé: —Padre…

yo…

aire…

respirar…

importante…

No le importó.

Sollozó sobre mi pelo.

Los sirvientes tras él lloraron.

Los guardias moqueaban.

Un mozo de establo cualquiera se desplomó dramáticamente sin motivo alguno.

—Pensamos…, pensamos…

—se atragantó Padre con las palabras—.

¡Casi un MES, Serafina!

¡UN MES!

Le di una palmadita tranquilizadora en el hombro: —Solo estuve a punto de morir unas veinte veces.

No pasa nada.

Lloró con más fuerza.

Y entonces comenzó el festín.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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