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Me convertí en Papa, ¿y ahora qué? - Capítulo 269

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269: 269.

Un mundo donde el hombre se come al hombre.

269: 269.

Un mundo donde el hombre se come al hombre.

¡Zas!

¡Clanc!

—No puedes ganarme, esclavo.

No puedo creer que hayas durado cinco años en la cima.

Patético.

¡Bum!

—¡El ganador es…

sir Malus!

¡Fiuu!

Sus ojos se abrieron de golpe.

Perdidos, dolidos, airados y abrumados por la desesperanza.

No había palabras suficientes para describir los sentimientos que Kaecilius experimentaba en ese momento.

Apenas había pasado un día desde que perdió, y ahora, estaba asimilando otra terrible noticia.

—¡Haaa!

¡Pum!

Estrelló el puño contra la pared.

Toda su habitación estaba ya llena de las secuelas de la destrucción.

—¡Mi hijo…

Remo…!

Hacía apenas unas horas, había llegado la noticia del fallecimiento de su hijo.

Se había caído del caballo mientras entrenaba y se había roto el cuello.

Acababa de regresar de terminar la cremación de su cuerpo.

«Si tan solo fuera mejor…

Si hubiera podido hacer algo».

Pero en el fondo, sabía que no había nada que pudiera hacer.

Era un esclavo, y también lo era su familia.

En la habitación subterránea, fría y tenuemente iluminada, se sentó en la cama y se cubrió el rostro con las palmas de las manos, incapaz de pensar con claridad.

«¿Qué se supone que haga ahora?

He desperdiciado cinco años.

¿Debo pasar otros diez para conseguir nuestra libertad?

No puedo permitir que Elia y Ciro corran la misma suerte que Remo».

¡Toc!

—No tienen por qué.

De repente, se oyó una voz que Kaecilius reconoció claramente.

Se puso en pie de un salto, mirando hacia la puerta.

—Me he enterado de lo que ha pasado, amigo mío.

Es un destino que no le desearía ni a mis peores enemigos.

¡Zas!

Kaecilius cayó de rodillas y juntó las manos, rezándole a Sylvester.

—M-Mi señor…

Bardo…

Por favor, ayúdeme.

Sylvester se acercó y olió las emociones.

Se sintió fatal por él, ya que el destino había destrozado por completo a aquel hombre.

Primero, la pérdida de la libertad de su familia y, luego, la de su hijo en apenas unas horas.

Había un olor a rabia, ira, tristeza, miedo, ansiedad y, quizás, impotencia.

Pero lo que más destacaba era su adoración y esperanza hacia Sylvester.

Era algo que Sylvester apreciaba.

Sylvester ayudó a aquel hombre alto y fuerte a ponerse en pie.

—No puedo ayudarte a liberarte, lamentablemente.

Pero puedo…

Quizás…

llevar al resto de tu familia, a tu hijo y a tu esposa, a la Tierra Santa.

Tu esposa puede trabajar allí y tu hijo puede estudiar.

Libres y a salvo.

Kaecilius inclinó la cabeza profundamente.

—Gracias, Lord Bardo.

Ya me ayudó a enviar a mis hijos a estudiar antes, y ahora esto.

Sé que nunca podré pagarle su generosidad…

Sin embargo, Sylvester lo interrumpió.

Pero no con palabras.

En su lugar, con un pequeño himno que se suponía que haría llegar el mensaje indirectamente al pobre esclavo.

♫Mira más allá de lo que ves al frente.

♫Hay un diablo al acecho, impaciente.

♫Cuando menos lo esperes, te golpeará de repente.

♫Hacia él fluye ahora del poder la corriente.♫
♫Tu dolor no es natural, fue provocado.

♫Adivinar quién fue no es complicado.

♫Abre los ojos, pues todo fue guionizado.

♫Lee entre líneas y será desencriptado.♫
♫Recuerda, un hombre es como una cambiante estación.

♫Sigue el dinero, y hallarás la razón.♫
El silencio prevaleció tras su pequeño himno sin un halo tras la cabeza.

Esta vez, no estaba alabando al señor, sino mostrando el camino hacia la verdad.

Sus palabras eran indirectas, pero lo suficientemente fáciles de entender.

Kaecilius pareció peligroso y enfurecido en ese mismo instante, y un aura rabiosa y emociones de ira brotaron de él.

Miró a Sylvester a los ojos y preguntó respetuosamente: —¿Mi señor, está sugiriendo que mi derrota no fue natural?

¿Y que mi hijo…

alguien lo mató?

Sylvester no acusó a nadie directamente.

—Piénsalo, amigo mío.

¿Qué es lo que más dinero genera en el Fuerte Girasol además del comercio?

¡La Arena!

¿Quién es el hombre más famoso que llena la Arena a rebosar a diario?

¡Tú!

—P-Pero ¿por qué?

¿Por qué iba a romper su trato?

—preguntó Kaecilius.

Sylvester reveló más y fue más directo.

—Porque el Duque se ha convertido ahora en el Rey del Reino de Riveria.

Ya no vivirá aquí, y en su ausencia, todavía desea seguir ganando dinero contigo.

Después de todo, ¿por qué usarte solo durante diez años cuando se te puede tener de por vida?

Kaecilius apretó el puño con tanta fuerza que las venas comenzaron a marcársele, listas para estallar.

—¿Pero por qué mi hijo?

Sylvester le dio una palmada en el hombro al hombre.

—Eso no lo sé.

Quizás, solo fue un accidente inoportuno.

Pero solo un hombre puede responderte, y ahora es intocable en todo el Reino.

Kaecilius retrocedió y se sentó en su cama, con la cabeza entre las manos, sintiéndose completamente impotente y desesperanzado.

No sabía a dónde ir ahora ni qué hacer.

—E-Entonces…

¿estoy atrapado aquí para siempre como un esclavo?

¿Fue todo una mentira?

Sylvester se sentó a su lado y le ofreció un pequeño medallón con el símbolo de la Iglesia.

—Me temo que, sin poder, somos inútiles para hacer nada.

Después de todo, para un hombre débil, el sueño de la justicia es tan irrelevante como un mendigo a los ojos de un noble.

El Duque…

es un hombre brutal que mató a su hermanastra para conspirar contra su padre, obligando a este último a declarar la guerra a Gracia y a que la Iglesia se involucrara.

—Es un hombre que llegaría a cualquier extremo, y estoy seguro de que el centenar de hermanos que le quedan morirán pronto.

Olvídalo, Kaecilius…

Puedo al menos ayudarte trayendo a tu esposa y a tu hijo conmigo.

Si no tú, al menos tu hijo podrá vivir su vida como un hombre libre.

Kaecilius no respondió nada y permaneció sentado en su pena, con el corazón roto por la promesa que no se cumplió.

Mientras tanto, Sylvester miró alrededor de la habitación.

Todo era un desastre, con muchos agujeros en la pared que Kaecilius había hecho a puñetazos.

Se acercó a la mesa y miró el pergamino.

Estaba lleno de tres palabras, repetidas por toda la página.

«Perdóname, Remo.

Perdóname, Remo…».

—Mi señor…

¡Quiero matar a ese hijo de puta!

¿Puede permitirme acercarme a él?

Sylvester se giró sin mucha sorpresa.

—No seas ingenuo, Kaecilius.

En primer lugar, el Duque está ahora bajo la protección de los Grandes Magos.

En segundo lugar, incluso si de alguna manera lograras matarlo, tu esposa sería regalada a los soldados para ser violada hasta la muerte, y venderían a tu hijo a algún amo de esclavos enfermo que le hará lo que ni siquiera puedes soñar en tu peor pesadilla.

—No eres nadie y estás condenado a morir como un nadie.

Simplemente acepta tu destino y siéntate, como todos esos esclavos de ahí fuera que mantienen la cabeza gacha y aceptan todo lo que les echan: hambre, dolor, miseria o cosas peores.

Sigues siendo un esclavo más privilegiado, ya que estás bien alimentado, y también tu familia.

Sí, tu hijo probablemente fue asesinado, y sí, el Duque te engañó, pero aun así, no es nada comparado con lo que hay ahí fuera.

—Niños de hasta seis años son arrojados a los brazos de su abusador, mujeres con hijos se venden por media comida, y los hombres mueren sirviendo a su amo.

Todos esclavos, en peor situación que tú.

Kaecilius parecía frustrado mientras comenzaba a respirar rápidamente.

Se rascó la cabeza como un loco, pues no veía ninguna forma de obtener su venganza.

—Tiene que haber algo que pueda hacer…

Me convertí en esclavo no por un negocio fallido, sino porque mi negocio fue destruido…

Sylvester lo interrumpió de nuevo.

—No.

Tu negocio fracasó porque eras débil.

Tan débil que alguien pudo pisotearte.

Los ojos de Kaecilius se enrojecieron como si su mente fuera a estallar en cualquier momento.

—Entonces, ¿cómo, Lord Bardo?

¿Cómo consigo poder?

Por favor, dígame porque…

he perdido el juicio.

Usted es el afamado y sabio bardo…

tiene que haber algo.

Sylvester miró al hombre a los ojos y se acercó a él.

¡Pum!

Sin previo aviso, agarró a Kaecilius por el cuello con una mano y lo estampó contra la pared.

—¿Tienes lo que hace falta?

¿Para hacer lo necesario para alcanzar el poder?

—S-Sí…

lo tengo.

Sylvester apretó el cuello con más fuerza.

—No es mi mano la que te está ahogando, Kaecilius, es la cadena de las leyes de este mundo.

Leyes hechas por los nobles, para los nobles, para pisotearte a ti y a los que son como tú.

¿Darás tu sangre, sudor y lágrimas para alcanzar el poder?

¿Para liberarte de esta cadena?

Kaecilius no se resistió en absoluto, a pesar de que su rostro se puso rojo.

—¡Lo haré!

—¡Bien!

Pero una vez que rompas esas cadenas, ¿qué harás entonces?

—preguntó Sylvester.

Esta vez, el aroma de la rabia, el odio, la adoración y la pura determinación arrasó la habitación.

Kaecilius ni siquiera parpadeó y miró fijamente a los ojos de Sylvester para mostrar su pura determinación.

—Romperé más cadenas…

luego más…

y más cadenas…

¡Las romperé todas hasta que no quede ninguna!

—¡Ja!

Sylvester soltó a Kaecilius y dejó que el hombre respirara.

—Es más fácil decirlo que hacerlo.

Si deseas venganza, romper las cadenas, entonces primero debes sacudir los cimientos sobre los que esos nobles se yerguen con tanto orgullo.

Debes levantar un ejército que haga que esos verdugos se estremezcan de miedo.

Debes alcanzar una fuerza que empequeñezca la suya.

¡Debes convertirte en un comandante, un liberador, un creyente!

¡Pum!

Kaecilius se arrodilló como un Caballero y cruzó los brazos sobre el pecho para saludar.

—Mantendré mi palabra, mi señor.

No me rendiré mientras respire; nunca dejaré que se apaguen las llamas de la ira que me consumen.

Sylvester puso una mano en la cabeza de Kaecilius y levantó la otra palma para proyectar luz sobre él.

Y entonces llegó un verdadero himno con un halo.

♫Hoy, te alzas por la gracia del señor.

♫Tu nombre en los cielos se escribe con honor.

♫Sé diligente y obtén tu galardón.

♫Logra la venganza que no permite tu condición.♫
♫No temas al futuro; a tu lado he de estar.

♫Lucharé, pues tu causa es justa y sin par.

♫Armas y armaduras, las que hagan falta, te he de dar.

♫Cuando estés perdido, yo seré tu guía estelar.♫
♫Así que, conviértete del mal en el aniquilador.

♫Álzate, Kaecilius…

el liberador.♫
Kaecilius se levantó y miró a los ojos de Sylvester con un orgullo que crecía en su pecho.

—Mi señor…

¿se opone a la esclavitud?

Sylvester asintió.

—Incluso el Papa lo hace.

Pero no tenemos poder, ya que la esclavitud es una construcción de la nobleza.

Sin embargo, para acabar con este mal, se necesita un levantamiento.

Así que me despido por ahora, pero debes empezar a prepararte.

Espera mis instrucciones mientras forjas amistades en secreto.

Luego, cuando llegue el momento, recibirás todas las armas necesarias.

Kaecilius inclinó la cabeza, rezumando el aroma de la adoración.

—Gracias, mi señor.

Haré todo lo que sea necesario para conquistar este mal.

Esperaré sus instrucciones.

Sylvester asintió y se dispuso a salir, pues deseaba darle a Kaecilius algo de tiempo para asimilar lo que acababa de suceder.

Usando a Miraj para distraer a los guardias, escapó sin ser detectado de los cuarteles subterráneos de los esclavos luchadores y llegó cerca de las murallas de la ciudad-castillo.

Como Dama Aurora se estaba reuniendo con el Duque para discutir la marcha, él tenía libertad para usar el carruaje.

Pero, al entrar en el carruaje, alguien lo estaba esperando allí.

¡Pum!

Un hombre alto con armadura de caballero saludó.

—Mi señor, derroté a ese esclavo como me pidió.

Por favor, no me denuncie ahora al Comandante Inquisidor.

Sylvester se acercó.

—Como Inquisidor, cometiste el pecado más grave al violar y asesinar a la familia de esa mujer en las aldeas de Tres Dedos.

Por eso…

¡Pum!

—¡Argh!…

¿Por qué?

Sylvester lo sostuvo en sus brazos mientras una lanza de luz blanca y sólida atravesaba el corazón del hombre.

—Te elegí precisamente por tus pecados.

Ibas a morir de todos modos, así que más valía que fueras útil antes de ello.

Los ojos del Caballero Inquisidor se llenaron de lágrimas mientras la vida se le escapaba.

—P-Pero…

U-Usted prome…

Sylvester lo dejó yacer muerto en el suelo del carruaje.

—Cierto, pero los muertos no cuentan historias.

¡Chonky, come!

________________________
500 GT = 1 capítulo extra.

1 Súper Regalo = 1 capítulo extra.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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