Me convertí en Papa, ¿y ahora qué? - Capítulo 276
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Capítulo 276: 276. Madre Xavia
Isabella tuvo que hacer su equipaje a toda prisa. Así que no tardó mucho en ponerse de nuevo en camino, esta vez bajo la paz y el calor del sol. La calzada estaba repleta de soldados del Ejército Sagrado que patrullaban, pues había muchísimos peregrinos. Todo el camino estaba también lleno de peregrinos que andaban por el arcén.
Lo mejor de las calzadas del Este, como el Camino Santo y el Camino Verde, era que tenían árboles en abundancia a los lados, lo que garantizaba que los peregrinos pudieran resguardarse a la sombra. Por no mencionar que la mayoría de los árboles eran frutales. Así, los peregrinos pobres tampoco tenían que gastar mucho dinero. Siempre y cuando nadie intentara acaparar los frutos y solo los comiera en el momento, estaban al alcance de todos.
Durante la Temporada de Solis, la Tierra Santa también ordenaba a los monasterios junto a la calzada que abrieran sus gigantescos albergues gratuitos, hechos de carpas, y centros médicos también gratuitos, donde proporcionaban comida, agua y curas. Al fin y al cabo, esos dos meses eran los más importantes y sagrados para cualquier clérigo o creyente, por lo que casi todos cumplían con su deber con honestidad.
—Qué vista tan maravillosa. Ver a toda esta gente yendo a la Tierra Santa sin nada más que devoción en sus corazones. —Dama Aurora estaba sentada en el techo del carruaje con Sylvester y Felix. Mientras tanto, en el pescante, estaban Isabella y Gabriel.
Todos disfrutaban de la cálida brisa del verano. Al mismo tiempo, Sylvester había preparado cientos de pequeños paquetes de comida hechos con hojas de plátano. Contenían un poco de pan tierno salado y frutas.
—¡Que la Santa Luz nos ilumine! —gritó Sylvester mientras le lanzaba un paquete de comida a un hombre, que lo atrapó con cuidado.
Se limitaban a ayudar a quienes parecían demasiado pobres o cansados. Por supuesto, no tenían ninguna razón para hacerlo, pero Isabella era rica y decidió traer algunas cosas de la comida sobrante del festín de la noche anterior.
Continuaron haciendo eso durante todo el camino. Finalmente, llegaron al último desvío, que conducía directamente al túnel de entrada a la Tierra Santa. Había mucho tráfico, ya que muchos nobles simplemente no deseaban caminar y usaban sus carruajes.
En cuanto a los plebeyos, tenían que hacer largas y concurridas colas para identificarse y registrarse. Pero, sorprendentemente, ningún hombre se quejaba en esas colas, mientras que los nobles sentados en sus carruajes protestaban por el retraso. Y todo ello mientras sostenían abanicos de plumas para mitigar su malestar. ¡Demonios, si hasta tenían esclavos para agitar los abanicos!
—Sociedad… —masculló Felix mientras se acercaban a la entrada final de la Tierra Santa. Puesto que su carruaje era muy reconocible, junto con la bandera, Dama Aurora y Sylvester en el techo, entraron sin que ni siquiera los detuvieran.
—¡Espera! ¿Es…? —exclamó Sylvester de repente y saltó del carruaje en el momento en que cruzaron el último puesto de control.
De inmediato, Gabriel también detuvo el carruaje y lo apartó a un lado. No podían dejar a Sylvester atrás. Y también estaban interesados en ver a quién había reconocido Sylvester.
Sin embargo, para su sorpresa, Sylvester se dirigió a la larga fila de plebeyos y se puso a hablar con un hombre y una mujer, rodeados por unos cuantos hombres altos y de aspecto fuerte que parecían más soldados que peregrinos.
—¿Conde Raftel y Condesa Melinda? —dijo Sylvester con voz y sonrisa agradables.
El Conde Raftel sonrió, pero no se quitó la capucha. —Lord Bardo, me preguntaba si llegaríamos a verle por aquí. Como dijimos, estamos aquí por la bendición del Señor y, con suerte… por un mejor tratamiento para Melinda.
Justo entonces, Felix también llegó y fue a abrazarlo. Después de todo, como noble, tenía más cercanía con Raftel que nadie. —¿Cómo está, mi señor? Se le ve delgado.
El Conde Raftel se rio entre dientes y miró a su esposa. —Lo sé, ella lo dice a menudo.
Sylvester le dio una palmada en el hombro. —Cuídese usted también. Es el último que queda de su familia. ¿Y cómo va a estar ella tranquila si usted no está sano? Pero ¿por qué están aquí parados? Vengan, no hace falta que pasen horas en esta cola. Yo los dejaré dentro.
—No se preocupe, mi señor. Deseamos ir a pie. No hay devoción sin sacrificio. Esta espera es una prueba para nosotros, Lord Bardo. Y con suerte, al final, obtendremos sus bendiciones —respondió el Conde Raftel.
Ante eso, Isabella se acercó, tomó las manos de la Condesa Melinda entre las suyas y se disculpó en nombre de su familia. —Mi señora, sé que lo que ocurrió no puede repararse por completo. Pero le aseguro que la Casa Gracia y los otros Ducados del reino harán todo lo que esté en su poder para ayudar al norte.
Sylvester asintió. —Posiblemente no sea necesario. Mi señor, espero que me haga una visita cuando se haya acostumbrado a la Tierra Santa. Entonces, quizás, podamos emprender un negocio juntos que nos beneficie a ambos y al bien del mundo. Hasta entonces, escribiré una carta de recomendación para usted, para que pueda ser tratado por algunos de los mejores sanadores de aquí.
El Conde Raftel inclinó la cabeza en señal de agradecimiento. —Eso nos ayudará mucho, Lord Bardo. Le estaré eternamente agradecido.
—No hay de qué, mi hermano en la fe. Ahora, debo marcharme. Ya nos veremos —se despidió Sylvester al darse cuenta de que una docena de hombres que rodeaban al Conde iban disfrazados de plebeyos, pero eran soldados. Así que no había ningún problema de seguridad.
Después de eso, Sylvester volvió a subir al carruaje. No tardaron mucho en llegar a la Península del Papa; desde allí, cada uno tenía un lugar al que ir. Sin embargo, Sylvester ignoró por el momento la citación del Consejo Supremo y se dirigió a ver a la persona que más le importaba.
Hizo un gesto con la mano y tomó a su caballo, Frost, de entre los caballos atados al carruaje. También tenía que llevar a Isabella consigo como su guardián y anfitrión. —Nos vemos mañana, entonces.
—Espera, iré contigo. Yo también quiero ver a la Madre Xavia —soltó Felix y siguió al caballo de Sylvester.
¡Plaf!
Sin embargo, la Dama Aurora se acercó rápidamente y le dio un coscorrón. —No metas las narices donde no te llaman. Deja que Sylvester vea a su madre en paz hoy. Nos reuniremos mañana por la mañana en la Bahía de Enfermos para verla.
Felix miró a Sylvester y recibió un firme asentimiento de su parte. Captó la seriedad y el atisbo de emoción en los ojos de Sylvester. Ni siquiera él era tan denso como para ignorar aquello. —De acuerdo. Sylvester, dale mis mejores deseos.
Pronto, todos se despidieron con la mano y siguieron su camino. Felix y Gabriel fueron a las viviendas de una sola habitación que se les habían asignado. Al mismo tiempo, Sir Dolorem y la Dama Aurora se dirigieron al Campamento del Inquisidor. Incluso se llevaron a Elyon, ya que la Bestia Tigre no tenía dónde alojarse. En cuanto al Obispo Lazark, era un hombre rico y tenía su propia casita.
En poco tiempo, Sylvester e Isabella cabalgaron hasta la Bahía de Enfermos donde Xavia seguía ingresada.
Sylvester no se lo demostró a nadie, pero quería correr a verla para asegurarse de que estaba bien. Llevaba ya demasiado tiempo evitando los pensamientos deprimentes, así que este era el momento de la verdad para él. ¿Estaba ella bien? Si no, ¿qué tan mal?
—¿Dónde está ingresada la Madre Xavia? —preguntó Sylvester al sacerdote de bajo rango que atendía en la recepción.
—¿Hermano mayor? —Pero justo entonces, se oyó una voz conocida.
—¿Raven? ¿Dónde está mi madre? —Era la hermana de Gabriel.
—¡Síganme! —Ella los guio rápidamente a la habitación del último piso reservada para pacientes importantes.
Sin esperar, Sylvester abrió la puerta lentamente, tratando de ver si Xavia dormía. Su corazón latía con fuerza en su pecho mientras pensaba en la carta que ella había enviado antes; una que no había sido escrita por ella.
Durante las últimas semanas, Sylvester había pensado en qué podría haberla dejado incapacitada para escribir.
Sin embargo, al entrar, la figura de Xavia apareció ante sus ojos. Dentro de la habitación, ella descansaba en la cama con la espalda apoyada en varias almohadas. Parecía despierta y sostenía un libro en la mano, que leía alegremente. Su rostro lucía una sonrisa cálida y tranquilizadora, y su pelo rojo brillaba bajo la luz del sol que entraba por la gran puerta de cristal abierta del balcón.
A los ojos de Sylvester, parecía tan amable y maternal como el día en que la vio por primera vez. Pero hoy, se sintió un tanto dolido al notar los pliegues de los vendajes en su cuello, que iban desde debajo de la barbilla hasta el pecho, por debajo del holgado camisón blanco.
Pero entonces notó algo más problemático. Mientras ella pasaba la página del libro, su mano pareció temblar sin control, como si no tuviera dominio sobre ella. «¿Qué le ha pasado?», pensó.
Sintió la boca algo seca al recordar la deuda que tenía con esta mujer: una deuda de vida.
—Mamá —la llamó suavemente.
La cabeza de Xavia se giró rápidamente hacia la puerta, y sus ojos se llenaron de lágrimas al instante, pues llevaba tiempo anhelando ver ese rostro. —¡Max! ¡Has vuelto!
Mientras ella alzaba sus brazos temblorosos hacia él, Sylvester no perdió ni un instante en correr a abrazarla en un cálido y familiar abrazo. Xavia lo sujetó con firmeza, rodeando su pecho con los brazos, mientras Sylvester sostenía la cabeza de ella bajo su barbilla.
Permanecieron así unos segundos, abrazándose con cariño. Al mismo tiempo, él podía oír las palabras ahogadas de Xavia. Estaba tan feliz de verlo por fin.
—Te he echado de menos, cariño. Esta vez te has ido por mucho tiempo.
Él la soltó, le secó las pequeñas lágrimas de los ojos y le acarició el rostro. —Sí, no esperaba que llevara tanto tiempo. Pero ¿cómo estás? Y, por favor, no mientas.
Sylvester ya había olido el amor, la ansiedad y el miedo que albergaba en su interior, una señal de que se estaba conteniendo. Pero él quería oír la dura verdad en lugar de mentiras reconfortantes.
—Estoy bien…, cariño —sonrió ampliamente, pero era evidente que su sonrisa era forzada.
Sin embargo, Sylvester negó con la cabeza. Ni siquiera necesitaba oler sus emociones, ya que podía saber fácilmente cuándo mentía.
—Vamos, mamá. Sé que tus cejas no se mueven cuando intentas fingir una sonrisa. Así que dime la verdad. ¿Cuál es tu estado? ¿Qué han dicho los sanadores?
—¡No está bien! —se adelantó Raven antes de que Xavia pudiera hablar—. Lo siento, Madre Xavia, pero debo contárselo todo por su propio bien. Hermano, fue apuñalada desde el cuello hasta el hombro, lo que dañó algo en su interior que los sanadores no pudieron identificar. Tuvieron que mantenerla en cuidados intensivos y trabajar en ella durante tres días y tres noches para salvarla. Pero hubo consecuencias.
—¿Qué consecuencias? —preguntó Sylvester apresuradamente.
—La Madre Xavia ha olvidado… ¡No! Los sanadores dijeron que los músculos de su cuerpo han olvidado cómo moverse.
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A Sylvester se le encogió el corazón y miró de reojo a Xavia, que le lanzaba miradas furtivas como una niña. Quería mirarlo, pero, al mismo tiempo, no podía reunir el valor.
—¿Qué sanador la examinó? —inquirió Sylvester, aunque ahora había un deje de derrota en su voz.
—Lo mejor de lo mejor. El Santo Médico, el Cardenal Charles Nos Leeds, el Sanador Jefe del Papa. El mismo Santo Padre lo trajo —reveló Raven.
Sylvester apretó el puño con tanta fuerza que las uñas se le clavaron en la piel y la hicieron sangrar. «¡Esos cabrones! ¡Tal y como presentí entonces a través de las mentiras, el Santo Vidente está detrás del ataque contra ella! Puesto que el Papa sabía de la trama para poner al Caballero de las Sombras tras de mí, también debe saber de esto. ¡Lunáticos desvergonzados! ¡Cómo pueden actuar ahora como si le desearan el bien cuando son ellos los malhechores!».
Respiró hondo, se frotó la cara y arrastró una silla para sentarse junto a Xavia. Luego le sujetó la mano con fuerza mientras le acariciaba el pelo con la otra, como si fuera una niña.
—¿Qué dijeron? ¿Se puede curar?
Raven asintió con firmeza. —Por supuesto, de hecho, ya ha empezado a recuperarse. El Santo Médico dijo que sus músculos solo necesitan recordar de nuevo la sensación de todos los movimientos. Pero será un proceso gradual.
Sylvester miró fijamente a los ojos de Xavia con un centenar de pensamientos surgiendo en su mente, tratando de encontrarle sentido a la enfermedad. «¿Así que es algo parecido a la ataxia? Pero… ¿significa eso que su médula espinal o algún nervio resultó dañado de algún modo?».
Sinceramente, no sabía qué hacer. ¿Podría el solarium por sí solo curar a alguien así? Solo podía esperar que, con el tiempo, pudiera enseñarle de nuevo los movimientos corporales.
Pero, por ahora, había percibido algo más que lo entristecía por encima de todo. Olía el aroma y la sensación de miedo que emanaba de ella. «E-está… ¿asustada de hacerme enojar? ¿Es por mi arrebato con ella tras la muerte de Romel?».
Recordó no haberle hablado amablemente durante un tiempo después de lo que había sucedido entonces, lo que la había deprimido mucho. Pero, ahora que lo pensaba, matar a Romel inició una reacción en cadena que lo benefició profundamente en términos de influencia sobre Riveria.
«Ella… yo tengo muchos amigos, metas y deseos, pero para ella… yo lo soy todo; su mundo empieza y acaba conmigo. Su lealtad hacia mí es inquebrantable… ¿Y me teme?».
Sylvester volvió a mirar a Xavia, clavando la vista en sus ojos azules, semejantes a un océano. Ella intentó apartar la mirada, pero no pudo.
¡Pat!
Le dio una palmadita en la cabeza y se rio. —Ja, supongo que ahora yo soy la madre. Tendré que enseñarte a caminar y a comer.
Aquello relajó a Xavia de inmediato. «Bien… Deshazte de ese miedo y esa ansiedad, madre. No tienes por qué temerme… Más bien, deberían hacerlo quienes se atrevieron a hacerte daño».
Xavia se rio y miró a Sylvester con nerviosismo. —¿No estás enojado?
—¿Por qué estaría enojado contigo? Al contrario, estoy enojado con la administración que permitió que esto sucediera. Pero, por ahora, no hablemos de eso. ¿Has comido? —preguntó mientras la ayudaba a recostarse.
¡Toc! ¡Toc!
Pero justo en ese momento, sonaron unos golpes en la puerta y dos sanadoras entraron con sus túnicas blancas. Sin embargo, parecieron molestas al ver a tanta gente en la habitación e intentaron echarlos.
—Solo puede quedarse una persona. El resto de ustedes, váyanse y esperen en el vestíbulo. Es la hora del entrenamiento muscular de la Madre Xavia. —Las dos sanadoras se pusieron manos a la obra e intentaron empujarlos fuera. Como Raven era una visita habitual, estaban empujando a Sylvester y a Isabella.
Pero Sylvester ni siquiera se inmutó y fulminó con la mirada a la mujer de mediana edad, de pelo castaño y ojos negros. Sus ojos dorados brillaron como los de un depredador que mira a un don nadie al que podría romperle el cuello en cualquier momento. —No te atrevas a tocarme, sanadora. Soy el hijo de Xavia. Permaneceré aquí todo el tiempo que desee, y si te niegas, haré que el Santo Padre te escriba si es necesario.
—¡T-tú eres el Bardo del Señor! ¡Oh, dios! ¿Puedo oír un himno…? —entró en modo fanática. Pero pronto sintió un golpecito de su compañera y cerró la boca. Luego se giró hacia Isabella—. Tú, fuera de aquí.
—Soy Isabella Gracia, Princesa Heredera de Gracia. Permaneceré aquí todo el tiempo que desee —repitió Isabella las palabras de Sylvester.
—…
La pobre sanadora se frotó la cara con la palma de la mano y se dio la vuelta. —De acuerdo, me callo. Vamos, Madre Xavia.
Ante los ojos de Sylvester, las dos sanadoras trabajaron duro para ayudar a Xavia a deslizarse hasta el borde de la cama. Fueron muy delicadas, y hubo momentáneos ceños fruncidos de dolor en el rostro de Xavia.
Sylvester sintió un fuego crecer en su corazón al ver el cuerpo de Xavia temblar por completo. Sus delgadas piernas no se movían a menos que la sanadora las moviera. El movimiento de sus brazos estaba tan limitado que solo podía mover las muñecas.
Ciertamente, su herida era mucho más letal y profunda de lo que nadie le había informado.
Sylvester sintió que su corazón se helaba al ver su estado. «Debería empezar a planear la dolorosa muerte del Santo Vidente. O si ni siquiera puedo derrotar a un simple espía rival, entonces debería dejar de soñar con convertirme en el Papa».
Luego, vio cómo las dos sanadoras levantaban a Xavia, pasaban los brazos de ella por encima de sus hombros e intentaban ayudarla a caminar por el largo pasillo exterior. Intentaron imitar el movimiento de caminar atando los pies de Xavia a los suyos.
Sylvester se limitó a negar con la cabeza ante sus toscos métodos y ya había planeado un tratamiento curativo para Xavia. Pero no las molestó, ya que solo hacían su trabajo; uno agotador, por lo que parecía, pues siguieron así durante media hora.
Después, volvieron a colocar a Xavia en la cama para que descansara. Para entonces, Raven también se había llevado a Isabella a la zona de comidas, así que Sylvester se quedó solo al lado de Xavia, con la mano de ella firmemente sujeta en la suya.
—Cariño, ¿quién es este Shane Kolt? —preguntó de repente, cogiendo el libro de aspecto antiguo que estaba a su lado.
Sylvester lo reconoció, ya que lo había dejado en casa, en la estantería. Le gustaba leerlo, pues contenía un recuerdo que siempre le recordaba por qué no podía rendirse jamás.
Xavia continuó: —Escribió un himno muy bonito sobre ti en este viejo diario… Así que yo también escribí uno para ti, inspirándome en este hombre tan talentoso.
La mente de Sylvester tuvo de repente mil recuerdos del pasado, del día en que sus sueños pasaron de ser simplemente sobrevivir a querer conquistar y construir un mundo a su elección.
Finalmente, sus hombros cayeron un poco y el agotamiento mostró sus efectos. Desde que nació, mes tras mes, crisis tras crisis, había estado luchando contra enemigos, demonios o descubriendo tramas perversas, con su vida constantemente en juego.
Era inevitable que le pasara factura. «Yo… me siento tan cansado… Pero si me relajo, será mi cuello y su hacha mortal».
Así que tomó el diario de la mano de Xavia y lo dejó a un lado. —No un hombre; era un niño pequeño, mamá. Un niño muy bueno… que perdió la lucha contra la oscuridad que nos acecha. Ahora, no hablemos de esto. Tú duerme y descansa, que mañana empezaré tus clases para que aprendas a caminar.
Xavia sonrió cálidamente y se recostó. Pero no le soltó la mano y durmió de lado, mirándolo todo el tiempo.
—No te preocupes. No iré a ninguna parte antes de verte curada por completo. Ahora cierra los ojos —le aseguró Sylvester, sintiendo la preocupación en su corazón.
Pronto, la habitación se sumió en el silencio, a excepción del piar de los pájaros en el exterior. Acarició la cabeza de ella con su cálida palma y se aseguró de que se sintiera segura, feliz y tranquila.
Sin embargo, se dio cuenta de que no tenía sueño por toda la emoción. Así que decidió cantar un himno. —Ya que ahora eres el bebé, te cantaré una canción de cuna.
♫Hubo una vez una madre,
tan bonita como ninguna otra.
Vivía con su hijo,
poderoso como ninguno otro.♫
♫Nació tan gordito,
brillaba dondequiera que estuviera sentadito.
Cabalgaba como un caballero en un gatito,
pero el gato también era gordito…♫
—¡Pfft! Jajaja… Para —rio Xavia sin control—. Dormiré, ¿vale? Eres pésimo para las canciones de cuna.
A Sylvester le encantaba verla sonreír y ser feliz. —Por supuesto. Normalmente canto sobre la muerte, dios y quemar paganos, así que esto es lo contrario a mi profesión. Ahora, anda y duerme como un bebé.
Xavia le apretó la mano con más fuerza y se acomodó. —No te preocupes. Este bebé no llorará demasiado.
«Está bien si lo haces, mamá».
Al poco rato, mientras él seguía acariciándole el pelo, ella se quedó dormida, probablemente cansada del ejercicio de hacía un rato.
—¡Maxy! ¡No estoy gordo! Además, duermo con mi mami grande aquí —saltó pronto Miraj del hombro de Sylvester y se acurrucó junto al pecho de Xavia, apoyando su cabeza peluda en el brazo de ella.
Sylvester arropó a los dos con las sábanas y les dio una suave palmadita en la cabeza. —Sí, Lord Chonky, no estás gordo, es solo el pelaje. Ahora no ronques y duerme como un buen chico.
—¡Aye, aye! —Miraj cerró los ojos y empezó a roncar, afortunadamente no muy fuerte.
Sylvester se quedó con los dos, acariciándoles la cabeza durante una hora más o menos. Luego, cuando se aseguró de que estaban dormidos, cogió el diario y se dirigió al balcón con una silla. Al sol todavía le faltaba una hora para ponerse, así que tenía luz de sobra para leer.
Primero lo abrió y encontró el himno. «Oh Gran Rey de los Bardos». Luego, pasó la página y encontró lo que Xavia había escrito con su letra irregular.
En la tranquila brisa del atardecer, lo leyó en voz baja, tratando de comprender su significado. Cada línea, cada palabra se relacionaba directamente con él. Sintió que todo estaba escrito con mucho amor, intencionadamente.
Lo leyó una vez, y luego lo leyó dos veces. Ni siquiera supo cuándo ocurrió la tercera. A mitad de la lectura, sin embargo, se levantó y miró a Xavia, que dormía feliz. Entonces el diario se le cayó de la mano y empezó a comprender el significado de las rimas.
En su mente, los himnos rimaban. No contenía ningún deseo ni exigencia de Xavia. En cambio, era una proclamación: de su amor, de su vida y de cómo no se dejaría obstaculizar por un simple cuchillo afilado.
¡Zas!
De repente, por razones desconocidas, en la estación sagrada de Solis, apareció el halo. Sylvester no cantó ni con palabras ni con alientos, pero aun así permaneció detrás, brillando más que nunca. Pero eso no era todo; sus ojos aparecieron con un antinatural brillo dorado, como si también ellos brillaran al mirar al sol.
El aura que lo rodeaba ya no parecía cálida, pues incluso la puerta de cristal de atrás pareció volverse blanca y agrietarse. Esto era pura destrucción, amenazando a todos los que buscaban la corrupción de su mente.
—Vinieron a por mí con el Caballero de las Sombras, y no dije nada. ¿Ahora levantan sus espadas contra mi madre y borran su sonrisa, y se supone que debo seguir sirviéndote? ¿Cantar tus alabanzas?
Contra el sol del ocaso, cuya luz se debilitaba lentamente, el ojo y el halo de Sylvester parecían prevalecer con arrogancia. Pero a Solis no le dirigió himnos, solo preguntas que pudo exhalar.
—Este halo tuyo, este talento en mí, ¿tú me lo diste? ¿Tú me creaste? ¿Dices que eres real? Entonces respóndeme: ¿es tan imposible mi simple sueño de un poco de paz?
Envuelto en su halo, Sylvester se arrodilló y vio cómo el sol se escondía tras el horizonte. —¡Cobarde! ¡Respóndeme si eres real! ¿Es mucho pedir coexistir voluntariamente? ¿Debo tomar el mundo para que la paz exista? ¡¿O debo quemarlo todo para que no quede nadie que se resista?!
En el más absoluto silencio, sus palabras sin respuesta fueron ecos del futuro. Un eco que fue oído por oráculos lejanos y cercanos. Pero nadie pudo entender lo que significaba ni a quién representaba.
Sin embargo, las acciones del mundo iban a definir ahora su destino. ¿Se darán cuenta de su error? ¿O será demasiado tarde? ¿Morirán… o se arrodillarán cuando Sylvester llegue a sus puertas?
Era una respuesta que solo los míticos magos maestros del tiempo podrían dar.
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Oh, mi apuesto Bardo
♫Cuando el tiempo era sombrío, cuando el día era un pesar,
en mi pena apareciste, cual chispa alegre al brillar.
Mi vida de gozo llenaste, un cambio espectacular.
Quién diría que en este viaje, contigo iba a embarcar.♫
♫Oh, mi apuesto Bardo, mi gran bendición,
por ti, tu mamá siente gran obsesión.
Sí, a veces puedo causar una mala impresión,
pero por tu bien, no evito la tensión.♫
♫Oh, mi apuesto Bardo, mi calma y mi paz,
gracias a dios, nuestro sino es tenaz.
Así que no temas si te sientes incapaz,
recuerda que mamá siempre estará detrás.♫
♫Oh, mi apuesto Bardo, sé que la vida te acongoja,
es vergonzoso, pero de mi pecho esto se despoja.
Quiero ser tu madre en esta vida y en la que se escoja,
y si hay más, también, y en la próxima, y en el resto que me acoja.♫
— Xavia Maximilian, la mamá más orgullosa del mundo.
[Fin del Volumen 2]
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[Próximo Volumen – La Luz más Brillante]
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