Me convertí en Papa, ¿y ahora qué? - Capítulo 64
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64: [CAPÍTULO EXTRA] 64.
Viejo Monje 64: [CAPÍTULO EXTRA] 64.
Viejo Monje Sylvester miró el papel con el ceño fruncido.
—Solicité la profesión de Predicador Viajero, Santo Padre.
El Papa se rio entre dientes e intentó tranquilizarlo.
—Hijo, ese trabajo está reservado para el clero anciano que se retira.
Sin embargo, este es más adecuado para ti, ya que requiere una mente aguda y un cuerpo fuerte, lo cual has demostrado durante años de entrenamiento.
Además, el Alto Señor Inquisidor me ha informado de tus asombrosas hazañas al percatarte de cosas que la mayoría no logra ver.
—Mientras tanto, el Sacerdote Felix es valiente y poderoso.
Se convertirá en un gran compañero para cubrirte las espaldas.
Sylvester no se lo tragó.
«Este trabajo… ¿acaso no estoy poco cualificado para él?
¿Qué pretende ahora?
¿Forzarme a volverme más fuerte obligándome a asumir riesgos?».
Sabía que no podía rechazar este trabajo.
Pero estaba seguro de que iba a sacarle el máximo provecho.
—¿Puedo llevar a algunos amigos conmigo?
¿Y a Sir Dolorem?
—Por supuesto, de todos modos tendrás que formar un equipo bajo tu mando.
Lo mejor es que todos seáis amigos.
Pero primero, debéis completar el entrenamiento básico en la oficina de San Wazir para aprender todas las leyes, regulaciones y métodos para informar o solicitar ayuda.
Tu trabajo tiene un amplio alcance, pero todo conduce a una investigación.
El anciano le dio una palmada en el hombro a Sylvester.
—Es una oportunidad fantástica, hijo.
Hay mucho que puedes aprender, así que aprovéchala.
Y en cuanto al resto, espero que podáis alcanzar el rango de Obispo lo antes posible.
Solo entonces se os reasignará un trabajo más adecuado a vuestro rango.
—Ahora debo volver al trabajo, pero os concedo un permiso especial a los cinco.
Podréis tener acceso directo a mí siempre que necesitéis hablar o pedir ayuda.
Sois el futuro de la fe y estaré a vuestro lado como vuestro guía.
Que la Luz sagrada nos ilumine.
—Que la Luz sagrada nos ilumine.
Los cinco le devolvieron el saludo y vieron al Papa marcharse.
En cuanto el hombre se perdió de vista, todos fruncieron el ceño, ya que ninguno había obtenido lo que había solicitado.
—Uf, el Ejército Inquisidor, viven como nómadas —murmuró Griffin.
—Y viajan constantemente —añadió Louis.
Augusto también estaba destrozado, pues se le daba fatal la interacción social y ahora era un Exorcista.
—Espero que esto acabe bien.
Mientras tanto, Felix se reía y le daba palmadas en la espalda a Sylvester.
—Bwajajá… Parece que estaremos juntos para siempre, hermano.
¡Nuestras aventuras van a ser legendarias… lo sé!
Sylvester no mostró tanto optimismo, pues conocía la realidad de su trabajo.
—Sí, eso si sobrevivimos.
Ninguno de ellos consiguió lo que quería, y al final reinaba la decepción.
Así que, para mitigarla, decidieron ir a comer algo, ya que la Península del Gremio no estaba muy lejos y tenía algunas tiendas dentro de los distintos gremios.
No podían beber nada alcohólico, ya que era una de las cosas prohibidas por la ley para el clero.
Pero comieron mucho y se dejaron llevar.
Griffin y Louis iban a estar en el Ejército Inquisidor y no tenían ni idea de cuándo volverían a disfrutar de una buena comida.
En cambio, Augusto podría comer bien porque los Exorcistas suelen pasar el tiempo en buenos lugares cuando no están trabajando.
Pero la peor parte era para Sylvester y Felix porque, a diferencia de los demás, no tendrían a nadie que les proporcionara comida.
En su lugar, tendrían que cocinar sus propias comidas, buscar su propio alimento y gestionar sus finanzas.
—No podemos beber licor, pero brindemos por el brillante futuro de la fe y el nuestro —propuso Felix mientras levantaba su vaso de leche.
¡Chin!
Todos se bebieron de un trago el vaso de leche y se sintieron renovados.
Poco a poco, se hicieron a la idea de sus nuevos trabajos.
Después de todo, sabían que su vida sería un desafío desde el momento en que se graduaran como Candidatos Favorecidos por Dios.
Los últimos ocho años tampoco habían sido especialmente benévolos.
Sylvester miró al cielo y se dio cuenta de que el sol estaba en su cenit.
Se levantó, pues tenía un lugar al que ir.
—¿A dónde vas?
—A un lugar divino.
Nos vemos mañana.
…
Sylvester quería despejar la mente de todo el caos del día anterior.
Necesitaba calma para planificar con cuidado los siguientes pasos; el trabajo que le habían encomendado estaba definido de forma muy imprecisa y esperaba no morir en el intento.
Así que, tras obtener el permiso de su mentor de estudios religiosos, el Arzobispo Noah, fue a la Península del Alma para sentarse bajo el Árbol del Alma y meditar.
Recordaba haber tenido aquella visión de un recién nacido hacía ocho años y esperaba recibir alguna novedad al respecto.
Al igual que la Península Dorada, este lugar también estaba fuertemente custodiado, y a nadie se le permitía la entrada sin permiso.
Tuvo que pasar por tres puertas distintas que requerían tres documentos de autorización diferentes.
Solo entonces le permitieron entrar y moverse con libertad.
«Envidio a estos guardias.
Pueden permanecer en la reconfortante calidez del Solario.
Si pudiera, construiría una casa en este árbol y viviría aquí para siempre», murmuró para sí.
Se dirigió hacia la base del árbol, donde unas cuantas raíces gigantes se extendían a su alrededor.
Pero todo estaba cubierto de hierba corta y verde, flores de colores y luciérnagas.
El árbol tenía una copa tan ancha que también bloqueaba gran parte de la luz del sol, creando un ambiente equilibrado.
«¿Quién es ese?».
Para su suerte, cuando llegó a la base, vio a alguien sentado sobre una estera de paja, meditando.
El hombre era calvo y, por su barba, parecía muy anciano.
Tenía incluso las cejas tan largas que le caían por los lados hasta la barbilla.
Vestía una túnica de monje naranja, con un hombro al descubierto.
Lo más llamativo era su bastón de madera y la hilera de tatuajes que cubría su cuerpo.
Parecía sabio, sereno y, sin embargo, abrumador.
Sylvester no perdió el tiempo, se sentó con las piernas cruzadas no muy lejos del anciano y cerró los ojos.
Respiró hondo y despejó su mente de todo pensamiento.
Dejó que el Solario fluyera por su cuerpo y que la brisa tranquilizadora del árbol llenara sus pulmones.
Al mismo tiempo, la hermosa cacofonía de los pequeños insectos a su alrededor llenaba sus oídos.
Todo aquello le proporcionó la concentración suficiente para olvidar cualquier otro pensamiento.
Poco a poco, empezó a sentir como si su cuerpo se hubiera relajado por completo y flotara en la nada.
Sin embargo, al poco tiempo, empezaron a aparecer algunas escenas, algo relacionado con las visiones.
—Ven, Zye, hoy te enseñaré a montar a caballo.
—No quelo… quelo jugar con mami.
—Jaja, eres una princesa, querida.
Estas son cosas que debes saber.
Vamos, papi te enseñará.
Las visiones eran borrosas, pero Sylvester podía oírlas perfectamente.
Por fin tenía un nombre: Zye.
Pero anhelaba ver más, ver el paisaje y descubrir de dónde procedía la visión.
Sin embargo, pareció que su conexión con el Árbol del Alma se había terminado, pues una mariposa vino y se posó en su nariz.
Aquello, por alguna razón, lo sacó de inmediato de su trance.
—Es un día espléndido, ¿no le parece?
Sylvester se frotó los ojos y miró a su izquierda.
El viejo monje también se había despertado y miraba hacia arriba.
Respondió a la voz ronca del anciano: —Todos los días son buenos en la Tierra Santa.
El viejo monje se rio entre dientes.
—Ja, en efecto.
¿Así que tú eres el Bardo del Señor?
—¿Qué me ha delatado?
—Ese halo brillante detrás de tu cabeza cuando meditas.
Así que eras tú de quien hablaba el Arzobispo Noah… Desde luego, tienes potencial si estás teniendo visiones.
«Por lo menos preséntate primero, anciano», pensó.
—Soy el Sacerdote Sylvester Maximilian…
—No recuerdo mi nombre, pero todo el mundo me llama Abuelo Monje.
Aunque puede que me reconozcas mejor como el Quinto Guardián de la Luz.
Los ojos de Sylvester se abrieron de par en par ante aquella revelación.
«¿Este hombre está solo dos rangos por debajo del Alto Señor Inquisidor?
¿Y se supone que es más fuerte que Lady Aurora, la décima Guardiana?».
Saludó al hombre de la manera habitual.
—Mis respetos al Quinto Guardián.
Sin embargo, un disimulado ceño fruncido permaneció en el rostro de Sylvester, ya que no podía percibir ninguna emoción del anciano.
No había olor, como si el hombre no sintiera nada y realmente hubiera renunciado a todo.
—¿Qué hace aquí, Quinto Guardián?
—inquirió respetuosamente.
El anciano volvió a mirar al cielo y murmuró: —Para cada nacimiento, el plan del Señor es concebido.
Hasta el día del fallecimiento.
Tengo trescientos años, niño.
Simplemente estoy esperando mi último aliento aquí, bajo este calor.
Y también me ayuda con el dolor de las articulaciones, je.
«Este viejo monje… ¿de verdad ha logrado controlar todo su cuerpo, incluidas las emociones?», se preguntó Sylvester, asombrado por su propia ignorancia.
Pero también se dio cuenta de que aquel hombre era un tesoro de conocimientos.
—¿Por qué no recuerda su nombre?
—preguntó, aplicando la primera regla para iniciar una conversación: mostrar interés por la otra persona.
—Hace trescientos años, todavía estábamos en guerra.
Mis padres eran magos, aunque no de la Iglesia.
Mi madre me dio a luz en mitad de una batalla y, por desgracia, murieron pocas horas después de que yo viera la luz por primera vez.
Así que nunca tuve un nombre.
Pero, para quien no tiene a nadie, la Iglesia lo es todo.
—Sin embargo, incluso en mi juventud, todos me llamaban monje.
Ahora es Abuelo Monje.
Sylvester asimiló la información.
Le sorprendía que casi todos los miembros más poderosos del clero tuvieran un pasado trágico o fueran huérfanos.
«Supongo que cuando no tienes nada que perder, lo tienes todo por demostrar».
—¿No desea saber lo que vi en mi visión?
—inquirió, pues era la mejor manera de calibrar el carácter de una persona.
El Abuelo Monje negó con la cabeza.
—¿Qué haría después de saberlo?
Soy un hombre moribundo.
Y es mejor que no se lo cuentes a nadie, porque entonces la visión podría no cumplirse.
—¿Y si se supone que la visión es algo funesto?
—La vida es impredecible.
Déjala ser.
¿Por qué si no crees que la mayoría de los magos bendecidos con talento para la adivinación se vuelven locos?
Se obsesionan con su destino e intentan perfeccionarlo, sin saber que el plan del Señor ya era perfecto; un plan que nunca puedes rechazar.
«Un argumento muy sólido, debo admitir».
Sylvester estuvo de acuerdo con esa afirmación.
Se dio cuenta de que pronto caería la noche.
Así que rápidamente hizo algunas preguntas más.
—Abuelo Monje, ¿tiene alguna enseñanza para mí?
Me han asignado la tarea de Inspector del Santuario.
—Muéstrame el papel.
—El anciano extendió su mano arrugada.
Sylvester se lo entregó sin dudarlo.
Ni siquiera podía ver si los ojos del anciano estaban abiertos debido a su vejez y a la piel flácida.
—Ah, tu autoridad de anulación es de clase «B».
Esto significa que los altos mandos aún pueden revocar tus decisiones.
Así que creo que este nombramiento es una prueba para ti, niño.
Pero, por supuesto, era de esperar de Axel.
Es un hombre que cree en el amor severo.
—¿Axel?
Se refiere a…
El anciano se rio entre dientes mientras asentía.
—Por supuesto, el Papa.
Ese pequeño mocoso solía jugar y llorar en mi regazo cuando era pequeño… ahora hace llorar a los demás, jaja.
—…
—¿Eh?
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