Me convertí en Papa, ¿y ahora qué? - Capítulo 9
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9: 9.
¡Señales de advertencia 9: 9.
¡Señales de advertencia Antaño conocido como el Imperio Gracia, el Reino de Gracia gobernaba casi todos los reinos de la región oriental del continente.
Sin embargo, la Guerra de los Mil Años no fue benévola con él, ya que perdió sus grandes potencias y riquezas.
Como resultado, su fuerza se redujo al mismo nivel que los reinos que gobernaba.
La guerra civil resultante acabó por fragmentarlo en pequeños reinos.
Aún se podían ver vestigios de la grandeza del imperio caído por todos estos pequeños reinos, incrustados en su cultura y arquitectura, aunque estos reinos no lo reconocieran.
Pero no podía decirse lo mismo del Reino de Gracia.
El Imperio Gracia solía ser uno de los tres imperios más fuertes del continente, principalmente debido a sus tierras, las más fértiles y ricas en recursos, y, sobre todo, a que la Fe de Solis tenía su sede allí.
Hasta el día de hoy, la única aspiración del reino es resurgir y reclamar de nuevo sus territorios perdidos para, finalmente, recuperar su glorioso pasado.
…
«Uhm… vaya siesta mortal.
Las pesadillas de ese estanque oscuro de serpientes blancas todavía persisten.
Pero ¿dónde estoy?».
Para el pequeño Sylvester, dormir era como caer muerto durante horas.
Pero estas largas siestas le daban otro dolor de cabeza: lo asustaban al despertar.
Como antiguo espía, su prioridad solía ser no permitir nunca que la situación se le fuera de las manos.
Siempre intentaba interpretar la información y deducir cosas del comportamiento de la gente que lo rodeaba.
Pero quiso el destino que no tuviera ni idea de dónde estaba.
Lo último que recordaba era haberse quedado dormido en el regazo de Xavia mientras el carruaje se dirigía a una ciudad.
Ahora estaba sentado en el regazo de una mujer desconocida, que lo sujetaba con fuerza contra sus pechos, amplios y suaves.
Tenía el pelo rubio dorado, los ojos grises, la piel tersa y toneladas de maquillaje.
Sus arrugas revelaban que rondaba los cuarenta años, pero no hacían más que añadir más belleza a su sonrisa.
«¡Espera!
¡Esta no es mi madre!
¿Dónde estoy?
¡¿Dónde está ella?!».
—Oh… mírate, tan pequeño y hermoso.
Mira, nuestro color de pelo coincide.
—La mujer lo trataba como se trataría a un cachorro.
Él no le hizo caso y miró a su alrededor.
Rápidamente, se dio cuenta de dónde estaba.
Era una especie de comedor.
Había una larga mesa a cuyos lados se sentaba gente, desde ancianos hasta jóvenes.
La mujer en cuyo regazo se encontraba estaba sentada en un extremo, en una silla más prominente y lujosa, lo que revelaba mucho sobre su estatus en la sala.
El lugar pertenecía a alguien adinerado, ya que la sala se parecía a una casa noble durante el Renacimiento.
Pinturas coloridas y hermosos jarrones decoraban la sala hasta el último rincón.
Había oro reluciente por todas partes, desde la cubertería hasta el candelabro del techo.
Afortunadamente, también encontró a Xavia sentada a la derecha de la mujer rubia, en segundo lugar.
El primero era el Alto Señor Inquisidor.
Otra cosa peculiar era que todos los demás tenían los ojos grises y el pelo rubio, a excepción de su madre y el Alto Señor Inquisidor.
—Ah, qué niño tan curioso.
Querido Favorecido de Dios, soy la Emperatriz Rexine Gracia del Reino de Gracia.
Puedes llamarme Abuela Rex si quieres —dijo con tanta dulzura que, por un segundo, Sylvester sintió que era de su familia.
Pero entonces sus sentidos se impusieron y se fijó en los pequeños detalles.
Primero, tuvo que lamerse los labios varias veces, pues de repente sintió un extraño sabor y olor en la boca.
La lengua le sabía agria y salada, mientras que su nariz percibía un dulce aroma a rosas.
Era extraño, pero familiar.
Desde que nació, sentía al azar estos olores y sabores raros.
«A ver.
Ojos fulminantes, puedo sentir el latido acelerado de su corazón y cómo se contraen sus mejillas cada vez…».
Estaba sintiendo envidia; eso fue todo lo que pudo suponer a grandes rasgos.
No era muy difícil adivinar por qué.
Sylvester era el recién proclamado Favorecido de Dios, y si este estatus era tan importante como pretencioso sonaba, entonces esta «Emperatriz», con toda probabilidad, maldecía su suerte por no haberlo encontrado primero.
—Será suficiente, Emperatriz.
El niño bendito necesita un respiro.
—El Alto Señor Inquisidor se apresuró a apartarlo y dejar que sintiera el calor en su regazo, cubriéndolo con su manto.
Poco a poco, la sala empezó a vaciarse.
Los sirvientes, impecablemente vestidos, retiraron los platos.
Al final, solo quedaron la Emperatriz, el Alto Señor Inquisidor y Xavia.
Pero, por alguna razón, la Emperatriz no dejaba de mirar fijamente a Xavia.
El hombre corpulento se dio cuenta.
—No le haga caso, Emperatriz Rexine.
Ella solo está aquí por el niño.
Es de los nuestros.
Todos estamos unidos por la Iglesia, por la gracia y por la fe del Santo Solis.
Así que, por favor, diga lo que piensa.
El agudo sonido de la silla al raspar contra el suelo alertó a Sylvester.
Conocía ese comportamiento.
La gente de la sala estaba a punto de discutir algo importante.
La Emperatriz se cruzó de brazos.
Su personaje de reina anciana, sabia y hermosa desapareció al instante siguiente, mientras su rostro se contraía en una mueca de desdén omnipresente.
—Señor Inquisidor, la última vez que nos vimos, me aseguró que discutiría mi asunto con el Santo Padre.
Sin embargo, no he sabido nada en tres meses.
—Tales asuntos llevan tiempo, Emperatriz.
El diablo mete la mano en lo que se hace con prisa.
Y el Sumo Pontífice también debe pensar en todo el continente y en el tratado de paz con los inmundos paganos del Este.
—¡No lo haga!
¡Por favor, no me llame Emperatriz!
¡Este título patético!
¡Está vacío!
La verdad es que ya no queda Imperio Gracia.
Se hizo pedazos y… —balbuceó para mostrar su ataque de ira y su creciente frustración.
Sylvester sintió un estallido emocional en el Alto Señor Inquisidor.
Podía sentirlo desde su regazo, por la forma en que los músculos del hombre se habían tensado, y podía oír el sonido chirriante de los guantes de cuero en su puño cerrado.
El Señor Inquisidor estaba enfurecido por las acciones de la Emperatriz.
Sin ser consciente de ello, la Emperatriz reveló sus pensamientos.
—¡No lo olvide!
Luchar por la Iglesia fue lo que nos hizo perder riquezas y nuestras potencias.
El debilitamiento y la eventual desintegración del Imperio Gracia fue su…
Sus palabras se detuvieron al instante cuando el miedo se hizo evidente en su rostro.
Su cuerpo se estremeció mientras sus ojos permanecían fijos en el visor del Alto Señor Inquisidor.
Se levantó rápidamente, cayó de rodillas con un golpe sordo y juntó las manos.
—M-me disculpo por la transgresión, mi Lord.
Soy una devota sierva de la fe.
¡Que la Luz ilumine nuestros caminos y nutra a nuestras generaciones!
—Amén —dijo el hombre.
Se puso de pie y usó su bastón para acercarse a la Emperatriz, o Reina.
Ella ya no se atrevía a mirarle a la cara.
—La palma en el suelo.
—Sus palabras no transmitían ninguna emoción.
Era una orden que solo podía acatar.
Sin un chillido ni una palabra, extendió la palma de su mano derecha y la colocó en el suelo.
—¡Aaargh!
Gritó de dolor y arrepentimiento.
El Alto Señor Inquisidor puso su escarpe (bota de metal) sobre la palma de su mano, presionándola con la fuerza suficiente para producir el crujido de los huesos al romperse.
Las lágrimas de la Emperatriz Gracia cayeron, lamentando su anterior arrebato.
—Mírame a los ojos —ordenó.
Su rostro estaba completamente cubierto por una máscara chapada en metal, pero a través de la pequeña abertura para los ojos, pudo ver el brillo rojo sangre que le atenazaba el corazón de miedo.
Esos ojos le recordaron que él era el Tercer Guardián de la Luz, un hombre con rango de Gran Mago, un ser lo bastante poderoso como para aniquilar ciudades con un gesto de su mano.
—P-perdóneme… Señor Inquisidor, estaba fue…
Él la interrumpió.
—Tribu Verde, así es como todos llamaban a su familia hace cinco mil años.
Luther Vas Hermington, el primer papa, los agració con su ayuda.
Luego, por esa misma gracia, se nombraron a sí mismos la familia Gracia.
Necesitas que te recuerden la historia, niña, pues los ignorantes están condenados a repetir los errores del pasado.
¡Crac!
Su muñeca se rompió por el peso, pero ella no chilló, aunque sentía un dolor extremo.
—Hace apenas unos días, excomulgué y erradiqué a la familia gobernante de la aldea de Deserte por su sacrilegio.
No deseo hacer lo mismo con un reino, «Emperatriz» Gracia.
Que tenga una buena noche de sueño y tiempo de sobra para reconsiderar sus pensamientos.
Se alejó, y su bastón marcaba pasos amenazantes sobre el suelo de baldosas.
Cada vez que tocaba el suelo, el corazón de la Emperatriz latía con fuerza por el miedo.
Se preguntó si este sería un movimiento que arrancaría de raíz toda su ciudad imperial.
Porque sabía que el Tercer Guardián era conocido por no mostrar piedad.
Sin embargo, no ocurrió nada, y los pasos se hicieron cada vez más lejanos, permitiéndole por fin respirar y dejarse caer sentada.
Pero para entonces, la adrenalina había perdido su efecto y sintió un dolor desgarrador.
—¡Aaaaaargh…!
¡Sanadores!
¡Llamen a los sanadores!
Su mano y dedos derechos eran como palos rotos, pero era algo que el mago residente podía arreglar fácilmente.
…
Al mismo tiempo, fuera, el Alto Señor Inquisidor le mostró a Xavia el camino a su habitación.
Ella había logrado permanecer en silencio a pesar de lo que había visto esa tarde.
Pero su mente todavía se sentía entumecida y perdida.
—Esta es tu habitación.
—Le entregó a Sylvester.
Pero la cosa no acabó ahí.
Su mano se posó con fuerza en el hombro izquierdo de Xavia, apretándolo.
Ella lo miró a las cuencas de los ojos del visor, y en ellas había la misma mirada que le había dirigido a la Reina, pero se sintió menos aterrorizada.
Sylvester, al mismo tiempo, percibió un olor familiar, uno que olió la vez que el Jefe Deserte intentó matarlo.
Tan amargo… Su nariz, su lengua e incluso su respiración se sentían amargas.
—Lo que has presenciado ahí no debe salir de aquí, niña.
—Su voz tranquila y autoritaria y su aura embravecida no coincidían.
Pero ella consiguió asentir, así que él continuó—.
En la Fe de Solis, llamamos Madres a todas las devotas.
¿Eres una buena madre, Madre Xavia?
—S-sí, mi Lord.
Quiero a Sylvester y lo cuido bien… ¡ah!
—Sintió que el agarre en su hombro se intensificaba, haciéndola gritar de dolor.
El hombre asintió y pronunció amenazadoramente: —Eso lo sé muy bien.
Pero ¿qué hay de la fe y del reino?
Quizás, si un día descubro que alguien cuenta cómo esta Reina se estremeció bajo mi pie, veré si has sido una buena madre.
—Buenas noches, niña.
Que la luz te guíe… a las sendas de la rectitud.
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