Me convertí en un Zompirlobo - Capítulo 2
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
2: Mordedura (2) 2: Mordedura (2) La resistencia…
era lo único que le daba fuerzas a Ashton últimamente.
El solo pensamiento de poder vengarse de alguna manera por lo que los Licanos les hicieron a sus padres calmaba sus nervios desbocados.
Hacía aproximadamente un mes, había escuchado por casualidad a los guardias hablar sobre la resistencia y cómo se estaban volviendo cada vez más problemáticos.
Antes de eso, ignoraba por completo la existencia de tal organización, lo cual era de esperar, ya que vivían en el recinto y rara vez, o nunca, recibían noticias del mundo exterior.
Desde ese día, Ashton se propuso intentar obtener más información sobre la resistencia de los siempre tan descuidados guardias.
Después de espiar durante un mes, pudo conseguir una ubicación aproximada de dónde se encontraba su base.
Quería espiar más y reunir toda la información que pudiera, pero, por desgracia, se le había acabado el tiempo.
«Si no fuera por esta marca…», pensó Ashton mientras se rascaba el tatuaje de los hombres lobo en su hombro derecho, antes de mirar por la ventana cómo la luna brillaba en todo su esplendor.
Ya había sido marcado por aquellos que lo poseían.
En el recinto, tener la marca era nada menos que un honor.
La marca simbolizaba que quien la poseía había sido elegido para vivir como un hombre lobo el resto de su vida; eso sí, después de pasar 16 años como un ser humano.
Ashton fue marcado el día en que los Licanos se llevaron a sus padres para ser enviados como ofrenda a los no muertos y a los fríos, respectivamente.
Ashton todavía recordaba las lágrimas de su madre y los gritos de su padre mientras se los llevaban.
Recordaba cómo nadie los ayudó.
Recordaba el sentimiento de desesperación que tuvo en aquel entonces.
En medio de esa desesperación, estalló por primera vez.
El entonces Ashton de 12 años recogió una porra que uno de los soldados había dejado atrás mientras arrastraba a sus padres y se abalanzó sobre ellos.
A día de hoy, todavía no sabía cómo fue capaz de hacerlo, pero recordaba haber saltado más alto que nunca, con los dedos aferrados con fuerza a la porra.
Y entonces…
su recuerdo era borroso.
Recordaba haber oído una voz, pero no estaba muy seguro de lo que había escuchado.
Lo siguiente que recordaba era al guardia con el cráneo partido mientras él tenía una porra ensangrentada en la mano.
Todo esto sucedió justo en frente de La Maestra.
La hombre lobo Alfa que resultaba ser su dueña.
Todavía recordaba su sonrisa mientras lo miraba.
Sus ojos de rubí brillaban como si hubiera encontrado algún tipo de tesoro.
Fue el mismo día que ella lo marcó.
En aquel entonces, Ashton no sabía lo que le estaba pasando.
Pero recordaba una barra de hierro al rojo vivo quemándole la carne.
Habían pasado casi cuatro años desde entonces, y en cinco días sería su decimosexto cumpleaños.
Lo que significaba que en cinco días se lo llevarían del recinto para convertirlo en un perrolobo y servir a la señora, lo que supuestamente era un gran «honor» para los de su especie.
«Honor, mis cojones.
No seré el esclavo de nadie», pensó Ashton mientras esperaba a que todos se durmieran.
Solo cuando estuvieran dormidos podría llevar a cabo su plan de escape.
Afortunadamente, no tuvo que esperar mucho porque esa noche había luna llena.
En la noche de luna llena, los guardias habituales eran reemplazados por los Guardias Voluntarios, ya que los hombres lobo no podían tolerar estar fuera bajo la luna llena.
Les hacía perderse en su naturaleza primaria, lo cual no era bueno para nadie, por lo que preferían quedarse en el interior.
En cuanto a los Guardias Voluntarios, no eran más que humanos que abandonaron a su propia gente para servir a los fuertes, a pesar de que los Licanos los trataban como una auténtica mierda.
Posiblemente, eran los únicos a quienes Ashton detestaba incluso más que a los Licanos.
«Hora de moverse».
Ashton se deslizó lentamente de su cama y cogió un saco que ya tenía preparado.
No había mucho dentro del saco, un par de botellas de agua y unas cuantas barritas de proteínas que había conseguido de los guardias un par de semanas atrás, usando su estatus de marcado.
También tenía una cuerda con un pequeño gancho atado, que era su «arma» y a la vez una herramienta para ayudarle a escalar los muros.
Con todo ese equipo, estaba listo para irse.
Pero la suerte se le acabó tan pronto como salió de sus aposentos.
Porque se topó con el capitán de los Guardias Voluntarios, Gustavo Volga.
Con su 1,82 m de altura, este hombre de piel oscura tenía un aire de autoridad.
Iba cubierto de un atuendo negro de pies a cabeza que le ayudaba a camuflarse en la oscuridad circundante.
Uno de los rasgos más notables de su rostro era la gran cicatriz marrón en la nariz que cubría toda la mitad inferior de su cara cuadrada.
Sus orejas eran grandes y puntiagudas, muy parecidas a las de los Licanos.
Tenía el pelo castaño, ondulado y de longitud media, que llevaba sin peinar, y lucía perilla.
También tenía un tatuaje en la palma de la mano, que significaba que era un orgulloso esclavo de los Licanos.
Detrás de él había una docena de hombres que componían su equipo de patrulla.
Ashton conocía muy bien a este hombre porque una vez fue el mejor amigo de su padre y también quien lo traicionó.
Ashton no sentía más que asco por él y por la forma en que actuaba tan amistosamente, a pesar de saber que Ashton lo odiaba con todo su ser.
—Es algo tarde para un paseo nocturno, Ashton —le sonrió Gustavo—.
¿Y adónde vas con todo ese equipaje?
Por tu bien, espero que no estés planeando algo tan estúpido como lo de tu padre.
—¿Por qué?
¿Acaso planeas delatarme y conseguir otro ascenso, traidor?
—le espetó Ashton.
—Vaya…
tranquilo, chaval.
En cuanto a tu pregunta, por supuesto que lo haré si lo creo necesario —respondió Gustavo mientras blandía la insignia de su hombro izquierdo—.
Se te ha honrado con una marca y, por tu bien, espero que tú también la honres.
—Sí, sí, ahora déjame en paz.
Tengo que entrenar.
Solo tengo cinco días para fortalecerme todo lo que pueda antes de que se me lleven.
Ashton escupió a sus pies antes de dirigirse al gimnasio que usaban tanto los Guardias Voluntarios como él.
Era uno de los otros privilegios de estar marcado.
Ashton podía usar sus recursos siempre que quería.
Aunque no es que los usara a menudo.
—Otro tonto, igual que su padre…
—musitó Gustavo, negando con la cabeza, y siguió adelante con su equipo de patrulla.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com