Me convertí en un Zompirlobo - Capítulo 241
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241: La llave (2) 241: La llave (2) En algún lugar del Brazo de Orión de la Vía Láctea, el jefe de sección Aamon se encontraba en graves problemas.
Apenas unos instantes antes se había detenido para un repostaje programado de su nave, el último antes de llegar a la Tierra.
Sin embargo, fue en la estación espacial donde se desató el infierno.
Unos piratas espaciales atacaron la estación y, como resultado, Aamon tuvo que cumplir con su deber y luchar contra ellos antes de que se apoderaran de una estación espacial xirania.
Pero las fuerzas estacionadas en la Estación espacial Cygnus no estaban ni de lejos tan equipadas para enfrentarse a tal enemigo.
Se debía principalmente a que era raro que una nave espacial cruzara el Brazo de Orión de la galaxia, ya que era sobre todo una Zona Desolada, un área sin ninguna forma de vida inteligente avanzada.
Como resultado, el Brazo de Orión no servía de ruta comercial, que era el lugar que estos piratas solían atacar con la esperanza de encontrar un buen botín, rehenes importantes o esclavos.
Puesto que la Estación Cygnus no tenía ninguna de estas cosas, nunca la habían atacado los piratas, ni siquiera para robar combustible.
Sin embargo, ahora estaban atacando y solo podía haber una razón para ello.
Iban a por él.
Podrían haber confundido a Aamon con un oficial de alto rango de los xiranios, ya que solo ellos podrían tener una razón para visitar la estación espacial, tan lejos de sus colonias principales.
—¡Mierda!
Si no hubiera sido un cabrón tacaño, nunca habría acabado en este lío.
—Aamon maldijo su vida frugal.
Los precios del combustible se estaban disparando, por eso Aamon decidió comprar solo el que necesitaría para llegar a Cygnus.
Como las naves espaciales rara vez cruzaban esa zona, el personal de la estación le habría proporcionado de buen grado combustible más que suficiente a un precio negociable.
Quiso ahorrarse unos cuantos miles de Yenos solo para poner en peligro su inestimable vida.
Nada en su vida salía bien desde que aceptó la misión de investigar la Tierra.
Ese maldito planeta también estaba echando una maldición sobre su suerte.
—¡Maldita sea, llenen el depósito hasta arriba primero!
Frustrado, Aamon le dio una patada a un trabajador de bajo rango.
Sabía que no importaba lo que les hiciera a los trabajadores de la Estación espacial Cygnus, ya que no eran xiranios.
Pertenecían a diversas razas que servían a los xiranios, igual que lo harían los mutantes de la Tierra.
O al menos, ese habría sido el caso si dichos mutantes sirvieran para algo.
Sin embargo, por muy rápido que los trabajadores le suministraran combustible, Aamon no habría podido escapar de la estación espacial.
Al fin y al cabo, los piratas ya la habían rodeado por completo.
En otras palabras, en cuanto vieran salir una nave, los piratas la pulverizarían, destruyendo y matando a quienquiera que estuviera a bordo.
Aun así, eso no era lo peor.
Había algo mucho más grave pasando por la cabeza de Aamon.
Normalmente, cuando un xiranio se encontraba bajo una amenaza así, pedía refuerzos e intentaba mantener la posición hasta que llegaran.
Sin embargo, como él estaba en un viaje «personal» y no en uno oficial, no podía hacerlo.
Incluso si lo hiciera y lo salvaran, habría una investigación al respecto, y Aamon estaba bastante seguro de que ni siquiera Belcebú lo apoyaría.
Al final, a él sería a quien castigarían por malgastar recursos militares cruciales, todo por un viaje «personal» a un planeta olvidado hace mucho.
—Oye, feo de mierda, ¿no tienes ni un arma?
¿Ni torretas orbitales ni Portadores del Infierno?
—le preguntó Aamon al único guerrero cynthila que había allí.
Los cynthila eran criaturas extrañas que preferían llevar una vida minimalista.
Su estilo de vida iba bastante acorde con su bizarra apariencia.
Tenían cuatro brazos, dos piernas y una fina cola que a menudo usaban en el combate cuerpo a cuerpo para atravesar la armadura del enemigo.
Por si fuera poco, sus seis enormes ojos les daban una ventaja injusta a la hora de luchar, ya que su aguda visión podía detectar el más mínimo cambio a su alrededor en cuestión de instantes.
No tenían ni un pelo en su áspera piel marrón.
Sin embargo, casi nunca utilizaban las supuestas armas superiores fabricadas por los xiranios.
En su lugar, preferían luchar valiédose de sus capacidades físicas.
Este guerrero cynthila no era una excepción, pues a pesar de llevar un traje de combate fabricado por los xiranios, no portaba arma alguna.
—Las tendríamos si ustedes, los xiranios, creyeran que este lugar las merece —dijo el guerrero con voz áspera—.
Pero no fue así, y ahora has traído los problemas hasta mi puerta.
—Más te vale que no salga vivo de aquí, feo asqueroso, o mandaré que te despellejen por hablarle así a una especie superior.
—No sé cómo será el resto de los de tu especie, pero hasta mi culo es muy superior a ti.
¡Además, tengo un puto nombre: Joilla!
—bramó el guerrero, harto de las gilipolleces de ese hombre—.
Tú tienes armas, ve y lucha contra ellos.
Sin embargo, pareció que Aamon no tendría que ir a ninguna parte, pues al instante siguiente la pared junto a ellos fue arrancada de cuajo y por el boquete entró una banda de criaturas de diversas razas.
Todas llevaban sencillas máscaras negras.
En cuanto Aamon vio las máscaras, maldijo su suerte con más ganas si cabe.
Era plenamente consciente de la identidad de aquellos piratas.
Se hacían llamar el «Testamento de Termoluminiscencia Ilícita» o T.
T.
I.
para abreviar.
Le guardaban rencor a los xiranios desde que Aamon tenía uso de razón.
—Atención a todos.
No tenemos ninguna enemistad con ustedes —anunció el humanoide que estaba al frente de los T.
T.
I.—.
Entréguennos al xiranio y nos iremos en paz.
Sin embargo, si no lo hacen, tendremos que destruir este lugar por completo para asegurarnos de que nos ocupamos de ese xiranio.
Tienen cinco minutos para decidir.
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