¿Me llaman falsa heredera? Pues compré la empresa de mi ex - Capítulo 107
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- Capítulo 107 - 107 Capítulo 107 Porque somos amigos
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107: Capítulo 107: Porque somos amigos 107: Capítulo 107: Porque somos amigos La cena terminó poco después y Mirena salió al balcón.
El aire nocturno era fresco y rozaba su piel mientras se apoyaba en la barandilla, sacaba una piruleta, le quitaba el envoltorio y se la metía en la boca.
En otros tiempos, siempre había querido fumar.
Por desgracia, su segundo año en la universidad le había enseñado que era alérgica al humo.
Desde entonces, las piruletas se habían convertido en su sustituto: dulces, inofensivas y mucho menos autodestructivas.
La puerta a su espalda se abrió.
Miró por encima del hombro y vio salir a Logan.
Él cerró la puerta en silencio tras de sí y se detuvo a poca distancia, con una postura vacilante, como si pidiera permiso en silencio para acercarse.
—¿Ya has tenido suficiente de ellas?
—preguntó Mirena, mientras el palo de la piruleta se movía ligeramente entre sus labios.
Se refería a Ada y Eleanor, que habían decidido —con mucho entusiasmo— dar un paseo por el baúl de los recuerdos y revivir momentos que Mirena habría preferido que siguieran enterrados.
Logan rio por lo bajo y finalmente avanzó, ocupando el lugar a su lado.
Apoyó los brazos en la barandilla y miró al frente.
Mirena también volvió a mirar las vistas, dejando que el cómodo silencio se instalara entre ellos.
Tras unos segundos, se sacó la piruleta de la boca de un chasquido y lo miró de reojo.
—¿Te pusieron en un aprieto ahí dentro, verdad?
Logan la miró.
—¿Qué?
—La tía Eleanor —aclaró ella.
—Ah —masculló él y desvió la mirada; el sonido salió de sus labios en voz baja.
Permaneció en silencio un momento antes de añadir—: No…
no estuvo tan mal.
Mirena se detuvo y se giró por completo hacia él, enarcando una ceja.
—¿Mmm?
Logan vaciló.
Luego se retorció los dedos, un hábito nervioso del que nunca había conseguido desprenderse del todo, y se giró para mirarla de frente.
—¿No era tan mala idea, verdad?
—preguntó, esta vez con más seguridad.
A Mirena la pilló por sorpresa.
Durante unos segundos, se limitó a mirarlo fijamente.
—No lo es —dijo ella por fin, con cuidado—.
Pero…
—Somos amigos —terminó Logan por ella.
Por supuesto que lo sabía.
No porque lo hubiera adivinado, sino porque ya lo había oído antes.
Lo recordaba con claridad.
Era su cuarto año de sentimientos no correspondidos.
Había ido a casa de Eleanor igual que esta vez, para celebrar otra victoria que Mirena le había arrebatado a Alexander.
Ambos habían bebido un poco de más y, de alguna manera, Mirena había acabado tumbada boca arriba en la azotea, borracha y observando las estrellas, cuando Logan la encontró.
Recordaba haberse tumbado a su lado, mirando las estrellas, y preguntarle cómo se las había arreglado para subir hasta allí sin tropezar y matarse.
Ella no había respondido.
En su lugar, había señalado el cielo oscuro sobre ellos.
—Mira esa constelación —había dicho ella, mientras su dedo trazaba una débil línea de estrellas agrupadas—.
Es la constelación del amor.
Luego ella sonrió débilmente y añadió: —Pero no todas las historias de amor tienen un final feliz.
Esta acaba tristemente.
Él le había seguido la corriente.
—¿Triste cómo?
Ella señaló otra estrella un poco alejada.
—Él la amaba igual.
Pero algunas fronteras —dijo en voz baja— no están hechas para ser cruzadas.
Y antes de que pudiera detenerse, las palabras se le habían escapado.
—¿Como tú y yo?
Recordaba el silencio que siguió.
Un minuto entero.
El tiempo suficiente para que su corazón latiera tan fuerte que estaba seguro de que ella podía oírlo.
Entonces Mirena había negado con la cabeza.
—No como nosotros.
Cuando él le preguntó por qué, ella lo miró directamente a los ojos y dijo, simplemente: —Porque somos amigos.
Aquellas palabras se le habían clavado en lo más profundo del pecho.
E incluso ahora —años después, a pesar de todo lo que había pasado entre ellos—, seguían ahí.
Suspiró profundamente y metió las manos en los bolsillos, desviando la mirada mientras continuaba.
—Somos amigos, ¿verdad?
—dijo, forzando un tono ligero, casi juguetón—.
Pero nunca es una mala idea —continuó, mirándola de reojo—.
Quiero decir, si alguna vez necesitas un servicio de marido de alquiler, ¿quién encajaría mejor?
Mirena rio por lo bajo y volvió a centrar su atención en las vistas más allá del balcón.
—Es verdad —dijo—.
Después de todo, tú eres quien mejor me conoce.
Algo en esa frase le escoció.
Logan no reaccionó exteriormente, pero por dentro, las palabras resonaron de una forma que no le gustó.
¿Que él la conocía mejor que nadie?
Y, sin embargo, no había sabido que planeaba presentarse a las elecciones presidenciales hasta la cena con su madre.
Él la conocía mejor que nadie…
y, sin embargo, Alexander parecía entender la versión de Mirena que estaba ahora aquí mucho mejor que él.
Esa constatación se instaló amargamente en su pecho.
—Y además —continuó Mirena con naturalidad—, el abuelo de Ada me mataría si le robara a su potencial yerno.
Ella se rio y, a su pesar, Logan también lo hizo, porque por muy ridículas que sonaran aquellas palabras, el sesenta por ciento era verdad.
El señor Campbell era un gran partidario de Logan; lo apoyaba de la manera tan específica de quererlo casado con Ada.
Él y Ada habían crecido juntos y, desde el momento en que Logan había mostrado una pizca de decencia, el anciano había planeado mentalmente una boda que ninguna de las partes quería.
En palabras de Ada: «Ni de coña me caso con alguien a quien veo como un hermano».
En las de Logan: «Me casaré cuando Mirena se case».
Ella se había casado una vez.
Y él seguía más solo que la una.
El silencio volvió a instalarse entre ellos.
Logan observó su perfil discretamente durante unos segundos: la forma en que las luces de la ciudad se reflejaban débilmente en sus ojos, la forma en que se apoyaba en la barandilla como si el mundo ya se hubiera doblegado a su voluntad.
Luego suspiró y desvió la mirada.
Un momento después, el silencio se rompió por la suave vibración del móvil de Mirena.
Se metió la mano en el bolsillo y lo sacó.
Un atisbo de sorpresa cruzó su rostro cuando vio el nombre en la pantalla.
Alexander.
A su lado, Logan alcanzó a ver el móvil un instante antes de que ella lo apartara.
Su mano se apretó ligeramente alrededor de la barandilla.
«Llamadas a deshoras», pensó.
«¿Desde cuándo hacían eso?».
Su mirada se desvió de nuevo hacia el rostro de Mirena, y su pecho se oprimió un poco más.
Solo había dos expresiones que Mirena nunca podía ocultar, por muy controlada que intentara mostrarse.
La primera era el asco absoluto.
La segunda era una calidez inquieta; esa atracción silenciosa y conflictiva que mostraba cuando alguien se le metía bajo la piel de una forma que no quería admitir.
Y en ese momento, la expresión de su rostro era inequívocamente la segunda.
Y era por culpa de Alexander.
Los ojos de Logan volvieron a posarse en el móvil, y luego se apartaron por completo.
Exhaló suavemente y se separó de la barandilla.
—Voy adentro a preparar un coulant de chocolate —anunció, con la voz cuidadosamente neutra—.
¿Vienes?
Mirena vaciló solo un segundo.
Luego negó con la cabeza.
—Tengo que coger esta llamada.
—Levantó el móvil ligeramente, de forma lo bastante imprecisa como para que él no pudiera ver el nombre.
No lo necesitaba; después de todo, ya lo sabía.
Estaba rechazando el coulant de chocolate —el postre que nunca rechazaba— por Alexander Peirce.
Una risita se le escapó de los labios a Logan antes de que pudiera evitarlo.
Asintió una vez.
—Claro —dijo con naturalidad—.
Adelante.
Te esperaremos.
Dicho esto, se dio la vuelta y volvió a entrar.
En cuanto él desapareció dentro, la atención de Mirena volvió al móvil que tenía en la mano.
Se quedó mirando la pantalla unos segundos, con el pulgar suspendido en el aire, antes de contestar por fin y llevárselo a la oreja.
—¿Ha salido el sol por el norte, Xander?
—preguntó, pasándose los dedos por el pelo con despreocupación, como si las llamadas a deshoras de Alexander Peirce fueran algo de todos los días.
Sin embargo, al otro lado de la línea reinó el silencio.
Mirena enarcó una ceja y apartó el móvil de la oreja, mirando la pantalla para confirmar que no se había cortado la llamada.
Seguía conectado.
Se lo llevó de nuevo a la oreja.
—Alexander…
Antes de que pudiera terminar, un sonido de tos áspera interrumpió la línea.
Frunció el ceño.
Eso…
sonaba definitivamente a Alexander.
De repente, el recuerdo de él tosiendo en el ascensor, la forma en que su voz había sonado ronca en la reunión, le vino a la mente.
¿Podría ser que…
estuviera enfermo de verdad?
—Alexander…
—intentó de nuevo.
Esta vez, no escuchó una tos.
Escuchó el sonido agudo e inconfundible de un cristal rompiéndose.
Al instante, se puso rígida y se apartó de la barandilla mientras su cuerpo se enderezaba de golpe.
—¿Xander?
—llamó, con la voz más cortante ahora—.
¿Alexander?
Silencio.
Apretó con más fuerza el móvil.
—¿Xander?
—volvió a llamar, con un matiz de urgencia filtrándose en su voz.
Seguía sin haber respuesta.
Frunció el ceño.
¿La había…
llamado por accidente?
Frunció aún más el ceño mientras aguzaba el oído, esforzándose por captar cualquier cosa al otro lado: una respiración, un movimiento, incluso estática.
Nada.
Su corazón dio un vuelco y, justo cuando abría la boca para volver a llamarlo por su nombre, una voz tranquila sonó a su espalda.
—¿Alexander?
El corazón de Mirena se sobresaltó violentamente en su pecho y se giró con cuidado.
Eleanor estaba a unos pasos, con los brazos cruzados y una ceja perfectamente arqueada en un gesto de silenciosa evaluación.
«Mierda», maldijo Mirena para sus adentros mientras su agarre en el móvil se tensaba por reflejo.
¿Cuánto tiempo llevaba allí de pie?
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