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¿Me llaman falsa heredera? Pues compré la empresa de mi ex - Capítulo 122

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122: Capítulo 122 ¿Tienes sentimientos por Mirena?

122: Capítulo 122 ¿Tienes sentimientos por Mirena?

La mirada de Alexander se desvió brevemente hacia Jeremy y, con un sutil gesto de la mano, lo despidió.

Jeremy hizo una reverencia de inmediato.

—Sí, Señor.

Se dio la vuelta, caminó hacia la puerta y salió en silencio, cerrándola tras de sí.

El suave clic resonó débilmente en la habitación, por lo demás, silenciosa.

Solo entonces Alexander volvió a centrar su atención en Ryan.

—¿Cómo es que estás aquí?

—preguntó, con voz tranquila e indescifrable.

Ryan se llevó una mano al pecho de forma dramática, con el rostro contorsionado en un dolor exagerado.

—Me hieres, Xander —dijo, con la voz rebosante de un dolor fingido.

Alexander lo miró fijamente, con una expresión plana e impasible.

Ryan rio entre dientes y abandonó la actuación.

—Jeremy me lo contó —dijo él.

Un leve pliegue apareció entre las cejas de Alexander.

«¿Acaso Jeremy va por ahí contándoselo todo a todo el mundo?».

Ryan levantó ambas manos con pereza, como si le leyera la mente.

—Relájate.

Tu asistente es leal hasta la médula.

No dijo nada.

Alexander no habló, pero su mirada se agudizó ligeramente.

Ryan se recostó en la cama, estirando las piernas con despreocupación.

—Fui a tu casa esta mañana.

No estabas.

Cuando le pregunté a Jeremy, mantuvo la boca sellada.

Así que simplemente… —hizo una pausa y luego se encogió de hombros como si fuera lo más natural del mundo—.

Lo seguí hasta aquí.

Sus ojos se dirigieron fugazmente hacia Alexander, con un atisbo de diversión bailando en ellos.

—Por cierto, tienes una pinta horrible.

Alexander lo miró fijamente durante un largo e indescifrable segundo.

Luego, sin dudarlo, sin remordimientos, sin siquiera el más mínimo atisbo de culpa, le apartó la mano de Ryan del hombro de un manotazo y lo empujó a un lado.

Totalmente desprevenido, Ryan soltó un chillido cuando perdió el equilibrio y se estrelló de bruces contra el suelo.

—Ay… —gruñó, haciendo una mueca de dolor mientras rodaba ligeramente sobre su costado—.

No hagas que yo sea el paciente aquí…
Alexander ni siquiera le dedicó una mirada.

Se quitó el edredón de las piernas con un movimiento fluido, se desconectó la vía intravenosa del brazo con indiferencia experta y se dirigió hacia la puerta.

Detrás de él, Ryan se puso en pie a toda prisa, con los ojos muy abiertos al darse cuenta de lo que Alexander estaba haciendo.

Se abalanzó hacia delante y se plantó justo frente a él, con los brazos extendidos como una barrera.

—Ni hablar, colega —dijo Ryan, negando con la cabeza con firmeza—.

No vas a volver a hacer esto.

Alexander se detuvo, con la mirada tranquila, la expresión en blanco, pero de algún modo más fría que antes.

—No puedes simplemente desaparecer de los hospitales, colega —continuó Ryan, alzando la voz ligeramente—.

Eso… eso no es algo normal.

—Tengo cosas que hacer —respondió Alexander secamente—.

Aparta.

Ryan sintió la presión familiar de esa voz, el peso silencioso tras ella, pero esta vez, se negó a apartarse.

Volvió a negar con la cabeza, más despacio, con más resolución.

—Estás aquí por una razón —dijo—.

Y sea lo que sea, debe de ser lo bastante grave como para meterte en una cama de hospital.

Así que no, no me muevo.

Los ojos de Alexander se oscurecieron ligeramente, pero Ryan insistió.

—Mira —continuó, bajando la voz—.

Hagámoslo de otra manera.

No tienes que moverte.

Solo dame un nombre… y yo me encargaré de ellos por ti.

Alexander permaneció en silencio por un momento tras las palabras de Ryan, bajando la mirada como si sopesara algo mucho más pesado que las palabras.

Luego, lentamente, habló.

—Enox.

La única palabra cayó como una piedra.

La expresión de Ryan cambió al instante.

El humor desenfadado se desvaneció de su rostro, reemplazado por algo más oscuro… algo alerta.

Ese nombre tenía peso.

Todos los que conocían el mundo clandestino lo sabían.

Brutal.

Despiadados e indiscriminados tanto con mujeres, como con hombres e incluso niños.

Que alguien enviara a Enox tras una persona significaba que no había intenciones inofensivas detrás.

Ninguna en absoluto.

—¿Enox?

—repitió Ryan, con un leve pliegue formándose entre sus cejas—.

¿Fueron… a por ti?

¿Son la razón por la que estás aquí?

Alexander negó con la cabeza una vez.

—A por mí no —dijo en voz baja—.

A por Mirena.

Ryan se quedó helado.

Por un segundo, su cerebro se negó a procesarlo.

Entonces, el significado lo golpeó con toda su fuerza.

Abrió los ojos de par en par.

—¿Rena?

—preguntó, con la voz tensa—.

¿Fueron… fueron a por ella?

Alexander asintió levemente, confirmando el temor de Ryan.

—Jesús… —masculló por lo bajo, pasándose una mano por la cara mientras asimilaba el peso de la noticia—.

¿Cómo está ella?

Por un breve segundo, la mirada de Alexander se oscureció.

En su mente apareció la imagen del corte en la mejilla de Mirena y el desgarro en su hombro.

Apretó la mandíbula ligeramente.

—Salió bien parada —dijo.

Ryan exhaló profundamente, la tensión abandonando sus hombros en una lenta espiración.

—Maldita sea… —masculló, poniendo las manos en las caderas mientras se quedaba mirando a la nada por un momento, procesándolo.

Luego, su mirada volvió bruscamente a Alexander, más afilada ahora.

—Esos cabrones son audaces —dijo—.

¿No aprendieron la lección la última vez que se cruzaron en tu camino?

¿Y ahora qué?

¿Van a por alguien cercano a nuestro círculo?

Alexander no respondió de inmediato.

En su lugar, se giró y caminó hacia el sofá en el centro de la habitación y se acomodó en él con una elegancia silenciosa, cruzando una pierna sobre la otra, con la postura relajada; pero la quietud a su alrededor se sentía peligrosa.

Ryan lo siguió y se dejó caer en el asiento de enfrente, inclinándose ligeramente hacia delante, con los codos en las rodillas.

—No es en ellos en quien deberías centrarte.

Solo son marionetas —dijo Alexander con calma, con voz baja pero firme—.

El verdadero problema es quien mueve los hilos.

Ya sabes cómo son… perros hambrientos.

Ponles unos cuantos millones delante y correrán sin pensar.

No importa de quién sea la sangre que manche sus manos.

Ryan bufó por lo bajo, negando levemente con la cabeza, porque sabía —demasiado bien— cuán ciertas eran esas palabras.

Él y Alexander se habían cruzado con Enox una vez antes.

En la época en que el nombre de Alexander aún no se había convertido en la tormenta que era ahora para los novatos… cuando los recién llegados al mundo de las inversiones todavía creían que era alguien a quien podían desafiar.

Ryan lo recordaba con claridad.

Iban de camino a una de sus quedadas mensuales habituales; nada serio, solo copas, ruido y el raro momento en que Alexander se permitía existir fuera de las hojas de cálculo y las guerras de cifras.

Aquella noche debería haber sido ordinaria.

Pero no lo fue.

Una de las así llamadas «plagas» de Alexander —ni siquiera digna de ser llamada rival, porque la única persona a la que Alexander había reconocido como tal era Mirena— había decidido que sería brillante hacer un movimiento.

El idiota pensó que secuestrarlos a través de Enox le daría ventaja… poder… tal vez incluso miedo.

No hace falta decir que esa fue la última vez que el mundo oyó el nombre de Iván, el otrora temido líder de Enox.

Si alguien se hubiera molestado en mirar de cerca, podría haberlo encontrado hoy… no en las sombras dando órdenes, sino haciendo recados como un sirviente sin nombre dentro de AID, despojado de orgullo, poder e identidad.

Ryan exhaló lentamente, reclinándose en el sofá.

—Con dinero o sin él —continuó, con la voz teñida de irritación—, esos cabrones ya deberían saber dónde está el límite.

¿No han aprendido?

¿O quieren que vuelvas a convertirlos en un ejemplo?

—Los ejemplos no funcionan con gente como ellos —respondió Alexander en voz baja.

Su mirada se había vuelto distante, fría, como una tormenta que se gesta lejos de la vista.

—Son como hormigas —prosiguió—.

Pones un terrón de azúcar.

El primer enjambre se reúne.

Los aplastas… con la esperanza de que el resto aprenda.

Hizo una breve pausa, con los dedos tamborileando en el reposabrazos del sofá.

—Pero no lo hacen.

—Para cosas como esta —continuó, con la voz aún más baja—, no los adviertes.

No los asustas.

Los eliminas… de raíz.

Ryan asintió al principio, pero luego se quedó a medio gesto, frunciendo el ceño.

—… ¿Eh?

Inclinó ligeramente la cabeza a medida que la comprensión se abría paso.

—¿Ex… exterminar?

—repitió lentamente, mirando fijamente a Alexander—.

No me digas que vas a…
—Si no borras el origen —interrumpió Alexander con calma—, no hay garantía de que no regresen.

Apretó la mandíbula levemente.

—A Mirena la hirieron ayer —dijo, con una voz que ahora portaba una finalidad peligrosa—.

No les daré otra oportunidad de volver a tocarla.

Oír esto solo hizo que el ceño de Ryan se acentuara.

—Entonces —empezó lentamente, estudiando a Alexander con ojos cautelosos—, ¿estás haciendo todo esto… aniquilar a toda una organización… por una mujer?

Se inclinó hacia delante, apoyando los codos en las rodillas.

—¿Estáis juntos?

—preguntó sin rodeos.

Los dedos de Alexander se crisparon levemente sobre el sofá, pero su rostro permaneció indescifrable.

No porque no tuviera una respuesta, sino porque había llegado a odiar el recordatorio de que él y Mirena no estaban juntos… todavía no.

—¿No estás siendo demasiado entrometido?

—preguntó con frialdad.

Ryan lo miró por un momento, luego se reclinó en su asiento, con la expresión volviéndose seria.

—Xander —dijo en voz baja—, ¿sientes algo por Mirena?

Alexander no respondió de inmediato.

Su expresión se mantuvo tranquila.

Inmóvil y controlada.

Pero sus dedos volvieron a crisparse.

«¿Sentimientos?».

Si alguien le hubiera hecho esa pregunta meses atrás —incluso años—, su respuesta habría sido simple.

Fría y lógica.

«¿Qué sentimientos podían existir entre rivales?».

Pero ahora…
Después de aquella noche.

Después de probar finalmente el fruto prohibido que había deseado inconscientemente durante años…
La respuesta ya no era complicada.

Era dolorosamente clara.

—¿Por qué lo preguntas?

—respondió Alexander, con voz tranquila.

—Bueno, ¿no es obvio?

—dijo Ryan con despreocupación, estirándose hacia atrás como si el tema no significara nada—.

Rena es un partidazo.

El divorcio la ha hecho aún más deseable.

Alguien se la va a llevar tarde o temprano.

Hizo una pausa y luego miró directamente a los ojos de Alexander.

—Si no es Logan —el evidente niño enamorado que es… —los labios de Ryan se curvaron ligeramente—, entonces seré yo.

La temperatura de la habitación descendió en ese mismo instante.

La expresión de Alexander se endureció, sus ojos se volvieron fríos.

—Deberías saber dónde está el límite con las bromas, Ryan Moretti —dijo en voz baja, con una advertencia sutil pero inconfundible.

—¿Y quién dijo que estaba bromeando?

—replicó Ryan, imperturbable.

Se inclinó ligeramente hacia delante.

—No me digas que no eres consciente de lo agresivamente que mi abuelo ha estado intentando juntarnos.

El otro día, incluso organizó una reunión e invitó a Rena personalmente —Ryan bufó suavemente—.

El viejo estaba prácticamente radiante, lanzándome a sus brazos toda la noche.

Los ojos de Alexander se crisparon levemente.

Así que por eso Mirena había estado en esa fiesta, se dio cuenta.

No era una coincidencia, sino un arreglo.

—Así que —dijo Alexander con frialdad, agudizando la mirada—, le sigues el juego porque tu abuelo lo quiere.

Y yo que pensaba que eras diferente de las marionetas de tu familia.

La sonrisa de Ryan vaciló una fracción de segundo, y luego rio, en voz baja y sin inmutarse.

—¿Quién ha dicho que lo hago porque mi abuelo lo quiere?

—se inclinó hacia delante, apoyando los codos en las rodillas, con la voz bajando solo un poco—.

No me digas que no te diste cuenta de que a medio campus le gustaba Rena en la universidad.

¿Qué te hace pensar que yo fui la excepción?

Los dedos de Alexander se cerraron lentamente sobre su palma.

Su mirada se oscureció, silenciosa, peligrosa.

Pero Ryan continuó.

—Y además —añadió, con una leve sonrisa tirando de sus labios mientras su mirada se perdía, como si reviviera un recuerdo que solo él podía ver—, nunca ha sido fácil de olvidar.

Luego se lamió los labios.

—Me encantaría ver lo salvaje que puede llegar a ser Mirena en la cama.

Despojarla de todo ese orgullo y compostura y ver quién es realmente—
Nunca tuvo la oportunidad de terminar.

Alexander se movió.

En un segundo estaba sentado.

Al siguiente, ya estaba de pie.

El sofá chirrió con fuerza contra el suelo cuando se estiró por encima de la mesa, cerrando el puño alrededor del cuello de la camisa de Ryan.

Con un solo tirón sin esfuerzo, lo arrastró hacia delante hasta que sus rostros quedaron a centímetros de distancia.

A Ryan se le cortó la respiración, no por miedo, sino por la conmoción.

Había esperado irritación, tal vez ira.

No esto.

No la quietud asesina en los ojos de Alexander.

—Ryan Moretti —dijo Alexander en voz baja; una voz peligrosamente baja, cada palabra medida, fría y absoluta—.

Si deseas que la familia Moretti sea borrada de la faz de la tierra…
Su agarre se hizo más fuerte.

—Entonces te reto… di, o incluso alberga un solo pensamiento indecente más sobre Mirena…
Sus ojos se oscurecieron aún más, volviéndose letales.

—Y personalmente haré tu deseo realidad.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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