¿Me llaman falsa heredera? Pues compré la empresa de mi ex - Capítulo 136
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136: Capítulo 136: ¿Por qué tu vida gira en torno a él?
136: Capítulo 136: ¿Por qué tu vida gira en torno a él?
Mirena se quedó mirando la información que tenía delante, completamente sin palabras.
Cinco de los cincuenta miembros del personal habían votado por ella.
No necesitaba ser matemática para saber lo que eso significaba: un diez por ciento.
Un resultado desastroso.
—Esto… —empezó con voz débil, todavía atónita.
Después de todo lo que había hecho, esperaba algo más.
Si no por sus propios esfuerzos, al menos porque Eleanor había inscrito su nombre personalmente.
Una palabra de Eleanor Vance solía tener peso suficiente como para inclinar la balanza en juntas directivas enteras.
Y, sin embargo, ahí estaba ella, apenas reconocida.
Eso la dejó atónita.
Pero lo que más le dolió fue que, a pesar de la autoridad que su alias imponía en el mundo de las inversiones, la propia Mirena apenas tenía ninguna en el mundo del comercio.
—No lo entiendo —murmuró, reclinándose en la silla mientras entrecerraba los ojos hacia la pantalla—.
¿Qué no he hecho bien?
O, mejor dicho…, ¿hay algo que haya hecho mal?
Frente a ella, Logan la observó en silencio un momento antes de hablar.
—¿Cuál ha sido tu estrategia?
Ella levantó la vista lentamente y se encontró con su mirada.
No respondió de inmediato, pero Logan ya lo había entendido todo.
—Has estado intentando causar impresión —dijo con calma—.
Labrarte un nombre más allá de tu nombre.
Ella levantó una mano ligeramente, como si quisiera decir: «¿Y qué otra cosa se suponía que hiciera?».
Logan suspiró y ella frunció el ceño.
—Lo.
Él volvió a suspirar, se levantó de la silla y caminó hasta ponerse a su lado.
Apoyado en el borde del escritorio, habló con más dulzura.
—Mira, Rena… ¿alguna vez te has parado un momento a pensar que las cosas funcionan de otra manera en el mundo del comercio?
Mirena enarcó una ceja.
—En el mundo de las inversiones, sí…, a la gente la mueven las entradas espectaculares, las impresiones, los movimientos audaces.
Pero el comercio… —Negó ligeramente con la cabeza—.
Es un campo de batalla completamente distinto.
Así que, en esencia… —fue interrumpido.
—En esencia —terminó Mirena en voz baja, con la mirada de nuevo en la pantalla—, he estado enfocando esto de la manera equivocada.
Logan asintió con vacilación, y Mirena tomó una lenta bocanada de aire antes de soltarla pesadamente.
—A la gente del mundo comercial la mueve el impacto —dijo—.
Un impacto que la beneficie.
Mientras hablaba, acercó su portátil.
Sus dedos se movieron con rapidez sobre el teclado antes de girar la pantalla hacia ella.
Un artículo ocupaba toda la pantalla: Alexander había adquirido hacía poco una empresa de rutas comerciales y reabierto los canales de exportación de cacao entre dos regiones.
Aquella maniobra aseguraba una distribución más fluida, aumentaba el suministro para los distribuidores de nivel medio y estabilizaba los ingresos de las tiendas minoristas más pequeñas de la cadena de suministro.
En resumen, acababa de hacerse el santo a pesar de su reputación de despiadado.
«De tal palo, tal astilla», pensó Mirena, mientras una leve amargura le subía por el pecho.
Diera igual cómo lo pintara la gente, Alexander sabía moverse estratégicamente.
Tenía todo el sentido del mundo que casi la mitad de la organización ya hubiera votado a su favor.
—Entonces, ¿quieres que haga de benefactora?
—preguntó con frialdad, alzando la mirada hacia Logan.
Él le lanzó una mirada cargada de intención antes de cerrar el portátil y dejarlo a un lado.
—Error —dijo—.
Quiero que crees un impacto que parezca que mejora la vida de la gente.
No que te limites a ganar concursos o a predecir los cambios del mercado.
Al comercio no se le impresiona solo con intelecto.
Recompensa la influencia.
Se inclinó un poco hacia delante.
—Tienes que pensar de forma inteligente, Rena.
Su expresión se endureció casi al instante.
No le importaban las críticas, especialmente las de Logan o Eleanor.
Sus correcciones solían ser duras, pero constructivas.
¿Pero que le hablaran como si no supiera lo que estaba haciendo?
¿Como si fuera una inexperta?
Eso era diferente.
—Parece que tu definición de «inteligente» y la mía no coinciden del todo —replicó, con un tono cargado de sarcasmo.
Logan abrió la boca, hizo una pausa al notar el cambio en su expresión y luego suspiró.
—No lo decía en ese sentido —dijo en voz baja.
Mirena le sostuvo la mirada un momento antes de finalmente apartarla.
—Sé que no era tu intención —masculló en voz baja, soltando el aire.
Aquel repentino descubrimiento la estaba poniendo de los nervios.
Su mirada se desvió de nuevo hacia el artículo que aún brillaba tenuemente en la pantalla del portátil de Logan.
Así que, mientras ella había estado jugando a las casitas en Crest —haciendo ruido, creando revuelo, imponiendo su dominio—, Alexander había estado, en silencio, moviendo los hilos de industrias enteras, generando un impacto y asegurándose los votos.
Y ella… era la última.
Por un instante, la confianza que había ostentado con tanta naturalidad hacía unos días flaqueó.
Se mordió el interior del labio, repasando los números una vez más en su mente.
Veinte votos.
Le llevaba veinte votos de ventaja.
Desde que conoció a Alexander, había creído una cosa sin dudarlo: que podía vencerlo.
Incluso cuando él tuviera la sartén por el mango.
Incluso cuando él tuviera recursos de los que ella carecía.
Incluso cuando las probabilidades se inclinaran injustamente en su contra.
¿Pero esta brecha?
La inquietaba.
Se reclinó en la silla y cerró los ojos, apoyando la cabeza en el cuero.
Había venido esperando una estrategia, tal vez una ventaja oculta, algún truco que inclinara la balanza a su favor.
En lugar de eso, se había dado de bruces con la realidad.
Qué oportuno.
Abrió los ojos lentamente, con la mirada perdida en el techo.
Llegados a este punto, lo más fácil sería retirarse.
Dar un paso atrás.
Salvar la cara antes de que las cosas empeoraran.
Sería sencillo.
Pero lo sencillo nunca había sido su estilo.
Mirena no estaba hecha para tomar el camino fácil.
No estaba hecha para dejar que Alexander ganara sin oposición.
Un leve calor se agitó en su pecho, y su determinación volvió a encenderse.
¿Acaso la victoria le había resultado fácil alguna vez?
El primer recuerdo que tenía de una victoria se remontaba al orfanato.
Había sido un día especial; tan raro que les sirvieron pavo.
Para cuando le llegó el turno a su mesa, solo quedaba un trozo.
Luchó por él.
La otra niña le doblaba el tamaño; era más fuerte, más ruidosa.
Se arañaron, se empujaron y rodaron por el suelo hasta que el aire se llenó de polvo y plumas.
Al final, el trozo de pavo cayó al suelo.
Arruinado.
Pero Mirena había quedado encima: jadeante, magullada, pero victoriosa.
Y en ese momento, se había dado cuenta de algo mucho más valioso que una comida.
La victoria en sí misma tenía un sabor.
Y era más dulce que cualquier pavo que pudieran servirle jamás.
Ese sabor nunca se le fue del paladar.
Y no tenía intención de olvidarlo ahora.
Entonces, ¿qué importaba que Alexander tuviera más votos?
La solución era sencilla.
Cambiaría de estrategia.
Cuando se adentró por primera vez en el mundo de los negocios, su punto de partida fue una tienda de dropshipping.
Por aquel entonces, se había creído lo que todos los influencers de internet prometían: que ganar veinte mil al mes era fácil.
Solo había que optimizar la web, poner precios inteligentes y crear lotes ingeniosos.
La realidad no tardó en darle un baño de humildad.
Cada vez que pensaba que su tienda era perfecta, aparecía otra —que copiaba a alguien que a su vez copiaba a otro— y vendía el mismo producto de moda, solo que con un empaquetado ligeramente mejor.
No intentaban reinventar la rueda.
No intentaban crear nada revolucionario.
Usaban el método de copiar y perfeccionar.
Encontrar lo que funciona.
Perfeccionarlo.
Y ejecutarlo mejor.
Y eso era exactamente lo que necesitaba hacer ahora.
Un repentino toque frío en la mejilla sacó a Mirena de sus pensamientos.
Dio un respingo y, al levantar la vista, se encontró con una lata helada apoyada en su piel.
Su mirada se desvió hacia Logan.
Él estaba allí de pie, sereno, sosteniéndole la bebida en la mejilla como si fuera lo más natural del mundo.
—¿En qué piensas?
—dijo él.
Ella suspiró, le cogió la lata y la abrió.
Logan volvió a apoyarse en la mesa, abrió su propia lata y bebió un sorbo lento.
—Solo… estaba pensando —masculló—.
Tengo que encontrar la manera de superar a Alexander en esa clasificación.
No puede seguir en el primer puesto.
Al oír eso, Logan se quedó helado por un instante.
Estudió su rostro con cuidado.
Si no hubiera visto lo que vio esa noche —si no los hubiera visto besándose—, podría haber creído que esto seguía siendo pura rivalidad.
Apretó la lata con un poco más de fuerza.
—¿De qué va exactamente esta rivalidad?
—preguntó de repente.
Mirena se detuvo a mitad de un sorbo, bajando la lata lentamente.
Ella enarcó una ceja.
—¿Perdón?
—El trato entre tú y Alexander —aclaró Logan con calma.
Dio otro sorbo lento antes de continuar, con un tono mesurado pero inquisitivo.
—Seamos sinceros.
Todo el mundo sabe que hay una rivalidad entre vosotros.
Una competición que… —Hizo una breve pausa, y se le escapó una risita—.
Ya no parece exactamente una competición.
Se parece más a vosotros dos intentando llamar la atención del otro.
Mirena frunció el ceño al instante.
Antes de que pudiera saltar, Logan continuó.
—Pero, la verdad, no creo que ninguno de nosotros sepa realmente por qué empezó.
O qué la desencadenó en primer lugar.
Le sostuvo la mirada, firme y escrutadora.
Luego, preguntó en voz baja:
—Dime, Mirena, ¿por qué tu vida tiene que girar en torno al puto Alexander Peirce?
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