¿Me llaman falsa heredera? Pues compré la empresa de mi ex - Capítulo 4
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4: Capítulo 4 Esto no es un burdel 4: Capítulo 4 Esto no es un burdel Mirena entró con paso decidido en el Hill exactamente una hora después de abandonar la Finca Pierce.
El restaurante estaba tan impoluto como lo recordaba: ventanales del suelo al techo con vistas al horizonte de la ciudad y el aroma del vino añejo mezclándose con un leve olor a abrillantador cítrico.
Mientras se deslizaba en una de las sillas, miró su reloj y bufó en silencio.
Había llegado cinco minutos antes de la hora acordada.
George, sin embargo, no aparecía por ninguna parte.
Sin embargo, veinte minutos después, él por fin entró en el restaurante.
Pero no estaba solo.
Colgada de su brazo como si fuera un bolso barato, no era otra que la mujer que había puesto toda su vida patas arriba en menos de una noche.
Camille.
«Por supuesto», pensó, resistiendo el impulso de poner los ojos en blanco al verlos.
Es su primer amor, por supuesto que no dudará en presumir de ella ante el mundo.
A diferencia de ella.
Algo en ese pensamiento le dejó un escozor sordo que desechó de inmediato, cruzando las piernas con elegancia mientras los veía caminar hacia la mesa como una pareja de cuento de hadas ebria de su propia ilusión.
A medida que se acercaban, George por fin apartó la mirada de Camille y, por un segundo, algo brilló fugazmente en sus ojos, antes de verse rápidamente eclipsado por la ya conocida mirada de desdén.
Esa mirada se transformó en ternura cuando se detuvo para retirarle una silla a Camille con esa misma precisión caballerosa que nunca había empleado con ella.
Al ver aquello, Mirena soltó una risa amarga cargada de sorna.
—¿Qué es esto?
—preguntó con calma, desviando la mirada de George a Camille, que seguía aferrada a su brazo—.
Estamos aquí para discutir algo importante, ¿y te traes a tu amante?
—Enarcó una ceja—.
¿Has confundido este restaurante con un burdel?
Aquello captó la atención de la pareja, sacándolos por fin de su ilusión de cuento de hadas.
Cuando George se volvió para mirarla, sus ojos se helaron y su voz carecía de la ternura que tenía apenas unos segundos antes.
—Siempre has tenido facilidad de palabra, Mirena; nunca te paras a pensar antes de hablar.
No me extraña que nunca pudiera enamorarme de ti.
—¡Georgy!
—lo reprendió Camille a su lado, con una voz y compostura que encarnaban la más pura inocencia recatada—.
No le digas eso a Mirena.
No es culpa suya que ser una persona honesta la haga poco atractiva.
Tras decir eso, se giró para mirar a Mirena, esbozando una sonrisa carente de culpa al añadir: —¿A que tengo razón, hermanita?
La sorna en su tono estiró las comisuras de los labios de Mirena.
Soltó una risita y se reclinó en la silla.
—Camille —dijo, imitando el tono dulce de Camille—.
Si quisiera que me defendiera alguien que se labra la autoestima entre las sábanas de los hombres, te lo habría pedido a ti.
La sonrisa en el rostro de Camille se desvaneció casi al instante.
De repente, un fuerte sonido resonó en el espacio que los rodeaba.
—Basta, Mirena —advirtió George, con la palma de la mano apoyada sobre la mesa—.
No cruces la línea.
Ella ladeó la cabeza y le sostuvo la mirada fulminante que él le lanzaba.
En el pasado, habría interpretado el papel de buena esposa, habría bajado la cabeza y se habría disculpado de inmediato.
Aquellos días habían quedado atrás.
—¿Qué?
¿He dicho algo que no deba?
—preguntó, con un tono cargado de sarcasmo.
De pronto, se inclinó hacia delante, apoyando la barbilla en el dorso de la mano y examinando a Camille como si fuera algo increíble.
Verla, toda inocente y emperifollada, le hacía daño a los ojos a Mirena.
Pero tenía que admitir…
—Desde luego, tienes madera de amante —soltó sin dudar.
La expresión de George se endureció.
Un músculo de su mandíbula se contrajo y la mano que descansaba sobre la mesa se cerró en un puño.
—No te gusta ese título, ¿verdad?
—preguntó Mirena en cuanto notó su reacción—.
Entonces, firma los papeles del divorcio lo antes posible y ahórrale la vergüenza.
La sorpresa brilló en los ojos de George.
Al venir aquí tras recibir la llamada de Mirena, esperaba que se disculpara por la escena que había montado ayer, por ignorar sus llamadas durante toda la noche; esperaba que suplicara, llorara…, que se aferrara a él como la mujer que una vez lo esperaba cada noche, sin importar lo tarde que llegara a casa.
¿Pero esta versión de Mirena?
Fría, serena, irreconocible.
Aquello le oprimió algo en el pecho.
—Bien —dijo, sacando un documento de su maletín y deslizándolo sobre la mesa—.
Ten.
El acuerdo de divorcio.
Por insistencia de Camille, he añadido un acuerdo económico generoso para ti.
Mirena recogió el documento, y sus ojos recorrieron las cifras tras abrirlo.
Un segundo después, sus labios se curvaron.
—¿A esto lo llamas generoso?
—Lanzó el acuerdo de vuelta a la mesa como si fuera una broma y murmuró—: Eso no es suficiente ni para comprar un ático de mi categoría.
Sus palabras provocaron una risa divertida en George.
Alguien que nunca había visto más dinero que el de la compra, estaba rechazando cinco millones de dólares.
¿Era esta su nueva forma de intentar llamar su atención?
Justo cuando abría la boca para hablar, Mirena plantó su propio dosier sobre la mesa.
Sus ojos se posaron en él.
—¿Qué es esto?
—Un acuerdo de divorcio —anunció ella, con voz fría, casi cordial—.
Pero bajo mis condiciones.
—¿Tus condiciones?
—repitió él como un loro.
Ella se cruzó de brazos y se reclinó en la silla, con un aire de arrogante confianza envolviéndola mientras hablaba.
—Renuncio a toda compensación.
No quiero ni un céntimo de tu mísero dinero.
Tanto George como Camille parpadearon, desconcertados.
—Sin embargo —continuó, con el tono suavizándose hasta volverse mucho más peligroso—, me reservo el derecho a emprender acciones legales contra ti y los Sterling por difamarme…, por acusarme de fraude, ¿recuerdas?
De suplantar la identidad de…
—hizo una pausa y miró a Camille, señalándola con un movimiento de cabeza—.
Eso.
Una sonrisa rozó las comisuras de sus labios cuando a Camille le temblaron los párpados y el borde de sus orejas se puso rojo de furia contenida.
George, sin embargo, bufó.
—Sigues montando el numerito.
Siempre te ha encantado el drama.
—Su tono tenía una fuerte nota de desdén.
—Venga, actúa, monta el espectáculo y entretenme por una vez en tu vida.
Aplaudiré cuando te hayas cansado de esta farsa.
Se levantó después de decir eso, agarrando la mano de Camille con una mano y el acuerdo de divorcio con la otra.
—Recibirás noticias de mi abogado.
Millie, vámonos, no queremos llegar tarde.
Dicho esto, ambos salieron del restaurante.
Mirena les observó la espalda, luego bajó la mirada a sus manos entrelazadas y bufó.
«Qué romántico», pensó con sarcasmo, metiendo la mano en el bolsillo del abrigo de Alexander y sacando su teléfono.
Sus dedos se deslizaron por la pantalla antes de detenerse sobre un número durante unos segundos.
Luego, con un suspiro, pulsó el número y se llevó el teléfono a la oreja.
Al segundo tono, respondieron, y la voz que se filtró desde el otro lado destilaba sorpresa.
—¿Mirena?
Rena, ¿de verdad eres tú?
Una sonrisa cruzó los labios de Mirena al oír la voz familiar de Ada Campbell, su mejor amiga.
—Sí, soy yo —dijo en voz baja—.
¿Cómo has estado, Ada?
—¡Mirena!
—exclamó Ada, sonando exactamente como el torbellino de alegría que Mirena recordaba—.
¡Por fin llamas después de todos estos años!
Por fin te has acordado de nosotros.
—Mmm —musitó Mirena, volviendo la mirada hacia la ventana—.
Por fin me he dado cuenta de que es hora de dejar de prestar atención a la gente equivocada.
Siento haber estado de incógnito todos estos años.
Te lo compensaré poniéndote al día de todo.
Invito yo.
—Si insistes, entonces…
—hubo una pausa traviesa en sus palabras y, por un instante, Mirena se arrepintió de haberlo dicho—.
Conozco el lugar perfecto para que quedemos.
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