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¿Me llaman falsa heredera? Pues compré la empresa de mi ex - Capítulo 48

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  3. Capítulo 48 - 48 Capítulo 48 Tratado por el enemigo
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48: Capítulo 48: Tratado por el enemigo 48: Capítulo 48: Tratado por el enemigo —Felicidades por tu victoria, Rena.

La voz de Alexander rompió el silencio de la habitación con la misma serena arrogancia de siempre.

Por un momento, Mirena se limitó a mirarlo fijamente.

Su mente titubeó un segundo antes de que todo encajara.

—¿Eres el dueño de Ónix?

—preguntó con voz neutra, mientras sus dedos se apretaban alrededor del trofeo.

Una familiar expresión de arrogancia cruzó el rostro de Alexander, sutil pero inconfundible.

Luego, su mirada se desvió brevemente hacia el trofeo que ella sostenía antes de volver a sus ojos.

—Sí —respondió él—.

Y creo que me debes algo.

Mirena siguió su mirada hacia abajo y luego soltó una risita.

Por un segundo, sintió cómo la irritación bullía bajo su piel.

—Debió de ser muy divertido, ¿no?

—dijo, mientras empezaba a caminar hacia él—.

Ver cómo me dejaba la piel para ganar un trofeo para ti.

—Yo no te lo pedí, ¿o sí?

—dijo Alexander con calma, sosteniéndole la mirada mientras ella se acercaba—.

Fuiste tú la que se enamoró.

Al instante, su paso flaqueó; un breve lapsus mental que superó de inmediato.

Ladeando la cabeza, enarcó una ceja, haciéndose la indiferente a pesar de los frecuentes sobresaltos de su corazón.

—¿Mmm?

—Te enamoraste de mi caballo —aclaró Alexander.

Un alivio inconsciente la invadió tan rápido que casi la hizo soltar un suspiro.

En su lugar, sonrió con arrogancia, cargando el peso sobre una cadera con un estilo muy practicado.

—Bueno, no me culpes —dijo con ligereza—.

Es un semental que se porta muy bien.

Cuesta creer que lo haya entrenado alguien como tú.

—¿Por alguien como yo?

—preguntó Alexander, alzando la mirada hacia ella.

Se había detenido justo delante de él.

Tan cerca que podía ver la tenue cicatriz junto a la línea de su mandíbula, tan cerca que era dolorosamente consciente de cómo sus ojos de un lavanda pálido —casi grises bajo las luces de la sala— la observaban sin parpadear.

Tragó saliva, ignorando el nudo que sentía en la boca del estómago.

—Porque un capullo como tú —dijo en tono de burla— jamás podría entrenar a un ser tan noble como Ónix.

Alexander soltó una risita.

El sonido le pareció demasiado informal y Mirena frunció el ceño para sus adentros.

Hacía solo unos días, ella había cruzado una línea que nunca debió cruzar.

Después, él la había despachado como si no fuera más que una molestia, como si la complicada tensión que existía entre ellos fuera algo a lo que él pudiera, simplemente…, poner fin.

Y, sin embargo, ahí estaba él.

Tan tranquilo, arrogante como siempre y sentado frente a ella como si nada de aquello importara.

Era tan típico de él; lo que más odiaba de su persona.

Su naturaleza impredecible.

—El trofeo —la voz de Alexander la sacó de sus pensamientos mientras extendía la mano.

Ella lo miró una vez más y luego se lo lanzó sin miramientos.

—Este año puedes quedártelo —dijo—.

Se han lucido, así que seguro que encajará a la perfección en tus estanterías llenas de trofeos relucientes.

Alexander lo atrapó y, mientras lo examinaba, ella añadió con frialdad: «Salvo que este es el primer trofeo de primer puesto que me arrebatas en años».

Sus dedos se apretaron ligeramente alrededor del metal.

—Renunciaste a él por voluntad propia —dijo, alzando la vista hacia ella.

—Bueno —se encogió de hombros Mirena—, ¿qué te puedo decir?

Ónix es un semental precioso.

Era imposible no enamorarse.

Alexander asintió una vez.

—Así que debo suponer que ganaste gracias a mi caballo.

Abrió la boca para negarlo, pero la volvió a cerrar.

La verdad le pesaba en la lengua.

Ónix había marcado la diferencia.

Una abismal.

Sin él, dudaba que hubiera sido tan rápida.

Y en el último momento, incluso después de asustarse, supo manejar la situación lo bastante bien.

De haber sido cualquier otro caballo, habría salido despedida por los aires para luego acabar en el suelo.

Aun así, prefería morderse la lengua antes que admitirlo.

Antes de que pudiera decir nada más, Alexander se puso en pie.

El repentino movimiento borró al instante el poco espacio que había entre ellos.

Instintivamente, Mirena contuvo el aliento, solo para arrepentirse segundos después.

El aroma de su colonia la envolvió como si ese fuera su lugar, como si la mezcla hubiera sido creada para ese preciso instante, para tentarla.

En el fondo de su mente, las alarmas le gritaban que retrocediera.

No lo hizo.

Le sostuvo la mirada, con su máscara firmemente en su sitio.

—Gracias —dijo Alexander.

Sus palabras la pillaron completamente por sorpresa.

Sus cejas se arquearon levemente.

¿Le estaba dando las gracias?

Abrió los labios, a punto de hacerle una pregunta, cuando él añadió con calma: —Esas son las palabras que se supone que tienes que decir tú.

Parpadeó una vez, y luego otra.

Entonces cayó en la cuenta.

—Ah —murmuró y soltó una risita—.

¿Y también sabes que hablar solo suele ser un signo de inestabilidad mental?

Él le lanzó una mirada —mitad advertencia, mitad diversión— y pasó a su lado.

Solo entonces Mirena exhaló en voz baja, y la tensión abandonó sus hombros en el momento en que él se alejó.

Entonces, su voz volvió a oírse desde el otro lado de la sala.

—Si de verdad estás agradecida —dijo—, toma asiento.

Ella frunció el ceño y miró por encima del hombro.

—¿Qué?

Alexander se detuvo junto a un armario y volvió a mirarla.

—Siéntate —repitió, señalando la silla que había junto a la mesa.

Le sostuvo la mirada durante un largo segundo, sopesando sus opciones.

Luego se dirigió a la otra silla y se dejó caer en ella.

Alexander se volvió hacia el armario y se puso a rebuscar en él.

Mientras buscaba, Mirena dejó que su mirada vagara por la sala.

Era sobria.

Minimalista.

Líneas puras, colores apagados y obras de arte cuidadosamente elegidas que denotaban dinero de cuna en lugar de la extravagancia de los nuevos ricos.

Le recordaba a su ático, a diferencia del ostentoso estilo de vida que solía verle en la televisión.

Y con esa revelación, llegó otra aún más incómoda.

No conocía a Alexander tan bien como decía conocerlo.

No como rival, competidor o el hijo del hombre que su mentor odiaba, sino como Alexander, simplemente Alexander.

Cinco años atrás, quizá habría dicho con seguridad que sí lo conocía, pero ahora… él parecía diferente.

Parecía más atrevido, capaz de hacer cosas que su yo del pasado nunca habría hecho.

… Como acostarse con ella.

El pensamiento fue fugaz, pero hizo que un rubor le subiera por la nuca.

—Quítate la chaqueta.

La voz de Alexander atravesó sus pensamientos.

Se estremeció por dentro, pero se giró para mirarlo con expresión neutra.

—¿Qué?

Su mirada se posó en la mano de él, deteniéndose en el botiquín de primeros auxilios.

—La chaqueta —dijo de nuevo—.

Quítatela.

Sus palabras la hicieron de pronto consciente del dolor en su hombro; la punzada sorda que había estado ignorando desde la caída.

Esbozó una sonrisa burlona y ladeó la cabeza.

—¿Qué, ahora quieres jugar a los médicos?

Alexander no mordió el anzuelo.

Al ver que la expresión de él no cambiaba, la sonrisa de ella vaciló ligeramente.

Tras un segundo de mirarse en silencio, suspiró y se quitó la chaqueta.

A Alexander le tembló un párpado.

La sangre de la herida había traspasado su camisa blanca, tiñéndola de un rojo oscuro cerca del hombro.

«Ese cabrón», maldijo para sus adentros, mientras sus dedos se apretaban en torno al botiquín.

Se merecía más que una nariz rota.

Merecía morir.

Conteniendo sus pensamientos, volvió a hablar: —Quítate la camisa.

Mirena se tensó al oírlo y le lanzó una mirada fulminante.

Él permaneció impasible.

—¿Cómo se supone que voy a curarte la herida si llevas manga larga?

La vacilación se reflejó en el rostro de Mirena, pero un segundo después, alargó la mano hacia el botón de su camisa y empezó a desabrocharlos.

Alexander observó con morbosa atención cómo se desabrochaba el primer botón, luego el segundo, el tercero, el cuarto y, finalmente, el último.

Una vez desabrochados todos los botones, Mirena se quitó la camisa, quedándose en un sujetador push-up de encaje rojo y negro.

A pesar de su determinación, la mirada de Alexander lo delató.

Recorrió su rostro, su cuello, la curva de su pecho, y se detuvo en la tenue marca roja que había florecido justo encima de su clavícula.

Una marca que él le había dejado.

Su nuez subió y bajó al tragar.

Se recompuso de inmediato y tomó asiento a su lado antes de abrir el botiquín.

Sus manos se movieron con experta facilidad por el botiquín, sacando un algodón y el líquido desinfectante.

Mirena lo observaba con atención.

—¿Has hecho esto unas cuantas docenas de veces?

—preguntó tras unos segundos de observación.

—¿Acaso parezco un niño mimado?

—respondió Alexander, limpiándole la herida con el algodón desinfectante.

Reprimió un siseo de dolor.

Pero menos de un minuto después, Alexander extendió un poco de pomada en su dedo y la frotó por los bordes de la herida.

Soltó un siseo agudo, mordiéndose la lengua para no soltar una palabrota.

Los dedos de Alexander se detuvieron un instante y luego continuaron, con más suavidad esta vez.

Todavía escocía, pero menos.

Mirena se dio cuenta y reprimió el impulso de fruncir el ceño.

Nunca pensó que llegaría el día en que su rival le curara una herida y, mucho menos, que lo hiciera con delicadeza.

Pero, pensándolo bien, últimamente estaban pasando muchas cosas extrañas.

Como que le hubiera dejado usar a Ónix.

Él sabía que era ella quien quería usar su caballo y, aun así, se lo permitió.

Indirectamente, la había dejado ganar.

¿Por qué?

La pregunta le carcomía la mente y, al final, no pudo más.

—¿Por qué me dejaste usar a…?

Se giró a mitad de la pregunta y contuvo el aliento.

De repente, el rostro de Alexander estaba demasiado cerca del suyo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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