¿Me llaman falsa heredera? Pues compré la empresa de mi ex - Capítulo 75
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75: Capítulo 75 Bastardo egocéntrico 75: Capítulo 75 Bastardo egocéntrico Los días siguientes pasaron en un abrir y cerrar de ojos.
Mirena apenas tuvo tiempo de respirar antes de que llegara la fecha de la reunión.
Entre reuniones virtuales que se solapaban constantemente, llamadas que no dejaban de llegar y archivos que, por más que los revisara, necesitaban ser revisados una y otra vez, apenas notó el paso del tiempo.
Y, sin embargo, a pesar de lo ocupada que estaba, todo se sentía extrañamente en calma.
Como la quietud que precede a la tormenta.
Cuando por fin llegó el día de la entrevista, Mirena condujo hasta Crest Finance con una clara determinación.
Eleanor le había ofrecido esta oportunidad; de ninguna manera iba a joderla.
Su coche avanzaba por la carretera de Crest Finance —el imponente edificio aparecía a la vista— cuando su teléfono vibró con una llamada.
El nombre de Eleanor danzaba en la pantalla mientras ella le echaba un vistazo.
Sin dudarlo, contestó y puso el teléfono en altavoz.
—Tía Eleanor, buenos días —saludó.
—Rena —devolvió el saludo Eleanor—.
He pensado en llamar antes de que entraras para desearte buena suerte.
Mirena sonrió, con una mano apoyada despreocupadamente en el volante.
—No será necesaria la suerte, tía Eleanor.
Lo tengo todo bajo control.
—Sé que sí —respondió Eleanor, su tono cariñoso pero afilado bajo la calidez—.
Sin embargo…
—Hizo una pausa deliberada—.
Los hombres egocéntricos no se toman muy bien a una mujer inteligente, ¿verdad, Rena?
Esa única frase le dijo todo lo que necesitaba saber.
La sonrisa de Mirena se ensanchó lentamente.
—Así que el director es difícil —dijo con ligereza.
—Se podría decir que sí —confirmó Eleanor—.
Brillante sobre el papel.
Insuportable en persona.
Mirena rio suavemente.
—Entendido, tía Eleanor.
Deja que yo me encargue de traer las buenas noticias.
—De acuerdo —dijo Eleanor—.
Buena suerte.
Y recuerda: este es otro paso adelante, no dejes que se te escape.
La llamada terminó justo cuando Mirena entraba en el aparcamiento de Crest Finance.
Apagó el motor, salió del coche y echó un vistazo al edificio que tenía delante.
Entre muchos otros edificios, el de Crest Finance se alzaba imponente: elegante, moderno y grandioso sin complejos.
Cristal y acero se extendían hacia el cielo, reflejando la ciudad a su alrededor como un espejo pulido.
En una ciudad repleta de gigantes financieros, Crest Finance seguía destacando.
El año pasado, ocuparon el cuarto puesto.
Tres puestos por debajo de Nexus.
Dos puestos por debajo de Octa.
Eran ambiciosos, estaban hambrientos y, claramente, no se contentaban con permanecer en el cuarto lugar.
Mirena inclinó ligeramente la cabeza, evaluando la estructura con ojos agudos.
—Interesante —murmuró.
Una emoción se encendió en su pecho.
Un director egocéntrico, un misógino y un hombre que pensaba que la inteligencia tenía género.
Echó los hombros hacia atrás y sus labios se curvaron en una sonrisa de confianza.
Estaba deseando conquistar a ese cabrón.
Con eso en mente, entró con paso decidido en el edificio.
El vestíbulo bullía de actividad cuando entró.
Mirena se dirigió directamente al mostrador de recepción y tamborileó con sus dedos de manicura perfecta sobre él, captando la atención de la recepcionista.
La joven morena detrás del mostrador levantó la vista y se quedó helada.
Sus ojos se abrieron un poco antes de que la reconociera.
¡La Diosa de los artículos recientes!
Con la rapidez de un rayo, se puso de pie, ignorando su silla, que chirrió al deslizarse hacia atrás.
—Hola, señora —saludó rápidamente, haciendo una reverencia—.
¿Cómo…
cómo puedo ayudarla?
—Estoy aquí para una entrevista —dijo Mirena con calma.
—Entiendo —respondió la recepcionista, con los dedos ya moviéndose sobre el teclado—.
¿S-su nombre, por favor?
—Mirena…
Mirena Vance.
La recepcionista tecleó rápidamente y luego hizo una pausa.
Chasqueó la lengua suavemente.
—Ah, tiene programada una entrevista; sin embargo, el señor Jones está en una reunión en este momento —dijo—.
Pero puede tomar asiento mientras le aviso que está aquí.
Señaló hacia la zona de asientos de enfrente.
Mirena asintió y tomó asiento, cruzando una pierna sobre la otra con practicada facilidad.
Mientras la recepcionista cogía su teléfono, Mirena sacó también el suyo y, como si fuera una señal, apareció una notificación casi al instante.
Sus cejas se arquearon ligeramente.
El mensaje no era de su cuenta personal.
Era de la cuenta de Crowne.
Sus dedos se detuvieron un momento antes de que, lentamente, abriera el mensaje.
Al segundo siguiente, su mirada se ensombreció.
Reina, necesito tu ayuda.
El mensaje no era de otro que del puto sinvergüenza de George Ashton.
Resopló en silencio.
Ese cabrón.
Después de todo lo que había hecho —después de la humillación, del numerito en la subasta—, todavía tenía la audacia de contactarla.
Aunque, por otro lado…
él no sabía que era ella.
Pero aun así…
—Qué descarado —masculló por lo bajo.
Se las daba de importante y poderoso cuando creía tener la sartén por el mango.
Pero ahora, ahí estaba, pidiendo ayuda en el momento en que el suelo se desmoronaba bajo sus pies.
Realmente patético.
Sin dudarlo, extendió la mano y, sin vacilar, bloqueó su número.
Después, salió de la sala de chat, a punto de cerrar la sesión de la cuenta, cuando las palabras de Eleanor resonaron en su mente.
«Tu influencia ha sufrido un bajón, Reina».
Hizo una pausa y su mirada se desvió hacia su última publicación.
Era una foto de oro, tomada hacía años, justo cuando el mercado iniciaba su histórica racha alcista.
En aquel entonces, la gente se había burlado de su especulación, la habían llamado imprudente, habían dicho que lo perdería todo.
Ella había cobrado millones y, a propósito, tomó una instantánea del momento, capturando cómo sus ganancias ascendían a millones.
Fue una bofetada en toda la cara para cada escéptico.
Incluso ahora, pensar en el revuelo que causó le dibujaba una sonrisa en los labios.
Pero la sonrisa se desvaneció en cuanto sus ojos se posaron en la marca de tiempo.
Decía: cinco años atrás.
Mirena se reclinó ligeramente, mirando la pantalla.
Realmente había estado ausente.
Demasiado ausente.
La fama no era algo que hubiera buscado nunca.
De hecho, la había evitado activamente.
Quería permanecer sin rostro: un fantasma con una riqueza e influencia abrumadoras que movía los hilos desde las sombras.
De una forma triste e irónica, lo había logrado.
Rio en voz baja, negando con la cabeza.
Sin embargo, ahora necesitaba arreglar eso.
Bloqueando el teléfono, levantó la vista hacia la recepcionista.
—¿Puedo entrar ya?
—preguntó.
La recepcionista vaciló.
—El señor Jones sigue en una reunión, señora.
¿Podría esperar un poco más, por favor?
La vacilación en su tono y la forma en que evitaba activamente la mirada de Mirena no pasaron desapercibidas.
Mirena la estudió con atención.
—¿Cuánto tiempo?
—preguntó ella.
La recepcionista esbozó una sonrisa reacia.
—Se lo haré saber en breve, señora.
—Hizo una media reverencia y volvió a su ordenador.
La mirada de Mirena se detuvo en ella un momento antes de deslizarse hacia el ascensor.
«De acuerdo —pensó—, ya que quiere que espere, esperaré».
Reclinándose en su silla, volvió a cruzar las piernas y cogió el teléfono.
Diez minutos se convirtieron rápidamente en veinte, y veinte en una hora.
Pronto, la gente empezó a pasar y, con su presencia, llegaron los susurros.
—¿No es esa la acompañante del señor Pierce de la subasta?
—murmuró alguien.
—Oh, vaya, es más guapa en persona —susurró otro.
—¿Crees que podría sacarme una foto con ella?
—preguntó una chica con emoción.
—No seas maleducada —la regañó su acompañante.
Mirena levantó la vista entonces y se encontró con sus miradas con una sonrisa educada.
La chica pareció sobresaltarse por un momento, luego un chillido se escapó de sus labios mientras se alejaba a toda prisa.
Los ojos de Mirena la siguieron por un segundo antes de volver a mirar su teléfono, con la sonrisa desvaneciéndose.
Esto —esto— era exactamente por lo que había dudado en hacer su debut después de que su nombre ganara popularidad en el mundo financiero.
La fama.
No quería que la gente chillara, susurrara y la tratara como a una celebridad.
Quería poder sin el ruido e influencia sin los focos.
¿Pero ahora?
Ahora los focos la alcanzaban, le gustara o no.
Exhaló lentamente y miró la hora.
Había pasado una hora entera.
Su mirada se dirigió a la recepcionista.
—¿Aún no ha terminado?
—preguntó con calma.
La recepcionista pareció culpable esta vez mientras negaba con la cabeza.
—El señor Jones parece estar muy ocupado en este momento.
Si…
si no puede esperar, podría volver…
Mirena se puso de pie, interrumpiéndola antes de que pudiera terminar.
—No voy a volver —dijo tajantemente, acercándose al mostrador, mientras sus tacones resonaban suavemente contra el suelo.
La recepcionista se enderezó, nerviosa.
Mirena apoyó una mano con ligereza en el mostrador.
—¿Cuál es tu sueldo aquí?
La recepcionista parpadeó.
—¿Perdón?
—Tu sueldo mensual —repitió Mirena—.
¿Cuánto?
La recepcionista dudó y luego respondió en voz baja: —Tres mil seiscientos dólares mensuales, señora.
Mirena asintió.
Metió la mano en su cartera, sacó una elegante tarjeta de visita y la colocó sobre el mostrador.
—Mañana por la mañana —dijo con calma—, ve aquí.
Conseguirás un trabajo con el doble de tu sueldo actual…
y bonificaciones.
La recepcionista bajó la vista hacia la tarjeta y sus ojos se abrieron como platos.
Corporación Hayes.
¿Acaso…
se suponía que debía creer que podía entrar así como si nada en la Corporación Hayes, una de las cuatro grandes del país, y conseguir un trabajo?
La duda parpadeó en su expresión.
Mirena, al ver esto, sacó su teléfono y marcó un número.
Sonó solo una vez antes de que contestaran.
—Hola, Lo —saludó Mirena.
—¿Rena?
—se oyó la voz de Logan—.
¿Todo bien?
—Todo bien.
Solo tengo a alguien que necesito que contrates —dijo—.
¿Hay alguna vacante?
—Crearé una —respondió Logan sin dudar—.
Mándamela mañana.
—Mmm, gracias.
Colgó la llamada y sonrió a la recepcionista, que había observado el intercambio en un silencio atónito.
—Usted…
—el resto de sus palabras murieron en la punta de su lengua cuando Mirena acercó más la tarjeta.
—Entonces —dijo ella con ligereza—, ¿aceptas la oferta?
La recepcionista dudó medio segundo.
Sus ojos se movieron entre la tarjeta y Mirena, luego agarró la tarjeta e hizo una profunda reverencia.
—Muchas gracias, señorita…
Antes de que pudiera terminar, Mirena la interrumpió suavemente.
—A cambio —dijo con una sonrisa pícara mientras se inclinaba más cerca, bajando la voz lo suficiente como para sonar peligrosa.
—Dime, ¿en qué planta está teniendo el señor Jones su reunión ahora mismo?
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