Me Usó Para una Apuesta... Ahora Su Madre Me Pertenece - Capítulo 292
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Capítulo 292: Falsa esperanza
—Alex…, por favor…, fóllame.
Vivienne miró hacia atrás por encima del hombro, con los ojos muy abiertos y húmedos de pura necesidad. Llevó una mano hacia atrás, se agarró una nalga y la apartó, exponiendo su entrada sonrojada y palpitante por completo a su mirada.
—¿Ves cómo te he tomado por completo? —susurró, lamiéndose los labios para recordarle lo que acababa de tragar—. No he dejado ni una gota… Me lo he tragado todo.
Sacudió las caderas con un ritmo sutil y sugerente, prácticamente suplicándole que la invadiera.
—Ahora reclámame. Lléname entera. Hazme tuya.
—No te conformes con una imitación barata —siseó Helena al instante.
La cabeza de Vivienne se giró bruscamente hacia su prima. Su labio superior se crispó en un gruñido silencioso, sus ojos ardían con una mirada asesina que prometía comerse viva a Helena por el insulto. Pero a Helena no le importó. Ni siquiera la miró, demasiado ocupada deleitándose en su propia arrogancia como para notar a la depredadora que la fulminaba con la mirada.
Helena simplemente arqueó la espalda hasta que le crujió la columna, deslizando dos dedos hasta el fondo de su propia humedad. Los batió enérgicamente.
Chof.
—¿Por qué follar a la copia cuando la Original se está mojando para ti? —ronroneó Helena, mirando hacia atrás con ojos cargados y vidriosos—. Devuélvelo a donde pertenece.
Alex se quedó allí de pie, y un pesado silencio llenó la estancia.
Miró el bufet que tenía ante él: dos impresionantes mujeres Vanderbilt, despojadas de su dignidad, una al lado de la otra sobre la caoba, suplicando por la misma polla.
Su cuerpo le rugía que tomara a Vivienne. Que se hundiera en su estrecho y tembloroso calor para completar por fin la misión. Estaba rota. Estaba lista.
Pero mientras observaba cómo la esperanza se encendía en los ojos de Vivienne, un pensamiento oscuro y cruel se abrió paso en su mente.
Demasiado fácil.
Esbozó una sonrisa torcida, una lenta y malvada curva que se dibujó en sus labios.
No había terminado. No solo quería su cuerpo; quería reducir su ego a cenizas. Tenía ganas de castigarla.
Se acercó primero a Vivienne.
Sus pasos eran lentos, deliberados; el leve crujido de las tablas del suelo bajo su peso anunciaba su elección. Vivienne contuvo la respiración, su corazón martilleando contra la caoba mientras la sombra de él se cernía sobre ella.
Alex se detuvo justo detrás de ella. Bajó la mirada, recreándose en su estampa. Era la perfección… una pálida obra maestra en forma de corazón, de carne suave y curvas profundas, abierta de par en par y temblando solo para él. Era el tipo de culo por el que los hombres empezarían guerras y, en ese momento, era suyo para tomarlo.
No se apresuró. Alargó el brazo y posó su mano grande y cálida sobre la curva de su nalga izquierda.
Amoldó la palma de su mano a la piel de ella, amasando la suave carne con un apretón firme y posesivo que envió una descarga de electricidad directa a sus entrañas.
Vivienne cerró los ojos con fuerza y un gemido suave y entrecortado se escapó de sus labios.
—Mmm…
No fue solo el placer de su áspera mano sobre la piel de ella lo que la hizo estremecerse. Fue el deleite de la victoria.
«Me ha elegido a mí», pensó, mareada por el alivio.
«Me ha tocado a mí primero».
Se derritió bajo su agarre, arqueándose más profundamente, regodeándose en silencio en la oscuridad tras sus párpados. Había ganado.
—Menudo culo —murmuró Alex, y su voz se convirtió en un gruñido grave y de apreciación.
Deslizó el pulgar por la profunda hendidura, maravillado por la geometría de sus curvas. Volvió a sopesar la suave carne, levantándola ligeramente para probar su elasticidad.
—Tan suave…, tan pesado en mi mano —la elogió, con el aliento caliente contra su piel—. Fuiste hecha para esta postura, ¿verdad? Hecha para que te dobleguen y te tomen.
La apretó de nuevo, con la fuerza suficiente como para dejar la marca blanca de sus dedos en la pálida piel, antes de retirar la mano.
¡ZAS!
La palma de su mano impactó en su nalga derecha con una bofetada seca y punzante que resonó por toda la habitación.
Vivienne ahogó un grito, un sonido agudo de sorpresa y placer. La marca de una mano, de un rojo intenso, floreció al instante en su pálida piel, y su culo se sacudió con violencia por la fuerza del golpe.
Pero no se apartó. Presionó contra el escozor, restregando las caderas contra él, desesperada por otra marca. Lucía el dolor como una medalla. Era suya.
Pero entonces, la presión de su mano disminuyó. El calor se desvaneció.
—Pero… —suspiró Alex, y su tono pasó de la lujuria al aburrimiento—. Sigues siendo una simple Asistente.
Le soltó el culo.
Vivienne sintió la pérdida de su contacto como una herida física. Permaneció allí, inclinada y expuesta, tiritando por el frío repentino mientras Alex daba un paso hacia un lado.
—¿Por qué iba a elegir a la Asistente —caviló Alex, mientras sus ojos recorrían las curvas expectantes de Helena—, cuando la propia Jefe está abierta de par en par…, invitándome a entrar?
No esperó una respuesta. Alargó la mano y le asestó una bofetada brutal y posesiva en la nalga derecha a Helena.
¡ZAS!
—Sí… —gimió Helena, estremeciéndose de placer al aceptar su dominio—. Sí, Señor…
Vivienne observó cómo una expresión de éxtasis puro e inalterado inundaba el rostro de su prima, y la comprensión la golpeó como si fuera un puñetazo.
No era solo un rechazo; era el error más humillante de toda su vida. Se había desnudado por completo, se había tragado su orgullo y había suplicado que la tocara, solo para allanarle el camino a su propia sustituta. Había orquestado todo este juego para recuperar el control, pero, en cambio, acababa de entregarle la victoria… y al hombre que anhelaba… directamente a esa zorra en bandeja de plata.
Alex se alineó con la entrada húmeda y expectante de Helena, pero no bajó la vista. Giró la cabeza. Clavó su mirada directamente en Vivienne.
Vivienne se quedó helada, atrapada por su mirada. No podía apartar los ojos. Se vio obligada a presenciar cómo él agarraba las caderas de Helena, con los dedos hundiéndose en la suave carne, y empezaba a empujar.
—Mira —ordenó en voz baja, mientras sus ojos se clavaban en los de ella.
Vivienne miró. Vio la cabeza de su polla presionar contra la rendija de su prima. Vio la carne rosada estirarse y separarse para hacerle sitio.
No embistió; se hundió.
Lenta, agónicamente, Alex se deslizó en el interior de Helena. Centímetro a centímetro. Vivienne podía ver la tensión en sus antebrazos, la forma en que sus caderas se movían hacia delante, enterrando su grosor en lo más profundo de la mujer que estaba a su lado, estirándola más allá de sus límites.
—¡AHHHHHHH!
El grito de Helena rasgó la habitación, fuerte y demoledor. Su cabeza se echó hacia atrás con una sacudida, y sus uñas arañaron la mesa de caoba mientras el descomunal tamaño de él la invadía.
No era un simple gemido; era un testimonio vocal de lo llena, lo estirada y lo poseída que se sentía.
Alex no se detuvo. Se hundió más y más, enterrándose centímetro a centímetro hasta que sus caderas chocaron contra las nalgas de ella.
—Oh… joder… —masculló Alex, un sonido profundo y gutural de puro éxtasis que retumbó en su pecho mientras aquel calor asfixiante lo engullía por completo.
Vivienne sintió una punzada fantasma entre sus propias piernas. Aquel gruñido…, aquella expresión de gozo en su rostro… le pertenecían a ella. Ese peso que estaba abriendo a Helena debería estar abriéndola a ella.
Observó con impotencia cómo Helena jadeaba, su espalda arqueándose, su cuerpo inundado por el placer que Vivienne se había ganado. Helena estaba llena. Helena había sido reclamada.
Alex se inclinó, su pecho sudoroso presionado contra la espalda de Helena, pero sin apartar la vista de Vivienne. No se retiró; se quedó quieto allí, hundido y palpitante, dejando que la plenitud de su invasión mantuviera a Helena inmovilizada mientras él atormentaba a la mujer que observaba.
—¿Lo estás disfrutando, «Helena»? —susurró, su voz oscura y cruel.
—¿No es esto exactamente lo que me dijiste que querías? —preguntó Alex, con la mirada clavada en el alma de Vivienne—. Me dijiste que querías ver a tu Jefe así. Sometida a mí. Rota.
Se hundió más, burlándose de la «Jefe» que tenía debajo para complacer a la «Asistente» que observaba.
—Querías ver a la todopoderosa CEO reducida a una perra en celo… suplicando por mi polla. ¿Y bien? Mírala.
Helena no intentó defender su dignidad. Se comportó como una cachorrita obediente, ansiosa por complacer al Maestro, asintiendo frenéticamente contra la caoba mientras soportaba su peso.
—Sí… —afirmó Helena, con la voz pastosa y entrecortada, aceptando la degradación—. Lo soy… Soy tu perra… Te estoy suplicando…
Echó el culo hacia atrás contra él, abandonando toda vergüenza para reclamar el premio por completo.
—Por favor, Señor… —gimoteó, restregándose sin pudor contra la entrepierna de él—. ¡Fóllame… fóllame con fuerza!
Y lo hizo. Agarró las caderas de Helena, anclándola en su sitio. Luego, lenta, deliberadamente, se retiró.
Retiró su grueso miembro, saliendo de la húmeda estrechez centímetro a centímetro, con una lentitud agónica, hasta que solo la cabeza hinchada quedó atrapada en su entrada. Helena gimoteó ante la pérdida, su cuerpo anhelando sentirse llena.
Entonces, lanzó las caderas hacia delante con un movimiento brusco.
Con un único movimiento violento y castigador, clavó todo su miembro de nuevo en el interior de ella.
¡CHOF!
—¡Oh, Dios! —gritó Helena, con la voz rota por la pura intensidad de la invasión.
Su cabeza cayó hacia delante, golpeando contra la mesa de caoba, y todo su cuerpo se sacudió sin control por el impacto al tocar él fondo en su interior, profundo y con fuerza.
Alex se quedó inmóvil, hundido hasta el fondo, con el pecho agitándose.
—Joder… —siseó con los dientes apretados, echando la cabeza hacia atrás cuando la intensa fricción casi lo llevó al límite.
Presionó con las caderas hacia delante, girando ligeramente para asegurarse de que estaba clavado en su interior tan profundo como era físicamente posible.
—Tan apretada… —gimió, cerrando los ojos para saborear la presión—. Así… así es como se tiene que sentir.
La mente de Vivienne se quedó en blanco.
No podía hablar. No podía moverse. Ni siquiera podía apartar la mirada. Estaba obligada a quedarse allí, como una estatua congelada de arrepentimiento, observando el pistoneo constante y rítmico de las caderas de él hundiéndose en su prima. Cada embestida era un golpe físico para su ego. Cada chapoteo húmedo de sus cuerpos al chocar era un recordatorio de lo que acababa de regalar.
Ahora era solo una espectadora. Inútil. Olvidada.
Alex lo vio. Vio la luz apagarse en sus ojos, la parálisis total de su voluntad.
No dejó de moverse. Mantuvo un ritmo constante, profundo y castigador dentro de Helena, pero alargó su mano libre.
Sus dedos se cerraron alrededor de la mandíbula de Vivienne como un tornillo de banco. Le giró la cara bruscamente, obligándola a apartar la vista de la escena y a mirarlo directamente a sus ojos oscuros y depredadores.
—Dime, pequeña Asistente —susurró, con voz baja y peligrosa, que vibraba por el esfuerzo de contener el clímax.
Presionó las caderas hacia delante, hundiéndose hasta el fondo en Helena para enfatizar su argumento.
—Si tanto deseas esta polla…, dame una buena razón por la que debería salir de este coño apretado y de primera clase…
La escrutó con la mirada, esperando una respuesta.
—… y conformarme contigo.
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