Me volví un Héroe con Falda - Capítulo 12
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- Capítulo 12 - 12 Capítulo 12 – Llegada a Imeya 1
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12: Capítulo 12 – Llegada a Imeya (1) 12: Capítulo 12 – Llegada a Imeya (1) Cuando sus pies tocaron por fin la superficie sólida de la plataforma de aterrizaje de Wyverns, Cyril alzó la vista… y quedó sin palabras.
Bueno, más bien si tiene muchas palabras en su mente, pero todas son variaciones de la frase: “¡Ay, me duelen mis ojos!”.
Frente a él se desplegaba el esplendor cristalino de Imeya, la ciudad flotante.
Una joya suspendida en el aire, que parece haber sido diseñada por alguien que amaba tanto ese color translucido y brillante del cristal que probablemente duerme en una cama hecha de cristal.
Lamentablemente, Cyril no pudo disfrutar de la vista de la ciudad desde lejos; durante el vuelo apenas había podido entre abrir los ojos entre ráfagas de viento que parecían querer arrancárselos de su rostro.
Así que al ver por fin detenidamente la ciudad al llegar, su primera impresión de Imeya le cayó como un rayo: este lugar es una explosión de brillo y resplandor para lastimar fuertemente mis ojos.
El suelo bajo sus pies parece de cristal pulido; los edificios, torres altas y elegantes, incluso algunas de las torres flotan, pero todo parece como si fueran esculturas de diamante; incluso los árboles al costado del camino ni si quiera son arboles reales, sino esculturas creadas en esa especie de vidrio multicolor.
—“…Yo me voy a quedar ciego” —murmuró Cyril, medio en broma, medio en serio.
Y no es una exageración.
Como hay gente que ama los colores brillantes, también hay quienes prefieren lo mate, lo opaco, lo pastel o lo neutro.
Cyril, por supuesto, pertenece a este último grupo: cuanto menos brillo, mejor.
Y si algo brillaba demasiado, lo odia.
Por eso, llevar el traje de Anyelica ya le resulta una tortura.
No solo por la falda, que es otro tema, sino por ese resplandor insoportable que emite la tela sedosa y las joyas.
Y ahora, parado en medio de esta ciudad exuberantemente brillante, siente que sus pobres ojos están a punto de suplicar asilo político en cualquier otro sitio que no este hecho todo de cristal.
El jinete draconiano que lo había traído ya se había marchado minutos antes.
Cyril se quedó solo en la plataforma, sin una sola instrucción sobre qué hacer.
—“¿Y ahora qué?
Creo que tengo el aura de un turista perdido…” —murmuro de nuevo, ajustando más fuerte el abrigo contra su cuerpo como si fuera un escudo.
No tuvo tiempo de responderse, porque un grupo de cinco personas apareció al otro extremo de la plataforma y se acercó con paso decidido.
El que iba al frente, un hombre elegante vestido con un traje negro impecable, tomó la palabra.
—“Estimado señorito, con nombre clave Anyelica Cocodrilo, le damos la bienvenida a Imeya.
Mi nombre es Harris.
Yo y mis subordinados hemos sido asignados para servirle.
Haremos todo lo posible para que su estancia en esta ciudad sea lo más confortable posible.
Síganos, por favor.” El hombre hizo una reverencia tan profunda que casi besó el suelo brillante.
Los cuatro que lo acompañan lo imitaron con perfecta sincronía, como un si estuvieran haciendo una coreografía de ballet en perfecta sincronía.
Cyril, incómodo hasta su médula ósea, decidió que lo más sabio es callar.
A lo largo de su vida ha aprendido algo muy útil: cuando no sabes qué hacer, finge que todo está bien y sigue la corriente.
Es un método infalible para sobrevivir, y hasta ahora le ha funcionado muy bien.
Mientras caminan, Harris empieza a desempeñar el papel de guía turístico condescendiente.
—“Estimado señorito Cyril” —dijo, con un tono educado pero apenas disfrazando el veneno de sus palabras— “La ciudad de Imeya se organiza de manera similar a las demás ciudades humanoides, con la diferencia de que aquí no existe sobrepoblación.
Por esa razón, la zona central es exclusivamente residencial.” —“Los miembros de las Anyelicas, como usted, habitan desde el décimo piso en adelante de los cincuenta edificios centrales.
Los pisos inferiores, en cambio, están ocupados por los Case protectores y algunos Case de soporte que se encargan de la logística y asuntos… menores, que no son relevantes para alguien de su categoría.” Harris hizo una pausa dramática antes de añadir, con un deje de desprecio apenas oculto: —“Lo mejor para usted es no mezclarse con ese tipo de personas.
Los de clase soporte son, en su mayoría, inútiles, y su mediocridad podría… afectarle.” Cyril giró levemente la cabeza para observarlo.
No dijo nada, pero en su mente anotó mentalmente: Primer día en Imeya y ya tengo ganas de estrellarle un florero de cristal en la cara a este maldito clasista.
Después de la lección de urbanismo clasista, lo condujeron hasta un amplio salón.
Allí, un grupo de mujeres vestidas con trajes negros lo recibió con sonrisas impecables.
En un abrir y cerrar de ojos le retiraron el abrigo y comenzaron a tomarle medidas, como si fuera un maniquí de exhibición.
Antes de que pudiera protestar, lo guiaron hasta una piscina de agua perfumada, mezclada con pociones que hacían burbujas y destellos de colores.
—“…esto parece como alguna especie de sopa mal hecha” —murmuró mientras las mujeres lo sumergen con sumo cuidado.
El agua mágica hizo su trabajo: la piel de Cyril quedó más luminosa, el cabello suave y brillante, y cualquier rastro de polvo o cansancio desapareció.
Claro, para él aquello es una pesadilla: más brillo indeseado.
Harris, que ya había notado su incomodidad con el traje y las cosas excesivamente brillantes, dispuso que lo llevaran a un segundo salón.
Allí le entregaron una prenda nueva: una especie de capa semitransparente hecha de un material similar al malin, la tela es ligera y con cierto aire elegante.
No cubre del todo el traje, pero al menos atenuaba un poco el resplandor cegador y difumina un poquito la forma de la falda.
Cyril suspiró con alivio al ponérsela.
La capa no es perfecta, claro, apenas difumina un poco el resplandor y la forma de ese traje que gritaba “mira lo ridículo que me veo”, pero al menos ya no siente que caminaba por la ciudad convertido en un cartel andante.
Sin embargo, la tela ligera sobre sus hombros de la capa no le quita el peso real que lleva dentro.
Lo que más le incomodaba no es la capa, ni el brillo de esta desconocida ciudad, lo que le taladra la cabeza es que, desde que se ha convertido en miembro de las Anyelicas, no tiene ni la más mínima idea de cómo organizar su vida.
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