Me volví un Héroe con Falda - Capítulo 3
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- Capítulo 3 - 3 Capítulo 3 – Entre Flores
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3: Capítulo 3 – Entre Flores 3: Capítulo 3 – Entre Flores —“¿Por dónde se supone que debo ir?” —murmuro girando sobre mí mismo como si de pronto el invernadero fuera a materializarse frente a mí por pura compasión divina— “¿Cómo demonios llego al invernadero?” El aire está cargado con el perfume dulce y fresco de miles de flores, pero en este momento, mi cabeza solo está llena de frustración.
—“Estoy en las afueras del Valle de las Flores… tal vez…” —me detengo, intentando orientarme— “¡Pero no tenía idea de que este maldito valle fuera tan enorme!” Saco mi celular para ver la hora.
7:40 a.
m… Un escalofrío por el pánico me recorre.
—“¡Genial!” —digo en voz baja— “El dragoncito dijo que llegara a las ocho, y yo todavía estoy en medio de… de… ¿un inmenso mar floral?” La tela gruesa del abrigo de invierno no deja que me entre el aire suficiente, y el calor del verano me envuelve de una manera sofocante, siento como si estuviera dentro de un horno.
El sudor me corre por la nuca y se acumula en la espalda, pero no me atrevo a quitarme el abrigo.
No puedo arriesgarme a que alguien me ve con esta ridícula falda de volantes.
Y como si fuera poco, el recuerdo del taxista me atravesó la mente.
Su mirada, esa mezcla entre curiosidad y sospecha, había permanecido fija en mí durante todo el trayecto.
—“Perfecto…” —bufo— “Seguro piensa que soy un lunático travestido como una chica en una obra de teatro escolar.” Si pudiera, cavaría un agujero de cuatro metros de profundidad y me enterraría ahí mismo para siempre.
Frente a mí se extiende un océano interminable de flores, ondeando suavemente con la brisa.
Llevo caminando más de veinte minutos, y no he visto ni un rastro del supuesto invernadero.
Solo flores, flores… y más flores.
—“Ese maldito dragoncito…” —gruño— “Ni siquiera me dio instrucciones claras.
‘Llegarás si te transformas’…
¡Sí, claro!
Me transformé, y aquí estoy, perdido en este jardín infinito.” Suspiro, intento que la irritación no me gane por completo.
Pero el aroma de las flores es tan intenso que, a pesar de mi mal humor, mis sentidos se relajan poco a poco.
Por mi sangre élfica, este valle me resulta… cómodo.
Como un abrazo invisible.
No pude resistir más.
Me agaché y acerqué el rostro a un grupo de flores color lavanda.
Aspiro profundamente.
El aroma me llena de calma.
—“Impurezas…” —sonrió sin querer— “Esto sí que es refrescante.” Me dejo caer de rodillas.
—“Me rindo…” —digo con un suspiro— “Nunca voy a encontrar el invernadero.
Así que… que se pudra el dragoncito.
Voy a disfrutar de estas flores.” Miro a mi alrededor.
Ni un alma.
Ni un sonido, salvo el suave murmullo del viento.
—“Perfecto.
No hay nadie…” —digo en voz baja con una sonrisa.
Me quito el abrigo y el gorro de golpe, dejándolos caer a un lado.
—“Por fin… ¡por los dioses!” —exhalo profundamente— “Sentía que me estaba asando vivo.” Me dejo caer de espaldas entre las flores, hundiéndome en su frescura.
Aunque el sol aún no ha salido del todo, la energía que emanan las plantas es tan reconfortante que intuyo que ni siquiera el calor del mediodía podrá incomodarme aquí.
Por primera vez en mucho tiempo, agradezco poseer la sangre élfica que corre por mis venas.
Esa herencia silenciosa que me permite percibir la vida en cada hoja, cada pétalo, cada brizna de hierba que se agita con el viento y que también hace que tenga una obsesión o deseo de estar rodeado de plantas todo el tiempo.
Pero desafortunadamente, la ciudad esta superpoblada y no hay mucho espacio para zonas verdes.
Y en mi apartamento… bueno, si se le puede llamar así, apenas hay espacio para una cama individual y una mesa diminuta que hace de escritorio, comedor y cocina, todo a la vez.
No existen ventanas, así que jamás he podido cultivar plantas normales.
La luz artificial es lo único a lo que puedo acceder en ese lugar.
Mis pertenencias, pocas y gastadas, descansan en cajas apiladas contra las paredes descascaradas, y el aire siempre lleva consigo un sabor a encierro que es pesado.
Una vez creí poder cambiar eso.
Vi en una tienda de rarezas una planta de Sefira, un tesoro vivo de hojas moradas y tallo oscuro como la noche, traída directamente del Bosque de la Oscuridad.
Era hipnótica, como si escondiera secretos antiguos entre sus hojas.
Pensé que sería un pequeño milagro en mi hogar, ya que puede crecer sin necesidad de recibir luz solar.
Pero pronto descubrí que aquella planta no solo era hermosa… sino inquietante.
Su presencia pesaba, su sombra parecía estirarse más de lo normal, y a veces sentía, lo juro, que me observaba desde su maceta.
La energía que desprendía era oscura, casi hostil.
No aguanté más de una semana antes de venderla, aunque parte de mí aún se pregunta qué hubiera pasado si la hubiera dejado crecer.
Siempre he soñado con vivir rodeado de plantas, sentir que mi respiración se mezcla con la de ellas, pero la ciudad es un desierto de cemento.
Lo más verde que puedo encontrar está en dos parques lejanos, a los que casi nunca voy porque el tiempo, el dinero y la rutina me lo impiden.
Yo… vivo en un sótano del centro, atrapado entre el hormigón y el rugido constante del tráfico, como si el mundo entero me empujara hacia abajo.
Por eso, este valle… este lugar que ahora tengo frente a mí… no es solo hermoso.
Es un paraíso.
Un santuario donde el viento huele a vida y la tierra respira.
Aquí, pareciera que mi sangre élfica canta de felicidad.
Quizá, después de todo, valió la pena transformarme.
Gracias a eso pude entrar aquí, porque el Valle de las Flores está protegido por un domo invisible imposible de atravesar para cualquiera.
Cuando el taxi me dejó en el límite, dudé.
Pensé que rebotaría contra el domo, pero al acercar mi mano… simplemente lo traspasé, como si me invitara a entrar.
Ahora, aquí estoy.
Sin idea de cómo llegar al invernadero, ni de cómo regresar.
Pero tampoco me importa.
Ya no quiero seguir caminando.
El cielo es de un azul limpio y sereno.
El aire es fresco, como un bálsamo.
Mis párpados se sienten pesados… Y sin darse cuenta, Cyril se rindió al sueño.
Se quedo dormido plácidamente, rodeado de flores que parecen velar por su descanso.
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