Me volví un Héroe con Falda - Capítulo 4
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- Capítulo 4 - 4 Capítulo 4 – Invernadero 1
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4: Capítulo 4 – Invernadero (1) 4: Capítulo 4 – Invernadero (1) No sé por qué demonios le creí a Feriel.
Quizás fue su tono tan seguro, o esa media sonrisa que siempre parece prometer algo más.
Pero aquí estoy, sentada en el invernadero desde las siete de la mañana, como una idiota puntual que espera algo que nunca llega.
La silla de madera en la que me recuesto es fría, dura y cruje con cada movimiento.
Siento cómo mis músculos se tensan, y no por cansancio, sino por la lenta y cruel tortura del aburrimiento.
Un suspiro se me escapa, largo, como si quisiera expulsar junto con el aire esa sensación tediosa que me oprime el pecho.
Desde que puse un pie aquí, lo único que he hecho es mirar cómo el doctor Marius se mueve de un lado a otro como un huracán vestido con bata blanca.
Su andar no tiene pausas: agarra frascos de cristal con líquidos que parecen contener trozos de luz líquida, los mezcla, huele, frunce el ceño, los vierte en otros recipientes, anota frenéticamente en papeles amarillentos, abre archivadores, vuelve a mezclar… y repite el ciclo con una obsesión que raya en lo hipnótico.
Si, diría que parece poseído por algún espíritu antiguo de la alquimia.
Pero en todo este tiempo, no me ha dirigido una sola palabra, solo me dio un gruñido vago en la mañana, como quien saluda a un mueble que alguien dejo atravesado en el camino.
Al principio pensé que sería entretenido verlo trabajar, que aprendería algo, o al menos que el tiempo pasaría más rápido.
Pero no.
Aquí, el tiempo no camina, se arrastra.
No sé si estoy aburrida o decepcionada.
O tal vez ambas cosas.
Cinco años.
Cinco años sin que ninguna Anyelica me elija para ser su Case Protector.
Cinco años de miradas de lástima, rechazos tajantes y sonrisas falsas cargadas de pena disfrazada de cortesía.
Cinco años escuchando cómo mis antiguos compañeros de la academia celebran sus hazañas, enviándome fotos de trofeos y medallas, contando historias gloriosas de las batallas contra las Impurezas que libraron junto a las Anyelicas que decidieron tenerlos como compañeros… historias en las que yo nunca tendré oportunidad de aparecer.
Y lo peor no es la ausencia, sino la ironía: yo era la mejor.
La más rápida, la más fuerte, la más precisa.
Y aun así… ahora soy invisible.
Hace tiempo dejé de esperar.
Me rendí.
No más sueños imposibles.
No más estar pendiente de una llamada que nunca llegará.
Ahora trabajo con los Case de Soporte.
Ellos sí valoran mis habilidades: soy rápida, no cometo errores y acelero su trabajo.
En su mundo, eso es suficiente para que siempre me inviten a sus misiones.
Sí… la diferencia entre un Protector y un Soporte es un abismo.
Cuando alguien es elegido como Case, el destino se decide en un instante: los poderes que despiertes dictarán quién eres y quién jamás podrás ser.
Los Protectores… ellos son la fuerza bruta y letal, las habilidades que cortan como cuchillas, los nombres que todos recuerdan y admiran.
Son el escudo y la espada, y bajo los reflectores, siempre son ellos quienes reciben los aplausos.
Los de Soporte… son la sombra que sostiene a la luz.
El respaldo silencioso que nadie nota hasta que falta.
Y aquí estoy yo.
No como quería… pero sí donde encontré algo que nunca tuve cuando estaba en la cúspide de la academia: amigos.
Gente que me respeta por quien soy, no por el título que me negaron.
En este lugar, a nadie le importa que allá afuera me llamen “el desperdicio de talento”, como si esa frase fuera una etiqueta grabada a fuego en mi frente.
Aquí, al menos, ese insulto queda atrapado fuera, pegado a la madera de la puerta como un insecto inútil que no logra colarse.
Entre estas paredes de cristal y hierro, ese eco se disuelve, se apaga, y yo puedo pretender, aunque sea por unos minutos, que no existe.
Entonces… ¿por qué estoy aquí en el invernadero?
No lo sé.
O quizás sí lo sé, pero no quiero ponerlo en palabras.
Tal vez sea porque este lugar, con su mezcla de calor y perfume verde, me atrapa más de lo que admito.
O tal vez… —“Esto es frustrante…” —murmuro sin darme cuenta, con la voz lo bastante baja como para sonar íntima, pero lo bastante alta como para invitar a que alguien me escuche.
—“Si es tan frustrante… ¿por qué no sales a dar un paseo o algo así?” —responde Marius sin siquiera regalarme una mirada, con el ceño profundamente fruncido mientras se ajusta las gafas con el dedo medio en un gesto automático y casi agresivo— “Ya me tienes harto con esa vibra negativa que estás soltando por todo el lugar.
Eres como una nube gris colándose entre mis plantas.” —“Oh… ¿lo dije en voz alta?
Qué vergüenza~” —me llevo una mano a la nuca, ladeando un poco la cabeza con fingida incomodidad, exagerando la mueca como si fuera parte de un acto mal ensayado.
—“Deja de hablar así… alargando las palabras como una idiota.
Me da asco.” —Esta vez sí me mira, y su mirada es tan fría y seca que casi podría partirme en dos— “Y lárgate.
Déjame trabajar en paz.
Ya es la una de la tarde y, sea quien sea esa persona que estabas esperando, no va a venir.
Acéptalo.” —“Supongo que debería salir a caminar… ¿cierto?” —me pongo de pie lentamente, estirando los brazos como si mis músculos estuvieran oxidados— “Siento que mis piernas ya se están atrofiando… Tsk… maldito doctor que no deja que la gente disfrute de este precioso invernadero…” Me meto las manos en los bolsillos y me encamino hacia la puerta con pasos pesados, murmurando entre dientes lo bastante alto para que me oiga.
El invernadero respira a mi alrededor: huele a hierbas dulces, tierra húmeda y algo más, un aroma casi eléctrico que parece salir de las plantas más raras.
La luz del sol se filtra en haces dorados, quebrándose en el cristal antes de caer sobre hojas anchas y flores extrañas que jamás he visto en ningún otro lugar.
Sus pétalos parecen hechos de terciopelo vivo, y hay lianas que se enroscan perezosamente en las columnas de hierro.
—“Un lugar perfecto… desperdiciado en alguien que no sabe disfrutarlo, y que, para colmo, no deja que otros lo disfruten.
Tsk.” Marius deposita suavemente sobre la mesa la botella en la que trabajaba: un recipiente delgado y alargado donde una mezcla de líquidos brillantes se arremolina como si contuviera un pedazo líquido de arcoíris.
Sus manos, manchadas de polen o una especie de polvo dorado, se detienen en un instante.
Luego, con toda la calma del mundo, alza ambas manos y, dirigiéndose a la espalda de Iltsed, le dedica dos impecables dedos medios, tan precisos y elegantes que parece que ya es una costumbre que se ha vuelto innata en él.
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