Me volví un Héroe con Falda - Capítulo 5
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- Capítulo 5 - 5 Capítulo 5 – Invernadero 2
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5: Capítulo 5 – Invernadero (2) 5: Capítulo 5 – Invernadero (2) Este valle de flores es tan grande que parece extenderse hasta donde la vista no alcanza, pero, irónicamente, también es increíblemente aburrido.
Cada sendero se repite con idénticas alfombras de pétalos y colores, y aunque para muchos sería un paraíso, para mí… es un laberinto de tedio.
¿Debería regresar al centro de entrenamiento para mover los músculos un poco?
La idea me ronda mientras avanzo sin rumbo fijo, sintiendo cómo el crujir extremadamente sueve de las flores que terminan bajo mis botas es lo único que marca el paso del tiempo.
Ya he estado caminando por más de una hora… Mi cabeza sigue dándole vueltas a las mismas preguntas de siempre.
Tal vez… otra vez me siento decepcionada.
Y si estoy decepcionada, eso significa… ¿qué?
¿Que todavía tengo expectativas?
¿Que aún guardo esa absurda esperanza en algún rincón que juré haber matado?
Creí que ya no quedaba nada de eso en mi mente.
El aroma de las flores me resulta inquietante.
No es dulce ni fresco para mí; es sofocante, invasivo, como si me empujara fuera de este lugar con cada inhalación.
La marca en mi rostro… todos creen que es un tatuaje raro, un símbolo tribal de los humanos del bosque.
Pero no, esta cosa no es un tatuaje, ni un adorno, ni algo que pueda borrar con una crema milagrosa.
Es natural.
Es de nacimiento.
Eso fue lo que les explicaron los médicos a mis padres cuando nací.
En este mundo, así como algunos nacen con orejas puntiagudas, colas, o piel con tonalidades imposibles de encontrar entre los antiguos humanos, los humanos del bosque nacen con marcas en el cuerpo.
Y, como si el universo hubiera querido jugar conmigo, la mía decidió aparecer en el peor lugar posible: justo en el rostro.
Ni en el brazo, ni en la espalda, ni en algún sitio que pudiera tapar con ropa… no, tenía que ser en mi cara, visible las veinticuatro horas del día.
Lo más irónico de todo es que, aparte de esta maldita marca, no heredé absolutamente nada más de los humanos del bosque.
No siento esa supuesta conexión mística con la naturaleza que tanto les caracteriza; no me tranquiliza el sonido de las hojas, ni me inspira la vista de un río cristalino, ni escucho ese famoso “susurro del bosque” que, según dicen, solo los de su linaje pueden percibir.
Al contrario, el olor de las flores me fastidia de tal manera que, a veces, tengo que contener la respiración para no marearme.
Me fatiga, me irrita, y en ocasiones me provoca un dolor de cabeza que ni el mejor té herbal podría aliviar… y eso que aquí el té herbal lo vende Marius como si fuera oro líquido.
Y ya que estoy pensando en cosas que me fastidian, ahí están las impurezas.
Oh, sí… las desagradables, depreciadas y políticamente incorrectas “impurezas”.
Por su culpa, las antiguas razas humanoides, que antes vivían separadas y que incluso se iban a la guerra por un puñado de tierra o un río más caudaloso, se vieron obligadas a mezclarse.
Y de esa mezcla forzada, con el paso de generaciones, ya no queda nadie con sangre pura.
Todos somos mestizos.
Absolutamente todos.
Incluso los más arrogantes y orgullosos de su linaje, tienen sin saberlo, algún ancestro que arruinó la pureza de su sangre en una noche de pasión interracial.
Por eso nunca entenderé por qué me discriminan a mí.
Estoy segura de que muchos de los demás Case Protectores tienen sangre de humanos del bosque en sus venas, aunque lo ignoren.
Es más, me atrevo a apostar que si hiciéramos pruebas de ADN masivas, habría muchas personas con ADN de algún orejas puntiagudas o humanos del bosque de lo que la gente está dispuesta a admitir.
Mis padres, por ejemplo, no tenían ni idea.
Creían que eran humanos “normales” y ya está.
Pero entre todos mis hermanos, fui yo la única que nació con esta marca en la cara.
Aquello fue un terremoto familiar.
Mi padre llegó a pensar que yo era fruto de una infidelidad de mi madre, y ella, por su parte, se convenció de que me habían cambiado en el hospital.
El drama fue digno de una telenovela, con acusaciones veladas, miradas tensas y silencios incómodos en la mesa.
Solo la prueba de ADN calmó la tormenta: sí, yo era hija de ambos.
Años después, el karma hizo su jugada maestra: otro de mis hermanos nació con orejas puntiagudas.
Y la historia se repitió punto por punto, como si estuviéramos reviviendo un mal chiste.
Esta vez mi padre se quedó callado, pero la cara que puso decía claramente que si o si habría que hacer esa prueba de ADN de nuevo: sí, mi hermano también resulto ser hijo de ambos.
La ironía es que, según los registros históricos, antes de la aparición de las impurezas las razas estaban tan separadas que un mestizaje como el nuestro era una ofensa mortal.
Ahora, en cambio, todo está tan mezclado que no existe tal cosa como “pureza de sangre”.
Y aun así… aquí me tienen, sin que ninguna Anyelica quiera aceptarme en su equipo de protectores.
Miro a mi alrededor.
El Valle de las Flores es tan pintoresco que podría estar en la portada de una revista de turismo, con su mar interminable de pétalos de colores, su brisa suave y su luz dorada.
Pero para mí… lo único que destaca es el maldito olor que me persigue a todas partes.
No importa si camino hasta la otra punta del valle o si intento refugiarme tras una colina: siempre hay flores.
Y siempre están oliendo.
Y yo siempre estoy pensando que, si algún día desaparecieran todas, no derramaría ni una lágrima.
Suspiro.
Ya es suficiente.
Creo que es hora de irme.
Doy media vuelta, dispuesta a volver al camino principal, pero por el rabillo del ojo noto algo extraño: un bulto oscuro, fuera de lugar, que aplasta un pequeño sector de flores a unos metros de mí.
Me acerco con pasos silenciosos, más por costumbre que por necesidad.
Al principio parece un objeto olvidado, y al llegar lo distingo mejor: es un abrigo de invierno, pesado y oscuro, extendido sobre las flores como si alguien lo hubiera dejado caer.
—“¿Qué hace un abrigo de invierno aquí…?” —murmuro para mí misma.
Unos centímetros más allá, distingo una figura vestida de blanco.
Me adelanto y, cuando por fin llego lo suficientemente cerca, me quedo mirando incrédula: es un joven que duerme plácidamente sobre las flores, ajeno al sol y a mi presencia.
—“¿En serio…?” —susurro— “¿Cómo puede dormir tan tranquilo con este calor?” Sus rasgos llaman mi atención de inmediato.
Entre su cabello blanco, perfectamente liso y brillante, asoman unas orejas puntiagudas.
No hay duda: tiene ascendencia de alguna de las razas amantes del bosque.
¿Sangre élfica?
¿De hadas, tal vez?
¿O será descendiente de druidas?
Pero lo más llamativo no es eso… sino su atuendo.
Lleva algo que no puedo clasificar fácilmente… La tela parece seda blanca, de una pureza casi cegadora.
La parte inferior es una falda con volantes y adornos que apenas le cubre hasta la mitad de los muslos.
En la parte superior… un escote amplio, decorado con un collar de piedras y cuentas brillantes, que deja a la vista gran parte de su torso… el escote le llega casi hasta el ombligo.
Joyas también adornan la falda, tintineando suavemente cada vez que el viento sopla.
La imagen es tan fuera de lugar en este valle que casi me río.
Ese atuendo… no solo resalta: hiere la vista.
Definitivamente… —pienso, arqueando una ceja— este tipo fue el que menciono Feriel.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Estefany_J_A Que emocionante~ (๑>◡<๑)
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