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Me volví un Héroe con Falda - Capítulo 8

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8: Capítulo 8 – El Director 8: Capítulo 8 – El Director —”¡Director le traigo un encargo!” La puerta de la oficina se abre de golpe con un ¡BAM!

tan fuerte que las paredes vibraron un poco.

Iltsed entró sin pedir permiso, con esa actitud que solo ella podía considerar normal.

El director, interrumpido en mitad de su lectura de documentos oficiales que requieren su aprobación, frunció el ceño.

Es el tipo de fruncido del ceño que en otra persona significaría estás despedida, pero en su caso se convirtió en un me aguanto al recordar las generosas donaciones que la familia de Iltsed hace a los Case de Soporte.

—“Oh, Iltsed, es raro que me visites” —dice, aunque no puedo evitar que su labio se crispe por la incomodidad al ver la marca de nacimiento en el rostro de aquella joven pelinegro.

—“Solo estaba guiando a alguien.

Este chico” —explica, empujando a Cyril para ponerlo frente al escritorio del director como si fuera un paquete que traía de camino.

El director lo observó con curiosidad.

El chico esta tan pálido como si le hubieran drenado toda la sangre y sus ojos parecen perdidos en el vacío.

—“¿Qué le pasa?” —preguntó el director mientras pone los papeles que tenía en sus manos sobre la mesa.

—“Bueno, ahora es parte de las Anyelicas” —respondió Iltsed con un tono de como quien dice que alguien ‘tiene gripe’.

—“¿Qué sandeces dices?

Primero, las Anyelicas son solo mujeres.

Segundo, en esta época del año no hay reclutamiento para ellas, solo para Cases…” —se detuvo.

Sus ojos se clavaron en la corona de flores que reposa sobre la cabeza de Cyril.

Se levantó, rodeó el escritorio y se plantó frente al muchacho.

—“Quítate el abrigo.” Cyril, que había decidido desconectarse mentalmente de la realidad para sobrevivir a este día, obedeció con movimientos lentos y mecánicos.

El pobre muchacho ahora parece un simple robot sin alma.

El director vio el traje bajo el abrigo y, por un segundo, quedó en shock.

Pero, por algo es el director, recuperó la compostura en un parpadeo.

—“Iltsed, gracias por traerlo.

Puedes retirarte.” —“De todos modos ya me iba” —bufó Iltsed, al salir, no se olvidó de cerrar la puerta con un portazo tan fuerte que el marco de la puerta volvió a temblar.

El director la miró irse en silencio, pero por dentro: Esa mocosa me quiere derribar la puerta… ufff… esa mala personalidad que tiene… y luego se queja descaradamente porque no entiende por qué ninguna Anyelica la elige.

Cuando quedaron solo el director y Cyril en la oficina, la frialdad del rostro del director se derritió como la mantequilla en un sartén caliente.

—“Oh, querido, debes haber sufrido mucho con todo esto.

Ven, siéntate aquí” —dijo, guiándolo hasta un sofá mullido que está en medio de la oficina.

Cyril se dejó caer sin decir palabra.

—“¿Quieres té?

…” —No obtuvo respuesta, pero tampoco lo tomó como un no.

Fue hasta una mesita lateral, preparó un té humeante y un pequeño plato con galletas doradas.

Lo colocó delante de Cyril con cuidado.

El chico, sin embargo, seguía mirando a la nada como si en su interior ya no quedara ni una pisca de su alma.

—“Chico, ¿cuál es tu nombre?” —“Cyril.” — esta es la primera vez que Cyril hablo desde que entró a la oficina del director.

—“Bonito nombre.

¿tu apellido?” —“Veniate.” —“¿Dónde vives?” —“Zona central, edificio 07, apartamento subterráneo número 13.” —“¿Tienes familia con vida?” —“Nadie.” —“Ya veo… Bueno, ¿cuándo activaste tus poderes?” —“Anoche.” El director sonrió como si esa fuera la mejor noticia del día.

—“Eso es bueno.

Ven, querido” —dijo el director con voz suave, como si estuviera calmando a un niño pequeño— “Dale un mordisco a la galleta.

Vamos, di ‘ha~’.” Cyril, que ya está en un estado de aturdimiento existencial, abrió la boca sin pensarlo demasiado.

—“Muy bien, ahora muerde.” Él joven peliblanco obedeció.

—“Ahora mastica.” Cyril masticó.

Y masticó.

Y masticó… El director lo observó con la paciencia de un monje, hasta que, tras varios minutos de espera, añadió: —“Ahora traga.” Pasaron treinta segundos de paz silenciosa después de que Cyril tragara… hasta que los gritos del chico peliblanco estallaron.

—“¡Ughgggug!” —Cyril se dobló sobre sí mismo, apretándose con fuerza el estómago, mientras una punzada de calor muy ardiente le recorre cada músculo.

Lejos de entrar en pánico, el director se levanta con calma, camina hasta un gabinete junto a su escritorio y saca una manta, como si lo que le está pasando a Cyril fuera parte de la rutina.

—“Aguanta un poco, ya pasará…” —comenta con toda la serenidad del mundo.

Cyril, retorciéndose como un camarón vivo echado en agua hirviendo, apenas pudo medio escucharlo.

—“¡Agghtff…!

Uff… haa… uufff…” —resopla entre jadeos.

Unos minutos más tarde, el dolor empieza a menguar poco a poco, y con él, el torbellino de pensamientos confusos en su cabeza se fue despejando.

Y lo primero que sintió fue una oleada de indignación.

¿Qué rayos me dio de comer ese hombre?

Estaba a punto de abrir la boca para exigir explicaciones, cuando nota que el director lo cubre con una manta.

¿Por qué…?

Entonces lo notó: está completamente desnudo.

—“¡¿Eh?!” —se envolvió de inmediato con la manta, como si intentara atrapar la poca dignidad que ya le queda.

—“La galleta tenía poción de Almencia” —explicó el director, con tono profesional— “A mí me ayuda a fortalecer el cuerpo, pero en tu caso sirve para quitarte el traje un rato.

Por cierto, el baño está ahí a la derecha.” Cyril arqueó una ceja mentalmente.

¿Por qué malditas impurezas me dice dónde está el baño?

La respuesta le llegó con la sutileza que tiene un martillazo dado en la cabeza: un deseo incontrolable de orinar lo golpeó.

No, no era un simple “quiero ir al baño”.

Era un “si no llego en diez segundos, tendré un accidente histórico que arruinara por completo lo que queda de mi dignidad”.

Corrió envuelto en la manta hacia el baño.

Llegó justo a tiempo, y mientras el alivio lo recorría… un nuevo problema se suma a la ecuación.

Le han dado ganas de poposear.

Muy intensas.

Sin tiempo para ceremonias, tiro la sabana a un lado y tuvo que correr para sentarse en el inodoro.

Y ahí quedó, orinando y poposeando a la vez, mientras maldecía en silencio a la poción que había en la galleta y a cualquiera de los dioses que hubiera estado involucrado en la creación de la Anyelicas…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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