Me volví un Héroe con Falda - Capítulo 9
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- Capítulo 9 - 9 Capítulo 9 – Inevitable
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9: Capítulo 9 – Inevitable 9: Capítulo 9 – Inevitable ¡Siento que he sido estafado!
¿Cómo puede esto ser posible?
En los periódicos nunca había leído nada sobre esto… Bueno, de hecho, tampoco lo he escuchado de boca de nadie.
Es como si toda esta información estuviera guardada bajo llave en un cajón polvoriento que nadie se atreve a abrir.
—”Sé que es sorprendente escuchar que, al decir la frase, ya no hay vuelta atrás…” —me dice el director, frunciendo el ceño mientras se recuesta hacia atrás en su silla— “pero esa es la cruel realidad.
Si es como dices… y Feriel no te advirtió de nada, fue equivocación de Feriel.” ¿Solo eso me dices?
¿Nada más?
¿Qué hay de mi vida?
¿De mi derecho a elegir?
¿Es que ya estoy condenado a morir como si fuera una pieza descartable en esta guerra?
Se que esta guerra es para lograr mantener los pocos espacios vitales que a las razas humanoides les quedan de este planeta.
Pero no soy estúpido.
Todos sabemos, aunque nadie lo diga abiertamente, que en esta gran batalla contra las Impurezas, por más que las Anyelicas tengan protectores, siguen siendo ellas las que más mueren en el campo de batalla.
Y los rumores… ay, esos rumores… dicen que hay algo en la sangre de las Anyelicas que vuelve locas a las Impurezas, algo que las obliga a atacarles como si fueran un delicioso postre gratis de edición limitada.
—“Definitivamente voy a morir…” —murmuro entre dientes, sin mucha esperanza de que el director me contradiga.
Él, sin embargo, sonríe apenas, como si estuviera lidiando con un niño caprichoso que no entiende por completo la situación general.
—“No te preocupes tanto.
Antes de que te envíen al frente, tendrás profesores que te ayudarán a despertar tus poderes.
Lo más adecuado sería que entrenaras junto a otras Anyelicas, pero no es posible en este momento.
Te enviaré a Imeya el día de mañana.” —“¿Imeya?” —repito muy impactado.
¿Voy a ir a esa ciudad idílica?
Se dice que ese lugar es una utopía… —“La gran ciudad flotante.
Mientras estabas en el baño, me comuniqué con mis superiores.
Mañana a primera hora enviarán a un jinete draconiano para recogerte.” Me congelo.
—“¿¡Un jinete draconiano!?
¿¡De esos que doman a los wyvern!?
¿Uno de esos vendrá a recogerme?” —“Así es, chico.
Ya estás empezando a ver los beneficios de ser Anyelica.
Ningún Case tiene esa oportunidad.
Incluso cuando llegues a Imeya, tendrás una habitación grande y lujosa donde quedarte.” Lo miro, tratando de decidir si está tratando de animarme… o vendiéndome alguna especie de paquete turístico con destino directo al matadero.
Porque sí, suena muy bonito eso de la ‘lujosa habitación’, pero a cambio me están mandando a entrenar para enfrentar a esas malditas impurezas asesinas que me van a querer morder la cabeza como platillo de entrada.
El resto de la conversación se vuelve una mezcla rara para mí: el director hablando con entusiasmo de los grandes recursos con los que cuenta Imeya, y yo pensando en mi inevitable muerte como si ya estuviera marcada la fecha en un calendario invisible que flota frente a mí.
Al final, no me queda otra que aceptar la realidad: no tengo escapatoria.
Las circunstancias me están empujando a convertirme en Anyelica, me guste o no.
Y así es como ahora termino quedándome a dormir en la habitación que el director preparó a última hora.
No es que tenga muchas opciones.
Además… si no me vuelvo Anyelica, no tendré dinero para comprar la poción de Almencia.
Y sin poción de Almencia… bueno, no podré ir al baño.
Ni siquiera podré bañarme bien.
Y seamos sinceros… una persona que no va al baño por mucho tiempo solo tiene un destino: la muerte.
¡No tengo salida por ningún lado!
El director ya se fue, dejándome ‘descansar’ en esta habitación improvisada para mí.
Aunque, francamente, mi mente no está descansando para nada.
Me siento como si ahora fuera un conejo atrapado en una jaula dorada.
Ahora mismo, solo llevo puesto el abrigo.
Debajo: nada.
Ni siquiera ropa interior.
No es que yo sea así de exhibicionista… Es que el director me advirtió que, dentro de unos quince minutos, mi traje de Anyelica volverá a aparecer y, en ese preciso instante, cualquier prenda que tenga puesta se desintegrará.
Para siempre.
Incluso este abrigo, si no me lo quito antes.
Ya de por sí me parecía rarísimo quedar desnudo, porque cuando que dije la frase de transformación yo estaba vestido, y después de la luz cegadora… puf, ni un solo resto de tela.
Siempre creí que esa ropa estaba en algún lado, quizá guardada por arte de magia en algún espacio místico, pero resulta que no: se había desintegrado por completo.
Y ahora lo sé con certeza… mi ropa normal jamás sobrevivirá al regreso de ese dichoso traje de Anyelica.
Por supuesto, yo también le pregunté al director si podía salir del Valle de las Flores para recoger mis cosas del apartamento.
Su respuesta: — “No es posible”.
Aunque, para suavizar el golpe, me prometió que enviarán a alguien a recoger y guardar mis pertenencias en un lugar seguro, hasta que me asignen una residencia permanente.
Lo dijo con ese tono de ‘todo está bajo control’ que usan las personas que claramente no van a dejar que decidas nada sobre tu propia vida.
Suspiro y me dejo caer sobre la cama.
El abrigo me cubre hasta las rodillas, pero de todos modos me siento… raro.
No desnudo del todo, pero sí como si me hubieran robado algo más que la ropa: mi privacidad, mi libertad… y mi turno de trabajo de mañana.
Con algo de resignación, saco el celular del bolsillo interno del abrigo.
Son las cinco en punto.
En este momento, el restaurante debe estar a reventar: clientes exigiendo comida, el vapor de la cocina empañando la vista, y el sonido de platos y cubiertos como música de fondo.
No quiero llamar.
Pero aun así, marco el número de mi jefe.
—“Jefe… disculpe, no podré seguir trabajando para usted” —Las palabras salen rápidas, atropelladas, como si lanzarlas de golpe pudiera engañar a mi corazón y hacerlo doler menos.
—«¿Cyril?» —Su voz suena sorprendida, y también un poco herida— «Tú no eres un chico irresponsable.
¿Qué está pasando?» —“Lo siento mucho, jefe.
Le agradezco por toda su ayuda… y por tratarme como parte de su familia.
Cuando reúna lo suficiente, le pagaré de vuelta cada cosa que hizo por mí.” —«Cyril…» —hace una pausa larga, tan larga que me tienta colgar— «¿Estás metido en algún problema?
Dime en qué puedo ayudarte.
¿Alguien te está amenazando?
¿Tienes algún acosador?
¿Por eso renuncias así de repente?
Y… ¿cómo sigues de salud?
¿Ya estás mejor?» Me muerdo el labio.
No puedo decirle nada.
Aunque quisiera, ¿cómo se supone que explico que ahora soy, técnicamente… una Anyelica?
No sé si me creería.
Y tampoco quiero que se preocupe más de lo necesario.
Morato ya carga con suficientes problemas como para que yo venga a sumarle uno más.
—“Lo siento mucho, jefe.
Incluso si va a mi apartamento… yo no estaré.
Gracias por todo.
Eso es lo único que le puedo decir por ahora.” —«Cyril, ¿y tu pago de este mes?
Faltan solo cuatro días para que termine el mes, y solo puedo pagarte en efectivo.
Si tan solo pudiéramos acceder al internet…» —“No se preocupe por eso.
Donde estoy ahora, estoy seguro… y la comida también me la darán.
Discúlpeme por marcharme así.
Todo ha sido… demasiado repentino.” Hay un silencio breve.
Un silencio que pesa.
Y luego su voz la escucho a través del teléfono más suave, más resignada: —«Está bien, Cyril.
Cuídate.
Pero si en algún momento hay algo en lo que pueda ayudarte, no dudes en llamarme» —“Gracias por todo, Morato”.
—Me despido usando su nombre, porque sé que no será fácil volver a llamarle.
Y cuelgo antes de que la conversación se vuelva aún más difícil.
El celular lo vuelvo a meter en el bolsillo.
El abrigo sigue sobre mí, cálido por el calor que emite mi propio cuerpo.
Esa es la única calidez que ahora siento.
Ahora solo estoy viendo resignado como vida cambia… literalmente… a la fuerza.
Un suspiro pesado escapa de mi boca.
¿Qué es lo que me traerá el futuro?
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