Melodía Eterna - Capítulo 5
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5: El mismo color 5: El mismo color Dos horas después – Clase A1
Cierto chico de pelo negro deja escapar un profundo suspiro.
Su mirada se posa en las vendas blancas que le envuelven el brazo izquierdo.
Supone que no debería haberse lanzado así cuando todavía tenía el brazo roto por lo que pasó la otra vez.
Estúpido Akatsuki, todo fue por su culpa.
Cuando se cayó de la escalera mientras iba a por aquellos materiales, Yuhi no se arrepintió.
Su intención era enseñarle los materiales a Sumire y quería saber su opinión.
Por eso, aunque era peligroso conseguirlos, aceptó.
No lo pensó racionalmente en absoluto.
Ahora que lo piensa, el anciano también lo dijo.
«Los pensamientos, anhelos, esperanzas y deseos de la gente…
Vivimos en una época en la que muchas personas rigen nuestras decisiones y controlan nuestra forma de pensar.
Pero aun así sentimos otras emociones.
La gente miente, roba e intenta hacer daño a los demás.
Si eso no es irracional, entonces ¿qué lo es?».
«Todo lo que has aprendido se basa en teorías y en la lógica.
Pronto es probable que te des cuenta de lo inútiles que son en el mundo en el que vivimos».
Irracionalidad y lógica.
De todos modos, fuera como fuese, parecía que este mundo en el que vivían era realmente complejo.
Ibuki Sumire también se lo había enseñado.
Solo habían pasado dos horas y media desde la última vez que estuvo con ella en la azotea.
Yuhi no podía ocultar su preocupación.
Estaba ansioso.
«¿Estará bien?».
Estaba llorando…
Yuhi se sintió muy incómodo cuando la vio llorar.
No sabía qué hacer.
No se le daba bien consolar a las chicas.
Después de que llamara el Director, Akatsuki fue para allá.
El Director le pidió que fuera a verlo más tarde y lo reprendió seriamente por el asunto.
Al parecer, se habían enterado de que Sumire y él habían estado en el bar.
Por suerte, Yuhi los convenció de no hacer más grande el asunto.
Desde entonces, no había podido hablar con ella.
Yuhi se reclinó en su silla; él había accedido, ¿no?
Había decidido volver a ser su compañero.
En el instituto Camino Iro, los estudiantes de segundo año tienen que formar parejas para la evaluación final a final de curso.
Se preguntaba si estuvo bien.
Bien, que él lo dijera de esa manera.
Además, aún no estaba decidido si ella se uniría a la rama de arte o a la de música.
Todavía podía ser su «compañero» si elegía música.
Podían colaborar.
Yuhi suspiró.
«No puedo dejar de pensar en ella.
Me está volviendo loco».
Había algo que le preocupaba.
Ibuki Sumire tenía un prometido antes de perder a sus padres en un accidente cuando tenía doce años.
Ese prometido había regresado hacía poco del extranjero.
Si descubría que Sumire estaba viva, ¿no vendría a por ella?
Si eso sucedía, ya no podría verla más.
Yuhi había evitado verla durante tanto tiempo por una razón.
Cuando salió con Tsueno Mamoru, Yuhi respetó su decisión.
«Llegué demasiado tarde».
Justo cuando pensaba declarársele, ella ya había empezado a salir con ese tipo.
¿Sería este el cambio del que habló su maestro?
Un cambio drástico que impactaría su vida.
Ese cambio era Ibuki Sumire.
Si era así, se preguntó si estaría bien que él…
Sus pensamientos se vieron interrumpidos cuando oyó cómo la silla de al lado se deslizaba.
Ah, claro, debía de ser la alumna nueva.
El chico de pelo negro se giró hacia la izquierda y se encontró con una chica de pelo castaño y ojos violetas.
¿Eh?
Yuhi sabía quién era, por supuesto.
Ella también debió de darse cuenta, pues sus ojos violetas se abrieron de par en par y retrocedió un poco.
—¿Q-qué…?
¿Yuhi?
—dijo Sumire, sobresaltada.
Yuhi se puso de pie, con los ojos como platos.
Estaba anonadado.
—¿Sumire?
—.
Sí, era Ibuki Sumire, pero Yuhi no sabía por qué estaba aquí.
Su mirada se desvió hacia la carpeta morada que sostenía en las manos.
Era la misma que les daban a los estudiantes de segundo de arte.
Esa carpeta servía de guía, un miniprotafolio donde meter los bocetos y las obras pequeñas.
¿Así que había elegido la rama de arte?
Su mirada se suavizó.
Su decisión le había preocupado por un tiempo, pero parecía que podría volver a ver sus obras.
Sumire se rio.
—Ajá.
No me lo puedo creer, ¿hemos acabado en la misma clase?
—Sí —murmuró él—.
Tampoco hay muchas clases, pero aun así…
«Sigue siendo una extraña coincidencia».
¿Había intervenido el Director?
Y lo que es más: —Tu asiento…
—Mmm, estoy a tu lado.
La misma clase y el mismo asiento…
esto es extraño.
Después del numerito que montó anoche, Yuhi pensaba que lo separarían de Sumire.
Pero parece que no es así.
¿Cómo sacar ahora el tema de ser compañeros?
Sumire se sentó, así que él también volvió a su asiento.
Sin embargo, al cabo de unos minutos, ella movió de repente su pupitre y lo juntó con el suyo.
Yuhi enarcó una ceja.
—¿Qué quieres?
—He llegado en mitad de la clase.
No sé qué estamos haciendo —admitió Sumire—.
Enséñame.
Yuhi, incómodo, levantó su boceto.
Era un simple dibujo de un pájaro, pero se dio cuenta de que ella lo miraba con atención.
¿No estaba demasiado cerca?
No sabía qué era, pero sentía que el corazón le latía con fuerza.
Yuhi intentó arrimar su silla a la ventana, pero aun así pudo ver el reflejo de ella en el cristal.
Grandes ojos de color amatista, piel clara, un precioso pelo castaño chocolate.
«Del mismo color que mis ojos».
Yuhi se dio cuenta de inmediato; era igual que el suyo.
Se pasó las manos por el pelo con torpeza.
—¿Tanto te gusta?
Es solo un boceto.
—¡Me encanta!
—exclamó Sumire.
A Yuhi no se le pasó por alto cómo se le iluminaron los ojos al decir esas palabras.
Pero…
«¿Me encanta?».
Esa chica debería tener más cuidado al decir esas palabras con esa actitud tan directa que tenía.
Aquello lo pilló con la guardia baja.
—Probablemente no deberías decir «me encanta» tan a la ligera —murmuró Yuhi mientras apartaba la vista de ella.
—¿A qué te refieres?
Yuhi no se molestó en dar explicaciones y se giró hacia la ventana.
Parecía que su vida escolar ya no sería tranquila.
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